/ viernes 22 de octubre de 2021

Contraluz | Pandemia y música


La música es uno de los dones más preciados con que cuanta el universo desde tiempo inmemorial; es para muchos el arte más amplio y sublime pues puede cubrir el lienzo de la vida con todas sus luces y sombras, en una amplia gama de medidas y estilos capaces de acercar a la humanidad, hacia todos los confines de la emoción y del sentimiento. La música es otra dimensión. A más de poder unir en sublime lenguaje a los pueblos, es capaz de definir identidades, tensiones, pasiones, de todas las culturas, los tiempos y las regiones. La crisis de salud que padecemos hoy en el mundo ha reabierto posibilidades para conocer, reconocer o revaluar la música de todos los tiempos y encontrar en ella esa forma de sonoro consuelo que hoy la humanidad agradece.

La música ha sido valorada por viejas y nuevas generaciones en las que es y ha sido refugio y resorte de creatividad, de alegría, de nostalgia, de expresión amorosa y de hermandad.

A lo largo de su historia, la humanidad ha imaginado a la música como expresión inherente al Paraíso. En las más trascendentes y antiguas obras se hace alusión constante a ella. El Antiguo Testamento habla entre otros personajes, de David quien rasgaba la lira para entonar cánticos al Creador.

No hace mucho, el Papa emérito, Benedicto XVI, músico él, testimonió su aprecio por dicho don: “El arte musical, (está) llamado, de modo singular, a infundir esperanza en el corazón humano, tan marcado y a veces herido por la condición terrena”, afirmó en un discurso en abril de 2008; y dos años después abundó: “La música puede abrir las mentes y los corazones a la dimensión del espíritu y lleva a las personas a levantar la mirada hacia lo Alto, a abrirse al Bien y a la Belleza absolutos, que tienen en Dios su fuente última.”

Emil M. Ciorán, polémico pensador y filósofo contemporáneo caracterizado por su pensamiento escéptico desesperado, escribió: “Cuando estoy en una iglesia, a menudo pienso qué fantástica sería la religión si sólo hubiese la inquietud religiosa de Dios de la que nos habla el órgano”.

Y también: “la música es tiempo sonoro… El papel de la música es consolarnos por haber roto con la naturaleza, y el grado de nuestra inclinación hacia ella indica la distancia a que estamos de lo originario.

El espíritu se cura de su propia autonomía en la creación musical”. Platón, filósofo griego, en el siglo V antes de Cristo reflexionaba: “La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo”. Más cercano a nuestros días, el poeta inglés Robert Browning (18121889) escribió: “El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla”.

Y también en el siglo XIX el controvertido filósofo, músico y poeta alemán Federico Nietzsche (1844-1900) sentenció: “Sin música la vida sería un error”.

En la centuria siguiente el afamado físico Albert Einstein (1879-1955) confesó: “Si no fuera físico, probablemente sería músico. A menudo pienso en música. Vivo mis sueños en música. Veo mi vida en términos musicales. No puedo decir si habría podido hacer alguna pieza creativa de importancia en la música, pero sí sé que lo que más alegría me da en la vida es mi violín”.

Filósofos, científicos, ingenieros, arquitectos y por supuesto artistas de todas las ramas han expresado su aprecio por el bagaje de la expresión musical misma que a través de los siglos ha evolucionado y logrado diversos rangos según los tiempos, las regiones y la excelencia alcanzada en los diversos instrumentos, empezando por el de la voz humana.

México, a través de siglos, ha consolidado singular resonancia mundial por cuanto toca a la música. En nuestro tiempo ha acrecentado su prestigio tanto en lo referente a la música sinfónica o de cámara como en la popular mediante manifestaciones nítidas que igual hablan de alegrías que de nostalgias, tristezas, y toda la rosa de los vientos de la cambiante condición humana.

La razón de ese reconocimiento es clara. Somos un pueblo en el que desde su origen, la música cantada o armonizada, forma parte de nuestro ser y de nuestra más profunda identidad, tanto en lo que respecta a la composición como a la interpretación vocal en todas sus variantes.

Por ello, no es sorprendente que siempre haya habido en nuestra tierra gran cantidad de creadores y artistas, cantantes o compositores, que reflejan el sentir del alma popular, aunque en muchos casos sea pobre la estructura académica y la inversión de recursos en materia de bellas artes.

