/ miércoles 12 de agosto de 2020

Vampiros energéticos II

Vitral

Parte II (último)

Y luego me despedí de la luz del sol y me preparé para convertirme en lo que soy.

Louis de Pointe du Lac. Entrevista con el vampiro.


El género de los vampiros da para desarrollarse en cualquier formato y en las locuras más extrañas e inverosímiles, y para ejemplos ahí están La danza de los vampiros (comedia), Nosferatu (drama), Drácula (tragedia), Vampiros (western), Vampi (cómic futurista), Vamp (telenovela), Vampiros en la Habana (cine animado), Una chica regresa sola a casa de noche (exóticos), Las Vampiras (vampirismo lésbico), Ernesto el vampiro (cortos animados para la televisión), Chiquidrácula (personaje cómico mexicano), El abuelo (de la serie televisiva Los Monster), el vampiro clásico del actor Germán Robles o el de Christopher Lee, y da hasta para comedia musical y un largo etcétera. Y, por supuesto, los vampiros han llegado ya a las plataformas de streaming con series como V Wars y otras.

El tema de los vampiros nos cala profundamente porque no sabemos nada de lo que sigue después de la vida –si es que sigue–. El interés en estos seres míticos viene también de los miedos ancestrales a la oscuridad que en los primeros seres humanos fue algo muy difícil de soportar, tanto por la amenaza permanente de los depredadores como por el ataque de los enemigos en donde la vida estaba en juego. Ante la cuestión de la muerte nadie tiene respuestas comprobables, a la humanidad sólo le ha quedado la especulación y la desesperación, la angustia y la incertidumbre. Ante ello, ha creado la cultura, los ritos y los mitos, entre ellos el del vampiro. Mitos que son reflejos y proyecciones de los deseos, miedos y frustraciones humanas.

Sólo el fuego los destruye. Fuego del sol o fuego de una hoguera. Fuego purificador como el del infierno, a donde van los que cometen los pecados más graves para quemarse sin esperanza alguna. Fuego vivificador, pero también doloroso, como el del purgatorio. O un fuego sabio, como el del abuelo fuego que sacó a los seres humanos de las cavernas oscuras para darles luz y calor en las noches de frío y de miedo. Sólo el fuego puede destruir a los vampiros. Como puede verse, los vampiros son la proyección de las vivencias de los seres humanos. Vampiros que pueden amar, tener remordimientos, sentir dolor, tristeza, que no pueden olvidar que fueron humanos, que sienten una inefable soledad y agonía mortal que es inmortal, vampiros que no están conformes con ser matones, vividores, lángaras. Vampiros que buscan vaciar todo lo que traen dentro, toda esa cauda de sentimientos surgidos a partir de innumerables vivencias a través de los siglos en donde han perdido a sus seres más queridos y en donde han despreciado a los que quisieron someterlos. Vampiros que en realidad nunca amaron, sino que, narcisistas, anhelaron sólo juguetes para satisfacer sus caprichos.

Vampiros humanizados que son la proyección de los pequeños dioses existentes. Dioses que, parafraseando a Nietzsche, están muertos, pero no por ello tienen menos grandeza, al contrario, son retratos de los seres humanos que han encontrado en la mitología una forma tanto de proyectarse, como de verse en un espejo para intentar entenderse. Aunque en el caso de los vampiros esa proyección sea a la inversa. A partir del mal, de lo oscuro, lo oculto. Por eso resulta interesante una película como Entrevista con el vampiro, porque vemos a uno que no quiere ser sólo una caricatura de la maldad, el odio, y el hedonismo por el hedonismo, sino que es un vampiro que duda, que anhela su humanidad perdida. Un vampiro que necesita confesarse, que necesita escupir todo lo que trae dentro, y que, se nota, le pesa una enormidad.

El vampiro Louis de Pointe du Lac (Brad Pitt), de Entrevista con el vampiro, nos plantea a un vampiro que, en un acto de contrición, manifiesta su desacuerdo con la forma en que lo convirtieron, y que nunca está conforme, que no quiere matar y que anhela su humanidad. Louis nos plantea la posibilidad de la reivindicación de un ser que quizá en algún momento pueda recuperar su humanidad.

