/ martes 17 de septiembre de 2019

Solitaria oreja, Sergio Flores en Juriquilla

Los aceros impidieron mayor corte de apéndices en una tarde caracterizada por la fiesta de independencia

El mejor momento de la tarde, un par de buenos naturales, lo protagonizó Sergio Flores con su noble segundo, justo cuando el burel había ya dado muestras de rajarse y buscar las tablas, que en Juriquilla son concreto, a la altura del tendido uno. El tlaxcalteca logró estructurar tandas de muletazos por ambos lados, con un toro entregado a la muleta, que fueron coreados por el público y que avizoraban triunfo. Falló, sin embargo, con el acero -dos pinchazos, estocada contraria y descabello- y sólo le alcanzó para garantizar una nutrida ovación del respetable, recibida desde el tercio.

Flores había ya paseado la única oreja otorgada en la tarde, luego de petición, acaso no mayoritaria, del público asistente, tras un espadazo de buenos efectos, faena donde prevalecieron los redondos con la derecha y destacó una tanda de pases de trinchera y de la firma rodilla en tierra, ante un toro de poco fuelle, pero complicado y, a ratos, amarrado a la arena. La faena de muleta fue de más a menos, acabando Sergio por confeccionar manoletinas a distancia y lograr una estocada que pasaportó al toro que había brindado al ganadero de Begoña, dehesa que lidiaba por primera vez en Juriquilla, a pesar de las más de tres décadas de historia de esta plaza.

LAS DOS VERSIONES DE JOSELITO

Por su parte, el primer espada, Joselito Adame, estuvo, como era de esperarse, en su versión mexicana, alejada de ese torero que se presentó en Madrid con el corazón por delante y la seriedad en sus actos. La buena versión, sin embargo, la esbozó con su primero, al que sacó de su querencia natural frente a chiqueros, luego de confeccionarle ahí una tanda de muletazos de trinchera y de la firma. En los medios le dio una seria tanda de redondos con la derecha, pero, en un descuido, el burel lo levantó y le pegó una voltereta que, si bien no tuvo consecuencias físicas, sí cambió radicalmente el toreo del hidrocálido, quien estructuró algunas tandas de derechazos por piernas y un par de naturales, antes de las consabidas y distantes manoletinas. Aunque intentó matar recibiendo, tuvo que conformarse con dos pinchazos y una estocada defectuosa, para recibir palmas de las alturas.

Con el quinto de la tarde, un noble castaño ojo de perdiz, pecó de efectismo de principio a fin; desde el capote con zapopinas danzantes, hasta tandas despegadas, por ambos lados, con la muleta, y el tradicional colofón de insaboros molinetes. Acaso el respetable le hubiese otorgado un mayor premio si no reafirma su imprecisión con la toledana -dos pinchazos y descabello-. Cuando un principiante desaprovecha un buen toro por inexperiencia, es una pena, pero cuando lo hace un profesional que se dice primera figura, y además con plena convicción de torear a las mayorías de las alturas, es imperdonable.

Foto: Hugo Arciniega

UNA DINASTÍA DE CAPA CAÍDA

Mucho tendrá que hacer, que trabajar, Fermín Espinosa IV para estar a la altura de una dinastía como la suya; esa que tuvo su cúspide en la sapiencia del “maestro de Saltillo”, que pasó por la soberbia mano izquierda de su tío Miguel, y aún por la capacidad torera de su padre Fermín. Este domingo, en el coso de Juriquilla, el más pequeño de los Armillita naufragó con su complicado primer enemigo, pero también lo hizo con el dócil toro que cerró plaza, mostrando un color tan verde como el verde manzana de su terno.

Castaño, ojinegro y coletero fue su primero, que regateó embestidas y abusó de quedarse corto; negro bragado su segundo, dócil y sin malas ideas. Fermín jamás se confió con el cuarto de la tarde y muleteó a distancia en una faena que contó como su mejor momento con los iniciales muletazos de trinchera y de la firma, rodilla en tierra y de los tercios hacia los medios; recompuso terrenos en el tercer tercio con el séptimo, a quién le había hecho un quite por navarras, apostando por florituras fuera de lugar. A uno lo mató de estocada caída y al otro de tres pinchazos y un bajonazo.

