/ lunes 4 de marzo de 2024

Chufani: hace falta planeación en Querétaro

Sergio Chufani tiene hoy 59 años y su empresa cumple este año 33; en este tiempo ha consolidado un trabajo que traspasó ya las fronteras nacionales

Llegó con su familia a Querétaro cuando apenas tenía catorce años y secundó, después, ya titulado como ingeniero civil, la vocación de su abuelo y de su padre: la de constructor. El destino lo puso en el camino de sacar avante una empresa en la que empeñó el apellido: Constructora Chufani, y también se aventuró, respondiendo a la invitación de un amigo, al servicio público, donde se le recuerda por las obras de infraestructura que dejó al estado.

Sergio Chufani tiene hoy 59 años y su empresa cumple este año 33; en este tiempo ha consolidado un trabajo que traspasó ya las fronteras nacionales y que incursionó en el servicio público, haciendo una pausa en sus negocios, porque “a Querétaro le debo todo”. Nos recibe en la sala de juntas de las oficinas de su corporativo, desde donde se descubre una parte del Querétaro moderno y una cantidad significativa de reconocimientos, algunos de los cuales dan cuenta de su interés por el desarrollo de proyectos sustentables y ecológicos.

Él mismo recuerda sus inicios profesionales cuando asegura: “Fue cuesta arriba, pero tienes mucho entusiasmo cuando empiezas. Mi abuelo decía que era muy audaz la ignorancia, pero todo lo resolvimos; hay que aprovechar las oportunidades, hay que aprender y saberse mover dentro de ese ambiente, porque la construcción es muy rápida y si cometes un error, también muy rápido se descubre”.

Le pregunto sobre sus primeros trabajos y surge entonces el recuerdo de aquella mano del destino dispuesta siempre a mostrar el camino: “Fui a pedir trabajo, como empleado, a Celanese Mexicana, porque el director me conocía. Le llevé mi título, porque currículum no tenía realmente; en ese momento le habló al responsable de compras y le preguntó cuántas banquetas y guarniciones había en el proyecto de construcción, le respondió que muchas y le instruyó para que yo las hiciera. Oye, pero si no tengo ni una carretilla, le dije, y él me respondió: ya las tendrás.

“Las etapas fueron cambiando con responsabilidades de proyectos más grandes, y el primer salto que dimos fue un centro de distribución de Kellogg´s”, recuerda como si hubiera sido ayer. Ahí también la fortuna jugó un papel protagónico. “Nos invitaron al concurso, pero no teníamos el tamaño para participar. Había ya escrito y mandado la carta de disculpa y esa noche conocí a un americano que se sorprende con el tema y me dice que tenía un año atrás de ese proyecto y que tenía el dinero; cuando regreso, me doy cuenta que el correo no se había enviado, yo creo que porque cerré la laptop antes de que se enviara. Para hacer la historia corta, ganamos ese concurso”.

“Kellogg´s ha sido un cliente muy importante en la historia de la empresa, y le seguimos construyendo hasta el día de hoy; ha sido un cliente de toda la vida y donde nos han dado la oportunidad, hemos cumplido, y a la vez nosotros reconocemos en ellos esa oportunidad que nos hizo llegar el mercado de una manera nacional”.

La empresa de Chufani se ha ido desarrollando y ha alcanzado el mercado internacional: “Nuestro primer gran proyecto en Estados Unidos fue hace un par de años en Texas, donde hicimos una planta de latas de aluminio para Dr Pepper, entre otros clientes; fue un proyecto de arriba de 80 millones de dólares. Abrimos una empresa allá, que es Chufani USA, con un buen resultado y estamos decididos a seguir en el mercado de Estados Unidos”.

Hace catorce años, su amigo José Calzada lo invitó a incursionar en un mundo hasta entonces desconocido para él, nombrándolo secretario de Desarrollo Urbano y Obras Públicas. Sobre su reticencia inicial ante el reto recuerda: “Al principio le dije que no podía entrar a algo que no conocía, pero finalmente me convenció con una pregunta: ¿Cuánto le debes a Querétaro? Y le debo todo. Ahora puedo decir que fue una de las mejores experiencias que he tenido en la vida”.

