/ domingo 15 de abril de 2018

La encrucijada de Meade

De acuerdo con la mayoría de las encuestas, José Antonio Meade, el candidato presidencial por el Partido Revolucionario Institucional, en este momento se encuentra en el tercer lugar de las preferencias para la elección que se vivirá en el mes de julio.

En el mejor de los casos algunas encuestas lo colocan en segundo lugar, pero a una gran distancia del puntero (de 15 a 20 puntos aproximadamente) y esta distancia a poco menos de tres meses de la elección no parece definitiva pero sí muy difícil de remontar.

El candidato del PRI, el brillante economista con estudios en Yale, no ha podido convencer con el discurso de que es un “candidato ciudadano” y de que él, a diferencia de los gobernantes y presidentes priistas que ha tenido este país, es diferente. Efectivamente, Meade no está afiliado al PRI y señala que él sí va a acabar con la corrupción, bajo el lema “no todos somos iguales”.

En sus discursos es elocuente, sus estrategas y voceros lo han querido ubicar en el centro del espectro político y pocas veces vemos que se ostente como el candidato de la continuidad o del partido en el poder. En esta campaña, la desgracia del pasado ha quedado en el olvido, no es Meade es “Mid”, no es el candidato del PRI, es el candidato ciudadano, no es el “tapado” a quien apoyaron las bases; no, hoy es, Meade, el ex Secretario de Hacienda, el funcionario con experiencia, el esposo de Juana Cuevas, el hombre.

Hoy, el abogado y economista, es ajeno a los errores y corrupción del Gobierno actual (del que formó parte), pero es el mismo del “háganme suyo”, o del “ganaremos como en el Estado de México”, y del “Peña Nieto es el presidente reformador”. Y no tiene empacho en entregarse a ese viejo PRI corporativo, al sindicalismo charro, al viejo dinosaurio que hará todo lo necesario para no morir.

Habrá que apuntar que todo régimen para mantenerse en el poder requiere funcionarios disciplinados, callados y, sobre todo, dispuestos a guardar silencio y encubrir si eso trae consigo continuar en el presupuesto, conservar cargos y obtener candidaturas. Todos los expedientes más oscuros y señalados por corrupción en el paso del secretario Meade por la SHCP y Desarrollo Social estuvieron en sus manos, en su oficina, y bajo su silencio cómplice.

Para muchos la gran oportunidad que sorprendió a Meade en el mes de diciembre con la candidatura a la presidencia el año pasado estaba muy bien planeada por el grupo en el poder. Un tecnócrata con estudios en el extranjero, sin filiación política y con experiencia en el gobierno parecía el candidato ideal, el más atractivo, pero se equivocaron. Meade no es ajeno a ese régimen, proviene y es producto de él.

A pesar de todo, el candidato oficialista, como le llamarían los analistas en algunos países, proyecta ciertos mensajes. Las señales de Meade son contradictorias, encontradas, el candidato sin partido, el mismo que en sus mítines nunca pone el logotipo del partido pero invita sus figuras “más prominentes”.

Hay un PRI dispuesto (sobre todo el mexiquense) a darle la victoria “haiga sido como haiga sido” a sembrar la idea en el ánimo nacional del gran peligro de que nuestro país se convierta en Venezuela, a que el dólar si gana cierto candidato llegue a 30 pesos y a advertirnos que si equivocamos el camino lo perderemos todo. Se olvida de que vivimos en un país que ya no tiene miedo.

El principal dilema de Meade será adherirse y “hacer suyo” a ese PRI corporativo dispuesto a encumbrarlo o alejarse de él para parecer lo que no es, a ser abanderado de un partido en el gobierno acostumbrado a utilizar impunemente los programas sociales a su conveniencia. Al del acarreo de siempre, al de la torta y del frutsi, al de las devaluaciones, al de las decepciones sexenales, al de las Casas Blancas, los socavones, los gobernadores impunes, los contratos directos, y sí, a ese mismo que le ha dado la oportunidad de ser en varias ocasiones secretario de Estado.

No sabemos aún a qué estará dispuesto el régimen con tal de cambiar el destino de una elección que no parece favorecerle. Hasta qué punto el candidato podrá influir para consentir estas acciones o para detenerlas. El aparato electoral es grande, está intacto y lo tiene ante sí para su servicio.

En suma, la encrucijada de Meade consistirá en romper con ese pasado, en serio de raíz, o en convalidar que esa maquinaria electoral que estará lista para apoyarlo tenga que hacer todo lo necesario para verlo ganar.

José Antonio Meade es el candidato de las contradicciones, pero sobre todo de los grandes dilemas. Si bien, en estos momentos nadie sabe quién ganará las elecciones en México, tampoco nadie podrá apostar si el candidato del PRI pasará a la historia como un demócrata que quiso jugar limpio o como un lobo con piel de oveja qué por ser parte de un sistema que no quiso perder, arrebató.

