/ domingo 5 de julio de 2020

El teatro en los tiempos de la pandemia

Tinta para un Atabal

I Sobreviviendo al Covid-19

Justo después del terror producido por el riesgo de contagiarse del coronavirus, ahora viene el horror a enfrentar sus consecuencias. Las autoridades han decidido transitar del color rojo del semáforo de riesgo epidemiológico, al naranja, lo que implica que algunos negocios no esenciales para la sobrevivencia podrán reabrir bajo una severa vigilancia y altas medidas de sanidad. Los eventos culturales no forman parte de este grupo. Desde luego que las artes escénicas y específicamente el teatro, mucho menos. Y es comprensible si nos ponemos a pensar en las multitudes que el teatro en Querétaro atrae... (nótese el sarcasmo).

Los bares y restaurantes podrán funcionar al menos al 50 % de su capacidad... las iglesias y templos también podrán abrir y recibir a sus feligreses. Los eventos culturales, esto es, museos, conciertos, presentaciones de libros, conferencias de difusión cultural y un larguísimo etcétera, no. Desde luego que las artes escénicas y en particular el teatro, ni pensarlo. ¿Quién necesita al teatro? A las iglesias, sí se les necesita. A los restaurantes y bares también. Al teatro, no. ¿Cuál es el criterio que se utilizó para llegar a tales conclusiones?

El horror al que nos referíamos arriba es al impacto que enfrentaremos al tratar de lidiar con una economía destrozada, pero qué importa si estamos vivos, tenemos salud, fuimos de los muy pocos afortunados en no sufrir un deceso en nuestro círculo familiar y/o social más íntimo: “¡A ti te importa más el dinero que tu salud!”, “¡entenderás con toda claridad la importancia del ‘quédate en casa’, cuando alguien cercano a tu familia caiga enfermo!”, “después de todo, ¿qué es la economía?”, “la economía se refiere solo a cosas materiales”, “lo importante es estar bien”, “¡no exageres, por el amor de Dios!”

II El teatro y las nuevas tecnologías

A quienes la pandemia les trajo una significativa mejora en su economía, es a los creadores de la plataforma digital de comunicación a través de videollamadas vía internet denominada ZOOM. Decir ‘mejora’, es decir poco: el coronavirus los está impulsando a las esferas de los multimillonarios. Así de simple.

Esta plataforma ha competido, y ganado en buena lid, con otras incluso más antiguas (Skype) o más populares (facebook live). La razón de ello tal vez sea, muy probablemente, su extrema sencillez al alcance de cualquiera que cuente con una computadora, laptop, tablet y hasta con un smartphone.

Su popularidad comenzó a crecer porque ZOOM fue la plataforma digital sugerida por las autoridades para dar clases en línea, al menos en nuestro país, en todos los niveles educativos.

Posteriormente los profesores de artes escénicas la comenzaron a utilizar por las mismas razones y para los mismos propósitos: finalmente estos profesores, que no son otros, sino los mismos creadores de artes escénicas buscando una manera de ganarse un sueldo seguro, de inmediato le encontraron el enorme potencial como canal de exhibición de sus propias propuestas escénicas... y aquí comenzaron los problemas.

Foto: Cortesía | Atabal

Nadie niega la efectividad de dicha plataforma, pero a muy pocos se les ha ocurrido que es muy importante desarrollar un lenguaje propio para correlacionarse con las propuestas escénicas: si algo caracteriza a las artes escénicas como un factor definitorio, es precisamente su facultad de contactar en vivo a los artistas escénicos con su público. Quien quiera que haya tenido la experiencia de observar una puesta en escena videograbada, seguramente estará de acuerdo que el montaje se “desluce”, por decir lo menos.

Y no se trata de la calidad del video que se esté utilizando: con la tecnología actual se puede alcanzar una imagen de alta definición que permite apreciar al detalle, elementos casi insignificantes.

Se trata más bien del intercambio de energía entre intérpretes y espectadores, que conforma tanto la dimensión mágica como mística y que abarcan, prácticamente, a todas las artes escénicas. Si usted, amable lector, ha tenido la experiencia de asistir al concierto musical de su artista favorito, sabrá que un ‘video’ del mismo concierto y artista es solo un pálido reflejo de la experiencia intensa y emocionalmente abrumadora que significó para usted el haberlo visto en vivo.

