/ jueves 23 de septiembre de 2021

¿Por qué leer obras de teatro?

Tinta para un Atabal

La pregunta es tan absurda que no solo necesitamos responderla, sino también averiguar por qué se hace. En pocas palabras: las obras de teatro (las buenas, en todo caso, las únicas que nos deberían importar) son literatura y, si bien son accesibles para la mayoría de las personas a través de su escenificación, deberíamos asimilarlas como si se tratara de experiencias autónomas completas sin la necesidad de un montaje `interpretativo´ de por medio.

Edward Albee, el célebre dramaturgo norteamericano creador de textos tan imprescindibles como ¿Quién le teme a Virginia Woolf? o La historia del zoológico, dentro del canon universal de la dramaturgia, hace un interesante parangón entre la lectura de partituras musicales y la lectura de obras teatrales: “Estaba hablando con un joven director de orquesta el otro año, cuya agrupación de músicos bajo su dirección iba a estrenar mundialmente una pieza de un joven compositor cuyo trabajo yo admiraba.

-¡Oh, no puedo esperar a conocer la pieza!- le dije, y el joven director respondió:

-Bueno, ¿por qué tiene que esperar? ¿por qué no lee la partitura?- y se ofreció a darme la partitura orquestal, para leer y así ‘escucharla’ mentalmente e imaginativamente. Por desgracia, no leo música. La música es un idioma que me resulta completamente ajeno y no me siento capaz de traducirlo. Sin embargo, si supiera leer música, podría ‘escuchar’ la pieza antes de que fuera interpretada; además, en una interpretación neutra, libre de los caprichos de una interpretación determinada. Este es un caso extremadamente excepcional, quizás, ya que muy pocas personas que no son músicos pueden leer música lo suficientemente bien como para ‘escuchar’ una partitura, pero plantea problemas provocativos, incluidos algunos paralelismos con la lectura de obras de teatro. De una manera breve y claramente expresada, cualquiera que sepa leer una obra de teatro puede ‘ver y escuchar’ una escenificación de la misma, exactamente como la vio y escuchó el dramaturgo mientras la escribía, sin la ‘ayuda’ de los actores y el director.”

Saber leer una obra de teatro, aprender a leer dramaturgia, no es un asunto complejo o abrumador. Cuando uno lee una novela en la que el autor describe una puesta de sol, uno no solo lee las palabras, sino que puede "ver" lo que describen las palabras y cuando la voz del novelista comienza a disolverse en el relato mismo de la narración suele surgir un fenómeno muy común de la narrativa: `escuchamos´ en silencio lo que se está leyendo, automáticamente, sin pensarlo. ¿Por qué, entonces, debería suponerse que un texto teatral presenta problemas mucho más difíciles para el lector?

Más allá de la composición tipográfica peculiar de una obra de teatro, los procedimientos son los mismos; las acrobacias que realiza la mente son idénticas; los resultados no tienen por qué ser diferentes.

Además, resulta lógico que cualquiera que haya tenido el privilegio de una formación académica en niveles de educación media superior y subsiguientes, seguramente tuvo la experiencia de leer obras de teatro (muy probablemente Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Farsas Medievales, Maquiavelo, Shakespeare, Juan Ruiz de Alarcón, Lope de Vega, Tirso de Molina, Sor Juana Inés de la Cruz, Moliere, Ibsen, Chejov, Strindberg, Carballido, Argüelles, Magaña, etc.), incluso tal vez mucho antes de ver su primera escenificación formal en un teatro. ¿Ver estas obras de teatro escenificadas fue una experiencia diferente a verlas a través de su lectura? Por supuesto que sí. ¿Fue una experiencia más completa y satisfactoria? No, no necesariamente.

Naturalmente, cuando alguien ha visto y leído obras de teatro a lo largo de los años, dicho lector asiduo a la dramaturgia se vuelve más hábil y es muy común que comience a visualizar su propia puesta en escena de la obra que está leyendo simultáneamente al ejercicio de su lectura.

