/ viernes 10 de enero de 2020

La leyenda de los reyes magos que fueron a adorar al niño Jesús

Literatura y filosofía

Estamos a punto de celebrar el Día de Reyes, y no me refiero solamente a los regalos que esperan los niños, sino también —y no en menor sentido— a lo que hacemos al partir la tradicional ʻrosca de reyesʼ (en otro artículo comentaré al respecto) Cabe mencionar que muchas personas llevan a cabo estas tradiciones sólo por eso: por ser tradiciones; sin embargo, pocos saben su origen y significado. En este artículo doy cuenta de ello.

Lo primero que hay que decir es que ambos son una «leyenda»; sin embargo, el término leyenda (legenda en latín), originalmente significaba: ʻdígase o repítase tal y como se escuchóʼ, es decir, ʻdígase sin añadir nadaʼ. En otras palabras: no se trata de algo falso, sino de una verdad tradicional, dicha de generación en generación. Con el tiempo, esas leyendas fueron puestas por escrito y, en ese sentido, fueron adquiriendo nuevas formas de aprehensión. Y, debido a que poco a poco se fue perdiendo su sentido original, fueron adquiriendo un tono de falsedad (que es el que ahora tienen). Incluso se ha llegado a hacer hermeneusis de tales verdades, a partir de razonamientos o reflexiones actuales. Esto no siempre da buenos resultados, ya que si queremos saber sobre alguna tradición que tiene siglos o hasta milenios de antigüedad, no podemos darle a priori un sentido de falsedad a la leyenda (pues esa forma de interpretar a la leyenda es actual), sino —en todo caso— el que tuvo originalmente. Esto nos salva de caer en razonamientos anacrónicos, o peor aún: en etnocentrismos fatuos o ramplones.

Los Magos aparecen en el llamado Nuevo Testamento, en el evangelio de San Mateo: “Unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?» Es que vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo.” (Mt 2,1-2). Como se puede observar no aparece el número de personas (cuántos magos) ni sus nombres, y tampoco se dice que fueran reyes. ¿De dónde surgió entonces la idea de que eran tres reyes que se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar? Para contestar hay que hacer mención de que en los primeros años de la cristiandad se escribieron varios libros religiosos, algunos, sin embargo, más apegados a tradiciones tanto doctrinales como regionales. A estos documentos se les suele llamar textos «apócrifos» (Evangelios, Cartas, Hechos, entre otros documentos); sin embargo, apócrifo no significa necesariamente falso (como muchas veces se cree). La Iglesia católica reconoce su valor en cuanto a los datos históricos, geográficos y literarios —entre otros— que aportan, pues es a través de ellos que podemos comprender mejor lo dicho en el Nuevo Testamento, o incluso los del Antiguo Testamento que fueron escritos durante los dos siglos anteriores al nacimiento de Jesucristo (entre los dos siglos anteriores a Jesucristo y el primer siglo posterior a su nacimiento es la época de los llamados escritos apócrifos del Antiguo Testamento). Después de todo arrojan información de primera mano de quienes vivieron en aquella época.

En uno de estos textos apócrifos es el Protoevangelio de Santiago (en el que —por cierto— también se habla de la anunciación del nacimiento de la Virgen María, así como de su infancia y unión con José), en su aparato crítico, se dice: ἰδοὺ μάγοι ὰπὸ άνατολῶν παρεγένοντο εἰς Ἱεροσόλυμα. (Mt 2,1 s.:) [he aquí unos magos venidos de Oriente se presentaron en Jerusalén] la narración protoevangélica de la adoración de los Magos viene a coincidir casi totalmente en el sentido y en las expresiones con las de San Mateo (2,1-12), salvo algunas divergencias. El Protoevangelio hace llegar de primer intento los Magos hasta Belén, mientras que San Mateo los hace pararse en Jerusalén. El Protoevangelio no hace alusión, salvo en los códices D y Fa, a la profecía de Miqueas: Καί σύ, Βηθλεέμ, γῆ Ἰούδα, ούδαμῶς ἐλαχίστη εῖ ἐν τοῖς ὴγέμοσιν Ἰούδα ἐκ σού γὰρ ἐξελεύσεται ἡγούμενος ὅστις ποιμανεῖ τὸν λαόν μου τὸν Ἰσραήλ [Y tú, Belén, tierra de Judá, / no eres, no, la menor / entre los principales clanes de Judá; / porque de ti saldrá un caudillo / que apacentará a mi pueblo Israel] [Cfr. Mi 5,1], como se contiene en San Mateo. El evangelista dice, además, que los Magos procedían ὰπό άνατολῶν [venían de Anatolia, es decir, de Oriente], mientras que el Protoevangelio no hace referencia alguna al lugar de origen, excepto el códice Fb, que dice ὰπό Περσίδος [Persidos o Persis, es decir Persia] y los C y D, que coinciden con el canónico ὰπό άνατολῶν [que procedían de Anatolia: Oriente]”. (Aparato crítico, nota 116, p. 104). Como se puede observar, no hay coincidencias entre Mateo, Miqueas y el Protoevangelio de Santiago. En lo que sí coinciden es que ninguno hace referencia al número, nombre y condición de los Magos. En todo caso —como se indica en el mismo aparato crítico— casi todos los textos apócrifos se abstuvieron de consignar datos al respecto.

