/ miércoles 7 de febrero de 2024

Luis Alfonso Fernández Siurob, artífice del Querétaro mundialista

El queretano tuvo la confianza de Rafael Camacho Guzmán y junto con el auditorio Josefa, se convirtió en el diseñador de las obras más emblemáticas del estado

Aquel día venían bajando de Santa Adelaida, el rancho del gobernador Camacho Guzmán, con el propio titular del Ejecutivo manejando y Luis Alfonso Fernández de copiloto, cuando quien a la postre se haría cargo de una de las más icónicas obras de infraestructura queretana se enteró de la idea. “De repente me dio con el puño en la pierna”, recuerda el Arq. Fernández, y me dijo: “Vamos a hacer un estadio usted y yo.”

La barba tupida y blanca, tocado por un sombrero tipo Panamá, el constructor del estadio Corregidora y del auditorio Josefa Ortiz de Domínguez, y responsable de la remodelación de lo que hoy es el Palacio de Gobierno, además de otras obras de relevante importancia durante la administración camachista, se explaya recordando, a la sombra de un árbol de su casa, lo que para él representó aquella etapa.

“Yo seguí acompañando a don Rafael a México a otras cosas, y en una ocasión visitamos Televisa. Ahí estaban Emilio Azcárraga, Guillermo Cañedo y el presidente de la FIFA, cuando de pronto el gobernador se voltea conmigo y muy serio me dice: ¿Verdad que Querétaro sería una excelente sede para el mundial, arquitecto? Yo no sabía ni por qué estábamos ahí y dije que sí, que las condiciones de infraestructura y de localización geográfica, y me eché un rollote. Don Rafael se paró con un plumón y explicó, muy documentado, mientras rayaba un mapa que ahí había. Ellos dijeron: Sí, puede ser. De ahí nos fuimos al restaurante Churchill y don Rafael me dice: Ya la hicimos. Fue hasta ahí cuando empecé a verlo como algo serio”.

Estudiante de arquitectura en la UNAM, profesión y universidad influidos por su tío Carlos González de Cosío, Luis Alfonso Fernández Siruob vivió los tiempos de efervescencia estudiantil y tuvo por maestros a verdaderas luminarias de la arquitectura en México, desde Pedro Ramírez Vázquez a Heberto Castillo, Félix Candelas y Max Cetto, algunos de los cuales, por ciento, colaboraron en el desarrollo del proyecto que le daría a Querétaro un nuevo estadio.

Marcado por ser el diseñador de obras emblemáticas del estado, Luis Alfonso Fernández Siurob ha sido siempre un profesional interesado en el adecuado desarrollo urbano, tema en el que estuvo involucrado desde aquel sexenio de Camacho, cuando, asegura, se sentaron las bases de lo que debería ser un crecimiento ordenado para Querétaro. Participó también activamente en el gobierno de Enrique Burgos, donde se dio seguimiento a un plan de desarrollo de la zona metropolitana de la capital estatal en el que estaba involucrado lo que hoy conocemos como Centro Sur.

De fácil palabra, siempre dispuesto a acudir al humor para explicar ciertos momentos de la historia, sólo se le quiebra la voz al recordar al también constructor del estadio Azteca, cuya opinión, cree, fue definitiva para que fuera él quien desarrollara el proyecto de la queretana sede mundialista.

“Fui a ver a Ramírez Vázquez y le pregunté: ¿por qué no lo va a hacer usted, si es tan cercano a Azcárraga y a Camacho? Y me contestó algo que hasta la fecha me cuesta mucho trabajo decir: ¿Por qué lo voy a hacer yo, si estás tú ahí? Era un tipazo, un hombre al que le gustaba dar oportunidades, y sobre todo, que quería mucho a los jóvenes y los promovía; no era un tipo ni codicioso, ni ambicioso. Era un personaje con una gran personalidad”.

Azcárraga jugó un papel importante en cuanto a sugerencias para la edificación del estadio, muy sugestionado con su estadio Azteca; no se dio cuenta que se trataba de otra escala”, recuerda, a cerca de cuatro décadas de distancia, Fernández. “Cuando el gobernador Camacho me preguntó de cuántos espectadores debía ser el estadio, yo le ayudé a hacer un programa de necesidades y le dije que por ningún motivo de cien mil, que Querétaro y el Bajío no tenían para eso; no lo va a llenar nunca y va a ser un fracaso”.

El estadio se planteó para cuarenta y ocho mil espectadores, incluyendo “los parados”, pues originalmente el gobernador Camacho insistió en ello, recordando al brasileño Maracaná. “Originalmente Azcárraga quería los palcos hasta arriba, para evitar que les aventaran cosas y que subieran los coches hasta allá, como en el Azteca, pero eso hubiera costado más. Yo bajé los palcos a medio nivel del estadio y las rampas las hice peatonales, para que se pudiera llegar caminando, sin usar escaleras”.

