/ sábado 13 de enero de 2018

Somos más fuertes que las minas antipersonales

Pailin, Camboya, (Notimex).- La provincia noroccidental de Pailin, en la frontera con Tailandia, es conocida, muy a su pesar, por ser uno de los bastiones de los Jemeres Rojos.

Aquí los seguidores del Partido Comunista de Kampuchea, por temor a una invasión desde el oeste, llenaron los campos de minas de todo tipo que todavía hoy, décadas después, siguen provocando víctimas entre los civiles.

Es difícil, por no decir imposible, encontrar en esta zona de Camboya a una sola familia que no tenga algún miembro al que le haya explotado una mina. Y hay casos en los que las víctimas son familias enteras.

Pailin, con una superficie de 800 kilómetros cuadrados, es un centro de poco más de 70 mil habitantes.

A principios de los años 70 el descubrimiento de yacimientos de gemas y otros minerales preciosos dio un poco de prosperidad a la ciudad, que enseguida atrajo la atención de los Jemeres Rojos, de los cuales fue uno de los principales bastiones incluso después de la caída de su régimen (que duró de 1975 a 1979) por obra de Vietnam.

En Pailin todavía hoy viven exoficiales de Angkar Padevat (otra de las denominación del partido de los Jemeres Rojos) y una buena parte de la población civil masculina ha luchado en sus filas.

"Cuando acabó el régimen -explica Soun Rithy, de 47 años, de la aldea de Phsar Prom Chheung- los Jemeres Rojos se quedaron aquí durante mucho tiempo. Me reclutaron en 1986, tenía solo 16 años. Me vi obligado a hacerlo, no tenía otra opción, pero al principio fue algo que me llenaba de orgullo”.

Dice que “sostener un arma, llevar el uniforme, que consistía en un traje azul y una bufanda de cuadros roja y blanca, me hizo sentir grande desde el primer momento”.

“Pero unos meses después de mi alistamiento me explotó una mina: perdí una pierna y la otra quedó severamente herida. Me dejaron en casa", añade.

Soun vive en Phsar Prom Chheung, uno de los muchos pueblecitos de la provincia de Pailin. Se trata de aldeas que a menudo ni siquiera aparecen en los mapas, pero que han sido y siguen siendo el escenario de lo que se puede definir como la mayor desgracia de Camboya: las minas antipersona.

Durante el período de actividad de los Jemeres Rojos (1960-1999), las áreas fronterizas fueron sembradas con estos dispositivos sin que se llevara a cabo ningún tipo de mapeo. ¿El resultado? Un número exorbitante de víctimas entre los civiles.

Según el Centro Camboyano Antiminas (CMAC), un organismo estatal, entre 1980 y 1998 las partes enfrentadas colocaron entre cuatro y seis millones de minas que hasta hoy han causado más de 65 mil víctimas entre muertos y heridos y que, anualmente, continúan provocando al menos mil.

"Todo el país está mal -explica Khoa Ly, un funcionario del CMAC que tiene anotadas en un cuaderno a todas las víctimas de minas de la provincia-, pero en Pailin tenemos los peores registros”.

Por ejemplo, cuenta, “solo en la aldea de Phsar Prom Chheung tenemos 19 víctimas, seis de las cuales, todas mujeres, murieron. Un dato considerable si tenemos en cuenta que en Phsar Prom Chheung los habitantes son unos 80".

Todas las historias se parecen un poco entre sí: civiles que se adentran en los campos en busca de leña para construirse la casa o una cama o de algunas verduras para comer.

Hoy están todos informados sobre los peligros que tiene hacerlo, pero la miseria y el hambre obligan a la gente a correr riesgos".

Hoa, con su destartalado scooter, se ofrece como guía para encontrar víctimas de las minas, algo nada difícil.

Bastaría con llamar a la puerta de cualquier cabaña o palafito de la provincia de Pailin y preguntar a sus habitantes si conocen a alguien a quien le haya explotado una mina o que haya resultado herido por la metralla que generan”.

“La respuesta, desafortunadamente, es obvia”: "Sí, claro”. Mi tío perdió una pierna trabajando en el campo. "Mi madre se quedó ciega de un ojo por una astilla"; "A mi vecino le amputaron tres dedos de la mano", y así sucesivamente.

