/ miércoles 27 de octubre de 2021

Norady y Santé VI

Vitral

Por fin salió Norady y se dirigieron rumbo a su escuela. Él ignoraba en donde estudiaba. Desde el pacto de la mesa, su secreto ardiente, era un sobrentendido que entre ella y él había una relación más allá de la amistad, pero para que no quedara lugar a dudas, y el régimen paternal no la hiciera de cuento, él se le declaró en el camino. Era muy temprano, pero la calle ya estaba atestada de gente, parecía que a todos se les había hecho tarde. Caballeroso, le cargaba el morral a la dama. En medio del ajetreo, Santé creía estar aislado en una cápsula. Aún así, estaba tenso y nervioso. Era tímido. -¿Quieres ser mi novia?- preguntó de pronto. Nunca antes había pronunciado esas palabras y ella tampoco las había escuchado.

Santé estaba necesitado de amor, ya le urgía. Sólo estaba pensando en eso, ella era su forma de realización. Norady contestó que sí, aceptaba. Palparon cuán humanos eran. A ella le palpitó más fuerte el corazón el resto del camino, y Santé se sintió energetizado y alegre todo el resto del día. Quería gritar muy fuerte: - ¡me aceptó! ¡me aceptó! Pero, ¿hacia dónde caminaba Norady, a qué escuela iba? Entre más avanzaban el camino se parecía al suyo rumbo a la prepa. Tenía que contener la risa para evitar que la gente pensara que estaba loco. Aceptó la cadena desde un principio: reprimirse, no explotar, no estallar, contenerse siempre, pero por dentro explotaba de alegría.

“Yo no sé ella -pensó- pero lo mío, en un principio es totalmente animal”. Era una necesidad que debía ser satisfecha, pero no se podía, sobre todo por su edad. Aunque Norady estaba a punto de cumplir los 17, y él iba enfilado a los 18, la ansiada mayoría de edad. A lo largo del camino a la escuela de Norady, que todavía no tenía claro dónde estaba, ¿acaso eran guiados por alguna mano secreta? Santé pensaba que el deseo a ciegas sería enriquecido poco a poco con otros materiales de la vida. Se iría convirtiendo en verdad en amor, en amor sublime, complejo, de eso se trataba esta historia.

Y quién era Santé sino un simple humano obediente a tal condición. Un ser que necesitaba amar y ser amado, una persona que estaba en edad de comenzar a buscar, pero que también cargaba encima todo eso que llaman cultura y sociedad. Su deseo de amar no era simple y puro, estaba calibrado por su origen y su contexto, por el concepto social del amor y por su condición familiar, por el abandono, por las categorías sociales que determinan en gran medida los conceptos de belleza y de amor que le habían infundido. Aquí el dilema era si lograría cuestionar esos esquemas, rebasarlos, enriquecerlos, llevarlos más allá de su circunstancia. En la prepa, el maestro de Lógica les hablaba mucho de un libro: Meditaciones del Quijote, de Ortega y Gasset. Santé sintió curiosidad por leer ese libro, además el profesor se los contaba tan sabroso, y todo le sonaba tan cercano. - “Uno debe ser dueño de su circunstancia, de lo que le sucede, y no el títere de los acontecimientos”-, esas palabras le llegaban. Él quería tener victorias, como señalaba uno de sus libros favoritos, el de Nietzsche. Quizá alguien pudiera pensar que esto era pretencioso, pero era absolutamente real, así eran los pensamientos y experiencias de Santé, muy influidos de su pasión por la literatura y la filosofía. Y en Norady quería encontrar las respuestas que intuía y constataba que le faltaban, que no tenía y que no había dónde, en su entorno, encontrarlas. Sí, la amaría como a nadie, rompería todas las cadenas visibles e invisibles del entorno social, familiar y personal. Norady sería su musa y la inspiración suprema para conseguirlo. Por fin llegaron a la escuela de ella. Vaya sorpresa, también era alumna de la Preparatoria # 5, de la UNAM. Iba en primero, o en cuarto, como se decía, en el salón 419. Ella no le había dicho nada, había guardado silencio aún cuando se enteró de que Santé asistía a esa prepa. Vaya sorpresa.

