/ sábado 19 de agosto de 2023

“La fotografía para mí es todo, ha sido toda mi vida”: Guillermo González

El fotógrafo queretano de ahora 58 años recuerda con una sonrisa esos primeros clics


Guillermo González tenía ocho años cuando tomó su primera fotografía, todavía la conserva. Es el retrato en blanco y negro de una flor que crece al pie de los Arcos de Querétaro.

“Yo me acuerdo que cargaba mis propios rollitos, le daba determinadas vueltas para que fuera un rollo de 36 exposiciones y luego hacía mis incursiones, me iba a los Arcos a tomar lo que pensaba que podía ser una buena fotografía”.

El fotógrafo queretano de ahora 58 años recuerda con una sonrisa esos primeros clics, aunque su historia con este antiguo invento creado el 19 de agosto de 1839, en Francia, tiene más tiempo.

Su padre fue el primero en llevar una cámara a casa, se interesó en la fotografía mientras trabajaba como chofer para un fotógrafo renombrado de la época, Sergio Pfeiffer, quien era propietario de un estudio ubicado sobre Corregidora, frente al Museo Regional de Querétaro.

El también fotoperiodista le enseñó todo lo que sabía con fórmulas y tablas estandarizadas que su padre empezó a seguir al pie de la letra. Aún no había escuelas de fotografía en la década de los 70, esa era la forma en que todos los fotógrafos aprendían el oficio, socializando entre ellos lo que sabían de las cámaras.

Al poco tiempo, su padre dejó el volante para hacerse de su propia cámara, “una Praktica TL” dice Guillermo; que aunque no era un equipo muy sofisticado, les permitió abrirse paso como familia en el negocio de la fotografía.

Foto: Cortesía | Guillermo González

Hay una foto en blanco y negro que atestigua esos inicios. En ella aparece Guillermo de seis años, abrazando un bonche de fotografías en lo que parece ser una fiesta. Y es que tras retratar los momentos íntimos de las familias en las iglesias y los salones de fiesta de la ciudad, su padre y él corrían hasta su casa en el barrio de La Cruz, donde improvisaron un cuarto oscuro para revelar los rollos; con el material listo regresaban a prisa a las celebraciones para vender las fotografías. Eran pocos los que se resistían a comprar las instantáneas, “que en aquella época tenían un costo de entre 5 y 10 pesos la pieza”, asegura Guillermo.

Como en todo, la competencia comenzó a aumentar, entonces la familia González tuvo que reinventarse; su padre fue el primero en meter una cámara al registro civil, un lugar hasta el momento no explorado por los fotógrafos de la época.

Las imágenes en las oficinas de gobierno se popularizaron, y al poco tiempo eran las mismas parejas quienes contrataban a padre e hijo para documentar sus enlaces matrimoniales religiosos.

“No me compartían sus conocimientos”

Los retratos en estudio aún eran muy solicitados en las década de los 80, pero hacerlos implicaba una gran inversión en equipo fotográfico; aunque los González ya habían adquirido mejores cámaras, aún era impensable invertir en iluminación y otros aditamentos para hacer los clásicos retratos con fondos coloridos y escenografías como sacadas de algún cuento.

“La gente nos lo pedía, que les hiciéramos retratos en estudio, pero necesitábamos luces y demás equipo para hacerlo. Dentro de mi inocencia le dije a mi papá, `pues vamos a decirles que ahora lo que se usa son los retratos en espacios abiertos (risas) y empezamos a hacerlo en parquecitos y jardines como Carretas”, cuenta.

Armaron sus propios reflectores y usaron el sol como luz de apoyo, de la misma manera que lo hicieron los primeros fotógrafos con el daguerrotipo en el siglo XIX.

Esta nueva incursión en la fotografía, y la posibilidad creativa que ofrecía el retrato, generó en Guillermo de 18 años, nuevas preguntas sobre la técnica, el trabajo de revelado y la fotografía sin el uso de flash en lugares oscuros.

“Entonces le preguntaba a los compañeros fotógrafos cómo hacer tal o cual cosa, y me daban unas cotorreadas, me engañaban, me decían: le haces así y así… y yo abría mis ojos bien grandes, ávido de conocimiento. Pero, al final, el resultado era otro, eran muy celosos de su profesión”.