La ayuda que reciben las víctimas de las minas por parte del gobierno es en forma de alimentos, y ni siquiera regularmente. Debido a algunos fragmentos de metralla, Cheam Paek, de 52 años, perdió primero una pierna y luego un ojo.

Al no poder trabajar, depende completamente de la familia de su hermana menor, con quien vive en el pueblo de O'Cher Krom.

"Me estoy volviendo ciego también del otro ojo -dice Cheam-, pero no tengo suficiente dinero para el tratamiento. Sé que en casos como el mío en los países ricos el estado te ayuda dándote dinero cada mes. Pero a mí me dan un saco de arroz de vez en cuando, eso es todo”.

Señala que “Camboya es un país pobre, pero los gobernantes tienen que hacer más por la gente como yo, somos cada vez más. La semana pasada el hijo de un vecino mío perdió un pie por una mina, y no tiene ni 10 años".

No son pocos los casos en los que familias enteras se vieron afectadas por una mina. La familia Chan, también residente en la aldea de O'Cher Krom, forma parte de esta trágica estadística.

En 2003, Krel, el cabeza de familia, de 59 años, llevó a sus familiares con él a los campos para recoger leña para hacer cosas en casa.

"No sabía -dice- que esa zona fuese un campo minado". Krel perdió un ojo; el hijo mayor, Then, de 36 años, quien pisó la mina, perdió las dos piernas y algunos dedos de una mano; el hijo menor, Rin, de 29 años, tuvo heridas graves en la cara; su esposa, Srey, de 53 años, sufrió quemaduras graves en el brazo, y finalmente a su cuñada, Sreypov, de 63 años, se le desgarró el muslo.

"Desde ese horrible accidente -confía la Sra. Srey- mi esposo ya no es el mismo. Fue muy valiente porque a pesar de haber perdido un ojo encontró la fuerza para salvarnos a todos, llevando en brazos a sus hijos y arrastrándonos como podía a mi hermana y a mí”.

“Se siente culpable porque fue él quien decidió ir a hacer leña. Pero no es culpa suya, es culpa de esos asesinos que pusieron las minas. A menudo me desanimo, pero trato de no mostrarlo. Los adultos debemos ser un ejemplo para nuestros hijos y animarlos tanto como podamos. Somos más fuertes que las minas", resume.

Pailin, Camboya, (Notimex).- La provincia noroccidental de Pailin, en la frontera con Tailandia, es conocida, muy a su pesar, por ser uno de los bastiones de los Jemeres Rojos.

Aquí los seguidores del Partido Comunista de Kampuchea, por temor a una invasión desde el oeste, llenaron los campos de minas de todo tipo que todavía hoy, décadas después, siguen provocando víctimas entre los civiles.

Es difícil, por no decir imposible, encontrar en esta zona de Camboya a una sola familia que no tenga algún miembro al que le haya explotado una mina. Y hay casos en los que las víctimas son familias enteras.

Pailin, con una superficie de 800 kilómetros cuadrados, es un centro de poco más de 70 mil habitantes.

A principios de los años 70 el descubrimiento de yacimientos de gemas y otros minerales preciosos dio un poco de prosperidad a la ciudad, que enseguida atrajo la atención de los Jemeres Rojos, de los cuales fue uno de los principales bastiones incluso después de la caída de su régimen (que duró de 1975 a 1979) por obra de Vietnam.

En Pailin todavía hoy viven exoficiales de Angkar Padevat (otra de las denominación del partido de los Jemeres Rojos) y una buena parte de la población civil masculina ha luchado en sus filas.

"Cuando acabó el régimen -explica Soun Rithy, de 47 años, de la aldea de Phsar Prom Chheung- los Jemeres Rojos se quedaron aquí durante mucho tiempo. Me reclutaron en 1986, tenía solo 16 años. Me vi obligado a hacerlo, no tenía otra opción, pero al principio fue algo que me llenaba de orgullo”.

Dice que “sostener un arma, llevar el uniforme, que consistía en un traje azul y una bufanda de cuadros roja y blanca, me hizo sentir grande desde el primer momento”.

“Pero unos meses después de mi alistamiento me explotó una mina: perdí una pierna y la otra quedó severamente herida. Me dejaron en casa", añade.

Soun vive en Phsar Prom Chheung, uno de los muchos pueblecitos de la provincia de Pailin. Se trata de aldeas que a menudo ni siquiera aparecen en los mapas, pero que han sido y siguen siendo el escenario de lo que se puede definir como la mayor desgracia de Camboya: las minas antipersona.

