/ jueves 19 de septiembre de 2019

¿Por qué están muriendo las lenguas?

La activista e investigadora mixe, Yásnaya Aguilar, cuestiona las políticas lingüísticas nacionales que obligan a muchos indígenas a despojarse de su propia lengua

La lengua, más que un sistema de comunicación, es un territorio cognitivo en el que los hablantes recrean a su comunidad, de ahí la importancia de su permanencia, escribe Yásnaya Aguilar en su blog “Ayuuk”; un espacio anclado en los parajes electrónicos, desde donde la activista e investigadora mixe, cuestiona las políticas lingüísticas nacionales que obligan a muchos indígenas a despojarse de su propia lengua.

Luego de que la Asamblea de las Naciones Unidas alertara a los países sobre el status actual de las lenguas originarias, y declarara al 2019 como el Año Internacional de las Lenguas Indígenas, el pasado 26 de febrero Yásnaya subió al estrado de la Cámara de Diputados, para decir en ayuuk: “Nuestras lenguas no mueren, las matan. El estado mexicano las ha borrado”.

Y es que para Yásnaya, el verdadero papel del gobierno mexicano sobre este asunto, es el respeto a los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas, pues son ellos quienes se han hecho cargo de la revitalización y promoción de sus propias lenguas.

“¿Cómo es posible que más de la mitad de los presos que hablan una lengua indígena no tengan intérpretes y no se hayan enterado de su proceso, que los hospitales en territorios indígenas no tenga intérpretes, (…) y que nos manden jueces que no hablan nuestra lengua, haciéndonos creer que es nuestro problema?”, inquirió la lingüista mixe, en su reciente visita a la ciudad de Querétaro, donde habló del despojo de tierras como otra de las causas del lingüicidio actual, pues “¿cómo va a florecer una lengua en un territorio en el que se nos despoja, (…) cuando asesinan a quienes las hablan, y a quienes defienden sus tierras?”.

Elegida por el órgano de gobierno máximo de su comunidad, San Pablo Ayutla Mixe, en Oaxaca, para hablar sobre el desabasto del agua, la activista denunció a este medio, que desde hace más de dos años no cuentan con acceso a este recurso, “un grupo tomó nuestro manantial; nos atacó, asesinó a una persona y secuestró a cuatro mujeres que pudimos rescatar, luego de que sufrieran violencia psicológica de diferente tipo y tortura. El gobierno ha solapado totalmente el caso y seguimos sin agua (…) Es muy desesperante, (…) el agua la están dejando correr, es una manera de torturarnos hasta que no aceptemos mayor despojo de nuestra tierra (…)”.


El ocaso de las lenguas

“Por qué están muriendo las lenguas?”, es la pregunta que Yásyana ha elegido este año para posicionar la palabra de su pueblo, alertando que de las 6 mil lenguas que actualmente se hablan en el mundo, en cien años se habrán extinguido al menos la mitad en todo el planeta (UNESCO).

“Hace 200 años se estableció el estado que ahora se llama México. Después de 300 años de la conquista de los españoles en 1820, el 65% de la población hablaba una lengua indígena. En la actualidad, los hablantes de lengua indígena somos el 6.5%”, lamentó Yásyana, señalando como principal causa la ideología que subyace al estado nacional –monocultural y monolingüe–, expresado a través de sus sistemas de salud, judicial y principalmente, educativo; que incluso hoy promueve sólo una lengua a través de las aulas.

“¿Por qué alguien como yo, que no hablaba español cuando entré a la escuela, tuve que ser alfabetizada en una lengua que no conocía y que nadie me había enseñado a hablar? (…) Uno se alfabetiza sólo una vez en la vida, entrar al mundo gráfico sucede sola una vez… así como la relación de imagen y lengua, y yo nunca voy a saber qué es pasar por ese proceso en la lengua que yo hablaba. Se me arrebató eso que parece muy natural para otros niños y niñas: el aprender a escribir en la lengua que hablas. ¿Cómo podemos hacer para que los niños no pasen por eso?”, cuestionó Aguilar, compartiendo que fue hasta que ingresó a la universidad –para estudiar la carrera de Letras Hispánicas–, que empezó a ser consciente de este proceso, llevando a la lengua más allá de los peritajes lingüísticos, para realizar un análisis profundo sobre su estado actual, en relación con su contexto político y sociocultural.


¿Literatura indígena?

Aunque para muchos la “literatura indígena” aparece como un acierto conceptual, y un signo de vitalidad lingüística, Yásyana señala que antes de cualquier aseveración, es necesario problematizar los conceptos “literatura” e “indígena” por separado, pues ambas aparecen como categorías que homogenizan todo el espectro cultural.

