/ viernes 29 de mayo de 2020

Sobre el concepto de belleza en obras de arte del siglo XVIII

Literatura y filosofía

Como bien apunta Mateu Cabot, el siglo XVIII fue el punto de quiebre entre el pensamiento estético (al igual que en otros campos del conocimiento). Esto permite comprender las nuevas formas conceptuales de las obras de arte: ya no se buscaba el cuadro bello per se, como copia de la realidad absoluta; sino cómo es que un cuadro (o una obra de arte) podía ser considerado como bello. El concepto de belleza estaba en discusión; y la contestación no era ya solamente racional: ahora podía —también— ser sensual. Los sentidos adquirían una voz antes insospechada.

Belleza en lo misterioso

Empecemos por el cuadro Judith decapitando a Holofernes (h. 1620, Galería de los Uffizi, Florencia), de Artemisia, Gentileschi. En él se observa, en una primera mirada, una escena grotesca (nada más y nada menos que un degollamiento); sin embargo, no es el degollamiento en sí, sino la simbolización y la sugerencia. En el primer caso se refiere a una escena bíblica, en el segundo, a un juego de luces que se pierden en una oscuridad voraz (tenebrismo). Por otra parte, tómese en consideración la imperturbabilidad de las dos mujeres (como si la acción fuera cotidiana). Ello es llamativo, resulta bello si por bello se considera lo misterioso (por qué se muestran así), lo fuera de lo común. Pero no se trata de razonarlo solamente; la idea es sentir la muerte que espera el hombre, sentir la frialdad de las mujeres.

Riqueza y poder

El segundo cuadro es El canciller Séguier (h. 1670, óleo sobre lienzo, 295 × 351 cm, Museo del Louvre, París), de Charles Le Brun. A simple vista, debido al exceso de arrogancia y poder, el cuadro resulta chocante; sin embargo, hay que tomar en cuenta que la riqueza (al igual que el poder) puede resultar bella. Pero, en el caso del cuadro, es una belleza recargada: nótese el atiborramiento de ropa y personajes, tal pareciera que el caballo no puede moverse con naturalidad, ¿acaso esta no-naturalidad es lo que resulta atractivo? Sin embargo, el sentimiento que puede provocarse no es unívoco, ¿depende en gran medida de la situación económica de quien mire el cuadro? A alguien rico ¿le podría parecer intrascendente la ropa?, ¿y al pobre?, ¿le causaría una sensación de envidia, de anhelo? En cualquier caso las sensaciones no se quedan quietas.

Cotidianidad

El tercer cuadro es de Johannes Vermeer, La lechera (1658-1660). En él se observa cómo el concepto de belleza se mueve con respecto al anterior. En aquél es la riqueza y lo complejo de la escena lo que llama la atención. En ésta, sin embargo, es todo lo contrario: la escena es simple, cotidiana; aquí no hay riqueza, ni exuberancia, mucho menos poder; tampoco es un personaje principal. Lo que llama la atención es precisamente el hecho de que ya no se trata de una belleza absoluta, a priori, sino de la posibilidad de considerar bello aquello que comúnmente pasa desapercibido. En otras palabras: la belleza no está en el cuadro, sino en la mirada y opinión del espectador. De ello se colige que la cotidianidad adquirió la posibilidad de admirarse estéticamente. Así, los sin rostro (pueblo amorfo) emergían de la no-existencia, de la no-importancia; en fin, aparecían como personajes principales ante la vista del espectador.

Erotismo

Por último veamos una escultura: Éxtasis de la beata Ludovica Albertoni (1671-1674, Mármol, capilla Altieri-Albertoni, San Francesco a Ripa, Roma), de Gian Lorenzo Bernini. Lo primero que llama la atención es su expresión facial y corporal: muestran un orgasmo. Ello no tendría nada de particular si no fuera por su condición religiosa. El orgasmo entonces —así parece— es provocado por su entrega a Dios. Esto, que podría considerarse como un sacrilegio, se presenta como algo estético. No se trata, al igual que en los casos anteriores, de ver la belleza a través de algo ya dado (una belleza mediada por el razonamiento de cómo debe ser), sino de cuestionar la posibilidad de apreciar como bello un objeto (en este caso la escultura). Así, lo que está en juego es la conceptuación. Ahora bien, si se toma en consideración que la razón (el razonamiento con el que se aprecia estéticamente la obra) es sensual, entonces se comprende aún más su belleza: transmite erotismo, pasión, ardor.

