/ viernes 1 de julio de 2022

Apuntes sobre la poesía y dos hermosas saxígrafas; capaces de romper con sus raíces la dureza de la roca

El libro de cabecera

Últimamente ya no sé qué es la poesía, qué es poesía mala o buena; qué tanto importa el cuidado de la forma. Quizá se trate, simplemente, de decir de manera contundente lo que se lleva dentro; sin duda, para que se dé el fenómeno de comunicar en ese nivel profundo de los sentimientos y las emociones tenga que ver todo con la forma, porque finalmente el orden de las palabras es el que puede transmitir a un lector la emoción del hecho poético en el autor. De lo que no tengo dudas es de que la poesía dice mucho en poco, aquí aplica totalmente aquello de menos es más.

Es posible que mi confusión venga de tantas etiquetas: en mis tiempos la poesía era sólo poesía, ahora hay una cantidad inabarcable de estilos que lo único que hacen es confundir, distraer y abrir de par en par las puertas, amparados en el estilo, a poemas fabricados sobre temas específicos en los que, como en un ensayo académico, se aborda en versos el tema de actualidad. También entiendo que no podemos sustraernos del presente, aquí está, en este momento, pero no nos vendría mal saber distinguir lo vano de lo verdadero. ¿Cómo se distingue uno de lo otro?, pues no lo sé, creo que simplemente, si algo toca al lector en las fibras más profundas, al grado que se erice la piel o salgan de sus ojos unas cuantas lágrimas, o sienta un vuelco en el estómago, el lector estará viviendo el hecho poético, es decir estará siendo el nuevo autor del texto que lee; el autor escribió aquellos versos de una vivencia que estremeció su ser y el lector estará viviendo nuevamente, a su modo, lo que el texto poético le revela de sí mismo.

Mi confusión viene también de una conclusión a la que me costó años llegar, tan tonta y simple que no podía hacerla consciente, tan en la punta de la lengua y de la nariz que no la veía y que es esta: toda creación artística es un milagro, porque donde nada existía ahora hay algo nuevo, único e irrepetible, que ha creado un ser humano; sin importar la calidad es algo nuevo donde no había nada.

¿Pero, por qué tanta palabrería?, se preguntarán. Porque con estas palabras describo que en los poemarios de Paula y Tzolkin, no es tan importante la forma, que por medio del desenfado, el, al menos en apariencia, accidente, el despojarse de los formalismos, que a veces lo único que consiguen es convertir en paja lo profundo, lo verdadero. Seguramente estaré equivocada en esta percepción, espero que no, el someter el texto a una limpieza profunda, suele convertirlo en un artefacto bello, pero vacío.

En ambos poemarios, Páramogris y Saber es recordar, cada uno en su estilo, en la voz dibujada ya claramente de cada una de las autoras, es decir, Tzolkin y Paula, se percibe un cierto reproche hacia esas reglas que se imponen en un espacio donde sólo debiera haber libertad, ese espacio llamado poema, que en el mejor de los casos contiene poesía, único espacio en el que lo que llamamos libertad, existe: el fondo es lo más importante y me alegra decir que en este aspecto, los dos poemarios aciertan pues logran encontrar un equilibrio en el fondo y la forma.

Nuestras dos autoras se han conformado lejos de los talleres de poesía, o han formado parte de talleres de pares en una búsqueda común, la de la palabra, no esos otros talleres que a veces se asemejan a potros de tortura, en los que se imponen reglas absurdas como el evitar los bellos gerundios, por ejemplo, que no hacen otra cosa que coartar la autonomía con la que se debiera realizar la obra de arte.

Con toda la libertad, con una base sólida de conocimiento de la tradición de la poesía, Tzolkin y Paula elevan la palabra para escribir poemas que desgarran las fibras más íntimas. Algunos de estos poemas son como ropa que pende del tendedero, con olor a detergente, en una tarde de viento y nublada; a veces parecen hilachos de tela, tiras cortadas al descuido que revelan estados de ánimo igualmente deshilachados, persiguiendo la propia historia entre tanta rasgadura.

