/ viernes 9 de agosto de 2019

Santiago Mexquititlán, mezcla de cultura y tradición

Jóvenes ya no se sienten avergonzados por pertenecer a su comunidad otomí

Santiago Mexquititlán es un pueblo indígena formado por “barrios” con sus raíces, idioma y vestimenta. Al paso del tiempo fueron mezclados con la religión católica para dar vida a una nueva cultura llena de color, simbolismos y sincretismo que da identidad a la comunidad.

El trabajo que las mujeres realizan es la elaboración de las muñecas, servilletas bordadas, fajas, quexquemetl; los hombres trabajan en el campo en la siembra del maíz o salen a buscar trabajo a otros estados o en busca del sueño americano. Los niños van a la escuela, ayudan en las labores de la casa y en la elaboración de las artesanías.

Ubicada a unos 21 kilómetros de la cabecera municipal esta comunidad otomí todavía se puede observar a mujeres que visten su traje tradicional, falda blanca o negra, hecha con varios metros de tela, pliegues al frente y ceñida a la cintura con una faja bordada. Blusas de manga larga y cuellos altos, plagada también de pliegues con colores vivos y brillantes. Las personas caminan en la plaza y por las calles, hablan otomí y español.

Aquí está una de las mayores concentraciones de población indígena del estado, que hasta hace algún tiempo era víctima de discriminación por quienes hasta la fecha llaman “mestizos”, siendo esta una de las razones principales por la cual durante muchos años fueron dejando de lado principalmente su idioma, vestimenta y cultura.

PETRA LEDEZMA

“Cuando éramos niños, no sabíamos hablar en español, y los mestizos nos criminaban y se burlaban porque no sabíamos hablar. Nosotros no sabíamos por qué nos trataban así”, recuerda Petra Ledezma Rivas, del Barrio cuarto de Santiago.

De sus hijos, los primeros cinco, hablan bien el otomí, y los dos más chicos ya no, aunque lo entienden, ya que la costumbre que se tenía era enseñarlos. Era hasta que entraban a la escuela, después de los cinco años, cuando iniciaban a hablar el español.

JUANA ROSALES

“Tengo tres hijos, el menor tiene 21, ya ninguno de los tres habla al cien el otomí, lo entienden, pero no lo pronuncian ya igual, y la culpa es de uno como padre por no enseñarles por lo mismo de la discriminación”, comenta Juana Rosales Ledesma.

Reconoce que “fue malo” no enseñarles, porque recuerda que antes había mucha discriminación, más en los tiempos de su mamá y su abuelita a quienes llamaban “indias”, porque no sabían hablar ni defenderse, no sabían pedir las cosas, y al verlas vestidas con el traje les decían: “tú no entras aquí. Me acuerdo que cuando tenía como cinco años nos llevaron a Querétaro, en una tienda comercial no dejaron pasar a mi mamá y a mi papá por ser indígenas, fue algo muy feo”.

RESCATE DE SU LEGADO

Juana Rosales ahora tiene una nieta de dos años que aprende a hablar el otomí, sabe muchas palabras, casi el 50%, y le gusta mucho la vestimenta de Santiago Mexquititlán. Siempre que ve a su abuelita, que es la que usa a diario el vestuario tradicional, se quiere vestir igual.

Petra Ledezma Rivas cree que son los jóvenes los que pueden rescatar esta cultura que no se ha perdido de todo, “queremos que todos los muchachos vuelvan a rescatar ese idioma, porque ahora si nos sentimos muy orgullosos y nos respetan mucho más que antes”.

Ahora en sus escuelas exigen el otomí, ahí es donde se puede ver que los jóvenes le echan ganas en volver a rescatarlo, porque ellos quisieran hablarlo, y ahora les cuesta pronunciarlo.

“Eso a nosotros nos hace sentirnos orgullosos, valen mucho nuestros jóvenes, porque ahora en la escuela les enseñan el inglés, y ellos se inclinan más por el otomí”.

Yolozbeth Sámano, una joven del Barrio sexto de Santiago Mexquititlán, candidata a “la flor más bella de Santiago Mexquititlán”, invitó a seguir practicando el otomí, “no hay que sentirnos avergonzados de ser indígenas, al contrario, debemos sentirnos orgullosas de serlo, este peinado que tengo puesto es el tradicional de aquí y ya casi nadie lo usa”.

