/ lunes 14 de enero de 2019

Gárgola de papel, estatua de espacios eternos

Literatura y filosofía

Las gárgolas no son solo de piedra, también las hay de papel. De hecho éstas son más temibles que aquellas. Su cuerpo marcado por la tinta expresa ideas que suelen viajar mucho más que el miedo que causan las de piedra. Esto, sin embargo, no es lo que las hace tan temibles. Son los espacios en blanco de la página lo que suele causar terror.

Cada espacio es una oportunidad para callar; o mejor dicho: es un silencio que obliga al lector a regresar a sí mismo. Después de la línea escrita está el vacío | inexpresivo |, es por eso que tan pronto se termina una línea (renglón), se continúa con la que sigue abajo (el siguiente renglón). Esto le permite al lector no caer al vacío provocado por la reflexión sobre lo que ha leído: la imaginación es un animal indomable.

Es más fácil seguir las ideas del escritor que las propias. Éstas —aunque parezca increíble— son las más peligrosas (no son fáciles de domesticar). La razón es que obligan al lector a enfrentarse a él mismo. En ese sentido no hay posibilidad de engaño. El atacante sabe bien las debilidades del opositor, y éste las artimañas de quien lo desafía.

Todo esto lo sabe bien la gárgola, en especial la de papel. Por eso está de pie, inmóvil, hierática, cazadora impredecible. Espera pacientemente a que el lector cometa un descuido y se detenga a pensar sobre lo que está leyendo: no después, sino en el preciso momento en que lee. No hay que olvidar que el vacío es atrayente, suele llamar a quien osa pararse en su orilla y, en el caso del texto, ¿qué cosa puede estar exenta de ser [o estar en la] orilla? Cada final de línea, enunciado, párrafo, capítulo, incluso del mismo libro es una orilla que hay que salvar, sobre todo de uno mismo.

Pero cada orilla | vacío | es un espacio eterno. Su eternidad obedece a que carece de tiempo. Su no-tiempo es eterno (sin-tiempo). No es infinita: donde hay un inicio y un no-final. Esto le hace tener un carácter misterioso, ya que a pesar de que tiene un principio, éste es —a su vez— el final de lo que se lee (también puede ser una interrupción al detenerse a reflexionar sobre lo que se lee). Y ahí inicia el vacío.

Sin embargo, como es movible, como carece de fatalidad específica (que incluya siempre el mismo tiempo y lugar), el principio se desvanece, se pierde entre múltiples posibilidades de aparecer y desaparecer; de ahí su eternidad, su constante posibilidad de anular cualquier intención escriturística.

Por eso el lector le teme a la gárgola. Sabe que es un monstruo igual que él. Ambos acechan el texto. Los dos se nutren de restos de ideas, más o menos completas. La diferencia es que el lector se enfrenta al texto, a la idea primigenia del autor. En cambio, la gárgola sólo es un medio para que el lector arremeta en contra de él mismo: lo atrapa, sus garras se hunden en la mirada y el pensamiento del lector. Después, lo que sigue, es en cierto modo aleatorio: el lector reflexiona con mayor o menor profundidad. En todo caso lo que habría que preguntarse no es hasta dónde se atreverá a llegar, sino si podrá regresar de sus ensimismaciones, de qué vacío regresará.

Porque cuando se trata de textos escritos, amorfos o no, los vacíos son diferentes, tanto en su apariencia como en su sustancia. No se parecen a los textos orales, en los que la rectificación es casi instantánea. Éstos —a diferencia de aquellos— en su constante ir y venir del párrafo al vacío y de éste a la reinterpretación del texto por parte del lector, mutan su ser; modifican su constante ser-siendo-leído. Así la gárgola asoma sus narices un poco más, cada vez más, de extremo a extremo, acercándose hasta un vacío casi inevitable.

Lo mismo sucede con su mirada: a veces penetra otros vacíos de lector. Son vacíos de lo que no siempre puede regresar (quizá no sepa cómo). Tampoco puede quedarse en ellos para siempre. | La eternidad está al acecho |.

Esto implica una triple metamorfosis: el lector se vuelve gárgola, la gárgola se petrifica en texto y el texto se entinta de hombre. Círculo que detona más de una caída existencialmente lectora. No hay espacio para la indiferencia, o para la enajenación. La reflexión ha caído en el pozo. El péndulo está en movimiento, en cualquier momento puede cortar a quien lee, igual que en el cuento de Poe. La diferencia es que esto es cotidiano, lleno —por ello— de posibilidades escriturísticas no siempre en claro-oscuro.

A partir de lo anterior, teniendo como premisa que la gárgola puede ser el texto y —a la vez— el lector, se cae en la conclusión de que el origen del vacío es uno mismo. En este caso el vacío es real o no lo es, ambas posibilidades coexisten. Lo mismo sucede con la reflexión, y con los espacios, y con el texto, y con quien lee… La relectura no está exenta de pasar por esta posibilidad metafísica. Después de todo, la gárgola de papel es una estatua de espacios eternos que recrean al texto y al lector.

