/ viernes 10 de enero de 2020

El sonido de la ira (parte II de III)

Punto al que lo lea

De cómo un cúmulo de mujeres decidieron convertirse en hombres para sobrevivir.


Imagine usted a una jovencita de quince años que fue enclaustrada en un convento desde que era una niña y que, después de recibir una violenta golpiza por parte de la madre superiora, decidió robar las llaves de la puerta principal para huir. Trate de sentir el pulso acelerado de esa prófuga que confeccionó apresuradamente un traje de hombre y se lo encasquetó. Esboce una sonrisa cómplice al escuchar los argumentos mediante los cuales esa damita travestida convenció a varios señores ricos y encumbrados de que lo contrataran como paje. Embárquese con ella, con Catalina de Erauso, en el viaje trasatlántico que, a inicios del siglo XVII, emprendió para llegar a Venezuela. Revoltosa, peleonera, valiente y brava, esta mujer acabó convirtiéndose en un soldado temerario al que pocos osaban confrontar. No tenía un carácter dócil y explotaba a la menor provocación, por lo que tuvo que cambiar de nombre y lugar de residencia en incontables ocasiones, pero nunca reveló su verdadero sexo, hasta que, después de veinte años de comandar contiendas bélicas exitosas fue arrestada por tasajearle la cara a un joven que, en un corral de comedias, le pidió que no obstruyera la vista. Catalina, para aspirar al perdón, tuvo entonces que confesar y narrar sus venturas y desventuras. Regresó a España y se convirtió en leyenda, el rey mismo la invitó a su palacio para escuchar de viva voz y en primera persona las anécdotas acaecidas a esta envalentonada fémina para la que Su Majestad acuñó el nombre con el que la recordamos: La Monja Alférez.

*

Ahora, trasládese usted al siglo XVIII mediante la prodigiosa facultad mental que nos permite viajar a través del tiempo y el espacio sin necesidad de mover ni un solo dedo. ¿Puede ver a esa niña impetuosa que nació en Irlanda bajo el nombre de Margaret Ann Bulkley quien, cumplida la mayoría de edad, camuflada mediante un atuendo convincentemente viril se inscribió en la carrera de medicina de la Universidad de Edimburgo? Mírela adoptar el nombre de su tío, el famoso artista liberal James Barry, para pasar desapercibida entre sus compañeros. Vamos a espiarla sigilosamente a través de una rendija de su habitación para escucharla practicar el engolamiento de la voz y estudiar Fisiología con ahínco. Y ya que estamos acostumbrándonos al bamboleo de los barcos, abordemos la nave que lleva al recién egresado médico a Sudáfrica, a Cape Town, en ese entonces colonia inglesa. ¡Increíble! James Barry salvó la vida de la hija del gobernador y practicó la primera cesárea exitosa llevada a cabo en África. Recibió un nombramiento militar y, ofreciendo una fachada de hombre sobrio, mantuvo a los curiosos lejos de su vida privada. Al envejecer regresó a Londres y sólo después de su muerte, cuando su cuerpo fue auscultado por una indiscreta, se descubrió el secreto: James Barry fue en realidad la primera mujer que practicó la medicina formal y célebremente.

*

Disculpe usted el ajetreo espacio-temporal al que lo estoy sometiendo, pero quisiera que saltáramos hacia atrás, para romper esa inercia progresiva y lineal a la que nos han acostumbrado los estudios históricos. Vamos a París, al siglo XIV, donde se encuentra una viuda que en la infancia fue educada amorosamente por un padre intelectual que no vio ningún impedimento para que su hija aprendiera latín y adquiriera conocimientos que estaban reservados para los hombres. Christine de Pizan se crio en la corte de Carlos V de Francia, se casó por amor a los quince años y, debido a las turbulencias políticas y a la peste perdió a su padre y a su esposo. ¿Conoce usted a alguna mujer valiente que, orillada por las circunstancias, tuvo que tomar las riendas de su hogar y mantener a su madre, hermanos e hijos? Pues entonces puede imaginar fácilmente las dificultades por las que atravesó Christine. Por supuesto, en la Edad Media, el camino de las mujeres estaba plagado de muchos más obstáculos; pesaban sobre ellas estigmas atroces (algunos de los cuales hoy en día aún siguen empantanando la cabeza de algunos) que les atribuían una predisposición connatural a la estupidez y la lascivia. Una mujer debía permanecer encerrada en su casa, vigilada de cerca por el padre o el marido, mismos que no existían ya en el entorno familiar de Christine. Y esta dama empezó a escribir para mantener a los suyos, así, como mujer, sin travestirse, sin cambiarse de nombre. Concibió poemas bellísimos, reflexiones agudas y relatos ficticios, como “La Ciudad de las Mujeres”, en el que la Razón y la Justicia edifican una urbe a la que podían acceder las féminas inteligentes; para construir esta ciudad fue necesario cavar profundamente para extirpar del terreno todos los prejuicios misóginos. Christine vendió a buen precio sus escritos y peleó contra las injustas normas burocráticas que casi le arrebatan la herencia de su marido. Ella fue la primera escritora profesional que logró ganarse la vida con sus letras. Gracias a que se involucró en una contienda literaria mediante la cual ella, con lucidez e ingenio, defendió a las mujeres de la pluma insidiosa de un macho atroz, su fama creció e inspiró a una legión de estudiantes universitarios que fundaron “La orden de la Rosa”, grupo de escritores que prometió defender la valía de las damas.