Muchas fueron las obras de infraestructura realizadas en aquella administración encabezada por Calzada, pero Chufani recuerda algunas en particular, como el paso inferior de los Arcos o la construcción de un nuevo hospital en San Juan del Río. Sobre el primer caso le pregunto si pensó en algún momento que el histórico acueducto se podía caer con la obra, y su respuesta es tan sincera como contundente: “Sí, claro”, para luego explicar: “Un par de veces le comenté al gobernador que no nos arriesgáramos a un proyecto de ese tipo, pero en aquel entonces el arquitecto López Carmona y el ingeniero Salgado, que habían trabajado el proyecto de la Catedral Metropolitana en la Ciudad de México, con un buen resultado, fueron nuestros asesores. Un día, López Carmona me dijo: Ingeniero, si los quisiéramos tirar, no podríamos tirarlos. No podíamos usar martillos hidráulicos, porque generaban muchas vibraciones, y entonces usamos hilo adiamantado para cortar todos los elementos de concreto, pusimos sensores y unos brackets a los arcos, protegiendo el elemento principal”.

Sobre el hospital de San Juan del Río, construido tras la inundación del anterior y que se concluyó en un tiempo récord de once meses, asegura con humor: “Se consiguieron fondos federales y en la inauguración el presidente Calderón se sorprendió mucho y me preguntó: ¿quién te lo hizo? ¿ICA?. Le respondí: No, presidente, no hubiéramos acabado. Se la dimos a constructores queretanos”.

Le pregunto entonces cuál fue el secreto para terminar todas las obras públicas realizadas en su gestión antes del tiempo anunciado de conclusión. “Lo que nosotros hacíamos aquí en la empresa eran obras privadas, donde no puedes fallar con el tiempo; nosotros analizábamos todos los riesgos y los programábamos”, me contesta. “Esa disciplina la transporté cuando fui secretario. Cuando ya sabíamos cuánto era el tiempo de ejecución, le poníamos un imprevisto de un par de meses y así anunciábamos la obra. A los contratistas les dimos las soluciones para que fueran eficientes, les dimos los elementos para que hicieran un trabajo rápido, y también los ayudamos para que los pagos fueran ágiles dentro de la ley. En el tiempo en que fui secretario, los contratistas queretanos fueron muy comprometidos, estaban aquí y no podían quedar mal”.

Asegura que desde el inicio de la administración tuvo un acuerdo con el gobernador Calzada para estar en el cargo sólo tres años (finalmente estuvo cuatro), porque su empresa dependía mucho de él. “Yo era el que siempre daba la cara con los clientes y eso generaba confianza; la empresa dependía mucho de mis decisiones”, dice sobre el particular. “Creo que fueron cuatro años buenos. Yo me voy siempre a los resultados, no a las percepciones, me voy a las obras y ahí están a los ojos de cualquiera”.

Tras mencionar con entusiasmo la realización, en los tiempos en los que fue funcionario gubernamental, de un plan de ordenamiento de la zona metropolitana de Querétaro, dividido en tres fases de trabajo con miras al año 2030 (“creo que hace falta una planeación con dientes legales y custodios de la sociedad civil, para que se sepa qué hacer y no se inventen los proyectos”, asegura), responde a la pregunta de si, alguna vez, regresaría a la obra pública: “Lo valoraría, no en la silla de funcionario, pero sí en un consejo asesor, donde se pueda participar con tu visión, con tus ideas, y sobre todo con esa ayuda que requieren los funcionarios de sensibilización, de que los aterrices y les digas donde van mal o donde necesitan un ajuste. Aquí he formado un gran grupo y me tocará salir y dejar que la empresa crezca y evolucione”.

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Una empresa en la que empeñó ese apellido heredado de su padre y su abuelo, quien decidió cerrar su constructora justo cuando Sergio Chufani Abarca concluía la preparatoria e iniciaba un camino ya trazado por el destino. Un destino que siempre ha llevado su nombre como escudo y fortaleza.

