/ viernes 20 de marzo de 2020

El Baúl

El encanto de los sábados


Le gustaban los sábados. Reunido con sus amigos, solía hablar del día sábado. Recordaba que en la mañana de un sábado llegó a la ciudad. Era la media mañana y apenas traía unos centavos. Hambriento, como se sentía, desayunó en el mercado. Para su fortuna, en la silla de junto estaba un hombre entrado en años con quien trabó amistad desde el principio. Fue el anciano quien no sólo le invitó el desayuno, también se comprometió a buscarle un empleo.

-Y el siguiente sábado, ya estaba yo trabajando.

Los sábados, recordaba, le pagaban. Y un día sábado de tiempo después, en una fiesta a la que lo invitaron sus compañeros de trabajo, conoció a la mujer con quien semanas después inició un noviazgo.

-Acuérdense: un día sábado llegó mi hermano mayor y fuimos a pedir la mano de mi novia… Acuérdense de que nos casamos en sábado.

Sus amigos se divertían con las anécdotas que él les contaba, porque, curiosamente, o de manera inventada, los mejores recuerdos databan de sábados pasados.

Decía que, desde el sábado de su llegada a la ciudad, los sábados eran días hermosos para él. Ese día lavaba su ropa, iba al jardín a que le lustraran sus zapatos, compraba algo de ropa, si la necesitaba y traía billetes para comprarla; mandaba por telégrafo algo de dinero a su casa, paseaba por la ciudad, y en la tarde veía a la novia.

-Y luego de verla me iba con ustedes a echarnos unos tragos.

Sus amigos lo recordaban como alguien taciturno o introvertido en el trabajo, no así en las fiestas. Llegaba puntual a laborar y se iba a la hora en que terminaba el turno. Era muy trabajador.

-Hasta te enfermabas en sábado –le dijo alguien, carcajeándose.

En efecto, según contaba, la primera gripe que tuvo en la ciudad lo despertó en sábado.

Desde un día, alguien le hizo la broma de llamarlo Señor Sábado, en lugar de su nombre; y, desde entonces, hasta su supervisor le llamaba gritándole ese apodo.

Lo cierto es que en un sábado se despidió de su esposa, porque debía de marchar hacia la hoy Ciudad de México. Había sido ascendido de categoría en la empresa y lo habían reubicado allá.

Fue un día sábado de tiempo después, cuando vino de visita a la ciudad. Contactó a sus amigos de antes, convinieron en encontrarse en casa de uno de ellos. Comieron casi como reyes, cantaron con sus voces destempladas las canciones que les removían recuerdos del corazón, bailaron entre ellos y bebieron como cosacos. Ese día, apenas anocheciendo, se empezó a sentir mal. Le hablaron a su esposa. La mujer llegó. Pidieron una ambulancia. El médico que lo recibió en el sanatorio le aplicó los medicamentos necesarios, y cuando habló con ellos, les advirtió del estado de salud, que era muy grave. Un día después, fue su funeral.

El encanto de los sábados


Le gustaban los sábados. Reunido con sus amigos, solía hablar del día sábado. Recordaba que en la mañana de un sábado llegó a la ciudad. Era la media mañana y apenas traía unos centavos. Hambriento, como se sentía, desayunó en el mercado. Para su fortuna, en la silla de junto estaba un hombre entrado en años con quien trabó amistad desde el principio. Fue el anciano quien no sólo le invitó el desayuno, también se comprometió a buscarle un empleo.

-Y el siguiente sábado, ya estaba yo trabajando.

Los sábados, recordaba, le pagaban. Y un día sábado de tiempo después, en una fiesta a la que lo invitaron sus compañeros de trabajo, conoció a la mujer con quien semanas después inició un noviazgo.

-Acuérdense: un día sábado llegó mi hermano mayor y fuimos a pedir la mano de mi novia… Acuérdense de que nos casamos en sábado.

Sus amigos se divertían con las anécdotas que él les contaba, porque, curiosamente, o de manera inventada, los mejores recuerdos databan de sábados pasados.

Decía que, desde el sábado de su llegada a la ciudad, los sábados eran días hermosos para él. Ese día lavaba su ropa, iba al jardín a que le lustraran sus zapatos, compraba algo de ropa, si la necesitaba y traía billetes para comprarla; mandaba por telégrafo algo de dinero a su casa, paseaba por la ciudad, y en la tarde veía a la novia.

-Y luego de verla me iba con ustedes a echarnos unos tragos.

Sus amigos lo recordaban como alguien taciturno o introvertido en el trabajo, no así en las fiestas. Llegaba puntual a laborar y se iba a la hora en que terminaba el turno. Era muy trabajador.

-Hasta te enfermabas en sábado –le dijo alguien, carcajeándose.

En efecto, según contaba, la primera gripe que tuvo en la ciudad lo despertó en sábado.

Desde un día, alguien le hizo la broma de llamarlo Señor Sábado, en lugar de su nombre; y, desde entonces, hasta su supervisor le llamaba gritándole ese apodo.

Lo cierto es que en un sábado se despidió de su esposa, porque debía de marchar hacia la hoy Ciudad de México. Había sido ascendido de categoría en la empresa y lo habían reubicado allá.

Fue un día sábado de tiempo después, cuando vino de visita a la ciudad. Contactó a sus amigos de antes, convinieron en encontrarse en casa de uno de ellos. Comieron casi como reyes, cantaron con sus voces destempladas las canciones que les removían recuerdos del corazón, bailaron entre ellos y bebieron como cosacos. Ese día, apenas anocheciendo, se empezó a sentir mal. Le hablaron a su esposa. La mujer llegó. Pidieron una ambulancia. El médico que lo recibió en el sanatorio le aplicó los medicamentos necesarios, y cuando habló con ellos, les advirtió del estado de salud, que era muy grave. Un día después, fue su funeral.