*

Y no podemos dejar de visitar el siglo XIX, para mirar de cerca a Aurore Dupin, que se convirtió en George Sand, un escritor dandy que se codeó con la intelectualidad francesa. Vestido elegantemente recorrió las calles de París y mantuvo una intensa actividad creativa. Esperen un momento, falta un pequeñísimo brinco al año 855, tiempo en el que quizás, si las leyendas son ciertas, la papisa Juana dio a luz en plena procesión y, con este hecho insólito, dio pie a que se hiciera una meticulosa revisión de los genitales de cada papa elegido: Duos habet et bene pendentes (“tiene dos y le cuelgan bien”).

*

Probablemente muchas mujeres tuvieron que adoptar una fachada masculina para poder abrirse paso, los nombres de la mayoría de ellas no pasaron a la historia. Pienso entonces en el siglo XX y el XXI y me pregunto si, a pesar de que el panorama es en apariencia más justo y se han ganado muchas batallas feministas, no existe todavía esa necesidad de masculinización que orilla a una que otra fémina a convertirse en una virago (una dama que imita los modales arquetípicos que definen al “varón”, al “caballero”, al “jefe”, al “intelectual”, al “maestro”, al “guía”, al “jerarca”). Cada vez que las mujeres nos vemos obligadas a hablar con voz grave y sobajamos a alguna congénere, cuando adoptamos la violencia como si esta nos confiriera cierta superioridad sobre las demás, en el momento en el que denostamos las capacidades intelectuales de nuestras compañeras porque nosotras somos “mujeres especiales” que nos libramos del sino que sume en la estupidez y la ignorancia a todas “las viejas”, estamos vistiéndonos de hombre, pero no lo estamos haciendo por las mismas razones que motivaron a travestirse a Catalina de Erauso, George Sand o James Barry (para escapar del convento, publicar un libro o curar enfermos) lo hacemos porque muchos obstáculos que parecen haber sido superados, existen todavía, pero de forma oculta. El discurso superficial de los medios, las camisetas rosas, la mercadotecnia voraz que vende el feminismo como una marca, banaliza una lucha que aún está lejos de ganarse. Es por eso que, para sobrevivir en un mundo que presume los logros en materia de género pero que sigue comportándose “medievalmente”, a veces nos vemos impelidas a convertirnos en machos.

*

Las mujeres del siglo XXI debemos ser muy conscientes de la violencia que ejercemos en contra de otras mujeres, debemos prestar especial atención a los detalles que nos transforman en una versión masculina estereotipada, la batalla más difícil es la que debemos emprender para resquebrajar no solamente los prejuicios que pesan sobre la femineidad (delicadeza, hipersensibilidad, amor por lo doméstico, belleza, juventud perpetua, piernas sin pelos, elegancia impoluta, sumisión, tendencia a padecer enamoramientos ramplones, gustos estéticos que rayan en lo naif, ternura maternal y un millón de características largamente arraigadas en el inconsciente colectivo), sino aquellos que han convertido a los hombres en caricaturas que nos esmeramos en imitar. Quizás por eso están surgiendo movimientos que intentan ampliar el rango de identidades sexuales, porque necesitamos dejar atrás los vestidos y los pantalones para empezar a imaginar nuevas formas de relacionarnos. Cada mujer travestida que dejó su huella en la historia nos revela un aspecto inquietante de la iniquidad que ha oprimido a las mujeres, visitar los escritos que algunas de ellas nos legaron, nos permitirá descubrir los estigmas que siguen vigentes y entender mejor el rumbo hacia el cual podemos dirigir nuestras protestas, nuestras exigencias, nuestras manifestaciones. Además de tomar las calles para gritar en colectivo (cuestión fundamental para cambiar el panorama), las pequeñas acciones que llevamos a cabo diariamente pueden sensibilizarnos. Cada mujer que respeta a otra y la toma de la mano para buscar con ella una nueva ruta de tránsito compartido está esgrimiendo un gesto feminista auténtico a partir del cual se empezará a escribir una historia en la que no existirá la necesidad de usar trajes estereotipados de hombre para poder vivir y trabajar en paz.