Fernández, haciendo caso de la sugerencia de su maestro, Pedro Ramírez Vázquez, se acercó al responsable de mantenimiento del estadio Azteca para conocer las cosas que no eran funcionales en ese inmueble construido por el propio maestro. Fue así como se establecieron vestidores y túneles de acceso a cancha independientes para los dos equipos, un mingitorio en la desembocadura de esos túneles, una salida especial para los árbitros por palcos, un empastado con una combinación de varias semillas, una adecuada filtración y escurrimientos de agua en la cancha para evitar encharcamientos, foso alrededor que, además de servir de seguridad daban salida al agua, filtros, gravilla y una maraña de tuberías profundas.

Recuerda con afecto al Ing. Heberto Castillo, quien también había sido su maestro en la UNAM y quien, además de ser un destacadísimo político de izquierda, fue el inventor de la tridilosa. “Fue el calculista de la obra y era el mejor calculista del país”. También lo hace con otro maestro universitario: el Arq. Eduardo Saad Eljure, un especialista nacional en isóptica, que también estuvo a cargo de los cálculos de esa especialidad en la construcción del Corregidora.

Le pregunto sobre el fuerte rumor que, tras la construcción del estadio, se divulgó sobre la contaminación de la varilla utilizada y que tantos dolores de cabeza dio a los responsables de las obras públicas estatales. “Eso fue totalmente un cuento que inventó alguien, creo que fue un periodista que le había dado seguimiento a una varilla que había llegado a México y decía que la habíamos comprado para el estadio Corregidora”, asegura sobre el tema, “pero se compró directamente en Altos Hornos, en la fábrica” asegura sobre el tema. “Molestaron tanto, y a tan alto nivel, que se hicieron mediciones de radiación y se comprobó que no hay ningún tipo de radioactividad”.

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“Yo estaba muy joven y si hubiera sido soberbio o estúpido, hubiera dicho: yo solito me lo echo. No, el sentido común dice: jálate a los mejores para que te ayuden a hacer un buen trabajo”, reflexiona a la distancia de aquel gran proyecto arquitectónico. “Al final de cuentas, el diseño, el toque, la personalidad del estadio, lo decidí yo”.

Y sí, además de ser un urbanista de larga y sólida experiencia, y de haber dirigido remodelaciones de inmuebles históricos de relevante importancia, Luis Alfonso Fernández Siurob siempre será recordado, principalmente, por haber sido el artífice de un inmueble deportivo que, a pesar de haber ya transcurrido cerca de cuarenta años de su inauguración, se le considera uno de los más bellos y funcionales del mundo.


Aquel día venían bajando de Santa Adelaida, el rancho del gobernador Camacho Guzmán, con el propio titular del Ejecutivo manejando y Luis Alfonso Fernández de copiloto, cuando quien a la postre se haría cargo de una de las más icónicas obras de infraestructura queretana se enteró de la idea. “De repente me dio con el puño en la pierna”, recuerda el Arq. Fernández, y me dijo: “Vamos a hacer un estadio usted y yo.”

La barba tupida y blanca, tocado por un sombrero tipo Panamá, el constructor del estadio Corregidora y del auditorio Josefa Ortiz de Domínguez, y responsable de la remodelación de lo que hoy es el Palacio de Gobierno, además de otras obras de relevante importancia durante la administración camachista, se explaya recordando, a la sombra de un árbol de su casa, lo que para él representó aquella etapa.

“Yo seguí acompañando a don Rafael a México a otras cosas, y en una ocasión visitamos Televisa. Ahí estaban Emilio Azcárraga, Guillermo Cañedo y el presidente de la FIFA, cuando de pronto el gobernador se voltea conmigo y muy serio me dice: ¿Verdad que Querétaro sería una excelente sede para el mundial, arquitecto? Yo no sabía ni por qué estábamos ahí y dije que sí, que las condiciones de infraestructura y de localización geográfica, y me eché un rollote. Don Rafael se paró con un plumón y explicó, muy documentado, mientras rayaba un mapa que ahí había. Ellos dijeron: Sí, puede ser. De ahí nos fuimos al restaurante Churchill y don Rafael me dice: Ya la hicimos. Fue hasta ahí cuando empecé a verlo como algo serio”.

Estudiante de arquitectura en la UNAM, profesión y universidad influidos por su tío Carlos González de Cosío, Luis Alfonso Fernández Siruob vivió los tiempos de efervescencia estudiantil y tuvo por maestros a verdaderas luminarias de la arquitectura en México, desde Pedro Ramírez Vázquez a Heberto Castillo, Félix Candelas y Max Cetto, algunos de los cuales, por ciento, colaboraron en el desarrollo del proyecto que le daría a Querétaro un nuevo estadio.

