/ sábado 25 de enero de 2020

El monstruo pentápodo o la insoportable inutilidad de las listas

El libro de cabecera

A dos semanas de arrancado el cabalístico 2020, se agradece la celeridad con la que los reductos de las fiestas decembrinas desaparecieron, llevándose consigo las listas de los mejores libros de la década (a pesar de que la segunda década del siglo XXI terminará en este 2020) y, las más insufribles, las de los mejores libros del 2019.

Tras el oportunismo mercantilista de las listas está la cursi imagen del escritor que, con el orgullo propio de un influencer en ciernes, comparte el vínculo en donde su libro ha sido elegido como uno de los mejores del 2019. Quizás en el anhelo de ser trendy, y sin darse cuenta, el escritor aspirante a influencer acaba exhibiéndose como el usuario de Facebook que te envía un enlace vía WhatsApp o Messenger para que lo apoyes con un like en su foto, porque está participando en una competencia en donde el ganador será aquél que pueda conseguir el mayor número de pulgares virtuales azules en un determinado tiempo.

Esta imagen empeora a medida inversamente proporcional a la fama o prestigio del escritor influencer.

Y no es que necesariamente las listas no contengan alguna obra de calidad, a pesar de que en la mayoría de los casos se trata de obras sobrevaloradas. Es la terca estridencia de las listas las que acaban por acaparar el espacio que debería de ocupar el lector.

Lejos del bullicio y de la falsa sociedad de las listas se encuentra a salvo El monstruo pentápodo (Tusquets, 2017) de Liliana Blum (Durango, 1974). Se trata de una novela que nos confronta con el fenómeno del abuso sexual infantil. Raymundo Betancourt, el personaje principal, es la fiel representación del ciudadano modelo: profesionista honesto y responsable, solidario y comprometido con el bienestar de su comunidad. Pero como la vida no sólo es trabajo, también se permite en secreto dos sencillos placeres cotidianos: los chicles de canela y mantener relaciones sexuales con las niñas que mantiene secuestradas en su sótano.

El monstruo pentápodo nos enfrenta sin ambages, ni concesiones, ni eufemismos con la mente oscura del pederasta, del psicópata adorable y manipulador ante cuyos encantos sucumbe Aimeé –otra “pequeña”, por su condición– hasta el punto de volverse cómplice a cambio de un poco de amor. ¿Hasta dónde es capaz de llegar una mujer por amor?

Sin tergiversar el plano de la literatura, Blum esgrime una prosa que desafía a los sentidos, a nuestro criterio y a nuestra hipocresía en el tema del abuso sexual infantil. No será sencillo recorrer ciertos pasajes sin sentir escalofríos, asco, sin oler a orines, sin paladear un chicle de canela, sin escuchar gritos de una niña que se ahogan en la infinita oscuridad de un sótano.

En una especie de galería intertextual, flotan entre los capítulos espejos referenciales que van desde Lolita de Vladimir Nabókov hasta El coleccionista, la primera novela de John Fowles, pasando por Daddy Love de la prolífica e imprescindible Joyce Carol Oates. Dichas referencias conforman un discurso contrapuntístico a través del cual se asoma el mal y la locura, que se complementa con los intereses literarios personales de la autora (puede funcionar como una lista de lectura, por cierto).

En su momento, Blum ha confirmado que por razones personales el tema del abuso infantil ha estado siempre presente en sus trabajos. Una temática que, en pleno siglo XXI, padece una macabra paradoja: a pesar de que el tema es tabú, es parte de la mojigata cotidianidad mexicana.

El libro se cuenta en tres planos narrativos: una primera voz, desde la perspectiva de Aimeé una cómplice de Raymundo, recluida en prisión, que establece un monólogo epistolar a veces en carta y otras en diario; desde una segunda voz que nos coloca como cómplices y delatores frente al infierno que sufren las niñas secuestradas y abusadas; y el tercer nivel el que el propio lector va construyendo con el juego intertextual referencial, pero que funciona porque es acaso la mano de Blum que nos guía a través de dichas lecturas, colocadas estratégicamente a lo largo de la novela.

