/ sábado 21 de septiembre de 2019

¿Qué hacemos con Michel Foucault?

El libro de cabecera

Michel Foucault (Poitiers, 15 de octubre de 1936 – París, 25 de junio de 1984) es quizás el referente multidisciplinario que sigue cultivando popularidad y vigencia en las Ciencias Sociales y en las Humanidades. Ajeno y renuente a las etiquetas de posestructuralista y posmoderno que se le han endilgado, ocupa un lugar especial en el mundo de las ideas, de la psicología, del análisis social y político y, hasta cierto punto, de la ciencia social.

Prolífico, la obra de Foucault la podemos dividir en dos etapas:

· La “Etapa arqueológica”, a la cual pertenecen Las palabras y las cosas (1966), y en donde se ocupó de temas clínicos y vinculados con la locura. A este periodo pertenece también su Historia de la locura en la época clásica (1961) y, por supuesto, La Arqueología del saber (1969).

· La segunda “Etapa Genealógica” en donde se encarga de temas de autoridad y, sobre todo, del poder. A esta etapa pertenecen El orden del discurso (1970), Vigilar y castigar (1975) y los tres tomos de Historia de la sexualidad (1976 a 1984).

Tras una prolongada etapa de los grandes discursos en las tradiciones de las Ciencias Sociales y las Humanidades, Foucault emprendió un retorno al lenguaje, en una continuación de la tradición establecida previamente por Nietzsche y Wittgenstein, considerando al lenguaje como un vehículo de representación del entorno. Con esta primera acción, Foucault difumina el orden establecido por el pensamiento clásico, el cual –siguiendo a Foucault– había quedado replegado en una región de sombras.

En Las palabras y las cosas, Foucault desglosa los conceptos del entendimiento anterior: la intención de saberlo todo desde un enfoque eminentemente racionalista; de otorgar un privilegio absoluto a la mecánica; de suponer un ordenamiento general a partir de esquemas basados en la naturaleza; admitir una posibilidad de análisis muy radical –en el sentido estricto de la palabra– para descubrir el elemento o el origen; y de presentir el movimiento de la vida, el espesor de la historia y el desorden de la naturaleza.

Una vez abolido el sistema racionalista, sometido a un análisis de la sucesión de las representaciones, las palabras dejan de entrecruzarse con las representaciones. No obstante, como unidad gramatical general, si el discurso se separase de la representación, el lenguaje dejaría de existir. Pero, entonces, ¿el lenguaje qué representa? El lenguaje se representa a sí mismo. Al disiparse la unidad gramatical general, aparece el lenguaje, liberado de las especializaciones impuestas por el entendimiento. Si anteriormente Nietzsche ya había abierto el espacio filosófico-filológico, en Foucault el lenguaje experimenta un resurgimiento, a través de los medios de subjetivación: los temas de formalización universal de todo discurso, la exégesis integral del mundo, la desmitificación perfecta y la transformación sin residuo.

¿Qué hacemos con Michel Foucault?

En Mallarmé, este mismo resurgimiento condujo al pensamiento de nuevo, y de forma violenta, hacia el sujeto parlante interrogante: el lenguaje mismo dirigido hacia su ser único. Para Foucault, en esto consistiría la reconstitución de la unidad perdida del lenguaje, puesto que la dispersión del lenguaje está ligada a la desaparición del sujeto. Este es uno de los más grandes aportes de Foucault para el pensamiento contemporáneo. Aunque para unos parezca insuficiente, o para otros se desborde en su vocación filosófica, no es posible determinar de manera tajante, en dónde colocamos al pensador francés: ¿qué hacemos con Michel Foucault?

En su postulado analítico, desde el resurgimiento del discurso, Foucault establece un nuevo catálogo de objetos de estudio: la sexualidad, la arqueología de las cosas, el discurso y sobre todo, del poder. Para Foucault, en el pensamiento clásico del hombre no existía. Pero, desde su postura, el hombre tiene la posibilidad de entrar al mundo desde la soberanía de un discurso que tiene el poder de generar su propia representación. En el acto de hablar/nombrar, el hombre parte de la sucesión lineal de los pensamientos para encaminarse hacia un cuadro constante de seres parcialmente diferenciados. Si la naturaleza humana y sus respectivas relaciones son momentos funcionales, definidos y previstos, el hombre no tendrá ninguna posibilidad de ocupar un lugar en ella.

