/ viernes 3 de abril de 2020

Poéticas del confinamiento, la verdad en tiempos de facebook

Punto al que lo lea

Cada vez con mayor tristeza me percato de que las redes sociales se plagan de temas específicos que se van suplantando unos a otros. Hace cuatro semanas el paro de las mujeres era la prioridad, hoy es el Covid-19 el que, como si de una celebridad famosísima se tratara, aparece retratado en miles de publicaciones, con todo y la deslumbrante corona que recubre su voluptuosa circunferencia. Obsesivamente, a diario tratamos de enterarnos de los detalles más íntimos sobre sus hábitos, sus comportamientos, sus asesinatos, sus malas mañas, su relativa compasión ante los jóvenes, su implacabilidad para con los ancianos. En una marejada informativa navegamos a la deriva sin saber a ciencia cierta qué creer.

Para muchos, las medidas implantadas a raíz de la progresiva expansión de este virus se relacionan con innegables tejemanejes que entrañan una reconfiguración del panorama geopolítico. Son demasiado sospechosas muchas de las “coincidencias”. China, el gigante exportador, estaba adquiriendo demasiado poder comercial, cuestión que no resulta ajena a ninguna persona que tenga en su casa una gran cantidad de enseres en los que aparece la recurrente frase “Hecho en China”. Las tensiones entre Estados Unidos, Rusia y China son evidentes y, a cuentagotas, en medio de los temas de moda, encontramos en las redes sociales noticias que hablan al respecto. Ante este panorama, el hecho de que se cierren las fronteras y se restrinjan los vuelos comerciales en muchos países no hace más que generar aún más resquemor. En lugar de fomentar la cooperación internacional, los aislamientos obligan a los países a adoptar políticas nacionalistas, cuestión que facilita, en muy gran medida, la intervención directa de Estados Unidos, a quien siempre le ha gustado mucho inmiscuirse en los asuntos que no le competen. El libre tránsito de soldados norteamericanos en Europa, mientras se recrudece el impacto del célebre virus coronado, puede hacer que hasta el más hipocondriaco y cauto sospeche que existe, en el fondo de todo este turbio asunto, una manipulación mediática armada a la medida de los poderosos.

Por otro lado, los contagios comunitarios son innegables en todos los países europeos y, recientemente, en nuestra patria, pero la forma en la que se contabilizan los casos y se difunden los números resulta en extremo tendenciosa. Nos aferramos a las cifras como si de ellas dependiera nuestra vida. Esos números impersonales, vagos y, muy probablemente, lejanos a la realidad, nos brindan una falsa sensación de seguridad. Nos impiden declarar lo que, en el fondo, todos estamos pensando: sólo sé que no sé nada.

La verdad

¿Y qué pasa cuando nos encontramos caminando a tientas en un mundo en el que se supone que la verdad ha sido liberada de sus ataduras para ser entregada democráticamente a todas las personas a través de las redes? Para empezar, nos damos cuenta de que el concepto de verdad es absolutamente difuso y que, quizás, durante mucho tiempo, a los jerarcas en el poder, les convino hablar de la verdad como un bien precioso que debíamos perseguir a toda costa. Como si al conocer la verdad nos fuera posible compartir una tajadita del pastel de privilegios que se sirve en la mesa de quienes han decidido ejercer el control sobre los ciudadanos para beneficiarse de esta manipulación. La verdad, después de la Revolución Francesa, empezó a ser considerada como un derecho, una garantía individual que le otorgaba al pueblo la posibilidad de dirigir el rumbo de su nación. Una persona que conocía la verdad podía ver, entender y analizar sus propias decisiones con libertad. Pero al aparecer este concepto y postrarse ante nosotros como un ideal de la modernidad, dio paso a su propia perversión. Si nosotros creemos a pie juntillas en la verdad, entonces, con tal de no sentir que carecemos de ella, nos tragaremos todos los cuentos que nos quieran contar. Pareciera que lo importante es no quedarse con las manos vacías. Y de ese modo, la tecnología, con su infalible fuerza visual, empezó a jugar con la idea de que hay que ver para creer. Sin importar las ediciones, los cortes, los trucos que sabemos que siempre han existido en el universo del lenguaje visual, nos decantamos por considerar fidedigno aquello que se revela ante nuestros ojos como tal.

