/ sábado 25 de agosto de 2018

Vitaflumen: Buscando a Kafka en Praga

Es imposible pensar en el gran Franz Kafka sin invocar a Praga. Es impensable ir a Praga y no buscar al escritor.

La vida de Kafka transcurrió casi en su totalidad en esta ciudad. Sus primeros años los vivió en las callecitas de Josefov, el barrio judío. Ahí, en la calle U Radnice, muy cerca de la Plaza de la Ciudad Vieja y justo al límite del gueto judío de entonces, se encuentra la casa donde nació. Hoy en día, esa casa alberga un bar y en el portal de entrada se puede ver una placa con su rostro en relieve que anuncia: Franz Kafka nació aquí el 3 de julio de 1883.

Durante su infancia y juventud, la familia Kafka habitó varios inmuebles de ese mismo barrio y posteriormente, el escritor se muda junto con su hermana Ottla, al otro lado del río Moldava, al número 22 del célebre Callejón del Oro —también llamado Callejón de los Alquimistas— ubicado a unos pasos del Castillo de Praga (monumento que inspiró su novela El Castillo) donde escribió la mayor parte de su obra y que ahora es considerado entre sus seguidores como uno de los lugares de culto por excelencia.

Incluso para aquellos que desconozcan la obra de Kafka, la presencia del literato no pasará desapercibida al pasear por los intramuros de Praga. Unos de los sitios más visitados del barrio de Petrov es la Sinagoga Española. Y a un costado, en una pequeña plaza ubicada en la calle de Dusni, se encuentra el Monumento a Franz Kafka del artista checo Jaroslav Róna. Esta escultura de bronce recibe cientos de visitantes al día y representa a la figura del escritor sobre los hombros de un hombre sin cabeza de gran dimensión. Unos dicen que esta obra fue inspirada en uno de los pasajes de su primer cuento, Descripción de una lucha (1903), donde habla de la angustia del hombre frente a los absurdos que le rodean; otros afirman que en realidad el hombre sin cabeza, por su atuendo y magnitud, es su padre, con quien llevó una relación turbulenta que lo marcó de manera profunda (una lectura de su libro Carta al Padre nos dará una idea de ello).

En la Avenida Nacional, justo a la entrada de la estación de metro Národní Třída, se encuentra otro impresionante homenaje al escritor. Se trata de una obra del escultor David Černý, también checo, de once metros de altura, hecha a partir de cuarenta y dos segmentos metálicos que giran de manera independiente construyendo y deconstruyendo la cabeza de Kafka. El espectáculo es impresionante y no hay visitante que quede indiferente ante ella.

Y para los que, como yo, adoren al atormentado autor de La Metamorfosis y vayan siguiendo la Praga kafkiana, aun quedan muchos puntos de interés. Como los cafés más frecuentados por él: el Café Louvre y el Café Arco, ambos en el Staré Město (Barro Antiguo) y que guardan algunas anécdotas de sus visitas, el Museo Kafka, el Nuevo Cementerio Judío, con su tumba siempre llena de flores, notas y regalos, una visita minuciosa a la Plaza Wenceslas, donde K trabajó como empleado en unas oficinas de seguros que se encontraban ahí y, por último, un paseo por el parque Chotek (Chotkowý Sady): su lugar predilecto, “el lugar más hermoso de Praga”, según él.

Franz Kafka nunca menciona a Praga de manera tácita en sus novelas y relatos, pero no hacía falta en realidad. Sus lectores encontrarán tremendas semejanzas entre las calles de la Praga real y las descripciones de los lugares donde suceden muchas de sus narraciones. Y es que el escritor era un aficionado a dar grandes paseos por la ciudad y la conocía al dedillo. Incluso, una de sus actividades favoritas era nadar en el río y navegar sus aguas con su canoa, a la que llamó Bebedor de Almas (Seelentränker), donde se dedicaba a mirar y admirar los dos bandos de la majestuosa ciudad. Kafka era un enamorado de Praga (¿cómo culparlo?) y en su obra se oculta entre líneas un sutil homenaje a su terruño.

contacto@vitaflumen.com

instagram: @Vita_Flumen

Facebook: @VitaFlumen1

www.vitaflumen.com


Es imposible pensar en el gran Franz Kafka sin invocar a Praga. Es impensable ir a Praga y no buscar al escritor.

