/ martes 4 de mayo de 2021

Una historia absolutista

Las ocurrencias parecen no tener fin, pues su fiel séquito todo le aprueba y todo le festeja, como en aquellas cortes reales de la Dinastía de los Luises (Borbón) en Francia. Las Cortes representaban a cada reino ante el rey y su principal cometido era la aprobación de tributos, además de la presentación de peticiones y agravios, según la clásica definición.

Era sabido que su respaldo incondicional al rey sería bien premiado. Cualquier semejanza con nuestro México no es coincidencia. Apenas supimos de la ocurrencia de solicitar al gobierno de Biden visas de trabajo para jornaleros centroamericanos a cambio de sembrar arbolitos y de hablar de migración en una reunión cumbre de cambio climático, cuando se le ocurrió el también extraño argumento del golpe de Estado técnico si se le impide hablar de los que considera logros (sic) de su gobierno, en esta temporada de campañas políticas dentro de la llamada veda electoral. Sería violar mi libertad de expresión, consideró, ¿por qué me voy a callar? ¿Solo porque soy presidente?

La broma se cuenta sola, pero la respuesta es clara: Sí, precisamente por ser presidente. Y si el funcionario público de más alto rango en este país presidencialista considera que leyes y reglas no le aplican, cualesquiera que sean, entenderemos muchas de las cosas que nos suceden. Entenderemos el por qué de un constante desorden en la vida nacional, festejado por sus cortesanos, de un verdadero desorden que se refleja en:

La inexplicable y mortal ausencia de medicamentos; los recortes presupuestales al sector salud; el lío de las vacunas y la reserva de su información por 5 años; el imposible 855% de ahorro; los programas sociales a través de transferencias en efectivo con serias deficiencias en su administración; el ejército electoral llamado Siervos de la Nación que además de su tendenciosa función, nos cuesta varios miles de millones de pesos; la deplorable actuación de la Secretaría de la Función Pública en la lucha anticorrupción, la inconstitucionalidad del décimo transitorio que prorroga el mandato del ministro Presidente de la Suprema Corte; la necedad por privilegiar el uso de energía sucia a contrapelo de los tratados internacionales y de encarecer la electricidad ante la falta de competencia; privilegiar a una empresa sobreendeudada, viciada y quebrada como es Pemex; el alza real y creciente del precio de la gasolina, la terquedad por la refinería de Dos Bocas; el interminable costo del anti ecológico Tren Maya que ya ha rebasado por varios miles de millones el presupuesto original; el aeropuerto internacional que no tenemos pero que todos pagamos, por su caprichosa cancelación.

Decía Snyder que es frecuente el error de los gobernados de asumir que los gobernantes no destruirán las instituciones a través de las cuales llegaron al poder (Snyder, 2017), aún cuando sea evidente que justo eso es lo que intentan.

Y para ejemplos el INE, el INAI y la propia Comisión Nacional de Derechos Humanos. Todo lo anterior, con la complicidad de sus corifeos y sus leyes a modo. Al final, si por algo será recordado este gobierno absolutista será por esa frase atribuida al Rey Luis XIV y que resume estos años: El Estado soy yo.

Las ocurrencias parecen no tener fin, pues su fiel séquito todo le aprueba y todo le festeja, como en aquellas cortes reales de la Dinastía de los Luises (Borbón) en Francia. Las Cortes representaban a cada reino ante el rey y su principal cometido era la aprobación de tributos, además de la presentación de peticiones y agravios, según la clásica definición.

Era sabido que su respaldo incondicional al rey sería bien premiado. Cualquier semejanza con nuestro México no es coincidencia. Apenas supimos de la ocurrencia de solicitar al gobierno de Biden visas de trabajo para jornaleros centroamericanos a cambio de sembrar arbolitos y de hablar de migración en una reunión cumbre de cambio climático, cuando se le ocurrió el también extraño argumento del golpe de Estado técnico si se le impide hablar de los que considera logros (sic) de su gobierno, en esta temporada de campañas políticas dentro de la llamada veda electoral. Sería violar mi libertad de expresión, consideró, ¿por qué me voy a callar? ¿Solo porque soy presidente?

La broma se cuenta sola, pero la respuesta es clara: Sí, precisamente por ser presidente. Y si el funcionario público de más alto rango en este país presidencialista considera que leyes y reglas no le aplican, cualesquiera que sean, entenderemos muchas de las cosas que nos suceden. Entenderemos el por qué de un constante desorden en la vida nacional, festejado por sus cortesanos, de un verdadero desorden que se refleja en:

La inexplicable y mortal ausencia de medicamentos; los recortes presupuestales al sector salud; el lío de las vacunas y la reserva de su información por 5 años; el imposible 855% de ahorro; los programas sociales a través de transferencias en efectivo con serias deficiencias en su administración; el ejército electoral llamado Siervos de la Nación que además de su tendenciosa función, nos cuesta varios miles de millones de pesos; la deplorable actuación de la Secretaría de la Función Pública en la lucha anticorrupción, la inconstitucionalidad del décimo transitorio que prorroga el mandato del ministro Presidente de la Suprema Corte; la necedad por privilegiar el uso de energía sucia a contrapelo de los tratados internacionales y de encarecer la electricidad ante la falta de competencia; privilegiar a una empresa sobreendeudada, viciada y quebrada como es Pemex; el alza real y creciente del precio de la gasolina, la terquedad por la refinería de Dos Bocas; el interminable costo del anti ecológico Tren Maya que ya ha rebasado por varios miles de millones el presupuesto original; el aeropuerto internacional que no tenemos pero que todos pagamos, por su caprichosa cancelación.

Decía Snyder que es frecuente el error de los gobernados de asumir que los gobernantes no destruirán las instituciones a través de las cuales llegaron al poder (Snyder, 2017), aún cuando sea evidente que justo eso es lo que intentan.

Y para ejemplos el INE, el INAI y la propia Comisión Nacional de Derechos Humanos. Todo lo anterior, con la complicidad de sus corifeos y sus leyes a modo. Al final, si por algo será recordado este gobierno absolutista será por esa frase atribuida al Rey Luis XIV y que resume estos años: El Estado soy yo.

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