De cómo un cúmulo de mujeres decidieron convertirse en hombres para sobrevivir.


Imagine usted a una jovencita de quince años que fue enclaustrada en un convento desde que era una niña y que, después de recibir una violenta golpiza por parte de la madre superiora, decidió robar las llaves de la puerta principal para huir. Trate de sentir el pulso acelerado de esa prófuga que confeccionó apresuradamente un traje de hombre y se lo encasquetó. Esboce una sonrisa cómplice al escuchar los argumentos mediante los cuales esa damita travestida convenció a varios señores ricos y encumbrados de que lo contrataran como paje. Embárquese con ella, con Catalina de Erauso, en el viaje trasatlántico que, a inicios del siglo XVII, emprendió para llegar a Venezuela. Revoltosa, peleonera, valiente y brava, esta mujer acabó convirtiéndose en un soldado temerario al que pocos osaban confrontar. No tenía un carácter dócil y explotaba a la menor provocación, por lo que tuvo que cambiar de nombre y lugar de residencia en incontables ocasiones, pero nunca reveló su verdadero sexo, hasta que, después de veinte años de comandar contiendas bélicas exitosas fue arrestada por tasajearle la cara a un joven que, en un corral de comedias, le pidió que no obstruyera la vista. Catalina, para aspirar al perdón, tuvo entonces que confesar y narrar sus venturas y desventuras. Regresó a España y se convirtió en leyenda, el rey mismo la invitó a su palacio para escuchar de viva voz y en primera persona las anécdotas acaecidas a esta envalentonada fémina para la que Su Majestad acuñó el nombre con el que la recordamos: La Monja Alférez.

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Ahora, trasládese usted al siglo XVIII mediante la prodigiosa facultad mental que nos permite viajar a través del tiempo y el espacio sin necesidad de mover ni un solo dedo. ¿Puede ver a esa niña impetuosa que nació en Irlanda bajo el nombre de Margaret Ann Bulkley quien, cumplida la mayoría de edad, camuflada mediante un atuendo convincentemente viril se inscribió en la carrera de medicina de la Universidad de Edimburgo? Mírela adoptar el nombre de su tío, el famoso artista liberal James Barry, para pasar desapercibida entre sus compañeros. Vamos a espiarla sigilosamente a través de una rendija de su habitación para escucharla practicar el engolamiento de la voz y estudiar Fisiología con ahínco. Y ya que estamos acostumbrándonos al bamboleo de los barcos, abordemos la nave que lleva al recién egresado médico a Sudáfrica, a Cape Town, en ese entonces colonia inglesa. ¡Increíble! James Barry salvó la vida de la hija del gobernador y practicó la primera cesárea exitosa llevada a cabo en África. Recibió un nombramiento militar y, ofreciendo una fachada de hombre sobrio, mantuvo a los curiosos lejos de su vida privada. Al envejecer regresó a Londres y sólo después de su muerte, cuando su cuerpo fue auscultado por una indiscreta, se descubrió el secreto: James Barry fue en realidad la primera mujer que practicó la medicina formal y célebremente.

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Disculpe usted el ajetreo espacio-temporal al que lo estoy sometiendo, pero quisiera que saltáramos hacia atrás, para romper esa inercia progresiva y lineal a la que nos han acostumbrado los estudios históricos. Vamos a París, al siglo XIV, donde se encuentra una viuda que en la infancia fue educada amorosamente por un padre intelectual que no vio ningún impedimento para que su hija aprendiera latín y adquiriera conocimientos que estaban reservados para los hombres. Christine de Pizan se crio en la corte de Carlos V de Francia, se casó por amor a los quince años y, debido a las turbulencias políticas y a la peste perdió a su padre y a su esposo. ¿Conoce usted a alguna mujer valiente que, orillada por las circunstancias, tuvo que tomar las riendas de su hogar y mantener a su madre, hermanos e hijos? Pues entonces puede imaginar fácilmente las dificultades por las que atravesó Christine. Por supuesto, en la Edad Media, el camino de las mujeres estaba plagado de muchos más obstáculos; pesaban sobre ellas estigmas atroces (algunos de los cuales hoy en día aún siguen empantanando la cabeza de algunos) que les atribuían una predisposición connatural a la estupidez y la lascivia. Una mujer debía permanecer encerrada en su casa, vigilada de cerca por el padre o el marido, mismos que no existían ya en el entorno familiar de Christine. Y esta dama empezó a escribir para mantener a los suyos, así, como mujer, sin travestirse, sin cambiarse de nombre. Concibió poemas bellísimos, reflexiones agudas y relatos ficticios, como “La Ciudad de las Mujeres”, en el que la Razón y la Justicia edifican una urbe a la que podían acceder las féminas inteligentes; para construir esta ciudad fue necesario cavar profundamente para extirpar del terreno todos los prejuicios misóginos. Christine vendió a buen precio sus escritos y peleó contra las injustas normas burocráticas que casi le arrebatan la herencia de su marido. Ella fue la primera escritora profesional que logró ganarse la vida con sus letras. Gracias a que se involucró en una contienda literaria mediante la cual ella, con lucidez e ingenio, defendió a las mujeres de la pluma insidiosa de un macho atroz, su fama creció e inspiró a una legión de estudiantes universitarios que fundaron “La orden de la Rosa”, grupo de escritores que prometió defender la valía de las damas.

