/ jueves 22 de febrero de 2018

El Teatro de la República

PRIMER ACTO. ESTANCADOS. Estas líneas no son nuevas. Pero tristemente no pierden vigencia conforme transcurren los sexenios. Llevamos casi dos décadas estancados en el lado perverso, por llamarle de alguna manera, de la actividad política, y no parece que ni a corto o mediano plazo vayamos a salir de allí. Lamentablemente, las opciones de “cambio” en el fondo son prácticamente idénticas a lo que se quiere cambiar, se formaron en el mismo sistema y saben jugar precisamente con las mismas reglas, anhelan cambiar las posiciones del tablero con la misma intensidad del que desea mantenerse, pero de ninguna manera el juego. La cuestión es que la actividad política puede entenderse en dos sentidos diversos: como simple lucha por el poder o como compromiso de vida para hacer prevalecer el orden y la justicia. En el primero, la política es una técnica para hacerse del poder a cualquier precio con la idea de preservarlo y acrecentarlo. En el segundo, la política es un arte y se constituye como el elemento integrador y organizador de una comunidad que se traduce en la actividad pública encaminada a resguardar la vigencia de la legalidad en una sociedad que aspira a su paulatino perfeccionamiento. En síntesis, esta dualidad conceptual contrasta los significados práctico e ideal de la política; las visiones mezquina y honorable del ejercicio público; lo que queremos los ciudadanos y lo que hacen los hombres del poder.

SEGUNDO ACTO. CAMPAÑAS NEGRAS. La realidad es que la obsesiva necesidad de prevalecer en los procesos electorales siempre saca la parte más pobre de nuestra ya de por sí famélica clase política. Y aquí no hay un culpable. En todos los colores y divisas políticas vemos personajes, acciones, señalamientos, omisiones y acusaciones que lo único que hacen es mostrar que para una buena parte de quienes deberían servirnos, solamente somos oportunidades de sufragios. Los ejercicios democráticos en México han pasado de la selección del mejor a la del menos malo. El debate político es la herramienta con la que contamos los ciudadanos para contrastar y evaluar las personalidades, propuestas y compromisos de los distintos candidatos. La discusión política brinda a los electores los elementos de juicio que nos permiten discernir el trasfondo del engañoso “marketing político”, dejándonos en posición de dotar de sentido y utilidad a nuestro voto. Sin embargo, hoy en día ya no hay debate político. En medios y redes candidatos y partidos se están dando con la cubeta del descrédito. Resulta muy triste que los creativos de las denominadas “campañas negras” se hayan convertido en las piezas claves de las estrategias electorales. Es lamentable que hasta se importen expertos de la mentira y que se les paguen cantidades millonarias para tratar de aniquilar la reputación de los contrincantes. El debate que hasta hoy se ha escenificado en las denominadas “precampañas” - donde se supone que no hay debate pero finalmente sí lo ha habido - ha carecido de nivel y dista mucho de corresponder a las expectativas y necesidades de una sociedad ávida de una política diferente. Solo presenciamos altercados y disputas. Los pleitos de callejón y las reyertas partidarias y/o personales en las que cotidianamente participan quienes aspiran a diversos cargos de elección se caracterizan por los insultos, injurias, verdades a medias, calumnias y mentiras que se disparan unos a otros.

TERCER ACTO. NO HAY DEBATE DE LAS IDEAS. Es lamentable la ausencia de un debate de las ideas. El objetivo de las disputas políticas que nos ofrecen es el descrédito. Se busca el voto en función del rechazo al contrincante, y no el sufragio comprometido con el proyecto que se ofrece. En el mejor de los casos, acuden al catálogo de las aspiraciones para fundar su oferta política. Y nuevamente, como siempre, se propone combatir la pobreza con más recursos, el desempleo con empleo, la inflación con crecimiento económico, la corrupción con honestidad y la inseguridad con orden. Nunca se dice ni cómo ni cuándo. Este supuesto debate únicamente desanima al electorado y echa por la borda el esfuerzo de una sociedad que pretende vivir en un régimen democrático, al que parecen resistirse, paradójicamente, los actores políticos. El debate ocioso perjudica, deteriora y desvirtúa el ambiente democrático que se ha construido. Por el bien de México, la clase política debe elevar el nivel de la discusión para transitar del altercado y la disputa a un verdadero debate de las ideas, que nos aporte elementos de juicio a los electores.

TRAS BAMBALINAS. JUAN CARLOS REYES GARCÍA. Lamentablemente, esta perversa tónica del descrédito que prevalece en el proceso electoral ha impactado directamente en la sociedad queretana, dado el origen de Ricardo Anaya, candidato de la alianza Por México al Frente. Y sin emitir juicios de valor respecto de la operación inmobiliaria motivo del escándalo, no tenemos elemento alguno para ello, si deseamos expresar que conocemos de toda la vida a Juan Carlos Reyes García, quien además de ser un talentoso arquitecto, es un hombre honorable que siempre se ha conducido con probidad. Es una pena que en esta estúpida y finalmente estéril guerra sucia, lastimen prestigios personales de individuos que siempre han sido ajenos a los vaivenes políticos. El escándalo pasará, como pasa casi todo en México, pero a diferencia de los verdaderos pillos, las personas de bien que sí tienen un honor que cuidar quedan lastimadas. Lo que es evidentemente injusto. Por ello, nuestra solidaridad y afecto con Juan y su queridísima familia, que de siempre es también nuestra.

PÚBLICO CONOCEDOR. TERAPEUTA. ¿Cree usted que la pertenencia a un determinado partido político es factor determinante para calificar la bonhomía o perversidad de una persona? Si su respuesta es sí: por favor no deje de consultar a un terapeuta.