III El espectador idóneo

De esta manera, imposibilitados para mostrarse en vivo frente a sus espectadores, los artistas escénicos de prácticamente todas las disciplinas de las artes de la representación, se mantienen obsesivamente ocupados en sacarle el máximo provecho a la mentada plataforma digital, en aras de un intento desesperado de mantener vivo su arte y sobrevivir a estos tiempos oscuros que nos ha tocado vivir.

Obras de teatro, monólogos, soliloquios, unipersonales, diálogos, coloquios, obras colectivas, danza: clásica y contemporánea... mima corpórea y pantomima... clown, ópera, conciertos, se multiplican en las redes sociales, desgraciadamente con muy poca buena suerte. Cierto, la oferta cultural nunca había estado tan ofertada y tan a la mano... pero no es lo mismo...

Puede ser, mirándolo con filosofía y algo de cinismo, que este periodo funcione como una suerte de proceso de decantación, de selección natural que ayudará a la sobrevivencia de los artistas escénicos más aptos o consistentes o creativos, que logren descifrar la clave de un nuevo lenguaje video-escénico, que le ayude a mantener su persistencia en la percepción de los espectadores.

Este proceso de selección natural recién comienza: se puede acceder a una cantidad impresionante de propuestas que no ofrecen en realidad nada nuevo. Propuestas que sitúan a la cámara en el lugar del espectador, completamente inamovible, pasivo... el espectador ideal porque no se mueve y no habla. Y seguramente terminará por fugarse.

Hay que ser muy soberbio para creer que el espectador, con nuestra interpretación, quedará igualmente pasmado que la cámara. Pero esto no es así. El espectador tiene, sin exagerar, decenas de posibilidades para elegir y le basta décimas de segundo para darse cuenta que, si al artista escénico en realidad no le importa su participación o su opinión, a él mismo tampoco le interesa la suerte de la propuesta y lo castiga con el látigo de su desprecio.

Cruel pero cierto. Justo cuando pensábamos tener el sartén por el mango, descubrimos que el espectador es el dueño del espectáculo.

I Sobreviviendo al Covid-19

Justo después del terror producido por el riesgo de contagiarse del coronavirus, ahora viene el horror a enfrentar sus consecuencias. Las autoridades han decidido transitar del color rojo del semáforo de riesgo epidemiológico, al naranja, lo que implica que algunos negocios no esenciales para la sobrevivencia podrán reabrir bajo una severa vigilancia y altas medidas de sanidad. Los eventos culturales no forman parte de este grupo. Desde luego que las artes escénicas y específicamente el teatro, mucho menos. Y es comprensible si nos ponemos a pensar en las multitudes que el teatro en Querétaro atrae... (nótese el sarcasmo).

Los bares y restaurantes podrán funcionar al menos al 50 % de su capacidad... las iglesias y templos también podrán abrir y recibir a sus feligreses. Los eventos culturales, esto es, museos, conciertos, presentaciones de libros, conferencias de difusión cultural y un larguísimo etcétera, no. Desde luego que las artes escénicas y en particular el teatro, ni pensarlo. ¿Quién necesita al teatro? A las iglesias, sí se les necesita. A los restaurantes y bares también. Al teatro, no. ¿Cuál es el criterio que se utilizó para llegar a tales conclusiones?

El horror al que nos referíamos arriba es al impacto que enfrentaremos al tratar de lidiar con una economía destrozada, pero qué importa si estamos vivos, tenemos salud, fuimos de los muy pocos afortunados en no sufrir un deceso en nuestro círculo familiar y/o social más íntimo: “¡A ti te importa más el dinero que tu salud!”, “¡entenderás con toda claridad la importancia del ‘quédate en casa’, cuando alguien cercano a tu familia caiga enfermo!”, “después de todo, ¿qué es la economía?”, “la economía se refiere solo a cosas materiales”, “lo importante es estar bien”, “¡no exageres, por el amor de Dios!”

II El teatro y las nuevas tecnologías

A quienes la pandemia les trajo una significativa mejora en su economía, es a los creadores de la plataforma digital de comunicación a través de videollamadas vía internet denominada ZOOM. Decir ‘mejora’, es decir poco: el coronavirus los está impulsando a las esferas de los multimillonarios. Así de simple.

