/ sábado 23 de septiembre de 2023

Inteligencia artificial y otros fantasmas eléctricos

Tinta para un Atabal


El guionista y escritor alemán Wim Wenders comienza su libro Los píxels de Cézanne con un recorrido por su relación con la escritura, específicamente con los distintos medios que ha ido adoptando a lo largo del tiempo para llevar a cabo esta tarea; desde sus primeros cuadernos donde anotaba a mano con una terrible caligrafía –herencia de sus padres médicos– hasta las primeras y pesadas máquinas de escribir que, pareciendo insuperables en aquel entonces, se vieron rápidamente olvidadas por las facilidades que las computadores con sus procesadores de texto han puesto a nuestra disposición o, como señala el mismo Wenders, por la facilidad con la que ahora se puede gastar un sinfín de hojas digitales escribiendo, reescribiendo, modificando, alterando y explorando un sinfín de posibilidades que en su juventud hubieran implicado una pesadilla de procedimientos mecánicos para llevar acabo.

Históricamente la escritura y la lectura se habían pensado como actividades reservadas a personas de alta clase social o a especialistas que estuvieran dispuestos a dedicar el tiempo y los recursos económicos que estas actividades implicaban. Hace apenas 50 años las máquinas de escribir seguían siendo la opción más práctica y eficaz para generar textos legibles, sin contar que ante cualquier error, por más pequeño que fuera, a veces solo podía solucionarse reescribiendo una página entera. Ahora pensemos en la facilidad con la que podemos sacar nuestro celular, escribir un mensaje de texto y reescribirlo la cantidad de veces que sintamos necesario sin ningún gasto económico ni de tiempo exageradamente complejo.

La gran lucha histórica que se ha dado a lo largo del mundo contra el analfabetismo ha sido acompañada por los progresos tecnológicos que no solo han facilitado nuestro acceso a libros más baratos sino que han puesto a nuestra disposición mecanismos que han facilitado la escritura en sí misma. Por supuesto que a cada cambio y avance tecnológico no le han faltado sus detractores, las personas que ven con escepticismo sus alcances o que de entrada buscan atrincherarse en aquello que les es familiar; son múltiples los ejemplos de escritores que no pudieron abandonar el mecánico sonido de sus máquinas de escribir por el silencioso trabajo de la página digital. Y en cierta medida parece que nos estamos asomando a un nuevo punto de inflexión en donde la tecnología nos vuelve a plantear el dilema de “adaptarse o morir”, donde se comienza a hablar de cómo la obsolescencia de muchos de nuestros trabajos va a estar marcada por la capacidad que tengamos de integrar las inteligencias artificiales a los mismos.

Por supuesto que el tema es amplio y cargado de múltiples aristas que no dejan de mutar conforme los nuevos softwares que integran estas tecnologías nos muestras sus capacidades y limitaciones. Una de las áreas en donde este tema está comenzando a ver un debate más complejo está relacionado a los modelos de lenguaje, donde podemos ubicar a ChatGPT como uno de los programas más populares que se basan en esta tecnología. Y aunque hablar de estos temas en la actualidad da para un sinfín de especulaciones e interpretaciones sobre sus efectos en el corto o mediano plazo, quizá valdría la pena detenernos a pensar en cómo este tipo de sistemas puede llegar a cambiar nuestra relación con la escritura misma.

En las innovaciones anteriores la tecnología funcionaba para facilitar el proceso de escritura, como permitirnos borrar o copiar líneas de texto de manera fácil o ayudas más complejas que pueden ir desde correcciones ortográficas, traducciones, sistema de situación, hasta correcciones de estilo. Sin embargo, todas estas funciones trabajaban a partir del texto que el escritor o escritora estaba produciendo, incluso en los casos de las opciones que dan algunos celulares para autocompletar un texto, se sigue trabajando a partir del accionar de quien escribe. Por eso el caso de ChatGPT no debería ser visto como una herramienta más que facilite la escritura, ya que en ella se substrae el proceso mismo de escritura que ahora es substituido por la incorporación de los comandos con los que opera la inteligencia artificial para buscar llevarnos directamente al resultado. Ya no tengo que escribir una carta de recomendación, el programa me ahorra ese proceso y me genera una con las especificaciones que yo le solicite. Se podría decir que la escritura, como un acto productor, ha sido automatizado en nombre de la eficiencia, la cual cada día nos irá dando resultados más rápidos y mejores como en cualquier proceso industrial.

Llegado a este punto no quiero que mis señalamientos se perciban como algo negativo, muy por el contrario, en muchas áreas de trabajo donde la escritura se ve limitada a producir documentos que alimentan la burocracia interminable de las grandes empresas, podemos agradecer que herramientas como estas puedan facilitar el trabajo que muchas personas solían tachar de “tedioso”. Es ahí donde creo que estas herramientas nos pueden ayudar a pensar un poco en la escritura, principalmente a las preguntas que giren en torno al por qué de la misma. Podemos admitir que el lenguaje es una de las herramientas humanas más versátiles que conocemos, ya que con ella podemos comunicar información de manera relativamente efectiva, pero también hemos encontrado otros usos como el canto o la poesía donde lo importante no es la eficacia de la herramienta sino cómo ella nos permite encontrarnos con otras áreas más sensibles del ser.