“Si pensamos en mi pueblo, en el pueblo mixe, y que sus vestigios arqueológicos más antiguos son de hace cinco mil años, incluso pensar en sus inicios con la domesticación del maíz–, tendríamos una historia de 7 mil años, más o menos, de los cuales 500 hemos sido indios y 200 indígenas; es decir (el ser indígena) no se trata de una categoría esencial a ser mixe… ser mixe es bastante distinto a ser indígena, ser indígena viene del establecimiento de un mundo colonial y de la conformación de los estados nacionales; en ese sentido, ¿qué es lo que toda la literatura indígena tendría en común? Ciertamente no características lingüísticas, pues hay una diversidad enorme de lenguas, (…) lo que compartimos es una condición histórica, por lo tanto, hablar de una poética indígena no me parece adecuado, porque los mecanismos poéticos no van a ser iguales sólo por compartir una condición política, sin embargo, la condición política de ser pueblos indígenas tampoco puede ignorarse en la creación de literatura”.

En ese sentido, para la también escritora, lo correcto sería hablar de literatura en lenguas indígenas, y observarse como manifestaciones interculturales, en el que se fusiona la lengua de cada pueblo con la tradición poética occidental, transmitida a través de soportes particulares (libros), que entran en una circulación capitalista: “son objetos que se venden, y en torno a los cuales se generan rituales específicos, como la publicación, su presentación; incluso un marco legal de esta actividad poética como el copyright, y en donde la figura del autor es fundamental. En cambio, en otras manifestaciones de la función poética de nuestras lenguas no hay tal, no hay autoría: ¿quién es el autor de las narraciones de los héroes míticos o de las estrategias poéticas en el ritual? ¡Nadie!, es algo que todo el tiempo está siendo intervenido, es un corpus siempre abierto; su soporte no es la escritura, es la memoria, a diferencia de la literatura, y estas piezas poéticas se transmiten a través de los rezos, los cantos chamánicos, las piezas amuzgas que se dicen en una boda, no circulan como objetos vendibles, en comparación con literatura”.

Está bien si no mencionamos a las poéticas indígenas como literatura, dice Yásyana, “porque no lo son”, pues sus estructuras, e incluso sus soportes son diferentes; los pueblos indígenas ejercen su función poética de otra manera: “hay tantas funciones poéticas como lenguas”, afirma, argumentando que por ello no es necesario utilizar la categoría “literatura” para validarlas.

La lengua, más que un sistema de comunicación, es un territorio cognitivo en el que los hablantes recrean a su comunidad, de ahí la importancia de su permanencia, escribe Yásnaya Aguilar en su blog “Ayuuk”; un espacio anclado en los parajes electrónicos, desde donde la activista e investigadora mixe, cuestiona las políticas lingüísticas nacionales que obligan a muchos indígenas a despojarse de su propia lengua.

Luego de que la Asamblea de las Naciones Unidas alertara a los países sobre el status actual de las lenguas originarias, y declarara al 2019 como el Año Internacional de las Lenguas Indígenas, el pasado 26 de febrero Yásnaya subió al estrado de la Cámara de Diputados, para decir en ayuuk: “Nuestras lenguas no mueren, las matan. El estado mexicano las ha borrado”.

Y es que para Yásnaya, el verdadero papel del gobierno mexicano sobre este asunto, es el respeto a los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas, pues son ellos quienes se han hecho cargo de la revitalización y promoción de sus propias lenguas.

“¿Cómo es posible que más de la mitad de los presos que hablan una lengua indígena no tengan intérpretes y no se hayan enterado de su proceso, que los hospitales en territorios indígenas no tenga intérpretes, (…) y que nos manden jueces que no hablan nuestra lengua, haciéndonos creer que es nuestro problema?”, inquirió la lingüista mixe, en su reciente visita a la ciudad de Querétaro, donde habló del despojo de tierras como otra de las causas del lingüicidio actual, pues “¿cómo va a florecer una lengua en un territorio en el que se nos despoja, (…) cuando asesinan a quienes las hablan, y a quienes defienden sus tierras?”.

Elegida por el órgano de gobierno máximo de su comunidad, San Pablo Ayutla Mixe, en Oaxaca, para hablar sobre el desabasto del agua, la activista denunció a este medio, que desde hace más de dos años no cuentan con acceso a este recurso, “un grupo tomó nuestro manantial; nos atacó, asesinó a una persona y secuestró a cuatro mujeres que pudimos rescatar, luego de que sufrieran violencia psicológica de diferente tipo y tortura. El gobierno ha solapado totalmente el caso y seguimos sin agua (…) Es muy desesperante, (…) el agua la están dejando correr, es una manera de torturarnos hasta que no aceptemos mayor despojo de nuestra tierra (…)”.