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Y no podemos dejar de visitar el siglo XIX, para mirar de cerca a Aurore Dupin, que se convirtió en George Sand, un escritor dandy que se codeó con la intelectualidad francesa. Vestido elegantemente recorrió las calles de París y mantuvo una intensa actividad creativa. Esperen un momento, falta un pequeñísimo brinco al año 855, tiempo en el que quizás, si las leyendas son ciertas, la papisa Juana dio a luz en plena procesión y, con este hecho insólito, dio pie a que se hiciera una meticulosa revisión de los genitales de cada papa elegido: Duos habet et bene pendentes (“tiene dos y le cuelgan bien”).

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Probablemente muchas mujeres tuvieron que adoptar una fachada masculina para poder abrirse paso, los nombres de la mayoría de ellas no pasaron a la historia. Pienso entonces en el siglo XX y el XXI y me pregunto si, a pesar de que el panorama es en apariencia más justo y se han ganado muchas batallas feministas, no existe todavía esa necesidad de masculinización que orilla a una que otra fémina a convertirse en una virago (una dama que imita los modales arquetípicos que definen al “varón”, al “caballero”, al “jefe”, al “intelectual”, al “maestro”, al “guía”, al “jerarca”). Cada vez que las mujeres nos vemos obligadas a hablar con voz grave y sobajamos a alguna congénere, cuando adoptamos la violencia como si esta nos confiriera cierta superioridad sobre las demás, en el momento en el que denostamos las capacidades intelectuales de nuestras compañeras porque nosotras somos “mujeres especiales” que nos libramos del sino que sume en la estupidez y la ignorancia a todas “las viejas”, estamos vistiéndonos de hombre, pero no lo estamos haciendo por las mismas razones que motivaron a travestirse a Catalina de Erauso, George Sand o James Barry (para escapar del convento, publicar un libro o curar enfermos) lo hacemos porque muchos obstáculos que parecen haber sido superados, existen todavía, pero de forma oculta. El discurso superficial de los medios, las camisetas rosas, la mercadotecnia voraz que vende el feminismo como una marca, banaliza una lucha que aún está lejos de ganarse. Es por eso que, para sobrevivir en un mundo que presume los logros en materia de género pero que sigue comportándose “medievalmente”, a veces nos vemos impelidas a convertirnos en machos.

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Las mujeres del siglo XXI debemos ser muy conscientes de la violencia que ejercemos en contra de otras mujeres, debemos prestar especial atención a los detalles que nos transforman en una versión masculina estereotipada, la batalla más difícil es la que debemos emprender para resquebrajar no solamente los prejuicios que pesan sobre la femineidad (delicadeza, hipersensibilidad, amor por lo doméstico, belleza, juventud perpetua, piernas sin pelos, elegancia impoluta, sumisión, tendencia a padecer enamoramientos ramplones, gustos estéticos que rayan en lo naif, ternura maternal y un millón de características largamente arraigadas en el inconsciente colectivo), sino aquellos que han convertido a los hombres en caricaturas que nos esmeramos en imitar. Quizás por eso están surgiendo movimientos que intentan ampliar el rango de identidades sexuales, porque necesitamos dejar atrás los vestidos y los pantalones para empezar a imaginar nuevas formas de relacionarnos. Cada mujer travestida que dejó su huella en la historia nos revela un aspecto inquietante de la iniquidad que ha oprimido a las mujeres, visitar los escritos que algunas de ellas nos legaron, nos permitirá descubrir los estigmas que siguen vigentes y entender mejor el rumbo hacia el cual podemos dirigir nuestras protestas, nuestras exigencias, nuestras manifestaciones. Además de tomar las calles para gritar en colectivo (cuestión fundamental para cambiar el panorama), las pequeñas acciones que llevamos a cabo diariamente pueden sensibilizarnos. Cada mujer que respeta a otra y la toma de la mano para buscar con ella una nueva ruta de tránsito compartido está esgrimiendo un gesto feminista auténtico a partir del cual se empezará a escribir una historia en la que no existirá la necesidad de usar trajes estereotipados de hombre para poder vivir y trabajar en paz.

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