Los textos que ustedes leerán en Saber es recordar y Páramogris, provienen de dos mujeres de voz muy potente y única, de mujeres, esas personas de las que me precio de ser una, que buscan el detalle, las de las manos que crean objetos bellos, como la edición de autora de Tzolkin, donde hay trozos de vida; ¿cómo describir los momentos de producción de los objetos? Podría decir que son momentos de una paz alegre, las bolsas portadas que contendrán los textos de lo más hondo de una persona que tiene nombre: Tzolkin.

“No quiero verme en tus ojos viendo sus ojos que no ven mis ojos

Ojos negros hundidos y redondos de mi sangre

De tu sangre

De su sangre

Dolor enconchado retumbando en silencio

En mi silencio

En el de los ojos ajenos

No quiero ser tu mi madre tu mi hermana tu mi madre

No quiero desaparecer en tus ojos

En esos ojos”

De Paula, un objeto bello que huele a libro nuevo, que eso ya es mucho para decir, donde otras manos-ojos de mujer diseñaron y vigilaron la producción de otros trozos de otra vida que lleva por nombre Paula. Ese nombre de la potente voz en la que se presiente el tarareo cotidiano, que canta, canta y canta.

El órgano más extenso del cuerpo humano

Es la piel de Jueves. De cerca

Se ve que está hecha de rombos minúsculos,

Y -me explica-,

Cada uno siente.

Cada uno de los vellos de su piel es importante.

Mi madre mira su rostro en una foto

Y dice que tiene boca de hombre bueno.

Siempre adivina mal.

Alrededor de su boca pienso en los japoneses,

En que diseñan el vacío y no el diseño.”

No quiero que se alargue más esta perorata ya que lo importante es que se presentan los nuevos hijos-libros de estas dos mujeres, lo importante es que lean su obra, que según mi modesta percepción, aunque últimamente no sepa qué diablos es la poesía, les puedo asegurar que estas simples hojas de papel están repletas de esa inabarcable y amplia palabra que es POESÍA.

Últimamente ya no sé qué es la poesía, qué es poesía mala o buena; qué tanto importa el cuidado de la forma. Quizá se trate, simplemente, de decir de manera contundente lo que se lleva dentro; sin duda, para que se dé el fenómeno de comunicar en ese nivel profundo de los sentimientos y las emociones tenga que ver todo con la forma, porque finalmente el orden de las palabras es el que puede transmitir a un lector la emoción del hecho poético en el autor. De lo que no tengo dudas es de que la poesía dice mucho en poco, aquí aplica totalmente aquello de menos es más.

Es posible que mi confusión venga de tantas etiquetas: en mis tiempos la poesía era sólo poesía, ahora hay una cantidad inabarcable de estilos que lo único que hacen es confundir, distraer y abrir de par en par las puertas, amparados en el estilo, a poemas fabricados sobre temas específicos en los que, como en un ensayo académico, se aborda en versos el tema de actualidad. También entiendo que no podemos sustraernos del presente, aquí está, en este momento, pero no nos vendría mal saber distinguir lo vano de lo verdadero. ¿Cómo se distingue uno de lo otro?, pues no lo sé, creo que simplemente, si algo toca al lector en las fibras más profundas, al grado que se erice la piel o salgan de sus ojos unas cuantas lágrimas, o sienta un vuelco en el estómago, el lector estará viviendo el hecho poético, es decir estará siendo el nuevo autor del texto que lee; el autor escribió aquellos versos de una vivencia que estremeció su ser y el lector estará viviendo nuevamente, a su modo, lo que el texto poético le revela de sí mismo.

Mi confusión viene también de una conclusión a la que me costó años llegar, tan tonta y simple que no podía hacerla consciente, tan en la punta de la lengua y de la nariz que no la veía y que es esta: toda creación artística es un milagro, porque donde nada existía ahora hay algo nuevo, único e irrepetible, que ha creado un ser humano; sin importar la calidad es algo nuevo donde no había nada.

