/ sábado 20 de abril de 2019

La marihuana, producto de la canasta básica familiar

“Ponle ahí que me llamo Aquiles Poncho”, bromea un hombre junto a una mujer

“Ponle ahí que me llamo Aquiles Poncho”, bromea un hombre junto a una mujer, quien a sus anchas y enseñando toda la dentadura, ríe mientras le da una bocanada larga a su cigarrillo de marihuana. Debido a la criminalización del uso recreativo de esta yerba en todo el país, esta joven pareja de queretanos se ve obligada a consumirla y hablar de esta experiencia desde el anonimato.

Hace tres años F. y S. se convirtieron en padres, y desde entonces se han dedicado a investigar más sobre esta planta, “y no porque dudemos de sus beneficios”, aclara F., sino para “contra argumentar y desmitificar su consumo con bases científicas”, pues desde que fuman cannabis, cuentan, han tenido que sortear toda clase de prejuicios.

La familia vive al norte de la ciudad de Querétaro, en una colonia clase mediera donde aun se puede escuchar el repique de las campanas los domingos. Tras un gesto de cortesía, la pareja invita a pasar a su casa; una estancia cálida cuyo tapiz está compuesto por una veintena de dibujos de su pequeña hija, así como por repisas de libros y publicaciones científicas como la “Revista Cáñamo”; el primer material dedicado a difundir la cultura del cannabis en México.

Como si se tratara de un ritual inicial para el diálogo, antes de la entrevista F. se cuela a la cocina y regresa a la sala cargando un gran recipiente con marihuana; así ,mientras platica sobre su experiencia cannábica, saca una sábana para ponchar un cigarrillo de mota.

“Para la mente, el cuerpo y las emociones es buena”, dice F. ,y comparte que además de darle un uso recreativo, la marihuana le ha permitido mantenerse saludable, pues hace poco más de cinco años fue diagnosticada con epilepsia tras convulsionar, y con el consumo de esta yerba, ha podido suplir fármacos que la mantenían dopada todo el tiempo.

Ambos coinciden que su consumo les ha posibilitado también mantener una relación más sana entre ellos, pues “contribuye a bajar tensiones, a escuchar más al otro y ser más empáticos. De por sí convivir todos los días con alguien es complicado, con una bebé se vuelve todavía más complejo”, asegura S., quien platica que cada noche, como pareja, tienen la costumbre de hablar de su día, mientras comparten un cigarrillo de cannabis.

Además, F. asegura que como madre cannábica, si no consumiera esta yerba sería una persona con más estrés y no aprovecharía ciertos momentos del desarrollo de su hija. Su uso en diferentes momentos del día, le permite sobrellevar un estilo de vida marcado por la maternidad y el trabajo fuera de casa.

A veces las madres no hablan de esta frustración porque está mal visto, dice, pero hay momentos “en donde tengo que decir: `espérame un momento, dale un tiempo a mamá´, y me doy un par de tanques para pensar las cosas y no proyectar el estrés en mi hija”.

Para S., también es un escape de la rutina, y “hasta lavar los trastes se vuelve menos engorroso”, dice entre risas. “A mí me prepara mentalmente y físicamente para lo que tengo que hacer en el día, así sea ducharme, dar una larga caminata o ir a trabajar. Me hace entrar en un estado de bienestar, en el que no me molesta lo que tenga que hacer, al contrario, me permite disfrutar más de esa situación”.


Desde que se conocieron y decidieron formar una familia, la marihuana forma parte de la canasta básica para la pareja. No destinan un presupuesto fijo mensual, pero calculan que al acabarse sus reservas, llegan a invertir entre 300 a 600 pesos mensuales; lo equivalente a un cuarto de kilo.

Al respecto, señalan que lo ideal para ellos sería la autogestión, y aunque lo han intentado en diferentes ocasiones, la criminalización del consumo y la tenencia de cannabis los ha persuadido a no hacerlo.

“Es inevitable que suceda la legalización, porque ya ha habido un cambio importante en la cultura”, suelta S. , y argumenta que de lo contrario, solo se incrementaría la ilegalidad y la violencia en el país, vulnerando los derechos de los consumidores.

“Conozco a padres y madres de familia, compañeros y amigos que recurren a la marihuana por salud”, continúa S., y detalla que su consumo es bueno para contrarrestar o sobrellevar los efectos de enfermedades crónico degenerativas, para el tratamiento del cáncer, el asma, problemas psicológicos, alzhaimer, falta de apetito y dolores corporales.

“Esos tabúes que rodean el consumo solo afectan el diálogo sobre esta práctica. A mi me gustaría decidir sobre mi consumo sin que nadie me juzgara, y sintiéndome segura y con toda la libertad de tener una plantita en casa”, confía F, seguida de S., quien para terminar con la conversación, entona entre risas la consigna: “legal o ilegal, a mi me pone igual”.

