/ sábado 20 de julio de 2019

Vitaflumen: En bicicleta por el canal Lachine

Este canal, construido en el siglo XIX, fue durante muchos años la vía marítima comercial más importante de la ciudad

La alarma de incendios sonó minutos antes de las cinco de la mañana. El ruido agudo y ensordecedor me hace brincar de la cama con taquicardia. Qué manera de despertar. En el corredor, del otro lado de mi puerta, se escuchan las pisadas de los vecinos que abandonan sus apartamentos. Me asomo y los veo descender las escaleras con serenidad pero a paso acelerado. Busco algo de ropa para ponerme, tomo mi bolso con mis documentos y salgo también.

En el patio central unos chicos confiesan apenados que estaban fumando al interior de su habitación y creen haber sido los culpables de esto. Uno de ellos sigue fumando. Su cuerpo está presente, pero su mente anda de viaje. El vecino del primer piso se acerca y le pide que apague el cigarro. Otra vecina confronta a los confesos visiblemente enojada. Los bomberos han llegado y revisan el edificio. Minutos más tarde salen y nos dicen que todo está en orden y que podemos volver a nuestros hogares. Gentilmente le piden a los chicos que no lo vuelvan a hacer. Vaya manera de iniciar el día.

A esa hora me es imposible conciliar el sueño otra vez. Un despertar tan abrupto como ese me ha dejado aturdida y un poco molesta. Reviso el clima de Montreal que anuncia un día soleado con pocas nubes y pienso que es el día perfecto para un paseo en bici lejos del ruido y barullo de la ciudad, lejos de todo.

Tomo mi bicicleta y me dirijo al puerto donde se encuentra el letrero de Five Roses. Ahí empieza mi paseo por el legendario Canal Lachine y sus esclusas. Este canal, construido en el siglo XIX, fue durante muchos años la vía marítima comercial más importante de la ciudad. En ese entonces muchas industrias se instalaron a lo largo de sus casi quince kilómetros de longitud y ahora es impresionante ver la transformación que ha tenido en los últimos años: de densa y gris zona industrial a un paseo verde con desarrollos residenciales, hoteles, cervecerías artesanales y parques.

Mi primera parada es en el mercado Atwater. Compro fresas de la isla de Orleans, quesos de la región de Charlevoix y pan de centeno recién hecho. Aprovecho para sentarme a observar, tomar fotos y descansar. El mercado es una verdadera joya arquitectónica y me asombra que no reciba tantos visitantes como el de Jean Talon, también en Montreal. La terraza poco a poco se ha llenado de gente que como yo ha decidido aprovechar del buen clima de hoy y me doy cuenta de que el episodio de esta mañana casi ha quedado relegado al olvido y me alegro por ello.

Retomo mi camino y me dirijo al final del recorrido, al Parque René Levesque. Las aguas del canal alojan a decenas de personas en kayak y a otras, más valientes, que practican paddle surf (aunque sea verano, el agua del canal es helada). La pista está llena de corredores y ciclistas que sonríen entre ellos con complicidad. El termómetro indica más de treinta grados centígrados pero la sombra de los árboles y la humedad del viento producen cierto frescor que permite pedalear sin malestar.

Finalmente llego a mi destino. Dejo mi bicicleta y camino por el parque. La gran ciudad ha quedado atrás. Aquí todo es naturaleza y agua. El río San Lorenzo se descubre ante mis ojos: de un lado con sus puentes que conectan Montreal con las riberas norte y sur, y del otro, con sus aguas calmas bañadas de intensa luz estival. Saco mis provisiones y hago un picnic bajo la sombra de los árboles, abro mi libro, tomo notas.

Cae la tarde, es hora de volver. En el camino me detengo en la microcervecería St-Ambroise y pido una rousse (roja). Ahí recibo el ocaso rodeada de gente que comparte largas mesas con amigos y desconocidos. Todos ríen y conversan animados, celebran el verano. Alguien me pregunta si mi día ha ido bien. Sin titubear digo que sí. El episodio de la alarma ya se olvidó.