Si Foucault propuso una nueva vertiente de problematización, con una provocadora e innovadora vocación ensayística, más que con una pretensión por teorizar al respecto, irónicamente heredó dispositivos proclives a la disyuntiva explotador/explotado, que han sido el caldo de cultivo de las distintas interpretaciones contemporáneas de tinte populista. En su propuesta disyuntiva de lo empírico y lo trascendental, se desprende el resto de su repertorio antiético que ha sido extendido hasta nuestra contemporaneidad. Un ejemplo de ello es el tema de los privilegios, representación que remite inmediatamente a lo malo, algo de lo que deberíamos sentir remordimientos de conciencia y culpa, de acuerdo con las reflexiones de Irving Gatell.

Foucault criticó gran parte de aquello que conocemos como Occidente, pero, aunque se decantó por los movimientos de estudiantes y obreros, guardó un penoso silencio ante las atrocidades de las dictaduras latinoamericanas y europeas. En su afán por establecer sus dispositivos, fue prolífico en críticas hacia lo patriarcal y lo opresor del Capitalismo, algo que ha gozado de mucha popularidad por ser una diatriba inmediata, convincente y fascinante, a grado tal de que el supuesto rechazo del capitalismo se ha convertido en un acto reflejo. No obstante, el planteamiento filosófico foucaultiano no habría sido posible en la extinta URSS, en China (ni antes, ni ahora), ni en el mundo islámico.

Más grave aún. La interpretación y los usos que hemos hecho del pensamiento foucaultiano ha redundado en una imagen de fragilidad y vulnerabilidad. Aunque se justifica la lucha por la reivindicación por indispensable y necesaria, nos hemos replegado de manera servil, mediocre y cobarde al modo foucaultiano. Ante los momentos de coyuntura, Foucault se replegó en su propio discurso, es decir, ante el advenimiento de las libertades sexuales, el autor francés optó por las quejas de los privilegios. La disyuntiva de la lucha rompió el núcleo de los socialistas y comunistas que, a pesar de sus esfuerzos intelectuales por dotar a la lucha de un sustento interpretativo y crítico, se conformaron con la mediocridad foucaultiana. Nuestra vocación por la revolución se sigue revolcando en el resentimiento.

@doctorsimulacro

Michel Foucault (Poitiers, 15 de octubre de 1936 – París, 25 de junio de 1984) es quizás el referente multidisciplinario que sigue cultivando popularidad y vigencia en las Ciencias Sociales y en las Humanidades. Ajeno y renuente a las etiquetas de posestructuralista y posmoderno que se le han endilgado, ocupa un lugar especial en el mundo de las ideas, de la psicología, del análisis social y político y, hasta cierto punto, de la ciencia social.

Prolífico, la obra de Foucault la podemos dividir en dos etapas:

· La “Etapa arqueológica”, a la cual pertenecen Las palabras y las cosas (1966), y en donde se ocupó de temas clínicos y vinculados con la locura. A este periodo pertenece también su Historia de la locura en la época clásica (1961) y, por supuesto, La Arqueología del saber (1969).

· La segunda “Etapa Genealógica” en donde se encarga de temas de autoridad y, sobre todo, del poder. A esta etapa pertenecen El orden del discurso (1970), Vigilar y castigar (1975) y los tres tomos de Historia de la sexualidad (1976 a 1984).

Tras una prolongada etapa de los grandes discursos en las tradiciones de las Ciencias Sociales y las Humanidades, Foucault emprendió un retorno al lenguaje, en una continuación de la tradición establecida previamente por Nietzsche y Wittgenstein, considerando al lenguaje como un vehículo de representación del entorno. Con esta primera acción, Foucault difumina el orden establecido por el pensamiento clásico, el cual –siguiendo a Foucault– había quedado replegado en una región de sombras.

En Las palabras y las cosas, Foucault desglosa los conceptos del entendimiento anterior: la intención de saberlo todo desde un enfoque eminentemente racionalista; de otorgar un privilegio absoluto a la mecánica; de suponer un ordenamiento general a partir de esquemas basados en la naturaleza; admitir una posibilidad de análisis muy radical –en el sentido estricto de la palabra– para descubrir el elemento o el origen; y de presentir el movimiento de la vida, el espesor de la historia y el desorden de la naturaleza.