Foto: Cortesía | Guillermo González


Sin embargo, recuerda que en el Mundial de 1986, en el que Querétaro también fue sede, llegaron a la ciudad muchos fotógrafos, entre ellos un enviado del periódico Excélsior que a la postre se convertiría en su gran maestro.

“Yo siempre observaba, me gustaba ver cómo era que otros fotógrafos trabajaban. Y él me llamaba mucho la atención por cómo se movía en la cancha con la cámara. Trabajaba muy rápido y tomaba uno a otro con agilidad. Mi curiosidad fue tanta que, a la hora que empezó uno de los partidos, busqué sentarme junto a él. Lo saludé, y él muy amable me regresó el gesto y me dijo que se llamaba Gustavo Camacho. Desde entonces afincamos una buena amistad y siempre que iba a México lo visitaba. En esos encuentros yo siempre le preguntaba sobre cosas de la fotografía, y fue él quien me enseñó a tomar fotos sin flash en lugares oscuros, y eran muchos factores: el revelado, la película… yo desconocía todo”.

“Para mí fue la cosa más maravillosa saberlo, así que cuando llegué a Querétaro puse en práctica todo. Empecé a ir a ruedas de prensa y tomaba las fotos sin flash, solo sentía cómo algunos compañeros–los mismos a los que les había preguntado antes cómo habían hecho sus fotografías–, me veían de reojo y cuchicheaban entre risas. Cuando empezaron a ver mi material en los periódicos, uno en especial se acercó a preguntarme cómo lo había hecho: `así como me dijiste tú, seguí tu consejo´, le dije, pero él sabía que así no era la cosa”.

Guillermo recuerda que no solo los compañeros fotógrafos compartían poco sobre lo que sabían, sino que le tocó una época donde había poca bibliografía sobre el tema, y el acceso a la información era limitada.

Sin escuelas o espacios donde se impartieran talleres de fotografía, todo cambió para el joven fotógrafo cuando llegó a la ciudad un congreso organizado por la Sociedad Mexicana de Fotógrafos Profesionales AC.

“Lo organizaron en el Auditorio Josefa, y para mí fue como regresar a ser niño y entrar a una juguetería por primera vez, nunca había visto tantos equipos y cámaras juntas, ¡se me iban los ojos para todos lados!”.

En esa convención se hizo de su primera cámara de formato medio para fotografía de estudio, una Mamiya RZ 67 que fue comprando en partes hasta que consiguió todo el dinero necesario.

"Fue mi primera cámara de formato medio, la fui adquiriendo por piezas, lo primero que compré fue el estuche aún sin tener la cámara, después compré el cuerpo de la cámara con su lente, luego el parasol, otro lente… hasta que tuve la cámara completa.

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“Recuerdo que varios de mis colegas se reían al saber que solo había comprado el estuche sin tener la cámara. Sin embargo, yo estaba decidido a adquirirla lo más pronto posible.”

El encuentro también reunió a fotógrafos de todo el país quienes compartieron sus conocimientos en retrato e iluminación con los queretanos; desde entonces, Guillermo comenzó a seguir otras convenciones de la organización, donde de manera autodidacta aprendió todo de fotografía.

Su paso por el fotoperiodismo

A los 20 años, Guillermo incursionó en el fotoperiodismo; primero como colaborador del periódico Noticias y posteriormente en el área de prensa de la Universidad Autónoma de Querétaro.

Le tocó cubrir ruedas de prensa, espectáculos artísticos e incluso documentar un accidente fatal en 1987, donde murieron jugadores del equipo Gallos Blancos.

Fue el primer corresponsal fotográfico del periódico Reforma en Querétaro, y como fotógrafo freelance trabajó para agencias como Notimex, EFE y AFP en la Región Bajío.

Dice que eran los 90, y aún las fotografías se pagaban muy bien, “ de 200 pesos por foto, y a veces me subían al hilo entre siete y nueve. Agencias como AFP pagaban 55 dólares por foto”.