El personaje de Raymundo, por sí mismo, ocupa ya un lugar al lado de Humbert Humbert o de Patrick Bateman. Como cualquier ser humano, sucumbe ante la fuerza implacable de un deseo que deviene en patología y en delito. Raymundo hace todo lo que está en sus manos por conseguir satisfacer su necesidad de placer, lo que sin duda evidencia hasta cierto punto su sagacidad y denuedo. Sin que esto suene a apología del delito, todos los seres humanos sentimos ese deseo irrefrenable, aunque no todos están en la posibilidad de discernir en las consecuencias positivas o negativas que eventualmente acarrearía la satisfacción de dicho deseo. Quizás ese acercamiento con la mente del criminal es lo que hace que para mucho la novela sea un desafío insalvable. Pero es precisamente a través del tratamiento de la mente de Raymundo que podemos ingresar a la mente del criminal, al final del día no somos tan distintos: una selfie de nuestra monstruosidad.

A pesar de la portada y de la trama, la novela no esta narrada desde la perspectiva de la víctima, lo que acentúa el grado de implicación de la narración en el lector. Y esta es quizás la razón por la que la propuesta narrativa de Blum funciona con una lógica macabra: no se anda por las ramas rellenando páginas de iteraciones inútiles y predecibles, bajo la excusa de pretensiones estilísticas posestructuralista que, como las listas y los adornos de navidad, están de facto condenadas al olvido.

Y es que haber hecho la narración desde el punto de vista de la víctima habría sido un atajo sencillo en el plano narrativo, porque entonces la literatura funcionaría como una invitación al morbo. No se narra la experiencia de la víctima, se presenta la situación del victimario y su cómplice.

No es la primera vez que afirmo que los mejores autores son mujeres. En el caso de Liliana Blum no es la excepción. Ninguna persona con dos dedos de lector debería de seguir con su vida normal sin haber leído El monstruo pentápodo, hoy por hoy, un hito en la literatura mexicana del siglo XXI. No lo dicen las listas, lo confirma un humilde lector.


@doctorsimulacro

A dos semanas de arrancado el cabalístico 2020, se agradece la celeridad con la que los reductos de las fiestas decembrinas desaparecieron, llevándose consigo las listas de los mejores libros de la década (a pesar de que la segunda década del siglo XXI terminará en este 2020) y, las más insufribles, las de los mejores libros del 2019.

Tras el oportunismo mercantilista de las listas está la cursi imagen del escritor que, con el orgullo propio de un influencer en ciernes, comparte el vínculo en donde su libro ha sido elegido como uno de los mejores del 2019. Quizás en el anhelo de ser trendy, y sin darse cuenta, el escritor aspirante a influencer acaba exhibiéndose como el usuario de Facebook que te envía un enlace vía WhatsApp o Messenger para que lo apoyes con un like en su foto, porque está participando en una competencia en donde el ganador será aquél que pueda conseguir el mayor número de pulgares virtuales azules en un determinado tiempo.

Esta imagen empeora a medida inversamente proporcional a la fama o prestigio del escritor influencer.

Y no es que necesariamente las listas no contengan alguna obra de calidad, a pesar de que en la mayoría de los casos se trata de obras sobrevaloradas. Es la terca estridencia de las listas las que acaban por acaparar el espacio que debería de ocupar el lector.

Lejos del bullicio y de la falsa sociedad de las listas se encuentra a salvo El monstruo pentápodo (Tusquets, 2017) de Liliana Blum (Durango, 1974). Se trata de una novela que nos confronta con el fenómeno del abuso sexual infantil. Raymundo Betancourt, el personaje principal, es la fiel representación del ciudadano modelo: profesionista honesto y responsable, solidario y comprometido con el bienestar de su comunidad. Pero como la vida no sólo es trabajo, también se permite en secreto dos sencillos placeres cotidianos: los chicles de canela y mantener relaciones sexuales con las niñas que mantiene secuestradas en su sótano.