De esta manera, el asiduo lector de obras de teatro llegará más tarde que temprano a una conclusión definitiva que le ha dotado su ejercicio de saludable lectura constante: ninguna actuación puede hacer mejor a una gran obra de teatro de lo que es, por lo que la mayoría de las actuaciones resultan insuficientes, ya que la mayor parte de las veces el equipo creativo involucrado en el montaje no está a la altura de la propuesta dramatúrgica, no importa cuán sinceramente lo intenten. Y es que los equipos creativos parecen estar obsesionados con al menos dos aspectos del montaje: la "interpretación" de la obra a la que han llegado por una determinada “lectura analítica”, o el "concepto" que gobierna a la puesta en escena a partir también de una lectura muy parcial, y como resultado la experiencia de la obra para el público queda atrozmente limitada.

Además, y no es extraño que suceda que la puesta en escena puede hacer que una obra menor (o terrible) la haga parecer mucho mejor de lo que realmente es. Aunque también el montaje puede hacer que una mala obra parezca incluso peor de lo que es.

El problema tiende a agravarse aún más por las nuevas tendencias del teatro contemporáneo: un teatro de director, donde la interpretación, mutilar, adaptar, cortar, pegar, editar e incluso reescribir el texto del autor -la mayor parte de las veces sin su permiso- no solo es una práctica común sino que se considera un procedimiento comúnmente aceptable.

De esta forma aunque los dramaturgos parezcan complacidos de que su oficio y arte les permita tener un doble acceso a su público, tanto a través del texto como de la escenificación de sus obras, no se puede negar que resulta una experiencia muy desagradable cuando esta doble vertiente se convierte en un arma de doble filo.

Una escenificación adecuada de un texto debería darle prioridad a mostrar la esencia del texto al público tal cual era la intención del autor y todos los elementos de la maquinaria escénica-teatral deberían trabajar para lograr esta finalidad.

Nuestra intención no es sugerir que el público deje de asistir al teatro a ver puestas en escena. Hay muchas propuestas geniales, pero habrá que tomar en cuenta que una propuesta escénica es una opinión, una interpretación y, a menos que este mismo público conozca de antemano la obra impresa en papel, la interpretación que recibe con cada montaje es de segunda mano y puede diferir significativamente de las intenciones del autor. Por supuesto, que una lectura de una obra es también una opinión, una interpretación, pero hay menos intermediarios en el camino de su encuentro con el autor a través de su obra.

La pregunta es tan absurda que no solo necesitamos responderla, sino también averiguar por qué se hace. En pocas palabras: las obras de teatro (las buenas, en todo caso, las únicas que nos deberían importar) son literatura y, si bien son accesibles para la mayoría de las personas a través de su escenificación, deberíamos asimilarlas como si se tratara de experiencias autónomas completas sin la necesidad de un montaje `interpretativo´ de por medio.

Edward Albee, el célebre dramaturgo norteamericano creador de textos tan imprescindibles como ¿Quién le teme a Virginia Woolf? o La historia del zoológico, dentro del canon universal de la dramaturgia, hace un interesante parangón entre la lectura de partituras musicales y la lectura de obras teatrales: “Estaba hablando con un joven director de orquesta el otro año, cuya agrupación de músicos bajo su dirección iba a estrenar mundialmente una pieza de un joven compositor cuyo trabajo yo admiraba.

-¡Oh, no puedo esperar a conocer la pieza!- le dije, y el joven director respondió:

-Bueno, ¿por qué tiene que esperar? ¿por qué no lee la partitura?- y se ofreció a darme la partitura orquestal, para leer y así ‘escucharla’ mentalmente e imaginativamente. Por desgracia, no leo música. La música es un idioma que me resulta completamente ajeno y no me siento capaz de traducirlo. Sin embargo, si supiera leer música, podría ‘escuchar’ la pieza antes de que fuera interpretada; además, en una interpretación neutra, libre de los caprichos de una interpretación determinada. Este es un caso extremadamente excepcional, quizás, ya que muy pocas personas que no son músicos pueden leer música lo suficientemente bien como para ‘escuchar’ una partitura, pero plantea problemas provocativos, incluidos algunos paralelismos con la lectura de obras de teatro. De una manera breve y claramente expresada, cualquiera que sepa leer una obra de teatro puede ‘ver y escuchar’ una escenificación de la misma, exactamente como la vio y escuchó el dramaturgo mientras la escribía, sin la ‘ayuda’ de los actores y el director.”

