/ miércoles 6 de noviembre de 2019

San Francisquito, la historia detrás de “El Barrio de los Brujos”

Pese a que las creencias y prácticas ligadas a la religión prehispánica fueron prohibidas por las autoridades del gobierno colonial, comunidades como las que habitan este barrio, conservaron la sabiduría y conocimiento sobre la medicina tradicional

Por mucho tiempo, San Francisquito fue conocido entre la población como el “Barrio de los brujos”, un apelativo que junto al de hechicero, fue reforzado y normalizado entre los lugareños, a través de casos como el de Josefa Ramos alias “ la Chuparratones”; una mujer que en 1686 fue acusada de brujería ante el Santo Oficio, bajo el supuesto de haber causado la posesión demoniaca de varias jóvenes queretanas.

Analizado por investigadores como Felipe Canuto y Ángel Serrano en “La brujería a finales del siglo XVII: el caso de “la Chuparratones” (2018), el seguimiento permite entrever los prejuicios y estereotipos creados y reproducidos por los españoles, en torno a los rituales y las prácticas tradicionales de sanación que seguían las antiguas civilizaciones precolombinas.

Y es que en el imaginario colonial, la representación europea sobre la bruja –mujer antisocial que tras haber hecho un pacto con el demonio causa maleficios sobre otras personas–, fue asociada con el nahualli: un término mesoamericano empleado para hablar sobre aquellas personas capaces de transformarse en otros animales.

Tales creencias sobre estas prácticas –que causaron el oprobio social, la persecución, tortura y castigo de quienes las realizaban–, se extendieron hasta el siglo XXI; provocando una disminución significativa de curanderos, hueseros, sanadores y parteras tradicionales que prestaban sus servicios a la comunidad, y eran a su vez transmisores de estos saberes para las nuevas generaciones.

“La misma actitud contra los curanderos se observa con los indígenas, en cuanto a su cultura y lenguaje; en los años 50 todavía había mucha gente que hablaba el otomí [en San Francisquito], pero como era considerado de salvajes o de gente ignorante, poco a poco fue desapareciendo”, explica José Gerardo Bohórquez; un investigador que por más de diez años, se ha dedicado al estudio de la cultura y tradición conchera en esta demarcación.

Tras realizar varias colaboraciones sobre este tema en BARROCO, en 2014 Bohórquez reunió sus textos en “Los Concheros en el siglo XXI”, un libro donde además de hablar de la historia y la cultura de los danzantes de este barrio, menciona la espiritualidad y el cuerpo como elementos centrales de su cosmovisión.

Los oratorios o capillas que persisten y a los cuales se recurre durante la celebración de la Santa Cruz de los Milagros evoca esta espiritualidad que fue heredada por el mundo prehispánico y que constituye de los pocos espacios en los que se puede acceder como público/ Cortesía Bohórquez

Los oratorios: espacios de resistencia

En “Vuelo y andanzas por los barrios de Santiago de Querétaro” (2018), el antropólogo Edgardo Moreno, narra que entre 1531 y 1538 diferentes agrupaciones otomíes ocuparon la parte alta y la cuesta sureste del Cerro de Sangremal, dando origen a lo que hoy se conoce como el barrio de San Francisquito.

A diferencia de los otros barrios de Querétaro, el antropólogo afirma que San Panchito – como los lugareños le dicen de manera coloquial– se ha distinguido por sus rasgos culturales, manifestados a través de su “conciencia mágico religiosa”, y por medio de oratorios o capillas tradicionales.

“El recinto ceremonial es regularmente un cuarto pequeño, llamado oratorio o capilla, en cuyo altar está colocada la Santa Cruz de los Milagros, Santiago Apóstol; la Virgen, en cualquiera de sus advocaciones; retratos de antepasados, amuletos, ofrendas, gallardetes, banderas, plumas, flores y otros íconos que sustituyen las antiguas deidades prehispánicas por cristianas, aunque algunas veces, muchos mestizos han perdido esta asociación”, señala Moreno en la investigación.

