/ viernes 9 de agosto de 2019

Sabiduría y sabor comparten la misma raíz etimológica

Literatura y filosofía

San Isidoro de Sevilla (ss. VI-VII) nos dice en sus Etimologías, específicamente en el Libro X, Acerca de las palabras, que “sapiens (sabio) […] deriva de sapor (sabor), porque así como el gusto es apropiado para discernir el sabor de los alimentos, así el sabio se encuentra capacitado para apreciar las cosas y sus causas” (BAC, 2004: 837). Dicho de otra manera: la sabiduría da sabor a la vida; o bien, no hay sabiduría si no se sabe saborear el conocimiento.

Sin embargo, es importante reflexionar acerca de lo que significa la palabra «sabio», pues continuamente se confunde con erudito. Este último tiene que ver con el cúmulo de conocimiento que se tenga sobre tal o cual cosa; el primero, en cambio, es el que piensa conforme a la naturaleza y sin que haya contradicción entre su pensamiento y la realidad (la realidad es lo que es —lo que existe— o puede llegar a ser —existir—). Esto es importante porque uno puede pensar muchas cosas, pero eso no las vuelve reales. Por el contrario, hay cosas que se piensan y, aunque no existen, pueden llegar a existir.

La sabiduría permite —sobre todo— profundizar en nuestro «ser humano». Nos ayuda a asumirnos desde una racionalidad que justifica nuestra forma de vida con sabor. Quizá por ello los humanistas tienen (tenemos) un mayor aprecio a la vida: la saborean al pensar en ella.

Muchas veces se ha afirmado que el conocimiento da poder; y sí, es cierto, aunque habría que definir qué tipo de poder. Sin embargo, la sabiduría —además del poder— también da placer. Placer al comprender (no sólo entender) tal o cual cosa. Nos permite ser, en suma, desde el conocimiento que nos conforma y da forma.

El sabor de la sabiduría nos ubica en un ser-siendo que no se subsume (agota) en la existencia material, sino que abarca al ser desde su decir que es al saborear que está siendo. Pero hay que saber —en todo caso— qué se dice. El Zóhar —por ejemplo— afirma “que cada uno de nosotros hable [debe hablar] palabras de sabiduría para iluminar el camino” (ﬡ 1, 2005: & 85). Y es que vivir es caminar, se recorre un camino cuando se vive; sin embargo, hay que gozar de ese camino, de ese hablar durante la vida. Al respecto es interesante considerar lo que Hans-Georg Gadamer dice en Verdad y Método: “lo específico del modo de ser de la vivencia es ser tan determinante que uno nunca pueda acabar con ella. Nietzsche dice que «en los hombres profundos todas las vivencias duran mucho tiempo». Con esto quiere decir que esta clase de hombres no las pueden olvidar pronto, que su elaboración es un largo proceso, y que precisamente en esto está su verdadero ser y su significado, no sólo en el contenido experimentado originalmente como tal” (Sígueme, 2005: 104). En otras palabras: vivir implica e imbrica vivir de manera profunda, no superficialmente, no sobrevivir. Para ello es indispensable saborear las vivencias, las cuales se recuerdan a través de las palabras que guardamos en nuestra conciencia.

La realidad no nos es ajena, la construimos con nuestras palabras. Tenemos, en ese sentido, una vocación humana: un llamado a ser humanos. Al respecto piénsese en lo que afirma José Luis L. Aranguren, en Filosofía y religión: “la vida es vocación, misión” (Trota, Obras completas, Volumen 1, 1994:81). Y esta vocación, este llamado es una forma de ser desde la palabra que saboreamos al ser lo que decimos.