Marcado por ser el diseñador de obras emblemáticas del estado, Luis Alfonso Fernández Siurob ha sido siempre un profesional interesado en el adecuado desarrollo urbano, tema en el que estuvo involucrado desde aquel sexenio de Camacho, cuando, asegura, se sentaron las bases de lo que debería ser un crecimiento ordenado para Querétaro. Participó también activamente en el gobierno de Enrique Burgos, donde se dio seguimiento a un plan de desarrollo de la zona metropolitana de la capital estatal en el que estaba involucrado lo que hoy conocemos como Centro Sur.

De fácil palabra, siempre dispuesto a acudir al humor para explicar ciertos momentos de la historia, sólo se le quiebra la voz al recordar al también constructor del estadio Azteca, cuya opinión, cree, fue definitiva para que fuera él quien desarrollara el proyecto de la queretana sede mundialista.

“Fui a ver a Ramírez Vázquez y le pregunté: ¿por qué no lo va a hacer usted, si es tan cercano a Azcárraga y a Camacho? Y me contestó algo que hasta la fecha me cuesta mucho trabajo decir: ¿Por qué lo voy a hacer yo, si estás tú ahí? Era un tipazo, un hombre al que le gustaba dar oportunidades, y sobre todo, que quería mucho a los jóvenes y los promovía; no era un tipo ni codicioso, ni ambicioso. Era un personaje con una gran personalidad”.

Azcárraga jugó un papel importante en cuanto a sugerencias para la edificación del estadio, muy sugestionado con su estadio Azteca; no se dio cuenta que se trataba de otra escala”, recuerda, a cerca de cuatro décadas de distancia, Fernández. “Cuando el gobernador Camacho me preguntó de cuántos espectadores debía ser el estadio, yo le ayudé a hacer un programa de necesidades y le dije que por ningún motivo de cien mil, que Querétaro y el Bajío no tenían para eso; no lo va a llenar nunca y va a ser un fracaso”.

El estadio se planteó para cuarenta y ocho mil espectadores, incluyendo “los parados”, pues originalmente el gobernador Camacho insistió en ello, recordando al brasileño Maracaná. “Originalmente Azcárraga quería los palcos hasta arriba, para evitar que les aventaran cosas y que subieran los coches hasta allá, como en el Azteca, pero eso hubiera costado más. Yo bajé los palcos a medio nivel del estadio y las rampas las hice peatonales, para que se pudiera llegar caminando, sin usar escaleras”.

Fernández, haciendo caso de la sugerencia de su maestro, Pedro Ramírez Vázquez, se acercó al responsable de mantenimiento del estadio Azteca para conocer las cosas que no eran funcionales en ese inmueble construido por el propio maestro. Fue así como se establecieron vestidores y túneles de acceso a cancha independientes para los dos equipos, un mingitorio en la desembocadura de esos túneles, una salida especial para los árbitros por palcos, un empastado con una combinación de varias semillas, una adecuada filtración y escurrimientos de agua en la cancha para evitar encharcamientos, foso alrededor que, además de servir de seguridad daban salida al agua, filtros, gravilla y una maraña de tuberías profundas.

Recuerda con afecto al Ing. Heberto Castillo, quien también había sido su maestro en la UNAM y quien, además de ser un destacadísimo político de izquierda, fue el inventor de la tridilosa. “Fue el calculista de la obra y era el mejor calculista del país”. También lo hace con otro maestro universitario: el Arq. Eduardo Saad Eljure, un especialista nacional en isóptica, que también estuvo a cargo de los cálculos de esa especialidad en la construcción del Corregidora.

Le pregunto sobre el fuerte rumor que, tras la construcción del estadio, se divulgó sobre la contaminación de la varilla utilizada y que tantos dolores de cabeza dio a los responsables de las obras públicas estatales. “Eso fue totalmente un cuento que inventó alguien, creo que fue un periodista que le había dado seguimiento a una varilla que había llegado a México y decía que la habíamos comprado para el estadio Corregidora”, asegura sobre el tema, “pero se compró directamente en Altos Hornos, en la fábrica” asegura sobre el tema. “Molestaron tanto, y a tan alto nivel, que se hicieron mediciones de radiación y se comprobó que no hay ningún tipo de radioactividad”.

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“Yo estaba muy joven y si hubiera sido soberbio o estúpido, hubiera dicho: yo solito me lo echo. No, el sentido común dice: jálate a los mejores para que te ayuden a hacer un buen trabajo”, reflexiona a la distancia de aquel gran proyecto arquitectónico. “Al final de cuentas, el diseño, el toque, la personalidad del estadio, lo decidí yo”.

Y sí, además de ser un urbanista de larga y sólida experiencia, y de haber dirigido remodelaciones de inmuebles históricos de relevante importancia, Luis Alfonso Fernández Siurob siempre será recordado, principalmente, por haber sido el artífice de un inmueble deportivo que, a pesar de haber ya transcurrido cerca de cuarenta años de su inauguración, se le considera uno de los más bellos y funcionales del mundo.


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