Estos espacios, donde se enmarcan las ceremonias sagradas de septiembre por la fiesta de la Santa Cruz de los Milagros, que además sirven de recinto para las limpias y rituales de sanación en otros momentos del año, son una muestra de la resistencia cultural de sus habitantes, quienes a través del sincretismo religioso y cultural han logrado preservar, tanto el conocimiento sobre las diversas técnicas de sanación, como la sabiduría sobre las plantas medicinales y sus aplicaciones; aunque según afirma Bohórquez, ya no lo promuevan como antes.

Los curanderos, hueseros y chamanes eran poseedores de un gran bagaje cultural sobre plantas y talismanes; emplean hierbas como el gordolobo para sacar las flemas; el palo de pungüica para el riñón; la hierba del perro o escoba blanca para la diarrea; la borra para la calentura, y hierbas como la Altamisa, el pirul, romero, ruda y albahaca para hacer limpias / Donna Oliveros

Cuerpo y espíritu

Por otra parte, Bohórquez lamenta que las prácticas hayan disminuido de manera considerable en los últimos años, pese a que instituciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS) han reconocido que el pueblo tiene el derecho a participar individual y colectivamente en la planificación y aplicación de su atención de salud.

Además han instado a los estados a respetar, preservar y comunicar ampliamente el conocimiento de la medicina, los tratamientos y las prácticas tradicionales; y a formular políticas, reglamentos y normas nacionales en el marco de un sistema nacional de salud integral, para promover el uso apropiado, seguro y eficaz de la medicina tradicional, considerando así la posibilidad, de incluir la medicina tradicional en sus sistemas de salud, entre otros aspectos.

“Yo ya la considero casi en extinción”, dice, mientras recuerda sus primeras pesquisas sobre el tema hace diez años. Platica que cuando comenzó a escribir sobre los concheros de San Francisquito, su interés se concentraba principalmente en la espiritualidad de los danzantes; no obstante, conforme la investigación fue avanzando, se encontró de frente con una cosmovisión que a diferencia de la occidental, no disociaba el cuerpo del alma y de la mente.

En las prácticas de sanación tradicional de San Francisquito, explica, lo psíquico era un aspecto de gran relevancia en el proceso curativo, y para el diagnóstico se tomaba en cuenta siempre el contexto social y cultural de las persona; es decir, su visión de los padecimientos era holística, y quienes las practicaban, estaban abiertos a utilizar técnicas provenientes de otros campos o visiones de la sanación, que incluían a la medicina occidental.

Algunos incluso se acercaban a las universidades para aprender sobre fitoterapia y otros tratamientos para enfermedades comunes y tradicionales como el espanto y empacho, la caída de mollera, la esterilidad, el envenenamiento, las torceduras, el estrés y la depresión.

Investigador Bohorquez asegura que muchos de los curanderos tuvieron que emigrar por cuestiones de gentrificación, a pesar de tratarse de gente a la que recurrían para hacer limpias o tratas enfermedades desde un contexto general como el entorno / Donna Oliveros

Poseedores de un gran bagaje cultural sobre plantas y talismanes, asevera que las y los curanderos, hueseros y chamanes que entrevistó trabajaban principalmente en la prevención de enfermedades, y recomendaban hierbas como el gordolobo para sacar las flemas; el palo de pungüica para el riñón; la hierba del perro o escoba blanca para la diarrea; la borra para la calentura, y hierbas como la Altamisa, el pirul, romero, ruda y albahaca para hacer limpias.

Su práctica los conectaba cotidianamente con los mercados de Abastos y Escobedo, o con sus propios jardines, donde las cultivaban con gran esmero. Además, no sólo los habitantes de San Francisquito eran beneficiados con estas formas tradicionales de curación, el barrio también era frecuentado por personas que viajaban en diciembre desde Estados Unidos, así como del Estado de México, San Luis Potosí y Guanajuato, asegura Moreno.