La alarma de incendios sonó minutos antes de las cinco de la mañana. El ruido agudo y ensordecedor me hace brincar de la cama con taquicardia. Qué manera de despertar. En el corredor, del otro lado de mi puerta, se escuchan las pisadas de los vecinos que abandonan sus apartamentos. Me asomo y los veo descender las escaleras con serenidad pero a paso acelerado. Busco algo de ropa para ponerme, tomo mi bolso con mis documentos y salgo también.

En el patio central unos chicos confiesan apenados que estaban fumando al interior de su habitación y creen haber sido los culpables de esto. Uno de ellos sigue fumando. Su cuerpo está presente, pero su mente anda de viaje. El vecino del primer piso se acerca y le pide que apague el cigarro. Otra vecina confronta a los confesos visiblemente enojada. Los bomberos han llegado y revisan el edificio. Minutos más tarde salen y nos dicen que todo está en orden y que podemos volver a nuestros hogares. Gentilmente le piden a los chicos que no lo vuelvan a hacer. Vaya manera de iniciar el día.

A esa hora me es imposible conciliar el sueño otra vez. Un despertar tan abrupto como ese me ha dejado aturdida y un poco molesta. Reviso el clima de Montreal que anuncia un día soleado con pocas nubes y pienso que es el día perfecto para un paseo en bici lejos del ruido y barullo de la ciudad, lejos de todo.

Tomo mi bicicleta y me dirijo al puerto donde se encuentra el letrero de Five Roses. Ahí empieza mi paseo por el legendario Canal Lachine y sus esclusas. Este canal, construido en el siglo XIX, fue durante muchos años la vía marítima comercial más importante de la ciudad. En ese entonces muchas industrias se instalaron a lo largo de sus casi quince kilómetros de longitud y ahora es impresionante ver la transformación que ha tenido en los últimos años: de densa y gris zona industrial a un paseo verde con desarrollos residenciales, hoteles, cervecerías artesanales y parques.

Mi primera parada es en el mercado Atwater. Compro fresas de la isla de Orleans, quesos de la región de Charlevoix y pan de centeno recién hecho. Aprovecho para sentarme a observar, tomar fotos y descansar. El mercado es una verdadera joya arquitectónica y me asombra que no reciba tantos visitantes como el de Jean Talon, también en Montreal. La terraza poco a poco se ha llenado de gente que como yo ha decidido aprovechar del buen clima de hoy y me doy cuenta de que el episodio de esta mañana casi ha quedado relegado al olvido y me alegro por ello.

Retomo mi camino y me dirijo al final del recorrido, al Parque René Levesque. Las aguas del canal alojan a decenas de personas en kayak y a otras, más valientes, que practican paddle surf (aunque sea verano, el agua del canal es helada). La pista está llena de corredores y ciclistas que sonríen entre ellos con complicidad. El termómetro indica más de treinta grados centígrados pero la sombra de los árboles y la humedad del viento producen cierto frescor que permite pedalear sin malestar.

Finalmente llego a mi destino. Dejo mi bicicleta y camino por el parque. La gran ciudad ha quedado atrás. Aquí todo es naturaleza y agua. El río San Lorenzo se descubre ante mis ojos: de un lado con sus puentes que conectan Montreal con las riberas norte y sur, y del otro, con sus aguas calmas bañadas de intensa luz estival. Saco mis provisiones y hago un picnic bajo la sombra de los árboles, abro mi libro, tomo notas.

Cae la tarde, es hora de volver. En el camino me detengo en la microcervecería St-Ambroise y pido una rousse (roja). Ahí recibo el ocaso rodeada de gente que comparte largas mesas con amigos y desconocidos. Todos ríen y conversan animados, celebran el verano. Alguien me pregunta si mi día ha ido bien. Sin titubear digo que sí. El episodio de la alarma ya se olvidó.

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