*

Desde la declaración no habían podido cruzar palabra. Algunos obstáculos aparecían en el horizonte de los muchachos. Los papás no sabían nada, pero empezaron a notar con extrañeza tanta mirada y las pláticas esporádicas e intensas, pero muy cortas, en el patio. En la casa de Norady se asomó por primera vez la idea de que la niña podría querer salir a pasear con un hombre que no era papá, que ya se estaba convirtiendo en mujer y que había llegado la hora de los juegos del amor.

Santé debía encontrar una forma de hablar más con ella. Norady no tomaba ninguna iniciativa. Quizá estaba llena de miedo o de plano no le importaba nada lo de ellos. Pero no era así. Más bien ella era resultado de la hechura de sus padres, fundamentalmente de su madre. Para todo le pedía opinión: la ropa para vestir en el día, el peinado, y bueno, hasta la elección de la ropa interior. No había intención malvada, simplemente eran las costumbres, la inercia. El dominio callado.

Santé sostenía que nadie era holgazán ni pobre por gusto. Este punto de vista le traía agrias discusiones con sus padres. La mamá le citaba el ejemplo de los campesinos de Guanajuato, sentados todo el día al rayo del sol, inmóviles como los nopales, lagartijas humanas. Y esto lo certificaban los tíos de Santé que también se habían criado en aquel rancho. La señora le insistía en que debería escoger a sus amistades porque, según decía, no era lo mismo bacín que jarro, que aunque a la mona la vistieran de seda, mona se quedaba. Para la señora, la familia de Norady no era más que chusma, pelados de los barrios bajos de la ciudad. Según Santé no era para tanto, esa familia también tenía origen en la provincia. Enojado gritaba -No estoy mal, sé lo que hago, déjenme en paz, no se metan-. Y se retiraba bien enojado. Ya después, le remordía la conciencia pensando que había sido un mal hijo. En el otro cuarto se escuchaba el llanto quedo de su madre. Era la repetición estatutaria del discurso telenovelero que sentaba su reinado, pensaba Santé. La realidad sometida a la televisión, ocultando los hilos más complejos. La coronación del qué dirán.


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Por fin salió Norady y se dirigieron rumbo a su escuela. Él ignoraba en donde estudiaba. Desde el pacto de la mesa, su secreto ardiente, era un sobrentendido que entre ella y él había una relación más allá de la amistad, pero para que no quedara lugar a dudas, y el régimen paternal no la hiciera de cuento, él se le declaró en el camino. Era muy temprano, pero la calle ya estaba atestada de gente, parecía que a todos se les había hecho tarde. Caballeroso, le cargaba el morral a la dama. En medio del ajetreo, Santé creía estar aislado en una cápsula. Aún así, estaba tenso y nervioso. Era tímido. -¿Quieres ser mi novia?- preguntó de pronto. Nunca antes había pronunciado esas palabras y ella tampoco las había escuchado.

Santé estaba necesitado de amor, ya le urgía. Sólo estaba pensando en eso, ella era su forma de realización. Norady contestó que sí, aceptaba. Palparon cuán humanos eran. A ella le palpitó más fuerte el corazón el resto del camino, y Santé se sintió energetizado y alegre todo el resto del día. Quería gritar muy fuerte: - ¡me aceptó! ¡me aceptó! Pero, ¿hacia dónde caminaba Norady, a qué escuela iba? Entre más avanzaban el camino se parecía al suyo rumbo a la prepa. Tenía que contener la risa para evitar que la gente pensara que estaba loco. Aceptó la cadena desde un principio: reprimirse, no explotar, no estallar, contenerse siempre, pero por dentro explotaba de alegría.

“Yo no sé ella -pensó- pero lo mío, en un principio es totalmente animal”. Era una necesidad que debía ser satisfecha, pero no se podía, sobre todo por su edad. Aunque Norady estaba a punto de cumplir los 17, y él iba enfilado a los 18, la ansiada mayoría de edad. A lo largo del camino a la escuela de Norady, que todavía no tenía claro dónde estaba, ¿acaso eran guiados por alguna mano secreta? Santé pensaba que el deseo a ciegas sería enriquecido poco a poco con otros materiales de la vida. Se iría convirtiendo en verdad en amor, en amor sublime, complejo, de eso se trataba esta historia.