Foto: Hugo Arciniega

TORRE, INCOLORO E INSABORO

Estando el público actual acostumbrado a admirar a los rejoneadores de dimensiones espectaculares que hoy pueden verse por las plazas del mundo, la participación de Sebastián Torre en la tradicional corrida septembrina de Juriquilla tiene una difícil explicación taurina. Con una actuación donde dominaron los desplantes sobre la efectividad, el caballista tuvo su mejor -su único- momento con las banderillas cortas, que logró clavar en redondo; el resto, sobre todo cuando intentó clavar palitroques a dos manos, fue lamentable. Fue aplaudido desde las barreras, eso sí, por su familia y amigos.

DESTACADOS MORA Y SALDAÑA

Mención aparte merece la actuación de algunos de los subalternos del tradicional festejo patrio: Víctor Mora, quien se desmonteró tras colocar dos excelentes pares de banderillas al quinto del festejo; y la sapiencia de Juan Ramón Saldaña, quien, ante las complicaciones para cubrir el segundo tercio con el primero de Joselito Adame, clavó un estupendo par al sesgo. Nos perdimos de verle una segunda ejecución ante el abrupto cambio de tercio, concedido por lo que, consideraron desde el palco de la autoridad, eran condiciones insalvables del burel. También, claro está, un puyado del joven picador César Morales, en la puerta misma de toriles, quien aguantó la embestida de ese mismo toro, segundo en saltar al ruedo.

LOS DE BEGOÑA

Dos fueron los toros de Begoña rescatables del encierro enviado a Juriquilla, por primera vez en la historia de esa plaza: “Nación Libre”, el segundo de Adame, que fue a la muleta con nobleza, aunque perdió las manos pronto y dio muestras de rajarse al final del trasteo de muleta; y “Viva México”, el segundo de Flores, que propició el tumbo del varilarguero, y en la muleta fue de largo y tuvo recorrido. Los despojos de este último fueron honrados con vuelta al ruedo, pese a que recibió apenas un puyacito y también acabó rajándose al final de su desempeño en el ruedo.

La plaza de Juriquilla, donde se inició el festejo con catorce minutos de tardanza -sólo nueve en el horario propio del coso- lució casi un lleno total y la barrera estuvo adornada con pinturas alusivas a la conmemoración del Grito de Independencia. Se practicó nuevamente la viciada costumbre de solicitar el cambio de tercio con tan solo dos pares de banderillas, cosa que, afortunadamente, no se concedió mas que en una ocasión.

El mejor momento de la tarde, un par de buenos naturales, lo protagonizó Sergio Flores con su noble segundo, justo cuando el burel había ya dado muestras de rajarse y buscar las tablas, que en Juriquilla son concreto, a la altura del tendido uno. El tlaxcalteca logró estructurar tandas de muletazos por ambos lados, con un toro entregado a la muleta, que fueron coreados por el público y que avizoraban triunfo. Falló, sin embargo, con el acero -dos pinchazos, estocada contraria y descabello- y sólo le alcanzó para garantizar una nutrida ovación del respetable, recibida desde el tercio.

Flores había ya paseado la única oreja otorgada en la tarde, luego de petición, acaso no mayoritaria, del público asistente, tras un espadazo de buenos efectos, faena donde prevalecieron los redondos con la derecha y destacó una tanda de pases de trinchera y de la firma rodilla en tierra, ante un toro de poco fuelle, pero complicado y, a ratos, amarrado a la arena. La faena de muleta fue de más a menos, acabando Sergio por confeccionar manoletinas a distancia y lograr una estocada que pasaportó al toro que había brindado al ganadero de Begoña, dehesa que lidiaba por primera vez en Juriquilla, a pesar de las más de tres décadas de historia de esta plaza.

LAS DOS VERSIONES DE JOSELITO

Por su parte, el primer espada, Joselito Adame, estuvo, como era de esperarse, en su versión mexicana, alejada de ese torero que se presentó en Madrid con el corazón por delante y la seriedad en sus actos. La buena versión, sin embargo, la esbozó con su primero, al que sacó de su querencia natural frente a chiqueros, luego de confeccionarle ahí una tanda de muletazos de trinchera y de la firma. En los medios le dio una seria tanda de redondos con la derecha, pero, en un descuido, el burel lo levantó y le pegó una voltereta que, si bien no tuvo consecuencias físicas, sí cambió radicalmente el toreo del hidrocálido, quien estructuró algunas tandas de derechazos por piernas y un par de naturales, antes de las consabidas y distantes manoletinas. Aunque intentó matar recibiendo, tuvo que conformarse con dos pinchazos y una estocada defectuosa, para recibir palmas de las alturas.

