/ lunes 11 de diciembre de 2017

Estética inconclusa de la palabra «ser»: rinoceronte que embiste

Por José Martín HurtadoGalves

Veo la palabra «ser» en el texto, figura débil con armadurade rinoceronte: lista para embestir el pensamiento, dejando unahuella abierta de tinta-voz. Cada una de las letras de esa palabraconforma —a su vez— una serie infinita de posibilidades nosiempre unidireccionales. Cada una es el resultado de unaevolución doble: escrituraria y sonora.

Oris (boca en latín) inició el recorrido interminableque no deja de desembocar como racionalidad sensual. Qué lejosestaba entonces de llegar a ser la catapulta que ha dado origen ala reflexión ontológica de la palabra «ser», sobre todo enestos tiempos de incertidumbre. Porque toda palabra es unaontología de y para sí, un rizomainterminable que implota y explota a la vez en quien la escucha ola lee.

Ser la palabra «ser» —entonces— implica incurrirconstantemente en un casi desenmascaramiento del ente escriturarioque lee. Y qué decir de la sensación de voz, antes de irrumpir enla hoja virginal en blanco: se vuelve en amarillenta sensación deleer. Esta es una vía para apropiarse del contenido del texto;contenido que —hay que decirlo— se reduce a unas cuantas frasesaforísticas (la lectura termina por desvanecerse, al menostemporalmente). De esta manera el ser-de-la-palabra se vuelveaquiescente de una tempestad constante de ideas que se esconden enlos surcos del texto.

La palabra se recrea constantemente. No hay final absoluto en sudecir; tampoco en su callar. Las líneas aparentan serhorizontales, pero en realidad no tienen un solo sentido. No haynada que se interponga en sus vericuetos laberínticos. Espejosinfinitos, ditirambos gramaticales que descubren continuamente alser-lector.

En fin, sigo viendo la palabra «ser», pero el arco se haampliado. Parábola infinita que no hace oclusión, ni moradafinal. Sólo queda una línea difusa que abre la libertad de unagramática infinita: así surge de nuevo la idea: vuelo de pájaro,migración que no cesa; palabra que hace palabra.

La idea —entonces— extiende sus alas y me cobija. Me hacesuyo. Arremete en contra de mis pensamientos primigenios, losahuyenta. Se queda sola. Me habita en el desierto que ha creado agolpe de voz en piedra. En un páramo en donde no caben más ideas;al menos de momento: después de la lectura todo es posible. Perotodo momento es un instante que se mueve. Nunca se está quieto.Recorre y se recorre. Así surge la confrontación de ideas, entrela indefinición unívoca del ser.

Y cuando las ideas se reencuentran, el hombre voltea hacia símismo. Ve en su rostro al mundo, rastro de voces de humo. En elmundo contempla su propia posibilidad de ser. Recreaciónontológica que no cesa, como tampoco cesa la palabra «ser» en surecorrido escriturario.

Por eso verse desde la palabra (cualesquiera que sea) es leersea sí mismo. Implica utilizar un logos externo para hacer brotar elpropio. Y es que no hay un solo logos. Cada uno puede subsumir aotros, como en un laberinto borgeano. Pero esto no siempre es así:hay logos vacíos, cáscaras sonoras que alguna vez abrigaron ideasprimigenias; sin embargo, el paso del tiempo los vuelve mediocres.Se acostumbran a una sola respuesta, a una sola voz, a una solamirada; por eso confunden a la realidad con su propiainterpretación de la materia. De ahí que la palabra venga a seruna especia de catapulta que dispara sensaciones reflexivas yreflexiones supeditadas a las circunstanciasespacio-temporales.

Así, cada palabra tiende a ser un pensamiento dinámico. Cadauna es una atalaya desde la cual se observa al mundo. Ver, sinembargo, implica verse —también— como observador. Por ello encada palabra hay un doble sentido: lo que se ve desde ella, y elreconocimiento de ser un observador nato; porque quién estáexento de haber nacido para mirar y hablar.

¡Ay!, ver y volver a ver; actividad que se vuelvehybris, condenación como la de Sísifo o Tántalo cuandose comprende que se sigue un derrotero inútil. Meterseconstantemente en la realidad, no solo mirarla. Abrir la mirada(físicamente) para abrir la mirada (ontológicamente); en suma:abrirla para ser y estar abierto al mundo, para que la mirada-vozse vuelva interminable.

Sigo mirando a la palabra, pero ahora su rostro me ha envestido.Ha clavado en mi pensamiento su cuerno de rinoceronte blanco. Me hadejado a la deriva de mi propio ser. Sensación de leer hace alasde reflexión itinerante. El golpe de la lectura me es, sinembargo, agradable. Ha incitado en mí una oscuridad rayana a lavoz-exigua. Sombra que se mueve para recibir una vez más el golpedel paquidermo.

Ahora —como consecuencia— el texto soy yo. Una palabra semueve desde mi rostro que es leído. De hecho, no tengo rostro sino es a partir de lo que se puede leer en él: todo rostro esrastro. Una línea que se bifurca, que se vuelve delta, y que alfinal regresa a sí misma, esa es mi mirada-voz.

Ahora estoy en mi propio ser, soy la palabra «ser» que se leey relee para reencontrarse continuamente consigo misma. Sinembargo, debo preguntar qué caminos se abren desde mi pequeñavoz. Palabra, rostro, palabra-rostro que pace en nuevos páramoshasta saciarse de su propia palabra. Incógnitas ontológicas quedeambulan aguzando el oído, como suelen hacerlo los rinocerontesque nos embisten cuando los leemos.