Santiago Mexquititlán es un pueblo indígena formado por “barrios” con sus raíces, idioma y vestimenta. Al paso del tiempo fueron mezclados con la religión católica para dar vida a una nueva cultura llena de color, simbolismos y sincretismo que da identidad a la comunidad.

El trabajo que las mujeres realizan es la elaboración de las muñecas, servilletas bordadas, fajas, quexquemetl; los hombres trabajan en el campo en la siembra del maíz o salen a buscar trabajo a otros estados o en busca del sueño americano. Los niños van a la escuela, ayudan en las labores de la casa y en la elaboración de las artesanías.

Ubicada a unos 21 kilómetros de la cabecera municipal esta comunidad otomí todavía se puede observar a mujeres que visten su traje tradicional, falda blanca o negra, hecha con varios metros de tela, pliegues al frente y ceñida a la cintura con una faja bordada. Blusas de manga larga y cuellos altos, plagada también de pliegues con colores vivos y brillantes. Las personas caminan en la plaza y por las calles, hablan otomí y español.

Aquí está una de las mayores concentraciones de población indígena del estado, que hasta hace algún tiempo era víctima de discriminación por quienes hasta la fecha llaman “mestizos”, siendo esta una de las razones principales por la cual durante muchos años fueron dejando de lado principalmente su idioma, vestimenta y cultura.

PETRA LEDEZMA

“Cuando éramos niños, no sabíamos hablar en español, y los mestizos nos criminaban y se burlaban porque no sabíamos hablar. Nosotros no sabíamos por qué nos trataban así”, recuerda Petra Ledezma Rivas, del Barrio cuarto de Santiago.

De sus hijos, los primeros cinco, hablan bien el otomí, y los dos más chicos ya no, aunque lo entienden, ya que la costumbre que se tenía era enseñarlos. Era hasta que entraban a la escuela, después de los cinco años, cuando iniciaban a hablar el español.

JUANA ROSALES

“Tengo tres hijos, el menor tiene 21, ya ninguno de los tres habla al cien el otomí, lo entienden, pero no lo pronuncian ya igual, y la culpa es de uno como padre por no enseñarles por lo mismo de la discriminación”, comenta Juana Rosales Ledesma.

Reconoce que “fue malo” no enseñarles, porque recuerda que antes había mucha discriminación, más en los tiempos de su mamá y su abuelita a quienes llamaban “indias”, porque no sabían hablar ni defenderse, no sabían pedir las cosas, y al verlas vestidas con el traje les decían: “tú no entras aquí. Me acuerdo que cuando tenía como cinco años nos llevaron a Querétaro, en una tienda comercial no dejaron pasar a mi mamá y a mi papá por ser indígenas, fue algo muy feo”.

RESCATE DE SU LEGADO

Juana Rosales ahora tiene una nieta de dos años que aprende a hablar el otomí, sabe muchas palabras, casi el 50%, y le gusta mucho la vestimenta de Santiago Mexquititlán. Siempre que ve a su abuelita, que es la que usa a diario el vestuario tradicional, se quiere vestir igual.

Petra Ledezma Rivas cree que son los jóvenes los que pueden rescatar esta cultura que no se ha perdido de todo, “queremos que todos los muchachos vuelvan a rescatar ese idioma, porque ahora si nos sentimos muy orgullosos y nos respetan mucho más que antes”.

Ahora en sus escuelas exigen el otomí, ahí es donde se puede ver que los jóvenes le echan ganas en volver a rescatarlo, porque ellos quisieran hablarlo, y ahora les cuesta pronunciarlo.

“Eso a nosotros nos hace sentirnos orgullosos, valen mucho nuestros jóvenes, porque ahora en la escuela les enseñan el inglés, y ellos se inclinan más por el otomí”.

Yolozbeth Sámano, una joven del Barrio sexto de Santiago Mexquititlán, candidata a “la flor más bella de Santiago Mexquititlán”, invitó a seguir practicando el otomí, “no hay que sentirnos avergonzados de ser indígenas, al contrario, debemos sentirnos orgullosas de serlo, este peinado que tengo puesto es el tradicional de aquí y ya casi nadie lo usa”.

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