Ya se vivía la transición a lo digital, por lo que los corresponsales viajaban con computadora, escáner para digitalizar los rollos y un tanque de revelado. Comprarse una cámara digital en ese momento, era algo impensable.

Entrado el año 2000 la cosa empezó a cambiar para muchos fotoperiodistas freelance, y es que el fácil acceso a las cámaras digitales, el uso del celular y las redes sociales trastocó la dinámica comercial.

“Los periódicos empezaron a obtener el material de internet, de las redes sociales. Si había un accidente, la gente compartía sus fotos. Así que empezó a bajar mucho el trabajo, empezaron a pagar menos y a solicitar menos material.

Foto: Cortesía | Guillermo González


“Si en un partido normalmente pagaban de siete a nueve fotos, pasaron a subir al hilo de cuatro a cinco, luego tres y después bajaron el costo a 100 pesos por foto hasta que dejó de ser redituable; no alcanzaba a cubrir ni la inversión en equipo, ni la gasolina, ni el arriesgue”.

Frente a este panorama, Guillermo optó por retomar la fotografía de eventos sociales que compaginó trabajando como fotoperiodista en Plaza de Armas y luego como editor de foto en El Universal Querétaro.

Actualmente, se mueve en la fotografía empresarial y trabaja principalmente con colegios profesionales (de abogados e ingenieros) y asociaciones.

Dice que también ha retomado el retrato, y explora las nuevas posibilidades creativas que ofrece la inteligencia artificial; se mantiene siempre actualizado en las tendencias y gadgets fotográficos.

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¿Qué no ha hecho Guillermo en la fotografía? Dice que la foto de paisaje es algo que tiene pendiente, y le gustaría explorarlo desde el panorama queretano.

“¿Al estilo de Ansel Adams?”, le pregunta su interlocutora. Entre risas, el modesto fotógrafo dice que “no tanto así”, pero que sí, regresaría a su curiosidad primaria por las flores, como en su primera fotografía.

“La fotografía para mí es todo, ha sido toda mi vida; desde que yo tengo seis años siempre me ha llenado. No me veo haciendo otra cosa, pero ahora me gustaría hacer algo más personal, más de autor ”, comparte con una sonrisa.



Guillermo González tenía ocho años cuando tomó su primera fotografía, todavía la conserva. Es el retrato en blanco y negro de una flor que crece al pie de los Arcos de Querétaro.

“Yo me acuerdo que cargaba mis propios rollitos, le daba determinadas vueltas para que fuera un rollo de 36 exposiciones y luego hacía mis incursiones, me iba a los Arcos a tomar lo que pensaba que podía ser una buena fotografía”.

El fotógrafo queretano de ahora 58 años recuerda con una sonrisa esos primeros clics, aunque su historia con este antiguo invento creado el 19 de agosto de 1839, en Francia, tiene más tiempo.

Su padre fue el primero en llevar una cámara a casa, se interesó en la fotografía mientras trabajaba como chofer para un fotógrafo renombrado de la época, Sergio Pfeiffer, quien era propietario de un estudio ubicado sobre Corregidora, frente al Museo Regional de Querétaro.

El también fotoperiodista le enseñó todo lo que sabía con fórmulas y tablas estandarizadas que su padre empezó a seguir al pie de la letra. Aún no había escuelas de fotografía en la década de los 70, esa era la forma en que todos los fotógrafos aprendían el oficio, socializando entre ellos lo que sabían de las cámaras.

Al poco tiempo, su padre dejó el volante para hacerse de su propia cámara, “una Praktica TL” dice Guillermo; que aunque no era un equipo muy sofisticado, les permitió abrirse paso como familia en el negocio de la fotografía.

Foto: Cortesía | Guillermo González

Hay una foto en blanco y negro que atestigua esos inicios. En ella aparece Guillermo de seis años, abrazando un bonche de fotografías en lo que parece ser una fiesta. Y es que tras retratar los momentos íntimos de las familias en las iglesias y los salones de fiesta de la ciudad, su padre y él corrían hasta su casa en el barrio de La Cruz, donde improvisaron un cuarto oscuro para revelar los rollos; con el material listo regresaban a prisa a las celebraciones para vender las fotografías. Eran pocos los que se resistían a comprar las instantáneas, “que en aquella época tenían un costo de entre 5 y 10 pesos la pieza”, asegura Guillermo.