Pero lo que decimos tiene consecuencias. Todo está conectado. Las palabras pueden ser camino que disfrutemos, o desierto que padezcamos. En el Zóhar se afirma que en el cristianismo Satanás nos engaña haciéndonos creer que no existe; en el judaísmo, siguiendo esta misma idea, les hace creer en la separación de la realidad, en su desunión (v. ﬡ 1, 2005: & 208). Lo mismo sucede con la sabiduría y el sabor. Ambos están conectados. Sin embargo, en el mundo contemporáneo, los hemos desunido. La sabiduría ha cedido su lugar al consumismo; y es a éste a quien saboreamos; pero es un sabor empalagoso, con el tiempo acabamos por hastiarnos. En ese sentido, la enajenación es nuestro pan de cada día. Incluso se cree que el conocimiento sólo es un medio para conseguir un título que, a su vez, permite obtener un salario. De ahí que muchas personas no encuentren placer en el conocimiento, muchos menos en el acto de pensar o incluso en leer. Han convertido sus días en medio para conseguir solamente cosas materiales, las cuales terminan por dejarles sólo un sabor pasajero.

Ser sabio, por el contrario, es saborear el conocimiento que se tiene, no de manera petulante o superflua, sino como parte de la identidad dinámica que construimos a lo largo de la vida. Por eso el conocimiento es interminable: siempre nos quedamos con ganas de más. En el Zóhar se afirma que la noche (oscuridad) y la luz (día) al estar enlazados no terminan de completarse (v. ﬡ 1, 2005: & 41). Así es nuestra vida: un constante construirse desde lo que decimos y pensamos. Sin embargo, como afirma Wittgenstein, en Investigaciones filosóficas: “pregúntate si nuestro lenguaje es completo” (UNAM, 2004: 31). ¿Cuántas palabras tenemos en nuestro lenguaje? Entiéndase esto no como el mero almacenamiento huero de palabras, como hacen los esnobistas; sino como el material que nos permite ser más profundos y, en ese sentido, apreciar más lo que decimos. Nuestra sabiduría está de por medio. Al respecto conviene recordar lo que Eduardo Nicol dice, en Metafísica de la expresión: el logos es histórico y no hay historicidad sin logos (FCE, 1989: 15). Dicho de otra forma: sin la palabra, sin el logos, somos seres a-históricos. Nuestra historicidad se da en la medida en que hablamos, o si se prefiere: en la medida en que pensamos. Saboreemos nuestras palabras.

San Isidoro de Sevilla (ss. VI-VII) nos dice en sus Etimologías, específicamente en el Libro X, Acerca de las palabras, que “sapiens (sabio) […] deriva de sapor (sabor), porque así como el gusto es apropiado para discernir el sabor de los alimentos, así el sabio se encuentra capacitado para apreciar las cosas y sus causas” (BAC, 2004: 837). Dicho de otra manera: la sabiduría da sabor a la vida; o bien, no hay sabiduría si no se sabe saborear el conocimiento.

Sin embargo, es importante reflexionar acerca de lo que significa la palabra «sabio», pues continuamente se confunde con erudito. Este último tiene que ver con el cúmulo de conocimiento que se tenga sobre tal o cual cosa; el primero, en cambio, es el que piensa conforme a la naturaleza y sin que haya contradicción entre su pensamiento y la realidad (la realidad es lo que es —lo que existe— o puede llegar a ser —existir—). Esto es importante porque uno puede pensar muchas cosas, pero eso no las vuelve reales. Por el contrario, hay cosas que se piensan y, aunque no existen, pueden llegar a existir.

La sabiduría permite —sobre todo— profundizar en nuestro «ser humano». Nos ayuda a asumirnos desde una racionalidad que justifica nuestra forma de vida con sabor. Quizá por ello los humanistas tienen (tenemos) un mayor aprecio a la vida: la saborean al pensar en ella.

Muchas veces se ha afirmado que el conocimiento da poder; y sí, es cierto, aunque habría que definir qué tipo de poder. Sin embargo, la sabiduría —además del poder— también da placer. Placer al comprender (no sólo entender) tal o cual cosa. Nos permite ser, en suma, desde el conocimiento que nos conforma y da forma.