Por José Martín HurtadoGalves

Veo la palabra «ser» en el texto, figura débil con armadurade rinoceronte: lista para embestir el pensamiento, dejando unahuella abierta de tinta-voz. Cada una de las letras de esa palabraconforma —a su vez— una serie infinita de posibilidades nosiempre unidireccionales. Cada una es el resultado de unaevolución doble: escrituraria y sonora.

Oris (boca en latín) inició el recorrido interminableque no deja de desembocar como racionalidad sensual. Qué lejosestaba entonces de llegar a ser la catapulta que ha dado origen ala reflexión ontológica de la palabra «ser», sobre todo enestos tiempos de incertidumbre. Porque toda palabra es unaontología de y para sí, un rizomainterminable que implota y explota a la vez en quien la escucha ola lee.

Ser la palabra «ser» —entonces— implica incurrirconstantemente en un casi desenmascaramiento del ente escriturarioque lee. Y qué decir de la sensación de voz, antes de irrumpir enla hoja virginal en blanco: se vuelve en amarillenta sensación deleer. Esta es una vía para apropiarse del contenido del texto;contenido que —hay que decirlo— se reduce a unas cuantas frasesaforísticas (la lectura termina por desvanecerse, al menostemporalmente). De esta manera el ser-de-la-palabra se vuelveaquiescente de una tempestad constante de ideas que se esconden enlos surcos del texto.

La palabra se recrea constantemente. No hay final absoluto en sudecir; tampoco en su callar. Las líneas aparentan serhorizontales, pero en realidad no tienen un solo sentido. No haynada que se interponga en sus vericuetos laberínticos. Espejosinfinitos, ditirambos gramaticales que descubren continuamente alser-lector.

En fin, sigo viendo la palabra «ser», pero el arco se haampliado. Parábola infinita que no hace oclusión, ni moradafinal. Sólo queda una línea difusa que abre la libertad de unagramática infinita: así surge de nuevo la idea: vuelo de pájaro,migración que no cesa; palabra que hace palabra.

La idea —entonces— extiende sus alas y me cobija. Me hacesuyo. Arremete en contra de mis pensamientos primigenios, losahuyenta. Se queda sola. Me habita en el desierto que ha creado agolpe de voz en piedra. En un páramo en donde no caben más ideas;al menos de momento: después de la lectura todo es posible. Perotodo momento es un instante que se mueve. Nunca se está quieto.Recorre y se recorre. Así surge la confrontación de ideas, entrela indefinición unívoca del ser.

Y cuando las ideas se reencuentran, el hombre voltea hacia símismo. Ve en su rostro al mundo, rastro de voces de humo. En elmundo contempla su propia posibilidad de ser. Recreaciónontológica que no cesa, como tampoco cesa la palabra «ser» en surecorrido escriturario.

Por eso verse desde la palabra (cualesquiera que sea) es leersea sí mismo. Implica utilizar un logos externo para hacer brotar elpropio. Y es que no hay un solo logos. Cada uno puede subsumir aotros, como en un laberinto borgeano. Pero esto no siempre es así:hay logos vacíos, cáscaras sonoras que alguna vez abrigaron ideasprimigenias; sin embargo, el paso del tiempo los vuelve mediocres.Se acostumbran a una sola respuesta, a una sola voz, a una solamirada; por eso confunden a la realidad con su propiainterpretación de la materia. De ahí que la palabra venga a seruna especia de catapulta que dispara sensaciones reflexivas yreflexiones supeditadas a las circunstanciasespacio-temporales.

Así, cada palabra tiende a ser un pensamiento dinámico. Cadauna es una atalaya desde la cual se observa al mundo. Ver, sinembargo, implica verse —también— como observador. Por ello encada palabra hay un doble sentido: lo que se ve desde ella, y elreconocimiento de ser un observador nato; porque quién estáexento de haber nacido para mirar y hablar.

¡Ay!, ver y volver a ver; actividad que se vuelvehybris, condenación como la de Sísifo o Tántalo cuandose comprende que se sigue un derrotero inútil. Meterseconstantemente en la realidad, no solo mirarla. Abrir la mirada(físicamente) para abrir la mirada (ontológicamente); en suma:abrirla para ser y estar abierto al mundo, para que la mirada-vozse vuelva interminable.

Sigo mirando a la palabra, pero ahora su rostro me ha envestido.Ha clavado en mi pensamiento su cuerno de rinoceronte blanco. Me hadejado a la deriva de mi propio ser. Sensación de leer hace alasde reflexión itinerante. El golpe de la lectura me es, sinembargo, agradable. Ha incitado en mí una oscuridad rayana a lavoz-exigua. Sombra que se mueve para recibir una vez más el golpedel paquidermo.

Ahora —como consecuencia— el texto soy yo. Una palabra semueve desde mi rostro que es leído. De hecho, no tengo rostro sino es a partir de lo que se puede leer en él: todo rostro esrastro. Una línea que se bifurca, que se vuelve delta, y que alfinal regresa a sí misma, esa es mi mirada-voz.

Ahora estoy en mi propio ser, soy la palabra «ser» que se leey relee para reencontrarse continuamente consigo misma. Sinembargo, debo preguntar qué caminos se abren desde mi pequeñavoz. Palabra, rostro, palabra-rostro que pace en nuevos páramoshasta saciarse de su propia palabra. Incógnitas ontológicas quedeambulan aguzando el oído, como suelen hacerlo los rinocerontesque nos embisten cuando los leemos.

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