Pero no sólo existen esa clase de vampiros que vemos en las películas que chupan la sangre y roban el alma de sus víctimas, también existen otra clase de vampiros llamados vampiros energéticos y son los más peligrosos, están por todos lados y nosotros mismos podríamos ser uno de ellos. Ya lo dice una frase común entre la gente: no me estés chupando la sangre, no me estés chupando la alegría, y hay muchas formas de chupar el elemento vital que compone a cada persona. Al igual que los vampiros, entre las personas, la enorme mayoría padecen de un ego muy crecido, muy sulibeyado. Queremos todo para nosotros, primero uno, después uno, y si queda algo, uno. Queremos todo para nosotros, lo que nos haga superiores a costa de los demás, como sea. Queremos toda la atención, mírame, mírame, mírame, escúchame, escúchame, escúchame a mí nada más. Succionamos la energía de los otros, queremos que su mirada esté puesta sólo en nosotros y nuestras hazañas, las de ellos no nos importan. Y no sólo es cuestión de los que salen en la televisión, en las revistas de chismes, de espectáculos, no, estos vampiros acaparadores de la atención están por todos lados, podemos ser nosotros mismos, están entre nuestra familia, nuestros amigos, los políticos, los gobernantes. En esos que no se llenan de salir todo el día y a todas horas en los medios de comunicación diciendo yo yo yo yo. Yo soy su salvador, yo soy el más grande, yo soy el que ha sufrido más, yo soy el más importante, nadie antes que yo había hecho esto. Así, hay vampiros energéticos por todos lados, y son de lo más peligrosos ya que roban la energía de los demás y viven de ella. Los vampiros de las películas son una inocentada junto a estos vampiros energéticos. Y, en principio, deberíamos revisar si nosotros mismos no somos uno de ellos.

En el fondo, las historias de vampiros son muy tristes, pero también muy reveladoras. Tristes, porque vienen del mal y terminan mal. Reveladoras, porque pueden ser el acicate para una crítica demoledora del narcisismo, de la egolatría y de la megalomanía que tanto daño causan a las sociedades, las familias y los individuos. Lejos de la luz, del sol, de la sabiduría, sólo queda la oscuridad.

https://escritosdealfonsofrancotiscareno.blogspot.com

Parte II (último)

Y luego me despedí de la luz del sol y me preparé para convertirme en lo que soy.

Louis de Pointe du Lac. Entrevista con el vampiro.


El género de los vampiros da para desarrollarse en cualquier formato y en las locuras más extrañas e inverosímiles, y para ejemplos ahí están La danza de los vampiros (comedia), Nosferatu (drama), Drácula (tragedia), Vampiros (western), Vampi (cómic futurista), Vamp (telenovela), Vampiros en la Habana (cine animado), Una chica regresa sola a casa de noche (exóticos), Las Vampiras (vampirismo lésbico), Ernesto el vampiro (cortos animados para la televisión), Chiquidrácula (personaje cómico mexicano), El abuelo (de la serie televisiva Los Monster), el vampiro clásico del actor Germán Robles o el de Christopher Lee, y da hasta para comedia musical y un largo etcétera. Y, por supuesto, los vampiros han llegado ya a las plataformas de streaming con series como V Wars y otras.

El tema de los vampiros nos cala profundamente porque no sabemos nada de lo que sigue después de la vida –si es que sigue–. El interés en estos seres míticos viene también de los miedos ancestrales a la oscuridad que en los primeros seres humanos fue algo muy difícil de soportar, tanto por la amenaza permanente de los depredadores como por el ataque de los enemigos en donde la vida estaba en juego. Ante la cuestión de la muerte nadie tiene respuestas comprobables, a la humanidad sólo le ha quedado la especulación y la desesperación, la angustia y la incertidumbre. Ante ello, ha creado la cultura, los ritos y los mitos, entre ellos el del vampiro. Mitos que son reflejos y proyecciones de los deseos, miedos y frustraciones humanas.