Sólo hubo uno que sí lo hizo: “el Evangelio Armenio de la Infancia ofrece algunos datos, que se confirman con la tradición occidental, representada en San León Magno y Maxim. Taur.: Tres magos, a saber: Melkon, rey de los persas; Gaspar, de los indios; y Baltasar, de los árabes” (Aparato crítico, nota 116, pp. 104-105). Nótense tres cosas: 1) el nombre Melkon derivó en Melchor; 2) cada uno representa un reino: Persia, India y Arabia; y 3) ninguno es negro (como ha venido a desembocar en nuestras tradiciones). Nótese la denominación de reyes, además de magos.

Por otra parte, hay otra versión: la Etiópica del Protoevangelio. En ella se “consigna el número de tres Magos (aquí no son reyes, sólo magos), con nombres etíopes al parecer: Tanisuram, Malik y Sissebâ” (Aparato crítico, nota 116, p. 105). Esta tradición narra —además— otra parte del periplo de los magos: “y después de narrarnos la adoración del Niño y el aviso del ángel, describen la entrevista con el rey de su tierra. Ellos le cuentan cuánto han visto y cómo el Niño ha recibido sus dones. El rey les pregunta qué han recibido en retorno. Los Magos responden que el Niño les ha dado un poco de pan y que lo han escondido en la tierra. Pídeles entonces el rey que se lo traigan, y, al ir a excavar la tierra donde estaba, sale una llamarada de fuego. «Por lo cual —termina la versión— los Magos adoran todavía el fuego»” (Aparato crítico, nota 116, p. 105).

Por último, es importante mencionar que no siempre se dijo que eran tres. Así, “la tradición oriental ponía doce magos (los armenios llegaron hasta quince). La occidental tres. Los monumentos antiguos neocristianos oscilan mucho: en las catacumbas aparecen dos, tres y cuatro. Finalmente, prevaleció el número tres” (aparato crítico, nota 116, p. 105). Esto no significa que sea falsa la historia de los magos que fueron a adorar al niño Jesús, sino —en todo caso— que la forma de contar dicha historia de generación en generación fue cambiando, de acuerdo a sus propias culturas y particulares prácticas religiosas.

Estamos a punto de celebrar el Día de Reyes, y no me refiero solamente a los regalos que esperan los niños, sino también —y no en menor sentido— a lo que hacemos al partir la tradicional ʻrosca de reyesʼ (en otro artículo comentaré al respecto) Cabe mencionar que muchas personas llevan a cabo estas tradiciones sólo por eso: por ser tradiciones; sin embargo, pocos saben su origen y significado. En este artículo doy cuenta de ello.

Lo primero que hay que decir es que ambos son una «leyenda»; sin embargo, el término leyenda (legenda en latín), originalmente significaba: ʻdígase o repítase tal y como se escuchóʼ, es decir, ʻdígase sin añadir nadaʼ. En otras palabras: no se trata de algo falso, sino de una verdad tradicional, dicha de generación en generación. Con el tiempo, esas leyendas fueron puestas por escrito y, en ese sentido, fueron adquiriendo nuevas formas de aprehensión. Y, debido a que poco a poco se fue perdiendo su sentido original, fueron adquiriendo un tono de falsedad (que es el que ahora tienen). Incluso se ha llegado a hacer hermeneusis de tales verdades, a partir de razonamientos o reflexiones actuales. Esto no siempre da buenos resultados, ya que si queremos saber sobre alguna tradición que tiene siglos o hasta milenios de antigüedad, no podemos darle a priori un sentido de falsedad a la leyenda (pues esa forma de interpretar a la leyenda es actual), sino —en todo caso— el que tuvo originalmente. Esto nos salva de caer en razonamientos anacrónicos, o peor aún: en etnocentrismos fatuos o ramplones.

Los Magos aparecen en el llamado Nuevo Testamento, en el evangelio de San Mateo: “Unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?» Es que vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo.” (Mt 2,1-2). Como se puede observar no aparece el número de personas (cuántos magos) ni sus nombres, y tampoco se dice que fueran reyes. ¿De dónde surgió entonces la idea de que eran tres reyes que se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar? Para contestar hay que hacer mención de que en los primeros años de la cristiandad se escribieron varios libros religiosos, algunos, sin embargo, más apegados a tradiciones tanto doctrinales como regionales. A estos documentos se les suele llamar textos «apócrifos» (Evangelios, Cartas, Hechos, entre otros documentos); sin embargo, apócrifo no significa necesariamente falso (como muchas veces se cree). La Iglesia católica reconoce su valor en cuanto a los datos históricos, geográficos y literarios —entre otros— que aportan, pues es a través de ellos que podemos comprender mejor lo dicho en el Nuevo Testamento, o incluso los del Antiguo Testamento que fueron escritos durante los dos siglos anteriores al nacimiento de Jesucristo (entre los dos siglos anteriores a Jesucristo y el primer siglo posterior a su nacimiento es la época de los llamados escritos apócrifos del Antiguo Testamento). Después de todo arrojan información de primera mano de quienes vivieron en aquella época.

