/ jueves 31 de enero de 2019

Teatro de la República

PRIMER ACTO. CAPRICHOSA POLITICA EXTERIOR

La lamentable crisis política que atraviesa Venezuela ha dividido a los países americanos. Por un lado, EE.UU. y Canadá encabezan la envestida antimadurista mediante el reconocimiento a la presidencia interina del opositor Juan Guaidó, líder de la Asamblea Nacional de Venezuela, mientras aquellas naciones orientadas hacia la izquierda se han manifestado reconociendo al régimen de Nicolás Maduro. El caso de México es particularmente interesante. Su posición en este tema obedece a una cuestión de “timing”. Si la revuelta venezolana hubiera tenido lugar hace un par de meses, el entonces gobierno peñista hubiera respaldado sin reservas a Guaidó. Pero como coincidió con la 4T, la decisión es aplicar la Doctrina Estrada e invocar el principio de autodeterminación de los pueblos y, consecuentemente, el de no intervención que postula nuestro orden jurídico. Es innegable el uso acomodaticio que se ha dado en las últimas dos décadas a los principios constitucionales rectores de la política exterior mexicana; así como lo caprichosa que resulta su aplicación al quedar supeditada a los designios de una sola persona que es quien ocupa la primera magistratura del país. En síntesis, se acomodan al capricho del Presidente en turno. Como ejemplo encontramos el arbitrario reconocimiento o negación al Gobierno Tibetano en el Exilio. Y esto no es ni bueno ni malo, es una facultad constitucional el encomendar la política exterior al titular del Ejecutivo, misma que si bien sanciona el Senado, en esta clase de posicionamientos opera de manera discrecional.

SEGUNDO ACTO. SOBERANIA Y CONDICIONALIDAD

En el nuevo orden económico mundial, el fenómeno integrador rebasa los aspectos comerciales y de flujo de capitales. Las implicaciones políticas, sociales y culturales de la globalización son consecuencias ineludibles de esta tendencia metaeconómica internacional que ha transformado dramáticamente el sentido de las relaciones de coexistencia entre los miembros de la comunidad interestatal, trastocando la connotación y alcances del concepto soberanía. Durante las negociaciones del TLCAN, México inicialmente se resistió a incluir los temas laboral y ambiental en el texto del acuerdo; por su parte, varios miembros del Congreso norteamericano se oponían al TLCAN argumentando, independientemente de las bondades comerciales, que nuestro país tenía un régimen político autoritario constantemente cuestionado por violaciones a los derechos humanos. Finalmente, se incluyeron dichos temas en el cuerpo del TLCAN y México llevó a cabo importantes reformas legales en cuestiones tales como protección a los derechos humanos, ambientales y electorales. Como siempre ocurre en la arena internacional, se impuso la voluntad del fuerte o, visto a contrario sensu, la necesidad del débil. Obviamente, la condicionalidad inherente a estos acuerdos primariamente mercantilistas opera en términos de las exigencias de la parte económica e internacionalmente poderosa. En un primer momento, se refieren exclusivamente a cuestiones de índole doméstico o binacional; no obstante, y conforme se fortalece la indisolubilidad de la relación, se despliega a posturas internacionales. En este punto, la parte dominante ya no reconoce a un socio comercial, reclama un aliado incondicional que se le someta, en muchos casos, en franca contradicción a sus condiciones y principios. Las negociaciones del nuevo Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá, tropicalizado como T-MEC, impusieron una condicionalidad respecto de los salarios mínimos y, quizá por la falta de pericia de Trump y tiempo, no hubo más.