Llegó con su familia a Querétaro cuando apenas tenía catorce años y secundó, después, ya titulado como ingeniero civil, la vocación de su abuelo y de su padre: la de constructor. El destino lo puso en el camino de sacar avante una empresa en la que empeñó el apellido: Constructora Chufani, y también se aventuró, respondiendo a la invitación de un amigo, al servicio público, donde se le recuerda por las obras de infraestructura que dejó al estado.

Sergio Chufani tiene hoy 59 años y su empresa cumple este año 33; en este tiempo ha consolidado un trabajo que traspasó ya las fronteras nacionales y que incursionó en el servicio público, haciendo una pausa en sus negocios, porque “a Querétaro le debo todo”. Nos recibe en la sala de juntas de las oficinas de su corporativo, desde donde se descubre una parte del Querétaro moderno y una cantidad significativa de reconocimientos, algunos de los cuales dan cuenta de su interés por el desarrollo de proyectos sustentables y ecológicos.

Él mismo recuerda sus inicios profesionales cuando asegura: “Fue cuesta arriba, pero tienes mucho entusiasmo cuando empiezas. Mi abuelo decía que era muy audaz la ignorancia, pero todo lo resolvimos; hay que aprovechar las oportunidades, hay que aprender y saberse mover dentro de ese ambiente, porque la construcción es muy rápida y si cometes un error, también muy rápido se descubre”.

Le pregunto sobre sus primeros trabajos y surge entonces el recuerdo de aquella mano del destino dispuesta siempre a mostrar el camino: “Fui a pedir trabajo, como empleado, a Celanese Mexicana, porque el director me conocía. Le llevé mi título, porque currículum no tenía realmente; en ese momento le habló al responsable de compras y le preguntó cuántas banquetas y guarniciones había en el proyecto de construcción, le respondió que muchas y le instruyó para que yo las hiciera. Oye, pero si no tengo ni una carretilla, le dije, y él me respondió: ya las tendrás.

“Las etapas fueron cambiando con responsabilidades de proyectos más grandes, y el primer salto que dimos fue un centro de distribución de Kellogg´s”, recuerda como si hubiera sido ayer. Ahí también la fortuna jugó un papel protagónico. “Nos invitaron al concurso, pero no teníamos el tamaño para participar. Había ya escrito y mandado la carta de disculpa y esa noche conocí a un americano que se sorprende con el tema y me dice que tenía un año atrás de ese proyecto y que tenía el dinero; cuando regreso, me doy cuenta que el correo no se había enviado, yo creo que porque cerré la laptop antes de que se enviara. Para hacer la historia corta, ganamos ese concurso”.

“Kellogg´s ha sido un cliente muy importante en la historia de la empresa, y le seguimos construyendo hasta el día de hoy; ha sido un cliente de toda la vida y donde nos han dado la oportunidad, hemos cumplido, y a la vez nosotros reconocemos en ellos esa oportunidad que nos hizo llegar el mercado de una manera nacional”.

La empresa de Chufani se ha ido desarrollando y ha alcanzado el mercado internacional: “Nuestro primer gran proyecto en Estados Unidos fue hace un par de años en Texas, donde hicimos una planta de latas de aluminio para Dr Pepper, entre otros clientes; fue un proyecto de arriba de 80 millones de dólares. Abrimos una empresa allá, que es Chufani USA, con un buen resultado y estamos decididos a seguir en el mercado de Estados Unidos”.

Hace catorce años, su amigo José Calzada lo invitó a incursionar en un mundo hasta entonces desconocido para él, nombrándolo secretario de Desarrollo Urbano y Obras Públicas. Sobre su reticencia inicial ante el reto recuerda: “Al principio le dije que no podía entrar a algo que no conocía, pero finalmente me convenció con una pregunta: ¿Cuánto le debes a Querétaro? Y le debo todo. Ahora puedo decir que fue una de las mejores experiencias que he tenido en la vida”.