No obstante, lo que por mucho tiempo significó una alternativa de sanación para las clases populares, a causa del tabú y los prejuicios en torno a esta prácticas, así como por las nuevas dinámicas económicas –que obligaron a muchos de ellos a mudarse o dedicarse a otras actividades–, poco a poco a la medicina tradicional se le fue cerrando camino.

Gentrificación y salud

A través de movimientos como “San Francisquito no se vende” y “San Pancho en resistencia”, los habitantes han denunciado el peligro que representa para su cultura el cambio del uso de suelo, así como la llegada de nuevos capitales y de personas pertenecientes a otras clases sociales, quienes interesadas en la localización céntrica del barrio, compran o rentas casas, elevando así los costos de vida.

De acuerdo con Bohórquez, este fenómeno urbanístico ha ocasionado que mucha gente, incluyendo curanderos y hueseros tradicionales, se hayan tenido que mudar hacia colonias periféricas, lo cual ha ocasionado que interrumpan su práctica y se dediquen a otras labores.

“Avenida de la Luz y Lomas de Casa Blanca, son algunos de los lugares a los que han tenido que recurrir por la famosa gentrificación… como la señora Lucía, quien se dedicaba a hacer limpias y mucha gente la buscaba; ya no vive en San Francisquito porque el propietario vendió la casa que rentaba… luego alquiló otra a las orillas del barrio, por la pila ‘Buenas entradas’, pero le cobraban tres veces más de lo que pagaba, así que pues finalmente tuvo que irse (...) un tema muy grave porque eso también acaba con la cultura. Entonces actualmente hay más farmacias de genéricos con consultorio operando, que espacios donde se practique la medicina de campo, la natural, la tradicional… claro que persiste, pero se realiza sólo a nivel familiar, ya no dan servicio hacia fuera” , lamenta el investigador.

Asimismo señala que es en la celebración de la Santa Cruz de los Milagros, donde aún se hace tangible esta espiritualidad en lo público, y personas de diferentes estados de la República son invitados a vivir la tradición y sus rituales en los oratorios y capillas de San Francisquito.

Por mucho tiempo, San Francisquito fue conocido entre la población como el “Barrio de los brujos”, un apelativo que junto al de hechicero, fue reforzado y normalizado entre los lugareños, a través de casos como el de Josefa Ramos alias “ la Chuparratones”; una mujer que en 1686 fue acusada de brujería ante el Santo Oficio, bajo el supuesto de haber causado la posesión demoniaca de varias jóvenes queretanas.

Analizado por investigadores como Felipe Canuto y Ángel Serrano en “La brujería a finales del siglo XVII: el caso de “la Chuparratones” (2018), el seguimiento permite entrever los prejuicios y estereotipos creados y reproducidos por los españoles, en torno a los rituales y las prácticas tradicionales de sanación que seguían las antiguas civilizaciones precolombinas.

Y es que en el imaginario colonial, la representación europea sobre la bruja –mujer antisocial que tras haber hecho un pacto con el demonio causa maleficios sobre otras personas–, fue asociada con el nahualli: un término mesoamericano empleado para hablar sobre aquellas personas capaces de transformarse en otros animales.

Tales creencias sobre estas prácticas –que causaron el oprobio social, la persecución, tortura y castigo de quienes las realizaban–, se extendieron hasta el siglo XXI; provocando una disminución significativa de curanderos, hueseros, sanadores y parteras tradicionales que prestaban sus servicios a la comunidad, y eran a su vez transmisores de estos saberes para las nuevas generaciones.

“La misma actitud contra los curanderos se observa con los indígenas, en cuanto a su cultura y lenguaje; en los años 50 todavía había mucha gente que hablaba el otomí [en San Francisquito], pero como era considerado de salvajes o de gente ignorante, poco a poco fue desapareciendo”, explica José Gerardo Bohórquez; un investigador que por más de diez años, se ha dedicado al estudio de la cultura y tradición conchera en esta demarcación.