En uno de estos textos apócrifos es el Protoevangelio de Santiago (en el que —por cierto— también se habla de la anunciación del nacimiento de la Virgen María, así como de su infancia y unión con José), en su aparato crítico, se dice: ἰδοὺ μάγοι ὰπὸ άνατολῶν παρεγένοντο εἰς Ἱεροσόλυμα. (Mt 2,1 s.:) [he aquí unos magos venidos de Oriente se presentaron en Jerusalén] la narración protoevangélica de la adoración de los Magos viene a coincidir casi totalmente en el sentido y en las expresiones con las de San Mateo (2,1-12), salvo algunas divergencias. El Protoevangelio hace llegar de primer intento los Magos hasta Belén, mientras que San Mateo los hace pararse en Jerusalén. El Protoevangelio no hace alusión, salvo en los códices D y Fa, a la profecía de Miqueas: Καί σύ, Βηθλεέμ, γῆ Ἰούδα, ούδαμῶς ἐλαχίστη εῖ ἐν τοῖς ὴγέμοσιν Ἰούδα ἐκ σού γὰρ ἐξελεύσεται ἡγούμενος ὅστις ποιμανεῖ τὸν λαόν μου τὸν Ἰσραήλ [Y tú, Belén, tierra de Judá, / no eres, no, la menor / entre los principales clanes de Judá; / porque de ti saldrá un caudillo / que apacentará a mi pueblo Israel] [Cfr. Mi 5,1], como se contiene en San Mateo. El evangelista dice, además, que los Magos procedían ὰπό άνατολῶν [venían de Anatolia, es decir, de Oriente], mientras que el Protoevangelio no hace referencia alguna al lugar de origen, excepto el códice Fb, que dice ὰπό Περσίδος [Persidos o Persis, es decir Persia] y los C y D, que coinciden con el canónico ὰπό άνατολῶν [que procedían de Anatolia: Oriente]”. (Aparato crítico, nota 116, p. 104). Como se puede observar, no hay coincidencias entre Mateo, Miqueas y el Protoevangelio de Santiago. En lo que sí coinciden es que ninguno hace referencia al número, nombre y condición de los Magos. En todo caso —como se indica en el mismo aparato crítico— casi todos los textos apócrifos se abstuvieron de consignar datos al respecto.

Sólo hubo uno que sí lo hizo: “el Evangelio Armenio de la Infancia ofrece algunos datos, que se confirman con la tradición occidental, representada en San León Magno y Maxim. Taur.: Tres magos, a saber: Melkon, rey de los persas; Gaspar, de los indios; y Baltasar, de los árabes” (Aparato crítico, nota 116, pp. 104-105). Nótense tres cosas: 1) el nombre Melkon derivó en Melchor; 2) cada uno representa un reino: Persia, India y Arabia; y 3) ninguno es negro (como ha venido a desembocar en nuestras tradiciones). Nótese la denominación de reyes, además de magos.

Por otra parte, hay otra versión: la Etiópica del Protoevangelio. En ella se “consigna el número de tres Magos (aquí no son reyes, sólo magos), con nombres etíopes al parecer: Tanisuram, Malik y Sissebâ” (Aparato crítico, nota 116, p. 105). Esta tradición narra —además— otra parte del periplo de los magos: “y después de narrarnos la adoración del Niño y el aviso del ángel, describen la entrevista con el rey de su tierra. Ellos le cuentan cuánto han visto y cómo el Niño ha recibido sus dones. El rey les pregunta qué han recibido en retorno. Los Magos responden que el Niño les ha dado un poco de pan y que lo han escondido en la tierra. Pídeles entonces el rey que se lo traigan, y, al ir a excavar la tierra donde estaba, sale una llamarada de fuego. «Por lo cual —termina la versión— los Magos adoran todavía el fuego»” (Aparato crítico, nota 116, p. 105).

Por último, es importante mencionar que no siempre se dijo que eran tres. Así, “la tradición oriental ponía doce magos (los armenios llegaron hasta quince). La occidental tres. Los monumentos antiguos neocristianos oscilan mucho: en las catacumbas aparecen dos, tres y cuatro. Finalmente, prevaleció el número tres” (aparato crítico, nota 116, p. 105). Esto no significa que sea falsa la historia de los magos que fueron a adorar al niño Jesús, sino —en todo caso— que la forma de contar dicha historia de generación en generación fue cambiando, de acuerdo a sus propias culturas y particulares prácticas religiosas.

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