/ viernes 12 de octubre de 2018

El Baúl

Cuando la sacaron de la cisterna, después de varios días que tenía de estar ahí, “las yemas de los dedos se le estaban deshaciendo”, dijo el diputado mirando sin mirar un punto fijo y algo horrorizado al recordar la escena.

-Yo estaba ahí -dijo señalando la cisterna-. Me acerqué cuando oí que la iban a sacar. No me fijé en nada sino sólo en las yemas de los dedos… Nomás de acordarme, la piel se me pone chinita.

Nadie se habría dado cuenta de nada si el agua de las llaves no hubiera empezado a salir turbia y oliera tan mal. Pero alguien tenía que empezar a desenredar el misterio. Les tocó hacerlo a los empleados de la empresa privada encargada del mantenimiento de instalaciones sanitarias.

Y cuando la llevaban en una camilla hacia la ambulancia del forense, en medio de un silencio denso y una nube de morbo que flotaba sobre las cabezas de la muchedumbre, uno de los investigadores forenses le dijo al presidente de la mesa directiva del Congreso: “Es él”, y alzando las cejas miró a uno de los que habían estado junto del estanque, esperando que la sacaran.

Pero todavía nadie sabía nada, de modo que, durante días, el tema central en las conversaciones era la cisterna, aderezado con un montón de especulaciones. Tanto era así, que algunos empezaron a contar historias románticas prohibidas, entre algunos empleados de la Cámara y la difunta. Tan bien elaborados los relatos, que la imaginación de los que escuchaban volaba de un lado a otro, de la posibilidad a la ficción.

Diestros para deshacer misterios, los investigadores policiacos fueron hilvanando los cabos sueltos, hasta que llegaron al autor del homicidio, y se lo llevaron. Frente al juzgador, el hombre admitió su culpa, y sin escrúpulos, narró lo que sucedió el día en que ella llegó, en la noche de aquel viernes. Tocó la puerta y él abrió. Buscaba a alguien. La dejó entrar. Le pidió que se sentara en una banca que está en la entrada. Fingió llamar a la persona que ella buscaba, sin decirle que entonces no había nadie, y después decidió pedirle que aceptara la acariciara. Por supuesto que ella se negó. Ni que estuviera tan guapo. Él insistió. Se hicieron de palabras y luego forcejearon, y el forcejeo los llevó al pie de la escalinata a la planta alta. Rápido ella subió algunos escalones, pero él la alcanzó y ahí la golpeó. Tan brutal la golpiza, que defendiéndose ella resbaló y cayó de espaldas, y cedió. “¡No me hagas esto!”, le dijo él exigiéndole que se largara. Ella ya no se movió, entonces él se espantó. Pensó dónde esconderla, y decidió, la cisterna. Ahí la embrocó y cerró el depósito de agua.

Días después se supo todo. En efecto, tal como lo había dicho en un principio el agente forense, el vigilante del Congreso, que ya tenía antecedentes penales, era el asesino, y fue condenado.

Cuando la sacaron de la cisterna, después de varios días que tenía de estar ahí, “las yemas de los dedos se le estaban deshaciendo”, dijo el diputado mirando sin mirar un punto fijo y algo horrorizado al recordar la escena.

-Yo estaba ahí -dijo señalando la cisterna-. Me acerqué cuando oí que la iban a sacar. No me fijé en nada sino sólo en las yemas de los dedos… Nomás de acordarme, la piel se me pone chinita.

Nadie se habría dado cuenta de nada si el agua de las llaves no hubiera empezado a salir turbia y oliera tan mal. Pero alguien tenía que empezar a desenredar el misterio. Les tocó hacerlo a los empleados de la empresa privada encargada del mantenimiento de instalaciones sanitarias.

Y cuando la llevaban en una camilla hacia la ambulancia del forense, en medio de un silencio denso y una nube de morbo que flotaba sobre las cabezas de la muchedumbre, uno de los investigadores forenses le dijo al presidente de la mesa directiva del Congreso: “Es él”, y alzando las cejas miró a uno de los que habían estado junto del estanque, esperando que la sacaran.

Pero todavía nadie sabía nada, de modo que, durante días, el tema central en las conversaciones era la cisterna, aderezado con un montón de especulaciones. Tanto era así, que algunos empezaron a contar historias románticas prohibidas, entre algunos empleados de la Cámara y la difunta. Tan bien elaborados los relatos, que la imaginación de los que escuchaban volaba de un lado a otro, de la posibilidad a la ficción.

Diestros para deshacer misterios, los investigadores policiacos fueron hilvanando los cabos sueltos, hasta que llegaron al autor del homicidio, y se lo llevaron. Frente al juzgador, el hombre admitió su culpa, y sin escrúpulos, narró lo que sucedió el día en que ella llegó, en la noche de aquel viernes. Tocó la puerta y él abrió. Buscaba a alguien. La dejó entrar. Le pidió que se sentara en una banca que está en la entrada. Fingió llamar a la persona que ella buscaba, sin decirle que entonces no había nadie, y después decidió pedirle que aceptara la acariciara. Por supuesto que ella se negó. Ni que estuviera tan guapo. Él insistió. Se hicieron de palabras y luego forcejearon, y el forcejeo los llevó al pie de la escalinata a la planta alta. Rápido ella subió algunos escalones, pero él la alcanzó y ahí la golpeó. Tan brutal la golpiza, que defendiéndose ella resbaló y cayó de espaldas, y cedió. “¡No me hagas esto!”, le dijo él exigiéndole que se largara. Ella ya no se movió, entonces él se espantó. Pensó dónde esconderla, y decidió, la cisterna. Ahí la embrocó y cerró el depósito de agua.

Días después se supo todo. En efecto, tal como lo había dicho en un principio el agente forense, el vigilante del Congreso, que ya tenía antecedentes penales, era el asesino, y fue condenado.