Las gárgolas no son solo de piedra, también las hay de papel. De hecho éstas son más temibles que aquellas. Su cuerpo marcado por la tinta expresa ideas que suelen viajar mucho más que el miedo que causan las de piedra. Esto, sin embargo, no es lo que las hace tan temibles. Son los espacios en blanco de la página lo que suele causar terror.

Cada espacio es una oportunidad para callar; o mejor dicho: es un silencio que obliga al lector a regresar a sí mismo. Después de la línea escrita está el vacío | inexpresivo |, es por eso que tan pronto se termina una línea (renglón), se continúa con la que sigue abajo (el siguiente renglón). Esto le permite al lector no caer al vacío provocado por la reflexión sobre lo que ha leído: la imaginación es un animal indomable.

Es más fácil seguir las ideas del escritor que las propias. Éstas —aunque parezca increíble— son las más peligrosas (no son fáciles de domesticar). La razón es que obligan al lector a enfrentarse a él mismo. En ese sentido no hay posibilidad de engaño. El atacante sabe bien las debilidades del opositor, y éste las artimañas de quien lo desafía.

Todo esto lo sabe bien la gárgola, en especial la de papel. Por eso está de pie, inmóvil, hierática, cazadora impredecible. Espera pacientemente a que el lector cometa un descuido y se detenga a pensar sobre lo que está leyendo: no después, sino en el preciso momento en que lee. No hay que olvidar que el vacío es atrayente, suele llamar a quien osa pararse en su orilla y, en el caso del texto, ¿qué cosa puede estar exenta de ser [o estar en la] orilla? Cada final de línea, enunciado, párrafo, capítulo, incluso del mismo libro es una orilla que hay que salvar, sobre todo de uno mismo.

Pero cada orilla | vacío | es un espacio eterno. Su eternidad obedece a que carece de tiempo. Su no-tiempo es eterno (sin-tiempo). No es infinita: donde hay un inicio y un no-final. Esto le hace tener un carácter misterioso, ya que a pesar de que tiene un principio, éste es —a su vez— el final de lo que se lee (también puede ser una interrupción al detenerse a reflexionar sobre lo que se lee). Y ahí inicia el vacío.

Sin embargo, como es movible, como carece de fatalidad específica (que incluya siempre el mismo tiempo y lugar), el principio se desvanece, se pierde entre múltiples posibilidades de aparecer y desaparecer; de ahí su eternidad, su constante posibilidad de anular cualquier intención escriturística.

Por eso el lector le teme a la gárgola. Sabe que es un monstruo igual que él. Ambos acechan el texto. Los dos se nutren de restos de ideas, más o menos completas. La diferencia es que el lector se enfrenta al texto, a la idea primigenia del autor. En cambio, la gárgola sólo es un medio para que el lector arremeta en contra de él mismo: lo atrapa, sus garras se hunden en la mirada y el pensamiento del lector. Después, lo que sigue, es en cierto modo aleatorio: el lector reflexiona con mayor o menor profundidad. En todo caso lo que habría que preguntarse no es hasta dónde se atreverá a llegar, sino si podrá regresar de sus ensimismaciones, de qué vacío regresará.

Porque cuando se trata de textos escritos, amorfos o no, los vacíos son diferentes, tanto en su apariencia como en su sustancia. No se parecen a los textos orales, en los que la rectificación es casi instantánea. Éstos —a diferencia de aquellos— en su constante ir y venir del párrafo al vacío y de éste a la reinterpretación del texto por parte del lector, mutan su ser; modifican su constante ser-siendo-leído. Así la gárgola asoma sus narices un poco más, cada vez más, de extremo a extremo, acercándose hasta un vacío casi inevitable.

Lo mismo sucede con su mirada: a veces penetra otros vacíos de lector. Son vacíos de lo que no siempre puede regresar (quizá no sepa cómo). Tampoco puede quedarse en ellos para siempre. | La eternidad está al acecho |.

Esto implica una triple metamorfosis: el lector se vuelve gárgola, la gárgola se petrifica en texto y el texto se entinta de hombre. Círculo que detona más de una caída existencialmente lectora. No hay espacio para la indiferencia, o para la enajenación. La reflexión ha caído en el pozo. El péndulo está en movimiento, en cualquier momento puede cortar a quien lee, igual que en el cuento de Poe. La diferencia es que esto es cotidiano, lleno —por ello— de posibilidades escriturísticas no siempre en claro-oscuro.

A partir de lo anterior, teniendo como premisa que la gárgola puede ser el texto y —a la vez— el lector, se cae en la conclusión de que el origen del vacío es uno mismo. En este caso el vacío es real o no lo es, ambas posibilidades coexisten. Lo mismo sucede con la reflexión, y con los espacios, y con el texto, y con quien lee… La relectura no está exenta de pasar por esta posibilidad metafísica. Después de todo, la gárgola de papel es una estatua de espacios eternos que recrean al texto y al lector.

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