Y quién era Santé sino un simple humano obediente a tal condición. Un ser que necesitaba amar y ser amado, una persona que estaba en edad de comenzar a buscar, pero que también cargaba encima todo eso que llaman cultura y sociedad. Su deseo de amar no era simple y puro, estaba calibrado por su origen y su contexto, por el concepto social del amor y por su condición familiar, por el abandono, por las categorías sociales que determinan en gran medida los conceptos de belleza y de amor que le habían infundido. Aquí el dilema era si lograría cuestionar esos esquemas, rebasarlos, enriquecerlos, llevarlos más allá de su circunstancia. En la prepa, el maestro de Lógica les hablaba mucho de un libro: Meditaciones del Quijote, de Ortega y Gasset. Santé sintió curiosidad por leer ese libro, además el profesor se los contaba tan sabroso, y todo le sonaba tan cercano. - “Uno debe ser dueño de su circunstancia, de lo que le sucede, y no el títere de los acontecimientos”-, esas palabras le llegaban. Él quería tener victorias, como señalaba uno de sus libros favoritos, el de Nietzsche. Quizá alguien pudiera pensar que esto era pretencioso, pero era absolutamente real, así eran los pensamientos y experiencias de Santé, muy influidos de su pasión por la literatura y la filosofía. Y en Norady quería encontrar las respuestas que intuía y constataba que le faltaban, que no tenía y que no había dónde, en su entorno, encontrarlas. Sí, la amaría como a nadie, rompería todas las cadenas visibles e invisibles del entorno social, familiar y personal. Norady sería su musa y la inspiración suprema para conseguirlo. Por fin llegaron a la escuela de ella. Vaya sorpresa, también era alumna de la Preparatoria # 5, de la UNAM. Iba en primero, o en cuarto, como se decía, en el salón 419. Ella no le había dicho nada, había guardado silencio aún cuando se enteró de que Santé asistía a esa prepa. Vaya sorpresa.

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Desde la declaración no habían podido cruzar palabra. Algunos obstáculos aparecían en el horizonte de los muchachos. Los papás no sabían nada, pero empezaron a notar con extrañeza tanta mirada y las pláticas esporádicas e intensas, pero muy cortas, en el patio. En la casa de Norady se asomó por primera vez la idea de que la niña podría querer salir a pasear con un hombre que no era papá, que ya se estaba convirtiendo en mujer y que había llegado la hora de los juegos del amor.

Santé debía encontrar una forma de hablar más con ella. Norady no tomaba ninguna iniciativa. Quizá estaba llena de miedo o de plano no le importaba nada lo de ellos. Pero no era así. Más bien ella era resultado de la hechura de sus padres, fundamentalmente de su madre. Para todo le pedía opinión: la ropa para vestir en el día, el peinado, y bueno, hasta la elección de la ropa interior. No había intención malvada, simplemente eran las costumbres, la inercia. El dominio callado.

Santé sostenía que nadie era holgazán ni pobre por gusto. Este punto de vista le traía agrias discusiones con sus padres. La mamá le citaba el ejemplo de los campesinos de Guanajuato, sentados todo el día al rayo del sol, inmóviles como los nopales, lagartijas humanas. Y esto lo certificaban los tíos de Santé que también se habían criado en aquel rancho. La señora le insistía en que debería escoger a sus amistades porque, según decía, no era lo mismo bacín que jarro, que aunque a la mona la vistieran de seda, mona se quedaba. Para la señora, la familia de Norady no era más que chusma, pelados de los barrios bajos de la ciudad. Según Santé no era para tanto, esa familia también tenía origen en la provincia. Enojado gritaba -No estoy mal, sé lo que hago, déjenme en paz, no se metan-. Y se retiraba bien enojado. Ya después, le remordía la conciencia pensando que había sido un mal hijo. En el otro cuarto se escuchaba el llanto quedo de su madre. Era la repetición estatutaria del discurso telenovelero que sentaba su reinado, pensaba Santé. La realidad sometida a la televisión, ocultando los hilos más complejos. La coronación del qué dirán.


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