La vida de Kafka transcurrió casi en su totalidad en esta ciudad. Sus primeros años los vivió en las callecitas de Josefov, el barrio judío. Ahí, en la calle U Radnice, muy cerca de la Plaza de la Ciudad Vieja y justo al límite del gueto judío de entonces, se encuentra la casa donde nació. Hoy en día, esa casa alberga un bar y en el portal de entrada se puede ver una placa con su rostro en relieve que anuncia: Franz Kafka nació aquí el 3 de julio de 1883.

Durante su infancia y juventud, la familia Kafka habitó varios inmuebles de ese mismo barrio y posteriormente, el escritor se muda junto con su hermana Ottla, al otro lado del río Moldava, al número 22 del célebre Callejón del Oro —también llamado Callejón de los Alquimistas— ubicado a unos pasos del Castillo de Praga (monumento que inspiró su novela El Castillo) donde escribió la mayor parte de su obra y que ahora es considerado entre sus seguidores como uno de los lugares de culto por excelencia.

Incluso para aquellos que desconozcan la obra de Kafka, la presencia del literato no pasará desapercibida al pasear por los intramuros de Praga. Unos de los sitios más visitados del barrio de Petrov es la Sinagoga Española. Y a un costado, en una pequeña plaza ubicada en la calle de Dusni, se encuentra el Monumento a Franz Kafka del artista checo Jaroslav Róna. Esta escultura de bronce recibe cientos de visitantes al día y representa a la figura del escritor sobre los hombros de un hombre sin cabeza de gran dimensión. Unos dicen que esta obra fue inspirada en uno de los pasajes de su primer cuento, Descripción de una lucha (1903), donde habla de la angustia del hombre frente a los absurdos que le rodean; otros afirman que en realidad el hombre sin cabeza, por su atuendo y magnitud, es su padre, con quien llevó una relación turbulenta que lo marcó de manera profunda (una lectura de su libro Carta al Padre nos dará una idea de ello).

En la Avenida Nacional, justo a la entrada de la estación de metro Národní Třída, se encuentra otro impresionante homenaje al escritor. Se trata de una obra del escultor David Černý, también checo, de once metros de altura, hecha a partir de cuarenta y dos segmentos metálicos que giran de manera independiente construyendo y deconstruyendo la cabeza de Kafka. El espectáculo es impresionante y no hay visitante que quede indiferente ante ella.

Y para los que, como yo, adoren al atormentado autor de La Metamorfosis y vayan siguiendo la Praga kafkiana, aun quedan muchos puntos de interés. Como los cafés más frecuentados por él: el Café Louvre y el Café Arco, ambos en el Staré Město (Barro Antiguo) y que guardan algunas anécdotas de sus visitas, el Museo Kafka, el Nuevo Cementerio Judío, con su tumba siempre llena de flores, notas y regalos, una visita minuciosa a la Plaza Wenceslas, donde K trabajó como empleado en unas oficinas de seguros que se encontraban ahí y, por último, un paseo por el parque Chotek (Chotkowý Sady): su lugar predilecto, “el lugar más hermoso de Praga”, según él.

Franz Kafka nunca menciona a Praga de manera tácita en sus novelas y relatos, pero no hacía falta en realidad. Sus lectores encontrarán tremendas semejanzas entre las calles de la Praga real y las descripciones de los lugares donde suceden muchas de sus narraciones. Y es que el escritor era un aficionado a dar grandes paseos por la ciudad y la conocía al dedillo. Incluso, una de sus actividades favoritas era nadar en el río y navegar sus aguas con su canoa, a la que llamó Bebedor de Almas (Seelentränker), donde se dedicaba a mirar y admirar los dos bandos de la majestuosa ciudad. Kafka era un enamorado de Praga (¿cómo culparlo?) y en su obra se oculta entre líneas un sutil homenaje a su terruño.

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