El sabor de la sabiduría nos ubica en un ser-siendo que no se subsume (agota) en la existencia material, sino que abarca al ser desde su decir que es al saborear que está siendo. Pero hay que saber —en todo caso— qué se dice. El Zóhar —por ejemplo— afirma “que cada uno de nosotros hable [debe hablar] palabras de sabiduría para iluminar el camino” (ﬡ 1, 2005: & 85). Y es que vivir es caminar, se recorre un camino cuando se vive; sin embargo, hay que gozar de ese camino, de ese hablar durante la vida. Al respecto es interesante considerar lo que Hans-Georg Gadamer dice en Verdad y Método: “lo específico del modo de ser de la vivencia es ser tan determinante que uno nunca pueda acabar con ella. Nietzsche dice que «en los hombres profundos todas las vivencias duran mucho tiempo». Con esto quiere decir que esta clase de hombres no las pueden olvidar pronto, que su elaboración es un largo proceso, y que precisamente en esto está su verdadero ser y su significado, no sólo en el contenido experimentado originalmente como tal” (Sígueme, 2005: 104). En otras palabras: vivir implica e imbrica vivir de manera profunda, no superficialmente, no sobrevivir. Para ello es indispensable saborear las vivencias, las cuales se recuerdan a través de las palabras que guardamos en nuestra conciencia.

La realidad no nos es ajena, la construimos con nuestras palabras. Tenemos, en ese sentido, una vocación humana: un llamado a ser humanos. Al respecto piénsese en lo que afirma José Luis L. Aranguren, en Filosofía y religión: “la vida es vocación, misión” (Trota, Obras completas, Volumen 1, 1994:81). Y esta vocación, este llamado es una forma de ser desde la palabra que saboreamos al ser lo que decimos.

Pero lo que decimos tiene consecuencias. Todo está conectado. Las palabras pueden ser camino que disfrutemos, o desierto que padezcamos. En el Zóhar se afirma que en el cristianismo Satanás nos engaña haciéndonos creer que no existe; en el judaísmo, siguiendo esta misma idea, les hace creer en la separación de la realidad, en su desunión (v. ﬡ 1, 2005: & 208). Lo mismo sucede con la sabiduría y el sabor. Ambos están conectados. Sin embargo, en el mundo contemporáneo, los hemos desunido. La sabiduría ha cedido su lugar al consumismo; y es a éste a quien saboreamos; pero es un sabor empalagoso, con el tiempo acabamos por hastiarnos. En ese sentido, la enajenación es nuestro pan de cada día. Incluso se cree que el conocimiento sólo es un medio para conseguir un título que, a su vez, permite obtener un salario. De ahí que muchas personas no encuentren placer en el conocimiento, muchos menos en el acto de pensar o incluso en leer. Han convertido sus días en medio para conseguir solamente cosas materiales, las cuales terminan por dejarles sólo un sabor pasajero.

Ser sabio, por el contrario, es saborear el conocimiento que se tiene, no de manera petulante o superflua, sino como parte de la identidad dinámica que construimos a lo largo de la vida. Por eso el conocimiento es interminable: siempre nos quedamos con ganas de más. En el Zóhar se afirma que la noche (oscuridad) y la luz (día) al estar enlazados no terminan de completarse (v. ﬡ 1, 2005: & 41). Así es nuestra vida: un constante construirse desde lo que decimos y pensamos. Sin embargo, como afirma Wittgenstein, en Investigaciones filosóficas: “pregúntate si nuestro lenguaje es completo” (UNAM, 2004: 31). ¿Cuántas palabras tenemos en nuestro lenguaje? Entiéndase esto no como el mero almacenamiento huero de palabras, como hacen los esnobistas; sino como el material que nos permite ser más profundos y, en ese sentido, apreciar más lo que decimos. Nuestra sabiduría está de por medio. Al respecto conviene recordar lo que Eduardo Nicol dice, en Metafísica de la expresión: el logos es histórico y no hay historicidad sin logos (FCE, 1989: 15). Dicho de otra forma: sin la palabra, sin el logos, somos seres a-históricos. Nuestra historicidad se da en la medida en que hablamos, o si se prefiere: en la medida en que pensamos. Saboreemos nuestras palabras.

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