Durante el período de actividad de los Jemeres Rojos (1960-1999), las áreas fronterizas fueron sembradas con estos dispositivos sin que se llevara a cabo ningún tipo de mapeo. ¿El resultado? Un número exorbitante de víctimas entre los civiles.

Según el Centro Camboyano Antiminas (CMAC), un organismo estatal, entre 1980 y 1998 las partes enfrentadas colocaron entre cuatro y seis millones de minas que hasta hoy han causado más de 65 mil víctimas entre muertos y heridos y que, anualmente, continúan provocando al menos mil.

"Todo el país está mal -explica Khoa Ly, un funcionario del CMAC que tiene anotadas en un cuaderno a todas las víctimas de minas de la provincia-, pero en Pailin tenemos los peores registros”.

Por ejemplo, cuenta, “solo en la aldea de Phsar Prom Chheung tenemos 19 víctimas, seis de las cuales, todas mujeres, murieron. Un dato considerable si tenemos en cuenta que en Phsar Prom Chheung los habitantes son unos 80".

Todas las historias se parecen un poco entre sí: civiles que se adentran en los campos en busca de leña para construirse la casa o una cama o de algunas verduras para comer.

Hoy están todos informados sobre los peligros que tiene hacerlo, pero la miseria y el hambre obligan a la gente a correr riesgos".

Hoa, con su destartalado scooter, se ofrece como guía para encontrar víctimas de las minas, algo nada difícil.

Bastaría con llamar a la puerta de cualquier cabaña o palafito de la provincia de Pailin y preguntar a sus habitantes si conocen a alguien a quien le haya explotado una mina o que haya resultado herido por la metralla que generan”.

“La respuesta, desafortunadamente, es obvia”: "Sí, claro”. Mi tío perdió una pierna trabajando en el campo. "Mi madre se quedó ciega de un ojo por una astilla"; "A mi vecino le amputaron tres dedos de la mano", y así sucesivamente.

La ayuda que reciben las víctimas de las minas por parte del gobierno es en forma de alimentos, y ni siquiera regularmente. Debido a algunos fragmentos de metralla, Cheam Paek, de 52 años, perdió primero una pierna y luego un ojo.

Al no poder trabajar, depende completamente de la familia de su hermana menor, con quien vive en el pueblo de O'Cher Krom.

"Me estoy volviendo ciego también del otro ojo -dice Cheam-, pero no tengo suficiente dinero para el tratamiento. Sé que en casos como el mío en los países ricos el estado te ayuda dándote dinero cada mes. Pero a mí me dan un saco de arroz de vez en cuando, eso es todo”.

Señala que “Camboya es un país pobre, pero los gobernantes tienen que hacer más por la gente como yo, somos cada vez más. La semana pasada el hijo de un vecino mío perdió un pie por una mina, y no tiene ni 10 años".

No son pocos los casos en los que familias enteras se vieron afectadas por una mina. La familia Chan, también residente en la aldea de O'Cher Krom, forma parte de esta trágica estadística.

En 2003, Krel, el cabeza de familia, de 59 años, llevó a sus familiares con él a los campos para recoger leña para hacer cosas en casa.

"No sabía -dice- que esa zona fuese un campo minado". Krel perdió un ojo; el hijo mayor, Then, de 36 años, quien pisó la mina, perdió las dos piernas y algunos dedos de una mano; el hijo menor, Rin, de 29 años, tuvo heridas graves en la cara; su esposa, Srey, de 53 años, sufrió quemaduras graves en el brazo, y finalmente a su cuñada, Sreypov, de 63 años, se le desgarró el muslo.

"Desde ese horrible accidente -confía la Sra. Srey- mi esposo ya no es el mismo. Fue muy valiente porque a pesar de haber perdido un ojo encontró la fuerza para salvarnos a todos, llevando en brazos a sus hijos y arrastrándonos como podía a mi hermana y a mí”.

“Se siente culpable porque fue él quien decidió ir a hacer leña. Pero no es culpa suya, es culpa de esos asesinos que pusieron las minas. A menudo me desanimo, pero trato de no mostrarlo. Los adultos debemos ser un ejemplo para nuestros hijos y animarlos tanto como podamos. Somos más fuertes que las minas", resume.

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