¿Pero, por qué tanta palabrería?, se preguntarán. Porque con estas palabras describo que en los poemarios de Paula y Tzolkin, no es tan importante la forma, que por medio del desenfado, el, al menos en apariencia, accidente, el despojarse de los formalismos, que a veces lo único que consiguen es convertir en paja lo profundo, lo verdadero. Seguramente estaré equivocada en esta percepción, espero que no, el someter el texto a una limpieza profunda, suele convertirlo en un artefacto bello, pero vacío.

En ambos poemarios, Páramogris y Saber es recordar, cada uno en su estilo, en la voz dibujada ya claramente de cada una de las autoras, es decir, Tzolkin y Paula, se percibe un cierto reproche hacia esas reglas que se imponen en un espacio donde sólo debiera haber libertad, ese espacio llamado poema, que en el mejor de los casos contiene poesía, único espacio en el que lo que llamamos libertad, existe: el fondo es lo más importante y me alegra decir que en este aspecto, los dos poemarios aciertan pues logran encontrar un equilibrio en el fondo y la forma.

Nuestras dos autoras se han conformado lejos de los talleres de poesía, o han formado parte de talleres de pares en una búsqueda común, la de la palabra, no esos otros talleres que a veces se asemejan a potros de tortura, en los que se imponen reglas absurdas como el evitar los bellos gerundios, por ejemplo, que no hacen otra cosa que coartar la autonomía con la que se debiera realizar la obra de arte.

Con toda la libertad, con una base sólida de conocimiento de la tradición de la poesía, Tzolkin y Paula elevan la palabra para escribir poemas que desgarran las fibras más íntimas. Algunos de estos poemas son como ropa que pende del tendedero, con olor a detergente, en una tarde de viento y nublada; a veces parecen hilachos de tela, tiras cortadas al descuido que revelan estados de ánimo igualmente deshilachados, persiguiendo la propia historia entre tanta rasgadura.

Los textos que ustedes leerán en Saber es recordar y Páramogris, provienen de dos mujeres de voz muy potente y única, de mujeres, esas personas de las que me precio de ser una, que buscan el detalle, las de las manos que crean objetos bellos, como la edición de autora de Tzolkin, donde hay trozos de vida; ¿cómo describir los momentos de producción de los objetos? Podría decir que son momentos de una paz alegre, las bolsas portadas que contendrán los textos de lo más hondo de una persona que tiene nombre: Tzolkin.

“No quiero verme en tus ojos viendo sus ojos que no ven mis ojos

Ojos negros hundidos y redondos de mi sangre

De tu sangre

De su sangre

Dolor enconchado retumbando en silencio

En mi silencio

En el de los ojos ajenos

No quiero ser tu mi madre tu mi hermana tu mi madre

No quiero desaparecer en tus ojos

En esos ojos”

De Paula, un objeto bello que huele a libro nuevo, que eso ya es mucho para decir, donde otras manos-ojos de mujer diseñaron y vigilaron la producción de otros trozos de otra vida que lleva por nombre Paula. Ese nombre de la potente voz en la que se presiente el tarareo cotidiano, que canta, canta y canta.

El órgano más extenso del cuerpo humano

Es la piel de Jueves. De cerca

Se ve que está hecha de rombos minúsculos,

Y -me explica-,

Cada uno siente.

Cada uno de los vellos de su piel es importante.

Mi madre mira su rostro en una foto

Y dice que tiene boca de hombre bueno.

Siempre adivina mal.

Alrededor de su boca pienso en los japoneses,

En que diseñan el vacío y no el diseño.”

No quiero que se alargue más esta perorata ya que lo importante es que se presentan los nuevos hijos-libros de estas dos mujeres, lo importante es que lean su obra, que según mi modesta percepción, aunque últimamente no sepa qué diablos es la poesía, les puedo asegurar que estas simples hojas de papel están repletas de esa inabarcable y amplia palabra que es POESÍA.

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