Notario Público 19 de Querétaro.

ferortiz@notaria19qro.com

PRIMER ACTO. ESTANCADOS. Estas líneas no son nuevas. Pero tristemente no pierden vigencia conforme transcurren los sexenios. Llevamos casi dos décadas estancados en el lado perverso, por llamarle de alguna manera, de la actividad política, y no parece que ni a corto o mediano plazo vayamos a salir de allí. Lamentablemente, las opciones de “cambio” en el fondo son prácticamente idénticas a lo que se quiere cambiar, se formaron en el mismo sistema y saben jugar precisamente con las mismas reglas, anhelan cambiar las posiciones del tablero con la misma intensidad del que desea mantenerse, pero de ninguna manera el juego. La cuestión es que la actividad política puede entenderse en dos sentidos diversos: como simple lucha por el poder o como compromiso de vida para hacer prevalecer el orden y la justicia. En el primero, la política es una técnica para hacerse del poder a cualquier precio con la idea de preservarlo y acrecentarlo. En el segundo, la política es un arte y se constituye como el elemento integrador y organizador de una comunidad que se traduce en la actividad pública encaminada a resguardar la vigencia de la legalidad en una sociedad que aspira a su paulatino perfeccionamiento. En síntesis, esta dualidad conceptual contrasta los significados práctico e ideal de la política; las visiones mezquina y honorable del ejercicio público; lo que queremos los ciudadanos y lo que hacen los hombres del poder.

SEGUNDO ACTO. CAMPAÑAS NEGRAS. La realidad es que la obsesiva necesidad de prevalecer en los procesos electorales siempre saca la parte más pobre de nuestra ya de por sí famélica clase política. Y aquí no hay un culpable. En todos los colores y divisas políticas vemos personajes, acciones, señalamientos, omisiones y acusaciones que lo único que hacen es mostrar que para una buena parte de quienes deberían servirnos, solamente somos oportunidades de sufragios. Los ejercicios democráticos en México han pasado de la selección del mejor a la del menos malo. El debate político es la herramienta con la que contamos los ciudadanos para contrastar y evaluar las personalidades, propuestas y compromisos de los distintos candidatos. La discusión política brinda a los electores los elementos de juicio que nos permiten discernir el trasfondo del engañoso “marketing político”, dejándonos en posición de dotar de sentido y utilidad a nuestro voto. Sin embargo, hoy en día ya no hay debate político. En medios y redes candidatos y partidos se están dando con la cubeta del descrédito. Resulta muy triste que los creativos de las denominadas “campañas negras” se hayan convertido en las piezas claves de las estrategias electorales. Es lamentable que hasta se importen expertos de la mentira y que se les paguen cantidades millonarias para tratar de aniquilar la reputación de los contrincantes. El debate que hasta hoy se ha escenificado en las denominadas “precampañas” - donde se supone que no hay debate pero finalmente sí lo ha habido - ha carecido de nivel y dista mucho de corresponder a las expectativas y necesidades de una sociedad ávida de una política diferente. Solo presenciamos altercados y disputas. Los pleitos de callejón y las reyertas partidarias y/o personales en las que cotidianamente participan quienes aspiran a diversos cargos de elección se caracterizan por los insultos, injurias, verdades a medias, calumnias y mentiras que se disparan unos a otros.

TERCER ACTO. NO HAY DEBATE DE LAS IDEAS. Es lamentable la ausencia de un debate de las ideas. El objetivo de las disputas políticas que nos ofrecen es el descrédito. Se busca el voto en función del rechazo al contrincante, y no el sufragio comprometido con el proyecto que se ofrece. En el mejor de los casos, acuden al catálogo de las aspiraciones para fundar su oferta política. Y nuevamente, como siempre, se propone combatir la pobreza con más recursos, el desempleo con empleo, la inflación con crecimiento económico, la corrupción con honestidad y la inseguridad con orden. Nunca se dice ni cómo ni cuándo. Este supuesto debate únicamente desanima al electorado y echa por la borda el esfuerzo de una sociedad que pretende vivir en un régimen democrático, al que parecen resistirse, paradójicamente, los actores políticos. El debate ocioso perjudica, deteriora y desvirtúa el ambiente democrático que se ha construido. Por el bien de México, la clase política debe elevar el nivel de la discusión para transitar del altercado y la disputa a un verdadero debate de las ideas, que nos aporte elementos de juicio a los electores.

TRAS BAMBALINAS. JUAN CARLOS REYES GARCÍA. Lamentablemente, esta perversa tónica del descrédito que prevalece en el proceso electoral ha impactado directamente en la sociedad queretana, dado el origen de Ricardo Anaya, candidato de la alianza Por México al Frente. Y sin emitir juicios de valor respecto de la operación inmobiliaria motivo del escándalo, no tenemos elemento alguno para ello, si deseamos expresar que conocemos de toda la vida a Juan Carlos Reyes García, quien además de ser un talentoso arquitecto, es un hombre honorable que siempre se ha conducido con probidad. Es una pena que en esta estúpida y finalmente estéril guerra sucia, lastimen prestigios personales de individuos que siempre han sido ajenos a los vaivenes políticos. El escándalo pasará, como pasa casi todo en México, pero a diferencia de los verdaderos pillos, las personas de bien que sí tienen un honor que cuidar quedan lastimadas. Lo que es evidentemente injusto. Por ello, nuestra solidaridad y afecto con Juan y su queridísima familia, que de siempre es también nuestra.

PÚBLICO CONOCEDOR. TERAPEUTA. ¿Cree usted que la pertenencia a un determinado partido político es factor determinante para calificar la bonhomía o perversidad de una persona? Si su respuesta es sí: por favor no deje de consultar a un terapeuta.

Notario Público 19 de Querétaro.

ferortiz@notaria19qro.com

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