TERCER ACTO. AUTONOMÍA DE LOS ESTADOS

En un mundo interactuante y, en consecuencia, innegablemente interdependiente, esta metamorfosis exige un replanteamiento de la defensa de la soberanía nacional, fundamentalmente frente a nuestros socios comerciales y en los foros mundiales; reconociendo la globalización, pero no por ella desconociendo el principio de autodeterminación de los pueblos y la situación interna del país. No debemos entregar la soberanía por capitales; no podemos someternos en nombre de las exportaciones. Por encima del principio utilitarista en las relaciones internacionales, México está obligado a sostener su facultad de autogobierno: ya no estamos en los tiempos en los que la soberanía implicaba la salvaguardia del territorio ante invasiones de enemigos extranjeros; hoy, se vulnera la soberanía con exigencias de vasallaje económico o imposiciones de naturaleza política por parte de los socios comerciales o de los organismos financieros internacionales. La autonomía de los estados radica en su independencia para decidir su vida económica y política interna. La política exterior es un complemento de la realidad política interior. En nuestro país, históricamente ha operado una política exterior determinada por aspectos básicamente politosóficos - en palabras de Agustín Basave Fernández del Valle -. En el concierto de las naciones México defendía orgullosamente sus posiciones ideológicas e, inclusive, filosóficas. Por ello, los principios rectores de la política exterior mexicana contenidos en la Constitución son eminentemente retóricos. En estos tiempos, es indispensable insertarse en el mundo reconociendo la interdependencia de todos con todos, pero sin perder nuestra identidad nacional y, sobre todo, haciendo prevalecer las urgencias sociales y decisiones políticas democráticas que se adopten en el país. Como se apuntó, la política exterior es apéndice de la política interior. Resulta ilógico buscar afuera lo que carecemos dentro. Hay que dejar atrás el concepto de soberanía excluyente sin sacrificar los valores nacionales y sin hipotecar los compromisos sociales.

TRAS BAMBALINAS. ACIERTO. Por ello, consideramos adecuado hacer prevalecer los principios de la Doctrina Estrada en el posicionamiento de México respecto de la crisis venezolana. Es necesario reinventar la política exterior mexicana, ubicándola en la realidad global, pero ejerciéndola, siempre, en función de los requerimientos nacionales. Los principios retóricos son válidos pero insuficientes; las posturas de México frente al mundo deben obedecer a los dictados pragmáticos de la conciencia nacional, no a los de sus socios comerciales y, mucho menos, a los de una persona determinada.

Notario Público 19 de Querétaro.

ferortiz@notaria19qro.com

PRIMER ACTO. CAPRICHOSA POLITICA EXTERIOR

La lamentable crisis política que atraviesa Venezuela ha dividido a los países americanos. Por un lado, EE.UU. y Canadá encabezan la envestida antimadurista mediante el reconocimiento a la presidencia interina del opositor Juan Guaidó, líder de la Asamblea Nacional de Venezuela, mientras aquellas naciones orientadas hacia la izquierda se han manifestado reconociendo al régimen de Nicolás Maduro. El caso de México es particularmente interesante. Su posición en este tema obedece a una cuestión de “timing”. Si la revuelta venezolana hubiera tenido lugar hace un par de meses, el entonces gobierno peñista hubiera respaldado sin reservas a Guaidó. Pero como coincidió con la 4T, la decisión es aplicar la Doctrina Estrada e invocar el principio de autodeterminación de los pueblos y, consecuentemente, el de no intervención que postula nuestro orden jurídico. Es innegable el uso acomodaticio que se ha dado en las últimas dos décadas a los principios constitucionales rectores de la política exterior mexicana; así como lo caprichosa que resulta su aplicación al quedar supeditada a los designios de una sola persona que es quien ocupa la primera magistratura del país. En síntesis, se acomodan al capricho del Presidente en turno. Como ejemplo encontramos el arbitrario reconocimiento o negación al Gobierno Tibetano en el Exilio. Y esto no es ni bueno ni malo, es una facultad constitucional el encomendar la política exterior al titular del Ejecutivo, misma que si bien sanciona el Senado, en esta clase de posicionamientos opera de manera discrecional.