Baste remitirnos, por sólo citar a algunos de los siglos XIX, XX y XXI, a

Juventino Rosas, Ricardo Castro, Felipe Villanueva, Abundio Martínez,

Julián Carrillo, Blas Galindo, Pablo Moncayo, Manuel M. Ponce, Carlos Chávez, Arturo Márquez, Raúl y Mario Lavista… y a autores de música popular, como María Grever, Agustín Lara, Consuelo Velázquez, Mario Talavera, Manuel Esperón, Ema Valdelamar, Lorenzo Barcelata,

Ricardo Palmerín, Guty Cárdenas, Manuel Esperón, Rubén Fuentes,

Quirino Mendoza, José Alfredo Jiménez, Tomás Méndez, Cuco Sánchez, Armando Manzanero, Juan Gabriel, entre otros.

Y como intérpretes, a Pedro Vargas, Juan Arvizu, Jorge Negrete,

Pedro Infante, Hugo Avendaño, Javier Solís, Vicente y Alejandro Fernández, Antonio y Pepe Aguilar, Luis Miguel y Juan Gabriel. Y entre grandes mujeres intérpretes: Lola Beltrán, María de Lourdes,

Lucha Villa, Guadalupe Pineda, Flor Silvestre, Rosenda Bernal, Carmen Cardenal.

En el plano de la ópera existe también un excelente grupo de tenores y sopranos que tuvieron como precursores a Ángela Peralta y José Mojica, y que iniciaron en los años 70 del siglo pasado una gran presencia internacional con Francisco Araiza a la cabeza a quien siguieron Ramón Vargas, Rolando Villazón, Javier Camarena y Arturo Chacón Cruz; entre las mujeres, Olivia Gorra, Rebeca Olvera, María Katzarava, Guadalupe Paz, Anabel de la Mora y Akeni Endo quienes ante el decrecimiento de la pandemia han reanudado sus actividades y presentaciones en los escenarios más reconocidos del mundo. Vale la pena mencionar la impresionante presencia en algunas plataformas de nuestra música vernácula gracias a Luis Miguel, a Natalia Lafourcade, a los Ángeles Azules, a Lila Downs y a muchos más que han sabido afrontar y explotar, sin olvidar sus raíces, las nuevas formas de comunicación, trasmitiendo la alegría, la nostalgia y el sentimiento de la música nuestra, al lado de grupos como Café Tacuba, Maná, Zoé, Panteón Rococó, Caifanes, Maldita Vecindad, El Tri...

Por último es de justicia reconocer el trabajo de otros artistas y músicos latinoamericanos que abanderan con entusiasmo, maestría y calidad la música mexicana: el multipremiado director venezolano, Gustavo Dudamel, actual titular de la sinfónica de la Ópera de París; Andrés Orozco Estrada director colombiano, titular de la Orquesta de la Ópera de Viena; y Juan Diego Flórez, el gran tenor peruano, quien desde muy joven es estrella en la Scala de Milán y en escenarios de todo el mundo.

Asomarse a plataformas en tiempo de pandemia –y cualquier otro-, puede resultar muy gratificante, cuando de música mexicana se trata, pues es abrir una ventana a nuestro origen, nuestra historia y nuestro ser.


La música es uno de los dones más preciados con que cuanta el universo desde tiempo inmemorial; es para muchos el arte más amplio y sublime pues puede cubrir el lienzo de la vida con todas sus luces y sombras, en una amplia gama de medidas y estilos capaces de acercar a la humanidad, hacia todos los confines de la emoción y del sentimiento. La música es otra dimensión. A más de poder unir en sublime lenguaje a los pueblos, es capaz de definir identidades, tensiones, pasiones, de todas las culturas, los tiempos y las regiones. La crisis de salud que padecemos hoy en el mundo ha reabierto posibilidades para conocer, reconocer o revaluar la música de todos los tiempos y encontrar en ella esa forma de sonoro consuelo que hoy la humanidad agradece.

La música ha sido valorada por viejas y nuevas generaciones en las que es y ha sido refugio y resorte de creatividad, de alegría, de nostalgia, de expresión amorosa y de hermandad.

A lo largo de su historia, la humanidad ha imaginado a la música como expresión inherente al Paraíso. En las más trascendentes y antiguas obras se hace alusión constante a ella. El Antiguo Testamento habla entre otros personajes, de David quien rasgaba la lira para entonar cánticos al Creador.

No hace mucho, el Papa emérito, Benedicto XVI, músico él, testimonió su aprecio por dicho don: “El arte musical, (está) llamado, de modo singular, a infundir esperanza en el corazón humano, tan marcado y a veces herido por la condición terrena”, afirmó en un discurso en abril de 2008; y dos años después abundó: “La música puede abrir las mentes y los corazones a la dimensión del espíritu y lleva a las personas a levantar la mirada hacia lo Alto, a abrirse al Bien y a la Belleza absolutos, que tienen en Dios su fuente última.”