Muchas fueron las obras de infraestructura realizadas en aquella administración encabezada por Calzada, pero Chufani recuerda algunas en particular, como el paso inferior de los Arcos o la construcción de un nuevo hospital en San Juan del Río. Sobre el primer caso le pregunto si pensó en algún momento que el histórico acueducto se podía caer con la obra, y su respuesta es tan sincera como contundente: “Sí, claro”, para luego explicar: “Un par de veces le comenté al gobernador que no nos arriesgáramos a un proyecto de ese tipo, pero en aquel entonces el arquitecto López Carmona y el ingeniero Salgado, que habían trabajado el proyecto de la Catedral Metropolitana en la Ciudad de México, con un buen resultado, fueron nuestros asesores. Un día, López Carmona me dijo: Ingeniero, si los quisiéramos tirar, no podríamos tirarlos. No podíamos usar martillos hidráulicos, porque generaban muchas vibraciones, y entonces usamos hilo adiamantado para cortar todos los elementos de concreto, pusimos sensores y unos brackets a los arcos, protegiendo el elemento principal”.

Sobre el hospital de San Juan del Río, construido tras la inundación del anterior y que se concluyó en un tiempo récord de once meses, asegura con humor: “Se consiguieron fondos federales y en la inauguración el presidente Calderón se sorprendió mucho y me preguntó: ¿quién te lo hizo? ¿ICA?. Le respondí: No, presidente, no hubiéramos acabado. Se la dimos a constructores queretanos”.

Le pregunto entonces cuál fue el secreto para terminar todas las obras públicas realizadas en su gestión antes del tiempo anunciado de conclusión. “Lo que nosotros hacíamos aquí en la empresa eran obras privadas, donde no puedes fallar con el tiempo; nosotros analizábamos todos los riesgos y los programábamos”, me contesta. “Esa disciplina la transporté cuando fui secretario. Cuando ya sabíamos cuánto era el tiempo de ejecución, le poníamos un imprevisto de un par de meses y así anunciábamos la obra. A los contratistas les dimos las soluciones para que fueran eficientes, les dimos los elementos para que hicieran un trabajo rápido, y también los ayudamos para que los pagos fueran ágiles dentro de la ley. En el tiempo en que fui secretario, los contratistas queretanos fueron muy comprometidos, estaban aquí y no podían quedar mal”.

Asegura que desde el inicio de la administración tuvo un acuerdo con el gobernador Calzada para estar en el cargo sólo tres años (finalmente estuvo cuatro), porque su empresa dependía mucho de él. “Yo era el que siempre daba la cara con los clientes y eso generaba confianza; la empresa dependía mucho de mis decisiones”, dice sobre el particular. “Creo que fueron cuatro años buenos. Yo me voy siempre a los resultados, no a las percepciones, me voy a las obras y ahí están a los ojos de cualquiera”.

Tras mencionar con entusiasmo la realización, en los tiempos en los que fue funcionario gubernamental, de un plan de ordenamiento de la zona metropolitana de Querétaro, dividido en tres fases de trabajo con miras al año 2030 (“creo que hace falta una planeación con dientes legales y custodios de la sociedad civil, para que se sepa qué hacer y no se inventen los proyectos”, asegura), responde a la pregunta de si, alguna vez, regresaría a la obra pública: “Lo valoraría, no en la silla de funcionario, pero sí en un consejo asesor, donde se pueda participar con tu visión, con tus ideas, y sobre todo con esa ayuda que requieren los funcionarios de sensibilización, de que los aterrices y les digas donde van mal o donde necesitan un ajuste. Aquí he formado un gran grupo y me tocará salir y dejar que la empresa crezca y evolucione”.

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Una empresa en la que empeñó ese apellido heredado de su padre y su abuelo, quien decidió cerrar su constructora justo cuando Sergio Chufani Abarca concluía la preparatoria e iniciaba un camino ya trazado por el destino. Un destino que siempre ha llevado su nombre como escudo y fortaleza.

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