Saber leer una obra de teatro, aprender a leer dramaturgia, no es un asunto complejo o abrumador. Cuando uno lee una novela en la que el autor describe una puesta de sol, uno no solo lee las palabras, sino que puede "ver" lo que describen las palabras y cuando la voz del novelista comienza a disolverse en el relato mismo de la narración suele surgir un fenómeno muy común de la narrativa: `escuchamos´ en silencio lo que se está leyendo, automáticamente, sin pensarlo. ¿Por qué, entonces, debería suponerse que un texto teatral presenta problemas mucho más difíciles para el lector?

Más allá de la composición tipográfica peculiar de una obra de teatro, los procedimientos son los mismos; las acrobacias que realiza la mente son idénticas; los resultados no tienen por qué ser diferentes.

Además, resulta lógico que cualquiera que haya tenido el privilegio de una formación académica en niveles de educación media superior y subsiguientes, seguramente tuvo la experiencia de leer obras de teatro (muy probablemente Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Farsas Medievales, Maquiavelo, Shakespeare, Juan Ruiz de Alarcón, Lope de Vega, Tirso de Molina, Sor Juana Inés de la Cruz, Moliere, Ibsen, Chejov, Strindberg, Carballido, Argüelles, Magaña, etc.), incluso tal vez mucho antes de ver su primera escenificación formal en un teatro. ¿Ver estas obras de teatro escenificadas fue una experiencia diferente a verlas a través de su lectura? Por supuesto que sí. ¿Fue una experiencia más completa y satisfactoria? No, no necesariamente.

Naturalmente, cuando alguien ha visto y leído obras de teatro a lo largo de los años, dicho lector asiduo a la dramaturgia se vuelve más hábil y es muy común que comience a visualizar su propia puesta en escena de la obra que está leyendo simultáneamente al ejercicio de su lectura.

De esta manera, el asiduo lector de obras de teatro llegará más tarde que temprano a una conclusión definitiva que le ha dotado su ejercicio de saludable lectura constante: ninguna actuación puede hacer mejor a una gran obra de teatro de lo que es, por lo que la mayoría de las actuaciones resultan insuficientes, ya que la mayor parte de las veces el equipo creativo involucrado en el montaje no está a la altura de la propuesta dramatúrgica, no importa cuán sinceramente lo intenten. Y es que los equipos creativos parecen estar obsesionados con al menos dos aspectos del montaje: la "interpretación" de la obra a la que han llegado por una determinada “lectura analítica”, o el "concepto" que gobierna a la puesta en escena a partir también de una lectura muy parcial, y como resultado la experiencia de la obra para el público queda atrozmente limitada.

Además, y no es extraño que suceda que la puesta en escena puede hacer que una obra menor (o terrible) la haga parecer mucho mejor de lo que realmente es. Aunque también el montaje puede hacer que una mala obra parezca incluso peor de lo que es.

El problema tiende a agravarse aún más por las nuevas tendencias del teatro contemporáneo: un teatro de director, donde la interpretación, mutilar, adaptar, cortar, pegar, editar e incluso reescribir el texto del autor -la mayor parte de las veces sin su permiso- no solo es una práctica común sino que se considera un procedimiento comúnmente aceptable.

De esta forma aunque los dramaturgos parezcan complacidos de que su oficio y arte les permita tener un doble acceso a su público, tanto a través del texto como de la escenificación de sus obras, no se puede negar que resulta una experiencia muy desagradable cuando esta doble vertiente se convierte en un arma de doble filo.

Una escenificación adecuada de un texto debería darle prioridad a mostrar la esencia del texto al público tal cual era la intención del autor y todos los elementos de la maquinaria escénica-teatral deberían trabajar para lograr esta finalidad.

Nuestra intención no es sugerir que el público deje de asistir al teatro a ver puestas en escena. Hay muchas propuestas geniales, pero habrá que tomar en cuenta que una propuesta escénica es una opinión, una interpretación y, a menos que este mismo público conozca de antemano la obra impresa en papel, la interpretación que recibe con cada montaje es de segunda mano y puede diferir significativamente de las intenciones del autor. Por supuesto, que una lectura de una obra es también una opinión, una interpretación, pero hay menos intermediarios en el camino de su encuentro con el autor a través de su obra.

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