Como en todo, la competencia comenzó a aumentar, entonces la familia González tuvo que reinventarse; su padre fue el primero en meter una cámara al registro civil, un lugar hasta el momento no explorado por los fotógrafos de la época.

Las imágenes en las oficinas de gobierno se popularizaron, y al poco tiempo eran las mismas parejas quienes contrataban a padre e hijo para documentar sus enlaces matrimoniales religiosos.

“No me compartían sus conocimientos”

Los retratos en estudio aún eran muy solicitados en las década de los 80, pero hacerlos implicaba una gran inversión en equipo fotográfico; aunque los González ya habían adquirido mejores cámaras, aún era impensable invertir en iluminación y otros aditamentos para hacer los clásicos retratos con fondos coloridos y escenografías como sacadas de algún cuento.

“La gente nos lo pedía, que les hiciéramos retratos en estudio, pero necesitábamos luces y demás equipo para hacerlo. Dentro de mi inocencia le dije a mi papá, `pues vamos a decirles que ahora lo que se usa son los retratos en espacios abiertos (risas) y empezamos a hacerlo en parquecitos y jardines como Carretas”, cuenta.

Armaron sus propios reflectores y usaron el sol como luz de apoyo, de la misma manera que lo hicieron los primeros fotógrafos con el daguerrotipo en el siglo XIX.

Esta nueva incursión en la fotografía, y la posibilidad creativa que ofrecía el retrato, generó en Guillermo de 18 años, nuevas preguntas sobre la técnica, el trabajo de revelado y la fotografía sin el uso de flash en lugares oscuros.

“Entonces le preguntaba a los compañeros fotógrafos cómo hacer tal o cual cosa, y me daban unas cotorreadas, me engañaban, me decían: le haces así y así… y yo abría mis ojos bien grandes, ávido de conocimiento. Pero, al final, el resultado era otro, eran muy celosos de su profesión”.

Foto: Cortesía | Guillermo González


Sin embargo, recuerda que en el Mundial de 1986, en el que Querétaro también fue sede, llegaron a la ciudad muchos fotógrafos, entre ellos un enviado del periódico Excélsior que a la postre se convertiría en su gran maestro.

“Yo siempre observaba, me gustaba ver cómo era que otros fotógrafos trabajaban. Y él me llamaba mucho la atención por cómo se movía en la cancha con la cámara. Trabajaba muy rápido y tomaba uno a otro con agilidad. Mi curiosidad fue tanta que, a la hora que empezó uno de los partidos, busqué sentarme junto a él. Lo saludé, y él muy amable me regresó el gesto y me dijo que se llamaba Gustavo Camacho. Desde entonces afincamos una buena amistad y siempre que iba a México lo visitaba. En esos encuentros yo siempre le preguntaba sobre cosas de la fotografía, y fue él quien me enseñó a tomar fotos sin flash en lugares oscuros, y eran muchos factores: el revelado, la película… yo desconocía todo”.

“Para mí fue la cosa más maravillosa saberlo, así que cuando llegué a Querétaro puse en práctica todo. Empecé a ir a ruedas de prensa y tomaba las fotos sin flash, solo sentía cómo algunos compañeros–los mismos a los que les había preguntado antes cómo habían hecho sus fotografías–, me veían de reojo y cuchicheaban entre risas. Cuando empezaron a ver mi material en los periódicos, uno en especial se acercó a preguntarme cómo lo había hecho: `así como me dijiste tú, seguí tu consejo´, le dije, pero él sabía que así no era la cosa”.

Guillermo recuerda que no solo los compañeros fotógrafos compartían poco sobre lo que sabían, sino que le tocó una época donde había poca bibliografía sobre el tema, y el acceso a la información era limitada.

Sin escuelas o espacios donde se impartieran talleres de fotografía, todo cambió para el joven fotógrafo cuando llegó a la ciudad un congreso organizado por la Sociedad Mexicana de Fotógrafos Profesionales AC.

