/ miércoles 5 de agosto de 2020

Triple crisis: edad, Covid-19 y pobreza; adultos mayores se juegan la vida para sobrevivir

A punto de la indigencia salen en plena pandemia a trabajar o pedir dinero

Sin otra alternativa más que trabajar o pedir dinero, decenas de adultos mayores tienen que salir diariamente a falta de un empleo formal por su avanzada edad o de una pensión suficiente. Aunque son de los sectores más vulnerables ante el Covid-19, carecen de una fuente de ingreso segura para sobrevivir y las calles son su opción de subsistir.

En los pasillos del mercado Escobedo la señora Juana Ortega vende cerillos a veces vende bolsas de plástico, pilas o diferentes productos, todo con tal de salir adelante.

“Nos ha ido mal, ahorita no hay nada y luego nos dicen que no salgamos, que nos quedemos en casa, ¿qué voy a comer si no salgo?, nos dan una despensa cada 3 o 4 meses, no dura ni una semana, es muy poco”.

Durante los meses más duros de la pandemia se las arregló para recorrer los pasillos del mercado porque vive al día y no puede dejar pasar un día sin ingresos.

“Eso es lo que dicen, pero a eso nos arriesgamos porque no tenemos para comer y hay que pagar, luz, agua, renta y la comida”.

En su silla de ruedas, don Herminio Torres la hace de “viene, viene”. Administradores del mercado Escobedo le permitieron trabajar en una esquina, ya que por muchos años trabajó ahí.

“Desde que empezó la pandemia nos ha ido mal, la verdad, cuando no había pandemia sí sacábamos para comer, pero ahora está muy difícil para sacar, la gente nos conoce y a veces se paran, me dan una moneda o lo que sea”.

Estima que la baja de visitantes llegó hasta el 70%, pero no dejó de trabajar, pues no puede darse ese lujo, no cuenta con pensión u otro beneficio, tampoco teme contagiarse, no le queda de otra más que salir y trabajar.

“No temo, yo lo que sé es que no hay (Covid-19), desde que empezó la pandemia aquí he estado y nunca me ha pasado nada, ni me he sentido mal, voy al hospital cada día 2 a consulta y los de la guardia pensaron que iba yo grave, ya me querían intubar, pero yo iba a ver al doctor”, cuenta entre risas.

Metros más adelante el señor Antonio también ayuda a los conductores a estacionarse y a bajar y subir bolsas de mandado, aunque la gente ya lo conoce, por un tiempo dejaron de venir al mercado y vivió la crisis.

“No pues mal, muy mal, no tenemos nada, sólo tenemos a la bendición de Dios y lo que caiga, es que si se queda uno en casa se muere de hambre y está difícil, las rentas no fallan, el agua, todo eso no perdona, hay que luchar, resentimos hasta el pescuezo, ahora ya le echa un taquito a la panza, porque antes no alcanzaba”.

La señora María Inés tiene 59 años, es originaria de Santiago Mexquititlán, en Amealco, vende dulces y muñequitas artesanales, ahora también empezó a bordar cubrebocas que van de 50 a 80 pesos, la gente pasa, pregunta pero muy pocos compran.

“No hay nada, no vendemos, bajó mucho, a veces vendemos en La Cruz pero no nadie va, ¿de dónde vamos a sacar para comer?, no había nada y no se vendía nada, me fui 2 meses y medio a mi pueblo”.

Reconoce que está preocupada por el coronavirus, pero al igual que la mayoría no tiene otra opción más que salir a las calles a ofrecer sus productos.

“De que tengo miedo, pues sí lo tengo, pero ¿qué voy a comer?, tengo a mis hijos pero ellos también tienen a sus hijos para que los mantengan, pues tengo que echarle ganas”.

Sentada sobre la banqueta de la calzada Colón pasando Zaragoza, a las afueras de la Plaza de la Mujer, Rosa Benita Sánchez de 70 años es originaria de San Felipe Atlacomulco, vende verduras y mientras corta las hojas de limoncillo cuenta que no dejó de venir y tampoco tiene miedo al Covid, le teme más a no tener para comer.

“A mí no me agarra, desde que entró (el Covid-19) vengo aquí, yo tengo promesa a Dios, cada año hago misa en mi rancho para celebrar el 22 de agosto, cada año saco mi virgen y le hago su fiesta, no tengo miedo, yo como ajo, para que no se acerque la porquería, gracias a Dios me cuida y mi virgen que tengo”.

Así la realidad de cientos de abuelitos que tienen que salir a las calles a buscar el sustento, sin programas de ningún nivel de gobierno y con apoyos insuficientes se convierten en víctimas en triple medida del Covid-19; económicamente, por la avanzada edad y la vulnerabilidad de su salud.