De acuerdo con la mayoría de las encuestas, José Antonio Meade, el candidato presidencial por el Partido Revolucionario Institucional, en este momento se encuentra en el tercer lugar de las preferencias para la elección que se vivirá en el mes de julio.

En el mejor de los casos algunas encuestas lo colocan en segundo lugar, pero a una gran distancia del puntero (de 15 a 20 puntos aproximadamente) y esta distancia a poco menos de tres meses de la elección no parece definitiva pero sí muy difícil de remontar.

El candidato del PRI, el brillante economista con estudios en Yale, no ha podido convencer con el discurso de que es un “candidato ciudadano” y de que él, a diferencia de los gobernantes y presidentes priistas que ha tenido este país, es diferente. Efectivamente, Meade no está afiliado al PRI y señala que él sí va a acabar con la corrupción, bajo el lema “no todos somos iguales”.

En sus discursos es elocuente, sus estrategas y voceros lo han querido ubicar en el centro del espectro político y pocas veces vemos que se ostente como el candidato de la continuidad o del partido en el poder. En esta campaña, la desgracia del pasado ha quedado en el olvido, no es Meade es “Mid”, no es el candidato del PRI, es el candidato ciudadano, no es el “tapado” a quien apoyaron las bases; no, hoy es, Meade, el ex Secretario de Hacienda, el funcionario con experiencia, el esposo de Juana Cuevas, el hombre.

Hoy, el abogado y economista, es ajeno a los errores y corrupción del Gobierno actual (del que formó parte), pero es el mismo del “háganme suyo”, o del “ganaremos como en el Estado de México”, y del “Peña Nieto es el presidente reformador”. Y no tiene empacho en entregarse a ese viejo PRI corporativo, al sindicalismo charro, al viejo dinosaurio que hará todo lo necesario para no morir.

Habrá que apuntar que todo régimen para mantenerse en el poder requiere funcionarios disciplinados, callados y, sobre todo, dispuestos a guardar silencio y encubrir si eso trae consigo continuar en el presupuesto, conservar cargos y obtener candidaturas. Todos los expedientes más oscuros y señalados por corrupción en el paso del secretario Meade por la SHCP y Desarrollo Social estuvieron en sus manos, en su oficina, y bajo su silencio cómplice.

Para muchos la gran oportunidad que sorprendió a Meade en el mes de diciembre con la candidatura a la presidencia el año pasado estaba muy bien planeada por el grupo en el poder. Un tecnócrata con estudios en el extranjero, sin filiación política y con experiencia en el gobierno parecía el candidato ideal, el más atractivo, pero se equivocaron. Meade no es ajeno a ese régimen, proviene y es producto de él.

A pesar de todo, el candidato oficialista, como le llamarían los analistas en algunos países, proyecta ciertos mensajes. Las señales de Meade son contradictorias, encontradas, el candidato sin partido, el mismo que en sus mítines nunca pone el logotipo del partido pero invita sus figuras “más prominentes”.

Hay un PRI dispuesto (sobre todo el mexiquense) a darle la victoria “haiga sido como haiga sido” a sembrar la idea en el ánimo nacional del gran peligro de que nuestro país se convierta en Venezuela, a que el dólar si gana cierto candidato llegue a 30 pesos y a advertirnos que si equivocamos el camino lo perderemos todo. Se olvida de que vivimos en un país que ya no tiene miedo.

El principal dilema de Meade será adherirse y “hacer suyo” a ese PRI corporativo dispuesto a encumbrarlo o alejarse de él para parecer lo que no es, a ser abanderado de un partido en el gobierno acostumbrado a utilizar impunemente los programas sociales a su conveniencia. Al del acarreo de siempre, al de la torta y del frutsi, al de las devaluaciones, al de las decepciones sexenales, al de las Casas Blancas, los socavones, los gobernadores impunes, los contratos directos, y sí, a ese mismo que le ha dado la oportunidad de ser en varias ocasiones secretario de Estado.

No sabemos aún a qué estará dispuesto el régimen con tal de cambiar el destino de una elección que no parece favorecerle. Hasta qué punto el candidato podrá influir para consentir estas acciones o para detenerlas. El aparato electoral es grande, está intacto y lo tiene ante sí para su servicio.

En suma, la encrucijada de Meade consistirá en romper con ese pasado, en serio de raíz, o en convalidar que esa maquinaria electoral que estará lista para apoyarlo tenga que hacer todo lo necesario para verlo ganar.

José Antonio Meade es el candidato de las contradicciones, pero sobre todo de los grandes dilemas. Si bien, en estos momentos nadie sabe quién ganará las elecciones en México, tampoco nadie podrá apostar si el candidato del PRI pasará a la historia como un demócrata que quiso jugar limpio o como un lobo con piel de oveja qué por ser parte de un sistema que no quiso perder, arrebató.

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