El monstruo pentápodo nos enfrenta sin ambages, ni concesiones, ni eufemismos con la mente oscura del pederasta, del psicópata adorable y manipulador ante cuyos encantos sucumbe Aimeé –otra “pequeña”, por su condición– hasta el punto de volverse cómplice a cambio de un poco de amor. ¿Hasta dónde es capaz de llegar una mujer por amor?

Sin tergiversar el plano de la literatura, Blum esgrime una prosa que desafía a los sentidos, a nuestro criterio y a nuestra hipocresía en el tema del abuso sexual infantil. No será sencillo recorrer ciertos pasajes sin sentir escalofríos, asco, sin oler a orines, sin paladear un chicle de canela, sin escuchar gritos de una niña que se ahogan en la infinita oscuridad de un sótano.

En una especie de galería intertextual, flotan entre los capítulos espejos referenciales que van desde Lolita de Vladimir Nabókov hasta El coleccionista, la primera novela de John Fowles, pasando por Daddy Love de la prolífica e imprescindible Joyce Carol Oates. Dichas referencias conforman un discurso contrapuntístico a través del cual se asoma el mal y la locura, que se complementa con los intereses literarios personales de la autora (puede funcionar como una lista de lectura, por cierto).

En su momento, Blum ha confirmado que por razones personales el tema del abuso infantil ha estado siempre presente en sus trabajos. Una temática que, en pleno siglo XXI, padece una macabra paradoja: a pesar de que el tema es tabú, es parte de la mojigata cotidianidad mexicana.

El libro se cuenta en tres planos narrativos: una primera voz, desde la perspectiva de Aimeé una cómplice de Raymundo, recluida en prisión, que establece un monólogo epistolar a veces en carta y otras en diario; desde una segunda voz que nos coloca como cómplices y delatores frente al infierno que sufren las niñas secuestradas y abusadas; y el tercer nivel el que el propio lector va construyendo con el juego intertextual referencial, pero que funciona porque es acaso la mano de Blum que nos guía a través de dichas lecturas, colocadas estratégicamente a lo largo de la novela.

El personaje de Raymundo, por sí mismo, ocupa ya un lugar al lado de Humbert Humbert o de Patrick Bateman. Como cualquier ser humano, sucumbe ante la fuerza implacable de un deseo que deviene en patología y en delito. Raymundo hace todo lo que está en sus manos por conseguir satisfacer su necesidad de placer, lo que sin duda evidencia hasta cierto punto su sagacidad y denuedo. Sin que esto suene a apología del delito, todos los seres humanos sentimos ese deseo irrefrenable, aunque no todos están en la posibilidad de discernir en las consecuencias positivas o negativas que eventualmente acarrearía la satisfacción de dicho deseo. Quizás ese acercamiento con la mente del criminal es lo que hace que para mucho la novela sea un desafío insalvable. Pero es precisamente a través del tratamiento de la mente de Raymundo que podemos ingresar a la mente del criminal, al final del día no somos tan distintos: una selfie de nuestra monstruosidad.

A pesar de la portada y de la trama, la novela no esta narrada desde la perspectiva de la víctima, lo que acentúa el grado de implicación de la narración en el lector. Y esta es quizás la razón por la que la propuesta narrativa de Blum funciona con una lógica macabra: no se anda por las ramas rellenando páginas de iteraciones inútiles y predecibles, bajo la excusa de pretensiones estilísticas posestructuralista que, como las listas y los adornos de navidad, están de facto condenadas al olvido.

Y es que haber hecho la narración desde el punto de vista de la víctima habría sido un atajo sencillo en el plano narrativo, porque entonces la literatura funcionaría como una invitación al morbo. No se narra la experiencia de la víctima, se presenta la situación del victimario y su cómplice.

No es la primera vez que afirmo que los mejores autores son mujeres. En el caso de Liliana Blum no es la excepción. Ninguna persona con dos dedos de lector debería de seguir con su vida normal sin haber leído El monstruo pentápodo, hoy por hoy, un hito en la literatura mexicana del siglo XXI. No lo dicen las listas, lo confirma un humilde lector.


@doctorsimulacro

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