De todas las discusiones que se están dando alrededor de las inteligencias artificiales quizá la que más me preocupa es aquella que mira en ella la forma de acabar con el tedioso proceso de escritura, porque esa suposición parece englobar a la escritura como una generalidad, como si escribir fuera inevitablemente aburrido y tedioso. Suponer que escribir se reduce al resultado obvia las cientos de páginas secretas que escribimos a lo largo de nuestra vida; nuestros diarios, los poemas que le escribimos a nuestro primer amor y que nunca le dimos, la correspondencia con un familiar muy lejano o aquel mensaje que escribimos en nuestro celular y que borramos una y otra vez y que quizá nunca enviemos porque a veces solo necesitamos escribir sin un fin, solo para buscarnos, entendernos y sentirnos.

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Antes de cerrar, me gustaría poner en la mesa un último asunto que me llama la atención, ya que se habla también de cómo esta nueva herramienta no solo nos ayuda en la redacción de textos académicos o formales sino que escribe cuentos, poemas y casi cualquier cosa que le pidamos y con el estilo del autor o autora que más nos plazca. Admito que yo mismo me he sentido en la necesidad de probar la herramienta y que ya están apareciendo obras de teatro donde algunos segmentos han sido escritos con inteligencia artificial. Por ahora no me animaría a decir si la incorporación de inteligencia artificial en la producción dramatúrgica sea algo pasajero o la nueva norma, solo el tiempo lo dirá, lo que sí creo detectar en este tipo de sistemas es que los mismos están programados para producir una escritura eficaz, ordenada y correcta y es justo ahí donde creo que la misma se encuentra en desventaja alrededor del arte ya que el mismo puede ser ineficaz, desordenado e incorrecto. Le sucedió a Julio Cortázar varias veces cuando le enviaba sus textos al editor y este se los devolvía corregido con comas y puntos que al texto le hacía falta para ser eficaz, ordenado y gramaticalmente correcto, no porque Cortázar no pudiera hacer un texto así, sino porque sin esas comas y sin esos puntos el texto lograba una musicalidad que no creo que el ChatGTP pueda escuchar.



El guionista y escritor alemán Wim Wenders comienza su libro Los píxels de Cézanne con un recorrido por su relación con la escritura, específicamente con los distintos medios que ha ido adoptando a lo largo del tiempo para llevar a cabo esta tarea; desde sus primeros cuadernos donde anotaba a mano con una terrible caligrafía –herencia de sus padres médicos– hasta las primeras y pesadas máquinas de escribir que, pareciendo insuperables en aquel entonces, se vieron rápidamente olvidadas por las facilidades que las computadores con sus procesadores de texto han puesto a nuestra disposición o, como señala el mismo Wenders, por la facilidad con la que ahora se puede gastar un sinfín de hojas digitales escribiendo, reescribiendo, modificando, alterando y explorando un sinfín de posibilidades que en su juventud hubieran implicado una pesadilla de procedimientos mecánicos para llevar acabo.

Históricamente la escritura y la lectura se habían pensado como actividades reservadas a personas de alta clase social o a especialistas que estuvieran dispuestos a dedicar el tiempo y los recursos económicos que estas actividades implicaban. Hace apenas 50 años las máquinas de escribir seguían siendo la opción más práctica y eficaz para generar textos legibles, sin contar que ante cualquier error, por más pequeño que fuera, a veces solo podía solucionarse reescribiendo una página entera. Ahora pensemos en la facilidad con la que podemos sacar nuestro celular, escribir un mensaje de texto y reescribirlo la cantidad de veces que sintamos necesario sin ningún gasto económico ni de tiempo exageradamente complejo.

La gran lucha histórica que se ha dado a lo largo del mundo contra el analfabetismo ha sido acompañada por los progresos tecnológicos que no solo han facilitado nuestro acceso a libros más baratos sino que han puesto a nuestra disposición mecanismos que han facilitado la escritura en sí misma. Por supuesto que a cada cambio y avance tecnológico no le han faltado sus detractores, las personas que ven con escepticismo sus alcances o que de entrada buscan atrincherarse en aquello que les es familiar; son múltiples los ejemplos de escritores que no pudieron abandonar el mecánico sonido de sus máquinas de escribir por el silencioso trabajo de la página digital. Y en cierta medida parece que nos estamos asomando a un nuevo punto de inflexión en donde la tecnología nos vuelve a plantear el dilema de “adaptarse o morir”, donde se comienza a hablar de cómo la obsolescencia de muchos de nuestros trabajos va a estar marcada por la capacidad que tengamos de integrar las inteligencias artificiales a los mismos.