“Ponle ahí que me llamo Aquiles Poncho”, bromea un hombre junto a una mujer, quien a sus anchas y enseñando toda la dentadura, ríe mientras le da una bocanada larga a su cigarrillo de marihuana. Debido a la criminalización del uso recreativo de esta yerba en todo el país, esta joven pareja de queretanos se ve obligada a consumirla y hablar de esta experiencia desde el anonimato.

Hace tres años F. y S. se convirtieron en padres, y desde entonces se han dedicado a investigar más sobre esta planta, “y no porque dudemos de sus beneficios”, aclara F., sino para “contra argumentar y desmitificar su consumo con bases científicas”, pues desde que fuman cannabis, cuentan, han tenido que sortear toda clase de prejuicios.

La familia vive al norte de la ciudad de Querétaro, en una colonia clase mediera donde aun se puede escuchar el repique de las campanas los domingos. Tras un gesto de cortesía, la pareja invita a pasar a su casa; una estancia cálida cuyo tapiz está compuesto por una veintena de dibujos de su pequeña hija, así como por repisas de libros y publicaciones científicas como la “Revista Cáñamo”; el primer material dedicado a difundir la cultura del cannabis en México.

Como si se tratara de un ritual inicial para el diálogo, antes de la entrevista F. se cuela a la cocina y regresa a la sala cargando un gran recipiente con marihuana; así ,mientras platica sobre su experiencia cannábica, saca una sábana para ponchar un cigarrillo de mota.

“Para la mente, el cuerpo y las emociones es buena”, dice F. ,y comparte que además de darle un uso recreativo, la marihuana le ha permitido mantenerse saludable, pues hace poco más de cinco años fue diagnosticada con epilepsia tras convulsionar, y con el consumo de esta yerba, ha podido suplir fármacos que la mantenían dopada todo el tiempo.

Ambos coinciden que su consumo les ha posibilitado también mantener una relación más sana entre ellos, pues “contribuye a bajar tensiones, a escuchar más al otro y ser más empáticos. De por sí convivir todos los días con alguien es complicado, con una bebé se vuelve todavía más complejo”, asegura S., quien platica que cada noche, como pareja, tienen la costumbre de hablar de su día, mientras comparten un cigarrillo de cannabis.

Además, F. asegura que como madre cannábica, si no consumiera esta yerba sería una persona con más estrés y no aprovecharía ciertos momentos del desarrollo de su hija. Su uso en diferentes momentos del día, le permite sobrellevar un estilo de vida marcado por la maternidad y el trabajo fuera de casa.

A veces las madres no hablan de esta frustración porque está mal visto, dice, pero hay momentos “en donde tengo que decir: `espérame un momento, dale un tiempo a mamá´, y me doy un par de tanques para pensar las cosas y no proyectar el estrés en mi hija”.

Para S., también es un escape de la rutina, y “hasta lavar los trastes se vuelve menos engorroso”, dice entre risas. “A mí me prepara mentalmente y físicamente para lo que tengo que hacer en el día, así sea ducharme, dar una larga caminata o ir a trabajar. Me hace entrar en un estado de bienestar, en el que no me molesta lo que tenga que hacer, al contrario, me permite disfrutar más de esa situación”.


Desde que se conocieron y decidieron formar una familia, la marihuana forma parte de la canasta básica para la pareja. No destinan un presupuesto fijo mensual, pero calculan que al acabarse sus reservas, llegan a invertir entre 300 a 600 pesos mensuales; lo equivalente a un cuarto de kilo.

Al respecto, señalan que lo ideal para ellos sería la autogestión, y aunque lo han intentado en diferentes ocasiones, la criminalización del consumo y la tenencia de cannabis los ha persuadido a no hacerlo.

“Es inevitable que suceda la legalización, porque ya ha habido un cambio importante en la cultura”, suelta S. , y argumenta que de lo contrario, solo se incrementaría la ilegalidad y la violencia en el país, vulnerando los derechos de los consumidores.

“Conozco a padres y madres de familia, compañeros y amigos que recurren a la marihuana por salud”, continúa S., y detalla que su consumo es bueno para contrarrestar o sobrellevar los efectos de enfermedades crónico degenerativas, para el tratamiento del cáncer, el asma, problemas psicológicos, alzhaimer, falta de apetito y dolores corporales.

“Esos tabúes que rodean el consumo solo afectan el diálogo sobre esta práctica. A mi me gustaría decidir sobre mi consumo sin que nadie me juzgara, y sintiéndome segura y con toda la libertad de tener una plantita en casa”, confía F, seguida de S., quien para terminar con la conversación, entona entre risas la consigna: “legal o ilegal, a mi me pone igual”.

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