La llegada de las redes sociales acabó por enturbiar todavía más el panorama, puesto que ahora existen las verdades individuales que se defienden a pie juntillas y con violencia vehemente. Ya no se trata de captar la realidad a través de los sentidos y de decodificarla racionalmente para transmitir el análisis personal que se ha llevado a cabo en relación a un determinado hecho. No. Ahora se trata de echar mano de la retacería informativa para tejer un tapiz personal con el que ornamentamos nuestros muros con el fin de que los demás entren a “nuestras casas” virtuales a maravillarse por lo que hemos hecho. Si alguien pisa nuestro terruño y lleva lodo en los zapatos, lo expulsamos flagrantemente para que aprenda a comportarse a la medida de nuestras expectativas. Con ferocidad defendemos NUESTRA verdad, con el deseo ingenuo de que nadie pueda arrebatárnosla. Y de pronto empezamos a comportarnos en la vida tridimensional a partir del modelo que acuñamos en las redes sociales. Si muchas personas aportan pulgares erguidos en relación a las políticas de confinamiento, sin protestar ni analizar a profundidad lo que una medida de esta clase implica, nos encerraremos, creyendo que lo hacemos por las razones correctas, porque conocemos a fondo LA VERDAD. ¿La conocemos realmente o estamos obedeciendo ciegamente órdenes que no sabemos bien a bien de dónde provienen ni el objetivo que quieren alcanzar?

No se trata de inocular en la cabeza de nadie la idea de que existe una conspiración de gran escala, sino de generar una reflexión en relación a la forma perversa en la que actualmente nos relacionamos con el concepto de verdad. Hemos llegado a un punto en el que nuestra docilidad ciudadana se hace evidente, puesto que hemos decidido pelear batallas encarnizadas dentro de las redes sociales, pero hemos dejado de apropiarnos del mundo, del territorio geográfico que habitamos, de las elecciones laborales, de las decisiones comunitarias, del otro. Ya no nos ocupamos de los demás. Nos rodean números, estadísticas, extraños con los que no compartimos nada, más que el miedo. Nos conformamos con mantener relaciones virtuales con unas cuantas personas y con captar información proveniente de muy diversos rincones cibernéticos. Ese es nuestro territorio conocido, puesto que la vida exterior se ha convertido en una interrogante tan grande que preferimos resguardarnos en la cómoda seguridad de las verdades digeridas.

Quizás este colapso pueda servir para que nos hagamos preguntas acerca de la ilusión de seguridad que hemos construido. La burbuja está a punto de reventar y el capitalismo está dando señales claras de que no puede seguir subsistiendo de la forma en la que lo ha hecho hasta ahora: privilegiando a unos cuantos y manipulando a quienes creen que también gozan de sus beneficios. Es probable que la población “prescindible” (la mayoría en la que estamos casi todos) sea la que sufra más en esta etapa cruel, pero eso dependerá de que abramos los ojos para mirar más allá de los espejismos virtuales. La verdad se construye, no se atrapa al vuelo una vez que esta ha sido maquilada por los artífices del poder. Encontremos, con los otros, nuevas formas de habitar el mundo y de apropiarnos nuevamente de los territorios simbólicos, de la vida colectiva, del sentido que nos han arrebatado.

Cada vez con mayor tristeza me percato de que las redes sociales se plagan de temas específicos que se van suplantando unos a otros. Hace cuatro semanas el paro de las mujeres era la prioridad, hoy es el Covid-19 el que, como si de una celebridad famosísima se tratara, aparece retratado en miles de publicaciones, con todo y la deslumbrante corona que recubre su voluptuosa circunferencia. Obsesivamente, a diario tratamos de enterarnos de los detalles más íntimos sobre sus hábitos, sus comportamientos, sus asesinatos, sus malas mañas, su relativa compasión ante los jóvenes, su implacabilidad para con los ancianos. En una marejada informativa navegamos a la deriva sin saber a ciencia cierta qué creer.

Para muchos, las medidas implantadas a raíz de la progresiva expansión de este virus se relacionan con innegables tejemanejes que entrañan una reconfiguración del panorama geopolítico. Son demasiado sospechosas muchas de las “coincidencias”. China, el gigante exportador, estaba adquiriendo demasiado poder comercial, cuestión que no resulta ajena a ninguna persona que tenga en su casa una gran cantidad de enseres en los que aparece la recurrente frase “Hecho en China”. Las tensiones entre Estados Unidos, Rusia y China son evidentes y, a cuentagotas, en medio de los temas de moda, encontramos en las redes sociales noticias que hablan al respecto. Ante este panorama, el hecho de que se cierren las fronteras y se restrinjan los vuelos comerciales en muchos países no hace más que generar aún más resquemor. En lugar de fomentar la cooperación internacional, los aislamientos obligan a los países a adoptar políticas nacionalistas, cuestión que facilita, en muy gran medida, la intervención directa de Estados Unidos, a quien siempre le ha gustado mucho inmiscuirse en los asuntos que no le competen. El libre tránsito de soldados norteamericanos en Europa, mientras se recrudece el impacto del célebre virus coronado, puede hacer que hasta el más hipocondriaco y cauto sospeche que existe, en el fondo de todo este turbio asunto, una manipulación mediática armada a la medida de los poderosos.

Por otro lado, los contagios comunitarios son innegables en todos los países europeos y, recientemente, en nuestra patria, pero la forma en la que se contabilizan los casos y se difunden los números resulta en extremo tendenciosa. Nos aferramos a las cifras como si de ellas dependiera nuestra vida. Esos números impersonales, vagos y, muy probablemente, lejanos a la realidad, nos brindan una falsa sensación de seguridad. Nos impiden declarar lo que, en el fondo, todos estamos pensando: sólo sé que no sé nada.