Tras realizar varias colaboraciones sobre este tema en BARROCO, en 2014 Bohórquez reunió sus textos en “Los Concheros en el siglo XXI”, un libro donde además de hablar de la historia y la cultura de los danzantes de este barrio, menciona la espiritualidad y el cuerpo como elementos centrales de su cosmovisión.

Los oratorios o capillas que persisten y a los cuales se recurre durante la celebración de la Santa Cruz de los Milagros evoca esta espiritualidad que fue heredada por el mundo prehispánico y que constituye de los pocos espacios en los que se puede acceder como público/ Cortesía Bohórquez

Los oratorios: espacios de resistencia

En “Vuelo y andanzas por los barrios de Santiago de Querétaro” (2018), el antropólogo Edgardo Moreno, narra que entre 1531 y 1538 diferentes agrupaciones otomíes ocuparon la parte alta y la cuesta sureste del Cerro de Sangremal, dando origen a lo que hoy se conoce como el barrio de San Francisquito.

A diferencia de los otros barrios de Querétaro, el antropólogo afirma que San Panchito – como los lugareños le dicen de manera coloquial– se ha distinguido por sus rasgos culturales, manifestados a través de su “conciencia mágico religiosa”, y por medio de oratorios o capillas tradicionales.

“El recinto ceremonial es regularmente un cuarto pequeño, llamado oratorio o capilla, en cuyo altar está colocada la Santa Cruz de los Milagros, Santiago Apóstol; la Virgen, en cualquiera de sus advocaciones; retratos de antepasados, amuletos, ofrendas, gallardetes, banderas, plumas, flores y otros íconos que sustituyen las antiguas deidades prehispánicas por cristianas, aunque algunas veces, muchos mestizos han perdido esta asociación”, señala Moreno en la investigación.

Estos espacios, donde se enmarcan las ceremonias sagradas de septiembre por la fiesta de la Santa Cruz de los Milagros, que además sirven de recinto para las limpias y rituales de sanación en otros momentos del año, son una muestra de la resistencia cultural de sus habitantes, quienes a través del sincretismo religioso y cultural han logrado preservar, tanto el conocimiento sobre las diversas técnicas de sanación, como la sabiduría sobre las plantas medicinales y sus aplicaciones; aunque según afirma Bohórquez, ya no lo promuevan como antes.

Los curanderos, hueseros y chamanes eran poseedores de un gran bagaje cultural sobre plantas y talismanes; emplean hierbas como el gordolobo para sacar las flemas; el palo de pungüica para el riñón; la hierba del perro o escoba blanca para la diarrea; la borra para la calentura, y hierbas como la Altamisa, el pirul, romero, ruda y albahaca para hacer limpias / Donna Oliveros

Cuerpo y espíritu

Por otra parte, Bohórquez lamenta que las prácticas hayan disminuido de manera considerable en los últimos años, pese a que instituciones como la Organización Mundial de la Salud (OMS) han reconocido que el pueblo tiene el derecho a participar individual y colectivamente en la planificación y aplicación de su atención de salud.

Además han instado a los estados a respetar, preservar y comunicar ampliamente el conocimiento de la medicina, los tratamientos y las prácticas tradicionales; y a formular políticas, reglamentos y normas nacionales en el marco de un sistema nacional de salud integral, para promover el uso apropiado, seguro y eficaz de la medicina tradicional, considerando así la posibilidad, de incluir la medicina tradicional en sus sistemas de salud, entre otros aspectos.

“Yo ya la considero casi en extinción”, dice, mientras recuerda sus primeras pesquisas sobre el tema hace diez años. Platica que cuando comenzó a escribir sobre los concheros de San Francisquito, su interés se concentraba principalmente en la espiritualidad de los danzantes; no obstante, conforme la investigación fue avanzando, se encontró de frente con una cosmovisión que a diferencia de la occidental, no disociaba el cuerpo del alma y de la mente.