“Lo organizaron en el Auditorio Josefa, y para mí fue como regresar a ser niño y entrar a una juguetería por primera vez, nunca había visto tantos equipos y cámaras juntas, ¡se me iban los ojos para todos lados!”.

En esa convención se hizo de su primera cámara de formato medio para fotografía de estudio, una Mamiya RZ 67 que fue comprando en partes hasta que consiguió todo el dinero necesario.

"Fue mi primera cámara de formato medio, la fui adquiriendo por piezas, lo primero que compré fue el estuche aún sin tener la cámara, después compré el cuerpo de la cámara con su lente, luego el parasol, otro lente… hasta que tuve la cámara completa.

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“Recuerdo que varios de mis colegas se reían al saber que solo había comprado el estuche sin tener la cámara. Sin embargo, yo estaba decidido a adquirirla lo más pronto posible.”

El encuentro también reunió a fotógrafos de todo el país quienes compartieron sus conocimientos en retrato e iluminación con los queretanos; desde entonces, Guillermo comenzó a seguir otras convenciones de la organización, donde de manera autodidacta aprendió todo de fotografía.

Su paso por el fotoperiodismo

A los 20 años, Guillermo incursionó en el fotoperiodismo; primero como colaborador del periódico Noticias y posteriormente en el área de prensa de la Universidad Autónoma de Querétaro.

Le tocó cubrir ruedas de prensa, espectáculos artísticos e incluso documentar un accidente fatal en 1987, donde murieron jugadores del equipo Gallos Blancos.

Fue el primer corresponsal fotográfico del periódico Reforma en Querétaro, y como fotógrafo freelance trabajó para agencias como Notimex, EFE y AFP en la Región Bajío.

Dice que eran los 90, y aún las fotografías se pagaban muy bien, “ de 200 pesos por foto, y a veces me subían al hilo entre siete y nueve. Agencias como AFP pagaban 55 dólares por foto”.

Ya se vivía la transición a lo digital, por lo que los corresponsales viajaban con computadora, escáner para digitalizar los rollos y un tanque de revelado. Comprarse una cámara digital en ese momento, era algo impensable.

Entrado el año 2000 la cosa empezó a cambiar para muchos fotoperiodistas freelance, y es que el fácil acceso a las cámaras digitales, el uso del celular y las redes sociales trastocó la dinámica comercial.

“Los periódicos empezaron a obtener el material de internet, de las redes sociales. Si había un accidente, la gente compartía sus fotos. Así que empezó a bajar mucho el trabajo, empezaron a pagar menos y a solicitar menos material.

Foto: Cortesía | Guillermo González


“Si en un partido normalmente pagaban de siete a nueve fotos, pasaron a subir al hilo de cuatro a cinco, luego tres y después bajaron el costo a 100 pesos por foto hasta que dejó de ser redituable; no alcanzaba a cubrir ni la inversión en equipo, ni la gasolina, ni el arriesgue”.

Frente a este panorama, Guillermo optó por retomar la fotografía de eventos sociales que compaginó trabajando como fotoperiodista en Plaza de Armas y luego como editor de foto en El Universal Querétaro.

Actualmente, se mueve en la fotografía empresarial y trabaja principalmente con colegios profesionales (de abogados e ingenieros) y asociaciones.

Dice que también ha retomado el retrato, y explora las nuevas posibilidades creativas que ofrece la inteligencia artificial; se mantiene siempre actualizado en las tendencias y gadgets fotográficos.

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¿Qué no ha hecho Guillermo en la fotografía? Dice que la foto de paisaje es algo que tiene pendiente, y le gustaría explorarlo desde el panorama queretano.

“¿Al estilo de Ansel Adams?”, le pregunta su interlocutora. Entre risas, el modesto fotógrafo dice que “no tanto así”, pero que sí, regresaría a su curiosidad primaria por las flores, como en su primera fotografía.

“La fotografía para mí es todo, ha sido toda mi vida; desde que yo tengo seis años siempre me ha llenado. No me veo haciendo otra cosa, pero ahora me gustaría hacer algo más personal, más de autor ”, comparte con una sonrisa.


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