Sólo el fuego los destruye. Fuego del sol o fuego de una hoguera. Fuego purificador como el del infierno, a donde van los que cometen los pecados más graves para quemarse sin esperanza alguna. Fuego vivificador, pero también doloroso, como el del purgatorio. O un fuego sabio, como el del abuelo fuego que sacó a los seres humanos de las cavernas oscuras para darles luz y calor en las noches de frío y de miedo. Sólo el fuego puede destruir a los vampiros. Como puede verse, los vampiros son la proyección de las vivencias de los seres humanos. Vampiros que pueden amar, tener remordimientos, sentir dolor, tristeza, que no pueden olvidar que fueron humanos, que sienten una inefable soledad y agonía mortal que es inmortal, vampiros que no están conformes con ser matones, vividores, lángaras. Vampiros que buscan vaciar todo lo que traen dentro, toda esa cauda de sentimientos surgidos a partir de innumerables vivencias a través de los siglos en donde han perdido a sus seres más queridos y en donde han despreciado a los que quisieron someterlos. Vampiros que en realidad nunca amaron, sino que, narcisistas, anhelaron sólo juguetes para satisfacer sus caprichos.

Vampiros humanizados que son la proyección de los pequeños dioses existentes. Dioses que, parafraseando a Nietzsche, están muertos, pero no por ello tienen menos grandeza, al contrario, son retratos de los seres humanos que han encontrado en la mitología una forma tanto de proyectarse, como de verse en un espejo para intentar entenderse. Aunque en el caso de los vampiros esa proyección sea a la inversa. A partir del mal, de lo oscuro, lo oculto. Por eso resulta interesante una película como Entrevista con el vampiro, porque vemos a uno que no quiere ser sólo una caricatura de la maldad, el odio, y el hedonismo por el hedonismo, sino que es un vampiro que duda, que anhela su humanidad perdida. Un vampiro que necesita confesarse, que necesita escupir todo lo que trae dentro, y que, se nota, le pesa una enormidad.

El vampiro Louis de Pointe du Lac (Brad Pitt), de Entrevista con el vampiro, nos plantea a un vampiro que, en un acto de contrición, manifiesta su desacuerdo con la forma en que lo convirtieron, y que nunca está conforme, que no quiere matar y que anhela su humanidad. Louis nos plantea la posibilidad de la reivindicación de un ser que quizá en algún momento pueda recuperar su humanidad.

Pero no sólo existen esa clase de vampiros que vemos en las películas que chupan la sangre y roban el alma de sus víctimas, también existen otra clase de vampiros llamados vampiros energéticos y son los más peligrosos, están por todos lados y nosotros mismos podríamos ser uno de ellos. Ya lo dice una frase común entre la gente: no me estés chupando la sangre, no me estés chupando la alegría, y hay muchas formas de chupar el elemento vital que compone a cada persona. Al igual que los vampiros, entre las personas, la enorme mayoría padecen de un ego muy crecido, muy sulibeyado. Queremos todo para nosotros, primero uno, después uno, y si queda algo, uno. Queremos todo para nosotros, lo que nos haga superiores a costa de los demás, como sea. Queremos toda la atención, mírame, mírame, mírame, escúchame, escúchame, escúchame a mí nada más. Succionamos la energía de los otros, queremos que su mirada esté puesta sólo en nosotros y nuestras hazañas, las de ellos no nos importan. Y no sólo es cuestión de los que salen en la televisión, en las revistas de chismes, de espectáculos, no, estos vampiros acaparadores de la atención están por todos lados, podemos ser nosotros mismos, están entre nuestra familia, nuestros amigos, los políticos, los gobernantes. En esos que no se llenan de salir todo el día y a todas horas en los medios de comunicación diciendo yo yo yo yo. Yo soy su salvador, yo soy el más grande, yo soy el que ha sufrido más, yo soy el más importante, nadie antes que yo había hecho esto. Así, hay vampiros energéticos por todos lados, y son de lo más peligrosos ya que roban la energía de los demás y viven de ella. Los vampiros de las películas son una inocentada junto a estos vampiros energéticos. Y, en principio, deberíamos revisar si nosotros mismos no somos uno de ellos.

En el fondo, las historias de vampiros son muy tristes, pero también muy reveladoras. Tristes, porque vienen del mal y terminan mal. Reveladoras, porque pueden ser el acicate para una crítica demoledora del narcisismo, de la egolatría y de la megalomanía que tanto daño causan a las sociedades, las familias y los individuos. Lejos de la luz, del sol, de la sabiduría, sólo queda la oscuridad.

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