Una vez abolido el sistema racionalista, sometido a un análisis de la sucesión de las representaciones, las palabras dejan de entrecruzarse con las representaciones. No obstante, como unidad gramatical general, si el discurso se separase de la representación, el lenguaje dejaría de existir. Pero, entonces, ¿el lenguaje qué representa? El lenguaje se representa a sí mismo. Al disiparse la unidad gramatical general, aparece el lenguaje, liberado de las especializaciones impuestas por el entendimiento. Si anteriormente Nietzsche ya había abierto el espacio filosófico-filológico, en Foucault el lenguaje experimenta un resurgimiento, a través de los medios de subjetivación: los temas de formalización universal de todo discurso, la exégesis integral del mundo, la desmitificación perfecta y la transformación sin residuo.

¿Qué hacemos con Michel Foucault?

En Mallarmé, este mismo resurgimiento condujo al pensamiento de nuevo, y de forma violenta, hacia el sujeto parlante interrogante: el lenguaje mismo dirigido hacia su ser único. Para Foucault, en esto consistiría la reconstitución de la unidad perdida del lenguaje, puesto que la dispersión del lenguaje está ligada a la desaparición del sujeto. Este es uno de los más grandes aportes de Foucault para el pensamiento contemporáneo. Aunque para unos parezca insuficiente, o para otros se desborde en su vocación filosófica, no es posible determinar de manera tajante, en dónde colocamos al pensador francés: ¿qué hacemos con Michel Foucault?

En su postulado analítico, desde el resurgimiento del discurso, Foucault establece un nuevo catálogo de objetos de estudio: la sexualidad, la arqueología de las cosas, el discurso y sobre todo, del poder. Para Foucault, en el pensamiento clásico del hombre no existía. Pero, desde su postura, el hombre tiene la posibilidad de entrar al mundo desde la soberanía de un discurso que tiene el poder de generar su propia representación. En el acto de hablar/nombrar, el hombre parte de la sucesión lineal de los pensamientos para encaminarse hacia un cuadro constante de seres parcialmente diferenciados. Si la naturaleza humana y sus respectivas relaciones son momentos funcionales, definidos y previstos, el hombre no tendrá ninguna posibilidad de ocupar un lugar en ella.

Si Foucault propuso una nueva vertiente de problematización, con una provocadora e innovadora vocación ensayística, más que con una pretensión por teorizar al respecto, irónicamente heredó dispositivos proclives a la disyuntiva explotador/explotado, que han sido el caldo de cultivo de las distintas interpretaciones contemporáneas de tinte populista. En su propuesta disyuntiva de lo empírico y lo trascendental, se desprende el resto de su repertorio antiético que ha sido extendido hasta nuestra contemporaneidad. Un ejemplo de ello es el tema de los privilegios, representación que remite inmediatamente a lo malo, algo de lo que deberíamos sentir remordimientos de conciencia y culpa, de acuerdo con las reflexiones de Irving Gatell.

Foucault criticó gran parte de aquello que conocemos como Occidente, pero, aunque se decantó por los movimientos de estudiantes y obreros, guardó un penoso silencio ante las atrocidades de las dictaduras latinoamericanas y europeas. En su afán por establecer sus dispositivos, fue prolífico en críticas hacia lo patriarcal y lo opresor del Capitalismo, algo que ha gozado de mucha popularidad por ser una diatriba inmediata, convincente y fascinante, a grado tal de que el supuesto rechazo del capitalismo se ha convertido en un acto reflejo. No obstante, el planteamiento filosófico foucaultiano no habría sido posible en la extinta URSS, en China (ni antes, ni ahora), ni en el mundo islámico.

Más grave aún. La interpretación y los usos que hemos hecho del pensamiento foucaultiano ha redundado en una imagen de fragilidad y vulnerabilidad. Aunque se justifica la lucha por la reivindicación por indispensable y necesaria, nos hemos replegado de manera servil, mediocre y cobarde al modo foucaultiano. Ante los momentos de coyuntura, Foucault se replegó en su propio discurso, es decir, ante el advenimiento de las libertades sexuales, el autor francés optó por las quejas de los privilegios. La disyuntiva de la lucha rompió el núcleo de los socialistas y comunistas que, a pesar de sus esfuerzos intelectuales por dotar a la lucha de un sustento interpretativo y crítico, se conformaron con la mediocridad foucaultiana. Nuestra vocación por la revolución se sigue revolcando en el resentimiento.

@doctorsimulacro

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