El ocaso de las lenguas

“Por qué están muriendo las lenguas?”, es la pregunta que Yásyana ha elegido este año para posicionar la palabra de su pueblo, alertando que de las 6 mil lenguas que actualmente se hablan en el mundo, en cien años se habrán extinguido al menos la mitad en todo el planeta (UNESCO).

“Hace 200 años se estableció el estado que ahora se llama México. Después de 300 años de la conquista de los españoles en 1820, el 65% de la población hablaba una lengua indígena. En la actualidad, los hablantes de lengua indígena somos el 6.5%”, lamentó Yásyana, señalando como principal causa la ideología que subyace al estado nacional –monocultural y monolingüe–, expresado a través de sus sistemas de salud, judicial y principalmente, educativo; que incluso hoy promueve sólo una lengua a través de las aulas.

“¿Por qué alguien como yo, que no hablaba español cuando entré a la escuela, tuve que ser alfabetizada en una lengua que no conocía y que nadie me había enseñado a hablar? (…) Uno se alfabetiza sólo una vez en la vida, entrar al mundo gráfico sucede sola una vez… así como la relación de imagen y lengua, y yo nunca voy a saber qué es pasar por ese proceso en la lengua que yo hablaba. Se me arrebató eso que parece muy natural para otros niños y niñas: el aprender a escribir en la lengua que hablas. ¿Cómo podemos hacer para que los niños no pasen por eso?”, cuestionó Aguilar, compartiendo que fue hasta que ingresó a la universidad –para estudiar la carrera de Letras Hispánicas–, que empezó a ser consciente de este proceso, llevando a la lengua más allá de los peritajes lingüísticos, para realizar un análisis profundo sobre su estado actual, en relación con su contexto político y sociocultural.


¿Literatura indígena?

Aunque para muchos la “literatura indígena” aparece como un acierto conceptual, y un signo de vitalidad lingüística, Yásyana señala que antes de cualquier aseveración, es necesario problematizar los conceptos “literatura” e “indígena” por separado, pues ambas aparecen como categorías que homogenizan todo el espectro cultural.

“Si pensamos en mi pueblo, en el pueblo mixe, y que sus vestigios arqueológicos más antiguos son de hace cinco mil años, incluso pensar en sus inicios con la domesticación del maíz–, tendríamos una historia de 7 mil años, más o menos, de los cuales 500 hemos sido indios y 200 indígenas; es decir (el ser indígena) no se trata de una categoría esencial a ser mixe… ser mixe es bastante distinto a ser indígena, ser indígena viene del establecimiento de un mundo colonial y de la conformación de los estados nacionales; en ese sentido, ¿qué es lo que toda la literatura indígena tendría en común? Ciertamente no características lingüísticas, pues hay una diversidad enorme de lenguas, (…) lo que compartimos es una condición histórica, por lo tanto, hablar de una poética indígena no me parece adecuado, porque los mecanismos poéticos no van a ser iguales sólo por compartir una condición política, sin embargo, la condición política de ser pueblos indígenas tampoco puede ignorarse en la creación de literatura”.

En ese sentido, para la también escritora, lo correcto sería hablar de literatura en lenguas indígenas, y observarse como manifestaciones interculturales, en el que se fusiona la lengua de cada pueblo con la tradición poética occidental, transmitida a través de soportes particulares (libros), que entran en una circulación capitalista: “son objetos que se venden, y en torno a los cuales se generan rituales específicos, como la publicación, su presentación; incluso un marco legal de esta actividad poética como el copyright, y en donde la figura del autor es fundamental. En cambio, en otras manifestaciones de la función poética de nuestras lenguas no hay tal, no hay autoría: ¿quién es el autor de las narraciones de los héroes míticos o de las estrategias poéticas en el ritual? ¡Nadie!, es algo que todo el tiempo está siendo intervenido, es un corpus siempre abierto; su soporte no es la escritura, es la memoria, a diferencia de la literatura, y estas piezas poéticas se transmiten a través de los rezos, los cantos chamánicos, las piezas amuzgas que se dicen en una boda, no circulan como objetos vendibles, en comparación con literatura”.

Está bien si no mencionamos a las poéticas indígenas como literatura, dice Yásyana, “porque no lo son”, pues sus estructuras, e incluso sus soportes son diferentes; los pueblos indígenas ejercen su función poética de otra manera: “hay tantas funciones poéticas como lenguas”, afirma, argumentando que por ello no es necesario utilizar la categoría “literatura” para validarlas.

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