Como bien apunta Mateu Cabot, el siglo XVIII fue el punto de quiebre entre el pensamiento estético (al igual que en otros campos del conocimiento). Esto permite comprender las nuevas formas conceptuales de las obras de arte: ya no se buscaba el cuadro bello per se, como copia de la realidad absoluta; sino cómo es que un cuadro (o una obra de arte) podía ser considerado como bello. El concepto de belleza estaba en discusión; y la contestación no era ya solamente racional: ahora podía —también— ser sensual. Los sentidos adquirían una voz antes insospechada.

Belleza en lo misterioso

Empecemos por el cuadro Judith decapitando a Holofernes (h. 1620, Galería de los Uffizi, Florencia), de Artemisia, Gentileschi. En él se observa, en una primera mirada, una escena grotesca (nada más y nada menos que un degollamiento); sin embargo, no es el degollamiento en sí, sino la simbolización y la sugerencia. En el primer caso se refiere a una escena bíblica, en el segundo, a un juego de luces que se pierden en una oscuridad voraz (tenebrismo). Por otra parte, tómese en consideración la imperturbabilidad de las dos mujeres (como si la acción fuera cotidiana). Ello es llamativo, resulta bello si por bello se considera lo misterioso (por qué se muestran así), lo fuera de lo común. Pero no se trata de razonarlo solamente; la idea es sentir la muerte que espera el hombre, sentir la frialdad de las mujeres.

Riqueza y poder

El segundo cuadro es El canciller Séguier (h. 1670, óleo sobre lienzo, 295 × 351 cm, Museo del Louvre, París), de Charles Le Brun. A simple vista, debido al exceso de arrogancia y poder, el cuadro resulta chocante; sin embargo, hay que tomar en cuenta que la riqueza (al igual que el poder) puede resultar bella. Pero, en el caso del cuadro, es una belleza recargada: nótese el atiborramiento de ropa y personajes, tal pareciera que el caballo no puede moverse con naturalidad, ¿acaso esta no-naturalidad es lo que resulta atractivo? Sin embargo, el sentimiento que puede provocarse no es unívoco, ¿depende en gran medida de la situación económica de quien mire el cuadro? A alguien rico ¿le podría parecer intrascendente la ropa?, ¿y al pobre?, ¿le causaría una sensación de envidia, de anhelo? En cualquier caso las sensaciones no se quedan quietas.

Cotidianidad

El tercer cuadro es de Johannes Vermeer, La lechera (1658-1660). En él se observa cómo el concepto de belleza se mueve con respecto al anterior. En aquél es la riqueza y lo complejo de la escena lo que llama la atención. En ésta, sin embargo, es todo lo contrario: la escena es simple, cotidiana; aquí no hay riqueza, ni exuberancia, mucho menos poder; tampoco es un personaje principal. Lo que llama la atención es precisamente el hecho de que ya no se trata de una belleza absoluta, a priori, sino de la posibilidad de considerar bello aquello que comúnmente pasa desapercibido. En otras palabras: la belleza no está en el cuadro, sino en la mirada y opinión del espectador. De ello se colige que la cotidianidad adquirió la posibilidad de admirarse estéticamente. Así, los sin rostro (pueblo amorfo) emergían de la no-existencia, de la no-importancia; en fin, aparecían como personajes principales ante la vista del espectador.

Erotismo

Por último veamos una escultura: Éxtasis de la beata Ludovica Albertoni (1671-1674, Mármol, capilla Altieri-Albertoni, San Francesco a Ripa, Roma), de Gian Lorenzo Bernini. Lo primero que llama la atención es su expresión facial y corporal: muestran un orgasmo. Ello no tendría nada de particular si no fuera por su condición religiosa. El orgasmo entonces —así parece— es provocado por su entrega a Dios. Esto, que podría considerarse como un sacrilegio, se presenta como algo estético. No se trata, al igual que en los casos anteriores, de ver la belleza a través de algo ya dado (una belleza mediada por el razonamiento de cómo debe ser), sino de cuestionar la posibilidad de apreciar como bello un objeto (en este caso la escultura). Así, lo que está en juego es la conceptuación. Ahora bien, si se toma en consideración que la razón (el razonamiento con el que se aprecia estéticamente la obra) es sensual, entonces se comprende aún más su belleza: transmite erotismo, pasión, ardor.

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