La verdad

¿Y qué pasa cuando nos encontramos caminando a tientas en un mundo en el que se supone que la verdad ha sido liberada de sus ataduras para ser entregada democráticamente a todas las personas a través de las redes? Para empezar, nos damos cuenta de que el concepto de verdad es absolutamente difuso y que, quizás, durante mucho tiempo, a los jerarcas en el poder, les convino hablar de la verdad como un bien precioso que debíamos perseguir a toda costa. Como si al conocer la verdad nos fuera posible compartir una tajadita del pastel de privilegios que se sirve en la mesa de quienes han decidido ejercer el control sobre los ciudadanos para beneficiarse de esta manipulación. La verdad, después de la Revolución Francesa, empezó a ser considerada como un derecho, una garantía individual que le otorgaba al pueblo la posibilidad de dirigir el rumbo de su nación. Una persona que conocía la verdad podía ver, entender y analizar sus propias decisiones con libertad. Pero al aparecer este concepto y postrarse ante nosotros como un ideal de la modernidad, dio paso a su propia perversión. Si nosotros creemos a pie juntillas en la verdad, entonces, con tal de no sentir que carecemos de ella, nos tragaremos todos los cuentos que nos quieran contar. Pareciera que lo importante es no quedarse con las manos vacías. Y de ese modo, la tecnología, con su infalible fuerza visual, empezó a jugar con la idea de que hay que ver para creer. Sin importar las ediciones, los cortes, los trucos que sabemos que siempre han existido en el universo del lenguaje visual, nos decantamos por considerar fidedigno aquello que se revela ante nuestros ojos como tal.

La llegada de las redes sociales acabó por enturbiar todavía más el panorama, puesto que ahora existen las verdades individuales que se defienden a pie juntillas y con violencia vehemente. Ya no se trata de captar la realidad a través de los sentidos y de decodificarla racionalmente para transmitir el análisis personal que se ha llevado a cabo en relación a un determinado hecho. No. Ahora se trata de echar mano de la retacería informativa para tejer un tapiz personal con el que ornamentamos nuestros muros con el fin de que los demás entren a “nuestras casas” virtuales a maravillarse por lo que hemos hecho. Si alguien pisa nuestro terruño y lleva lodo en los zapatos, lo expulsamos flagrantemente para que aprenda a comportarse a la medida de nuestras expectativas. Con ferocidad defendemos NUESTRA verdad, con el deseo ingenuo de que nadie pueda arrebatárnosla. Y de pronto empezamos a comportarnos en la vida tridimensional a partir del modelo que acuñamos en las redes sociales. Si muchas personas aportan pulgares erguidos en relación a las políticas de confinamiento, sin protestar ni analizar a profundidad lo que una medida de esta clase implica, nos encerraremos, creyendo que lo hacemos por las razones correctas, porque conocemos a fondo LA VERDAD. ¿La conocemos realmente o estamos obedeciendo ciegamente órdenes que no sabemos bien a bien de dónde provienen ni el objetivo que quieren alcanzar?

No se trata de inocular en la cabeza de nadie la idea de que existe una conspiración de gran escala, sino de generar una reflexión en relación a la forma perversa en la que actualmente nos relacionamos con el concepto de verdad. Hemos llegado a un punto en el que nuestra docilidad ciudadana se hace evidente, puesto que hemos decidido pelear batallas encarnizadas dentro de las redes sociales, pero hemos dejado de apropiarnos del mundo, del territorio geográfico que habitamos, de las elecciones laborales, de las decisiones comunitarias, del otro. Ya no nos ocupamos de los demás. Nos rodean números, estadísticas, extraños con los que no compartimos nada, más que el miedo. Nos conformamos con mantener relaciones virtuales con unas cuantas personas y con captar información proveniente de muy diversos rincones cibernéticos. Ese es nuestro territorio conocido, puesto que la vida exterior se ha convertido en una interrogante tan grande que preferimos resguardarnos en la cómoda seguridad de las verdades digeridas.

Quizás este colapso pueda servir para que nos hagamos preguntas acerca de la ilusión de seguridad que hemos construido. La burbuja está a punto de reventar y el capitalismo está dando señales claras de que no puede seguir subsistiendo de la forma en la que lo ha hecho hasta ahora: privilegiando a unos cuantos y manipulando a quienes creen que también gozan de sus beneficios. Es probable que la población “prescindible” (la mayoría en la que estamos casi todos) sea la que sufra más en esta etapa cruel, pero eso dependerá de que abramos los ojos para mirar más allá de los espejismos virtuales. La verdad se construye, no se atrapa al vuelo una vez que esta ha sido maquilada por los artífices del poder. Encontremos, con los otros, nuevas formas de habitar el mundo y de apropiarnos nuevamente de los territorios simbólicos, de la vida colectiva, del sentido que nos han arrebatado.

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