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Sin otra alternativa más que trabajar o pedir dinero, decenas de adultos mayores tienen que salir diariamente a falta de un empleo formal por su avanzada edad o de una pensión suficiente. Aunque son de los sectores más vulnerables ante el Covid-19, carecen de una fuente de ingreso segura para sobrevivir y las calles son su opción de subsistir.

En los pasillos del mercado Escobedo la señora Juana Ortega vende cerillos a veces vende bolsas de plástico, pilas o diferentes productos, todo con tal de salir adelante.

“Nos ha ido mal, ahorita no hay nada y luego nos dicen que no salgamos, que nos quedemos en casa, ¿qué voy a comer si no salgo?, nos dan una despensa cada 3 o 4 meses, no dura ni una semana, es muy poco”.

Durante los meses más duros de la pandemia se las arregló para recorrer los pasillos del mercado porque vive al día y no puede dejar pasar un día sin ingresos.

“Eso es lo que dicen, pero a eso nos arriesgamos porque no tenemos para comer y hay que pagar, luz, agua, renta y la comida”.

En su silla de ruedas, don Herminio Torres la hace de “viene, viene”. Administradores del mercado Escobedo le permitieron trabajar en una esquina, ya que por muchos años trabajó ahí.

“Desde que empezó la pandemia nos ha ido mal, la verdad, cuando no había pandemia sí sacábamos para comer, pero ahora está muy difícil para sacar, la gente nos conoce y a veces se paran, me dan una moneda o lo que sea”.

Estima que la baja de visitantes llegó hasta el 70%, pero no dejó de trabajar, pues no puede darse ese lujo, no cuenta con pensión u otro beneficio, tampoco teme contagiarse, no le queda de otra más que salir y trabajar.

“No temo, yo lo que sé es que no hay (Covid-19), desde que empezó la pandemia aquí he estado y nunca me ha pasado nada, ni me he sentido mal, voy al hospital cada día 2 a consulta y los de la guardia pensaron que iba yo grave, ya me querían intubar, pero yo iba a ver al doctor”, cuenta entre risas.

Metros más adelante el señor Antonio también ayuda a los conductores a estacionarse y a bajar y subir bolsas de mandado, aunque la gente ya lo conoce, por un tiempo dejaron de venir al mercado y vivió la crisis.

“No pues mal, muy mal, no tenemos nada, sólo tenemos a la bendición de Dios y lo que caiga, es que si se queda uno en casa se muere de hambre y está difícil, las rentas no fallan, el agua, todo eso no perdona, hay que luchar, resentimos hasta el pescuezo, ahora ya le echa un taquito a la panza, porque antes no alcanzaba”.

La señora María Inés tiene 59 años, es originaria de Santiago Mexquititlán, en Amealco, vende dulces y muñequitas artesanales, ahora también empezó a bordar cubrebocas que van de 50 a 80 pesos, la gente pasa, pregunta pero muy pocos compran.

“No hay nada, no vendemos, bajó mucho, a veces vendemos en La Cruz pero no nadie va, ¿de dónde vamos a sacar para comer?, no había nada y no se vendía nada, me fui 2 meses y medio a mi pueblo”.

Reconoce que está preocupada por el coronavirus, pero al igual que la mayoría no tiene otra opción más que salir a las calles a ofrecer sus productos.

“De que tengo miedo, pues sí lo tengo, pero ¿qué voy a comer?, tengo a mis hijos pero ellos también tienen a sus hijos para que los mantengan, pues tengo que echarle ganas”.

Sentada sobre la banqueta de la calzada Colón pasando Zaragoza, a las afueras de la Plaza de la Mujer, Rosa Benita Sánchez de 70 años es originaria de San Felipe Atlacomulco, vende verduras y mientras corta las hojas de limoncillo cuenta que no dejó de venir y tampoco tiene miedo al Covid, le teme más a no tener para comer.

“A mí no me agarra, desde que entró (el Covid-19) vengo aquí, yo tengo promesa a Dios, cada año hago misa en mi rancho para celebrar el 22 de agosto, cada año saco mi virgen y le hago su fiesta, no tengo miedo, yo como ajo, para que no se acerque la porquería, gracias a Dios me cuida y mi virgen que tengo”.

Así la realidad de cientos de abuelitos que tienen que salir a las calles a buscar el sustento, sin programas de ningún nivel de gobierno y con apoyos insuficientes se convierten en víctimas en triple medida del Covid-19; económicamente, por la avanzada edad y la vulnerabilidad de su salud.



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