Por supuesto que el tema es amplio y cargado de múltiples aristas que no dejan de mutar conforme los nuevos softwares que integran estas tecnologías nos muestras sus capacidades y limitaciones. Una de las áreas en donde este tema está comenzando a ver un debate más complejo está relacionado a los modelos de lenguaje, donde podemos ubicar a ChatGPT como uno de los programas más populares que se basan en esta tecnología. Y aunque hablar de estos temas en la actualidad da para un sinfín de especulaciones e interpretaciones sobre sus efectos en el corto o mediano plazo, quizá valdría la pena detenernos a pensar en cómo este tipo de sistemas puede llegar a cambiar nuestra relación con la escritura misma.

En las innovaciones anteriores la tecnología funcionaba para facilitar el proceso de escritura, como permitirnos borrar o copiar líneas de texto de manera fácil o ayudas más complejas que pueden ir desde correcciones ortográficas, traducciones, sistema de situación, hasta correcciones de estilo. Sin embargo, todas estas funciones trabajaban a partir del texto que el escritor o escritora estaba produciendo, incluso en los casos de las opciones que dan algunos celulares para autocompletar un texto, se sigue trabajando a partir del accionar de quien escribe. Por eso el caso de ChatGPT no debería ser visto como una herramienta más que facilite la escritura, ya que en ella se substrae el proceso mismo de escritura que ahora es substituido por la incorporación de los comandos con los que opera la inteligencia artificial para buscar llevarnos directamente al resultado. Ya no tengo que escribir una carta de recomendación, el programa me ahorra ese proceso y me genera una con las especificaciones que yo le solicite. Se podría decir que la escritura, como un acto productor, ha sido automatizado en nombre de la eficiencia, la cual cada día nos irá dando resultados más rápidos y mejores como en cualquier proceso industrial.

Llegado a este punto no quiero que mis señalamientos se perciban como algo negativo, muy por el contrario, en muchas áreas de trabajo donde la escritura se ve limitada a producir documentos que alimentan la burocracia interminable de las grandes empresas, podemos agradecer que herramientas como estas puedan facilitar el trabajo que muchas personas solían tachar de “tedioso”. Es ahí donde creo que estas herramientas nos pueden ayudar a pensar un poco en la escritura, principalmente a las preguntas que giren en torno al por qué de la misma. Podemos admitir que el lenguaje es una de las herramientas humanas más versátiles que conocemos, ya que con ella podemos comunicar información de manera relativamente efectiva, pero también hemos encontrado otros usos como el canto o la poesía donde lo importante no es la eficacia de la herramienta sino cómo ella nos permite encontrarnos con otras áreas más sensibles del ser.

De todas las discusiones que se están dando alrededor de las inteligencias artificiales quizá la que más me preocupa es aquella que mira en ella la forma de acabar con el tedioso proceso de escritura, porque esa suposición parece englobar a la escritura como una generalidad, como si escribir fuera inevitablemente aburrido y tedioso. Suponer que escribir se reduce al resultado obvia las cientos de páginas secretas que escribimos a lo largo de nuestra vida; nuestros diarios, los poemas que le escribimos a nuestro primer amor y que nunca le dimos, la correspondencia con un familiar muy lejano o aquel mensaje que escribimos en nuestro celular y que borramos una y otra vez y que quizá nunca enviemos porque a veces solo necesitamos escribir sin un fin, solo para buscarnos, entendernos y sentirnos.

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Antes de cerrar, me gustaría poner en la mesa un último asunto que me llama la atención, ya que se habla también de cómo esta nueva herramienta no solo nos ayuda en la redacción de textos académicos o formales sino que escribe cuentos, poemas y casi cualquier cosa que le pidamos y con el estilo del autor o autora que más nos plazca. Admito que yo mismo me he sentido en la necesidad de probar la herramienta y que ya están apareciendo obras de teatro donde algunos segmentos han sido escritos con inteligencia artificial. Por ahora no me animaría a decir si la incorporación de inteligencia artificial en la producción dramatúrgica sea algo pasajero o la nueva norma, solo el tiempo lo dirá, lo que sí creo detectar en este tipo de sistemas es que los mismos están programados para producir una escritura eficaz, ordenada y correcta y es justo ahí donde creo que la misma se encuentra en desventaja alrededor del arte ya que el mismo puede ser ineficaz, desordenado e incorrecto. Le sucedió a Julio Cortázar varias veces cuando le enviaba sus textos al editor y este se los devolvía corregido con comas y puntos que al texto le hacía falta para ser eficaz, ordenado y gramaticalmente correcto, no porque Cortázar no pudiera hacer un texto así, sino porque sin esas comas y sin esos puntos el texto lograba una musicalidad que no creo que el ChatGTP pueda escuchar.


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