En las prácticas de sanación tradicional de San Francisquito, explica, lo psíquico era un aspecto de gran relevancia en el proceso curativo, y para el diagnóstico se tomaba en cuenta siempre el contexto social y cultural de las persona; es decir, su visión de los padecimientos era holística, y quienes las practicaban, estaban abiertos a utilizar técnicas provenientes de otros campos o visiones de la sanación, que incluían a la medicina occidental.

Algunos incluso se acercaban a las universidades para aprender sobre fitoterapia y otros tratamientos para enfermedades comunes y tradicionales como el espanto y empacho, la caída de mollera, la esterilidad, el envenenamiento, las torceduras, el estrés y la depresión.

Investigador Bohorquez asegura que muchos de los curanderos tuvieron que emigrar por cuestiones de gentrificación, a pesar de tratarse de gente a la que recurrían para hacer limpias o tratas enfermedades desde un contexto general como el entorno / Donna Oliveros

Poseedores de un gran bagaje cultural sobre plantas y talismanes, asevera que las y los curanderos, hueseros y chamanes que entrevistó trabajaban principalmente en la prevención de enfermedades, y recomendaban hierbas como el gordolobo para sacar las flemas; el palo de pungüica para el riñón; la hierba del perro o escoba blanca para la diarrea; la borra para la calentura, y hierbas como la Altamisa, el pirul, romero, ruda y albahaca para hacer limpias.

Su práctica los conectaba cotidianamente con los mercados de Abastos y Escobedo, o con sus propios jardines, donde las cultivaban con gran esmero. Además, no sólo los habitantes de San Francisquito eran beneficiados con estas formas tradicionales de curación, el barrio también era frecuentado por personas que viajaban en diciembre desde Estados Unidos, así como del Estado de México, San Luis Potosí y Guanajuato, asegura Moreno.

No obstante, lo que por mucho tiempo significó una alternativa de sanación para las clases populares, a causa del tabú y los prejuicios en torno a esta prácticas, así como por las nuevas dinámicas económicas –que obligaron a muchos de ellos a mudarse o dedicarse a otras actividades–, poco a poco a la medicina tradicional se le fue cerrando camino.

Gentrificación y salud

A través de movimientos como “San Francisquito no se vende” y “San Pancho en resistencia”, los habitantes han denunciado el peligro que representa para su cultura el cambio del uso de suelo, así como la llegada de nuevos capitales y de personas pertenecientes a otras clases sociales, quienes interesadas en la localización céntrica del barrio, compran o rentas casas, elevando así los costos de vida.

De acuerdo con Bohórquez, este fenómeno urbanístico ha ocasionado que mucha gente, incluyendo curanderos y hueseros tradicionales, se hayan tenido que mudar hacia colonias periféricas, lo cual ha ocasionado que interrumpan su práctica y se dediquen a otras labores.

“Avenida de la Luz y Lomas de Casa Blanca, son algunos de los lugares a los que han tenido que recurrir por la famosa gentrificación… como la señora Lucía, quien se dedicaba a hacer limpias y mucha gente la buscaba; ya no vive en San Francisquito porque el propietario vendió la casa que rentaba… luego alquiló otra a las orillas del barrio, por la pila ‘Buenas entradas’, pero le cobraban tres veces más de lo que pagaba, así que pues finalmente tuvo que irse (...) un tema muy grave porque eso también acaba con la cultura. Entonces actualmente hay más farmacias de genéricos con consultorio operando, que espacios donde se practique la medicina de campo, la natural, la tradicional… claro que persiste, pero se realiza sólo a nivel familiar, ya no dan servicio hacia fuera” , lamenta el investigador.

Asimismo señala que es en la celebración de la Santa Cruz de los Milagros, donde aún se hace tangible esta espiritualidad en lo público, y personas de diferentes estados de la República son invitados a vivir la tradición y sus rituales en los oratorios y capillas de San Francisquito.

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