Esta plataforma ha competido, y ganado en buena lid, con otras incluso más antiguas (Skype) o más populares (facebook live). La razón de ello tal vez sea, muy probablemente, su extrema sencillez al alcance de cualquiera que cuente con una computadora, laptop, tablet y hasta con un smartphone.

Su popularidad comenzó a crecer porque ZOOM fue la plataforma digital sugerida por las autoridades para dar clases en línea, al menos en nuestro país, en todos los niveles educativos.

Posteriormente los profesores de artes escénicas la comenzaron a utilizar por las mismas razones y para los mismos propósitos: finalmente estos profesores, que no son otros, sino los mismos creadores de artes escénicas buscando una manera de ganarse un sueldo seguro, de inmediato le encontraron el enorme potencial como canal de exhibición de sus propias propuestas escénicas... y aquí comenzaron los problemas.

Foto: Cortesía | Atabal

Nadie niega la efectividad de dicha plataforma, pero a muy pocos se les ha ocurrido que es muy importante desarrollar un lenguaje propio para correlacionarse con las propuestas escénicas: si algo caracteriza a las artes escénicas como un factor definitorio, es precisamente su facultad de contactar en vivo a los artistas escénicos con su público. Quien quiera que haya tenido la experiencia de observar una puesta en escena videograbada, seguramente estará de acuerdo que el montaje se “desluce”, por decir lo menos.

Y no se trata de la calidad del video que se esté utilizando: con la tecnología actual se puede alcanzar una imagen de alta definición que permite apreciar al detalle, elementos casi insignificantes.

Se trata más bien del intercambio de energía entre intérpretes y espectadores, que conforma tanto la dimensión mágica como mística y que abarcan, prácticamente, a todas las artes escénicas. Si usted, amable lector, ha tenido la experiencia de asistir al concierto musical de su artista favorito, sabrá que un ‘video’ del mismo concierto y artista es solo un pálido reflejo de la experiencia intensa y emocionalmente abrumadora que significó para usted el haberlo visto en vivo.

III El espectador idóneo

De esta manera, imposibilitados para mostrarse en vivo frente a sus espectadores, los artistas escénicos de prácticamente todas las disciplinas de las artes de la representación, se mantienen obsesivamente ocupados en sacarle el máximo provecho a la mentada plataforma digital, en aras de un intento desesperado de mantener vivo su arte y sobrevivir a estos tiempos oscuros que nos ha tocado vivir.

Obras de teatro, monólogos, soliloquios, unipersonales, diálogos, coloquios, obras colectivas, danza: clásica y contemporánea... mima corpórea y pantomima... clown, ópera, conciertos, se multiplican en las redes sociales, desgraciadamente con muy poca buena suerte. Cierto, la oferta cultural nunca había estado tan ofertada y tan a la mano... pero no es lo mismo...

Puede ser, mirándolo con filosofía y algo de cinismo, que este periodo funcione como una suerte de proceso de decantación, de selección natural que ayudará a la sobrevivencia de los artistas escénicos más aptos o consistentes o creativos, que logren descifrar la clave de un nuevo lenguaje video-escénico, que le ayude a mantener su persistencia en la percepción de los espectadores.

Este proceso de selección natural recién comienza: se puede acceder a una cantidad impresionante de propuestas que no ofrecen en realidad nada nuevo. Propuestas que sitúan a la cámara en el lugar del espectador, completamente inamovible, pasivo... el espectador ideal porque no se mueve y no habla. Y seguramente terminará por fugarse.

Hay que ser muy soberbio para creer que el espectador, con nuestra interpretación, quedará igualmente pasmado que la cámara. Pero esto no es así. El espectador tiene, sin exagerar, decenas de posibilidades para elegir y le basta décimas de segundo para darse cuenta que, si al artista escénico en realidad no le importa su participación o su opinión, a él mismo tampoco le interesa la suerte de la propuesta y lo castiga con el látigo de su desprecio.

Cruel pero cierto. Justo cuando pensábamos tener el sartén por el mango, descubrimos que el espectador es el dueño del espectáculo.

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