Con el quinto de la tarde, un noble castaño ojo de perdiz, pecó de efectismo de principio a fin; desde el capote con zapopinas danzantes, hasta tandas despegadas, por ambos lados, con la muleta, y el tradicional colofón de insaboros molinetes. Acaso el respetable le hubiese otorgado un mayor premio si no reafirma su imprecisión con la toledana -dos pinchazos y descabello-. Cuando un principiante desaprovecha un buen toro por inexperiencia, es una pena, pero cuando lo hace un profesional que se dice primera figura, y además con plena convicción de torear a las mayorías de las alturas, es imperdonable.

Foto: Hugo Arciniega

UNA DINASTÍA DE CAPA CAÍDA

Mucho tendrá que hacer, que trabajar, Fermín Espinosa IV para estar a la altura de una dinastía como la suya; esa que tuvo su cúspide en la sapiencia del “maestro de Saltillo”, que pasó por la soberbia mano izquierda de su tío Miguel, y aún por la capacidad torera de su padre Fermín. Este domingo, en el coso de Juriquilla, el más pequeño de los Armillita naufragó con su complicado primer enemigo, pero también lo hizo con el dócil toro que cerró plaza, mostrando un color tan verde como el verde manzana de su terno.

Castaño, ojinegro y coletero fue su primero, que regateó embestidas y abusó de quedarse corto; negro bragado su segundo, dócil y sin malas ideas. Fermín jamás se confió con el cuarto de la tarde y muleteó a distancia en una faena que contó como su mejor momento con los iniciales muletazos de trinchera y de la firma, rodilla en tierra y de los tercios hacia los medios; recompuso terrenos en el tercer tercio con el séptimo, a quién le había hecho un quite por navarras, apostando por florituras fuera de lugar. A uno lo mató de estocada caída y al otro de tres pinchazos y un bajonazo.

Foto: Hugo Arciniega

TORRE, INCOLORO E INSABORO

Estando el público actual acostumbrado a admirar a los rejoneadores de dimensiones espectaculares que hoy pueden verse por las plazas del mundo, la participación de Sebastián Torre en la tradicional corrida septembrina de Juriquilla tiene una difícil explicación taurina. Con una actuación donde dominaron los desplantes sobre la efectividad, el caballista tuvo su mejor -su único- momento con las banderillas cortas, que logró clavar en redondo; el resto, sobre todo cuando intentó clavar palitroques a dos manos, fue lamentable. Fue aplaudido desde las barreras, eso sí, por su familia y amigos.

DESTACADOS MORA Y SALDAÑA

Mención aparte merece la actuación de algunos de los subalternos del tradicional festejo patrio: Víctor Mora, quien se desmonteró tras colocar dos excelentes pares de banderillas al quinto del festejo; y la sapiencia de Juan Ramón Saldaña, quien, ante las complicaciones para cubrir el segundo tercio con el primero de Joselito Adame, clavó un estupendo par al sesgo. Nos perdimos de verle una segunda ejecución ante el abrupto cambio de tercio, concedido por lo que, consideraron desde el palco de la autoridad, eran condiciones insalvables del burel. También, claro está, un puyado del joven picador César Morales, en la puerta misma de toriles, quien aguantó la embestida de ese mismo toro, segundo en saltar al ruedo.

LOS DE BEGOÑA

Dos fueron los toros de Begoña rescatables del encierro enviado a Juriquilla, por primera vez en la historia de esa plaza: “Nación Libre”, el segundo de Adame, que fue a la muleta con nobleza, aunque perdió las manos pronto y dio muestras de rajarse al final del trasteo de muleta; y “Viva México”, el segundo de Flores, que propició el tumbo del varilarguero, y en la muleta fue de largo y tuvo recorrido. Los despojos de este último fueron honrados con vuelta al ruedo, pese a que recibió apenas un puyacito y también acabó rajándose al final de su desempeño en el ruedo.

La plaza de Juriquilla, donde se inició el festejo con catorce minutos de tardanza -sólo nueve en el horario propio del coso- lució casi un lleno total y la barrera estuvo adornada con pinturas alusivas a la conmemoración del Grito de Independencia. Se practicó nuevamente la viciada costumbre de solicitar el cambio de tercio con tan solo dos pares de banderillas, cosa que, afortunadamente, no se concedió mas que en una ocasión.

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