SEGUNDO ACTO. SOBERANIA Y CONDICIONALIDAD

En el nuevo orden económico mundial, el fenómeno integrador rebasa los aspectos comerciales y de flujo de capitales. Las implicaciones políticas, sociales y culturales de la globalización son consecuencias ineludibles de esta tendencia metaeconómica internacional que ha transformado dramáticamente el sentido de las relaciones de coexistencia entre los miembros de la comunidad interestatal, trastocando la connotación y alcances del concepto soberanía. Durante las negociaciones del TLCAN, México inicialmente se resistió a incluir los temas laboral y ambiental en el texto del acuerdo; por su parte, varios miembros del Congreso norteamericano se oponían al TLCAN argumentando, independientemente de las bondades comerciales, que nuestro país tenía un régimen político autoritario constantemente cuestionado por violaciones a los derechos humanos. Finalmente, se incluyeron dichos temas en el cuerpo del TLCAN y México llevó a cabo importantes reformas legales en cuestiones tales como protección a los derechos humanos, ambientales y electorales. Como siempre ocurre en la arena internacional, se impuso la voluntad del fuerte o, visto a contrario sensu, la necesidad del débil. Obviamente, la condicionalidad inherente a estos acuerdos primariamente mercantilistas opera en términos de las exigencias de la parte económica e internacionalmente poderosa. En un primer momento, se refieren exclusivamente a cuestiones de índole doméstico o binacional; no obstante, y conforme se fortalece la indisolubilidad de la relación, se despliega a posturas internacionales. En este punto, la parte dominante ya no reconoce a un socio comercial, reclama un aliado incondicional que se le someta, en muchos casos, en franca contradicción a sus condiciones y principios. Las negociaciones del nuevo Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá, tropicalizado como T-MEC, impusieron una condicionalidad respecto de los salarios mínimos y, quizá por la falta de pericia de Trump y tiempo, no hubo más.

TERCER ACTO. AUTONOMÍA DE LOS ESTADOS

En un mundo interactuante y, en consecuencia, innegablemente interdependiente, esta metamorfosis exige un replanteamiento de la defensa de la soberanía nacional, fundamentalmente frente a nuestros socios comerciales y en los foros mundiales; reconociendo la globalización, pero no por ella desconociendo el principio de autodeterminación de los pueblos y la situación interna del país. No debemos entregar la soberanía por capitales; no podemos someternos en nombre de las exportaciones. Por encima del principio utilitarista en las relaciones internacionales, México está obligado a sostener su facultad de autogobierno: ya no estamos en los tiempos en los que la soberanía implicaba la salvaguardia del territorio ante invasiones de enemigos extranjeros; hoy, se vulnera la soberanía con exigencias de vasallaje económico o imposiciones de naturaleza política por parte de los socios comerciales o de los organismos financieros internacionales. La autonomía de los estados radica en su independencia para decidir su vida económica y política interna. La política exterior es un complemento de la realidad política interior. En nuestro país, históricamente ha operado una política exterior determinada por aspectos básicamente politosóficos - en palabras de Agustín Basave Fernández del Valle -. En el concierto de las naciones México defendía orgullosamente sus posiciones ideológicas e, inclusive, filosóficas. Por ello, los principios rectores de la política exterior mexicana contenidos en la Constitución son eminentemente retóricos. En estos tiempos, es indispensable insertarse en el mundo reconociendo la interdependencia de todos con todos, pero sin perder nuestra identidad nacional y, sobre todo, haciendo prevalecer las urgencias sociales y decisiones políticas democráticas que se adopten en el país. Como se apuntó, la política exterior es apéndice de la política interior. Resulta ilógico buscar afuera lo que carecemos dentro. Hay que dejar atrás el concepto de soberanía excluyente sin sacrificar los valores nacionales y sin hipotecar los compromisos sociales.

TRAS BAMBALINAS. ACIERTO. Por ello, consideramos adecuado hacer prevalecer los principios de la Doctrina Estrada en el posicionamiento de México respecto de la crisis venezolana. Es necesario reinventar la política exterior mexicana, ubicándola en la realidad global, pero ejerciéndola, siempre, en función de los requerimientos nacionales. Los principios retóricos son válidos pero insuficientes; las posturas de México frente al mundo deben obedecer a los dictados pragmáticos de la conciencia nacional, no a los de sus socios comerciales y, mucho menos, a los de una persona determinada.

Notario Público 19 de Querétaro.

ferortiz@notaria19qro.com

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