Emil M. Ciorán, polémico pensador y filósofo contemporáneo caracterizado por su pensamiento escéptico desesperado, escribió: “Cuando estoy en una iglesia, a menudo pienso qué fantástica sería la religión si sólo hubiese la inquietud religiosa de Dios de la que nos habla el órgano”.

Y también: “la música es tiempo sonoro… El papel de la música es consolarnos por haber roto con la naturaleza, y el grado de nuestra inclinación hacia ella indica la distancia a que estamos de lo originario.

El espíritu se cura de su propia autonomía en la creación musical”. Platón, filósofo griego, en el siglo V antes de Cristo reflexionaba: “La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo”. Más cercano a nuestros días, el poeta inglés Robert Browning (18121889) escribió: “El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla”.

Y también en el siglo XIX el controvertido filósofo, músico y poeta alemán Federico Nietzsche (1844-1900) sentenció: “Sin música la vida sería un error”.

En la centuria siguiente el afamado físico Albert Einstein (1879-1955) confesó: “Si no fuera físico, probablemente sería músico. A menudo pienso en música. Vivo mis sueños en música. Veo mi vida en términos musicales. No puedo decir si habría podido hacer alguna pieza creativa de importancia en la música, pero sí sé que lo que más alegría me da en la vida es mi violín”.

Filósofos, científicos, ingenieros, arquitectos y por supuesto artistas de todas las ramas han expresado su aprecio por el bagaje de la expresión musical misma que a través de los siglos ha evolucionado y logrado diversos rangos según los tiempos, las regiones y la excelencia alcanzada en los diversos instrumentos, empezando por el de la voz humana.

México, a través de siglos, ha consolidado singular resonancia mundial por cuanto toca a la música. En nuestro tiempo ha acrecentado su prestigio tanto en lo referente a la música sinfónica o de cámara como en la popular mediante manifestaciones nítidas que igual hablan de alegrías que de nostalgias, tristezas, y toda la rosa de los vientos de la cambiante condición humana.

La razón de ese reconocimiento es clara. Somos un pueblo en el que desde su origen, la música cantada o armonizada, forma parte de nuestro ser y de nuestra más profunda identidad, tanto en lo que respecta a la composición como a la interpretación vocal en todas sus variantes.

Por ello, no es sorprendente que siempre haya habido en nuestra tierra gran cantidad de creadores y artistas, cantantes o compositores, que reflejan el sentir del alma popular, aunque en muchos casos sea pobre la estructura académica y la inversión de recursos en materia de bellas artes.

Baste remitirnos, por sólo citar a algunos de los siglos XIX, XX y XXI, a

Juventino Rosas, Ricardo Castro, Felipe Villanueva, Abundio Martínez,

Julián Carrillo, Blas Galindo, Pablo Moncayo, Manuel M. Ponce, Carlos Chávez, Arturo Márquez, Raúl y Mario Lavista… y a autores de música popular, como María Grever, Agustín Lara, Consuelo Velázquez, Mario Talavera, Manuel Esperón, Ema Valdelamar, Lorenzo Barcelata,

Ricardo Palmerín, Guty Cárdenas, Manuel Esperón, Rubén Fuentes,

Quirino Mendoza, José Alfredo Jiménez, Tomás Méndez, Cuco Sánchez, Armando Manzanero, Juan Gabriel, entre otros.

Y como intérpretes, a Pedro Vargas, Juan Arvizu, Jorge Negrete,

Pedro Infante, Hugo Avendaño, Javier Solís, Vicente y Alejandro Fernández, Antonio y Pepe Aguilar, Luis Miguel y Juan Gabriel. Y entre grandes mujeres intérpretes: Lola Beltrán, María de Lourdes,

Lucha Villa, Guadalupe Pineda, Flor Silvestre, Rosenda Bernal, Carmen Cardenal.

En el plano de la ópera existe también un excelente grupo de tenores y sopranos que tuvieron como precursores a Ángela Peralta y José Mojica, y que iniciaron en los años 70 del siglo pasado una gran presencia internacional con Francisco Araiza a la cabeza a quien siguieron Ramón Vargas, Rolando Villazón, Javier Camarena y Arturo Chacón Cruz; entre las mujeres, Olivia Gorra, Rebeca Olvera, María Katzarava, Guadalupe Paz, Anabel de la Mora y Akeni Endo quienes ante el decrecimiento de la pandemia han reanudado sus actividades y presentaciones en los escenarios más reconocidos del mundo. Vale la pena mencionar la impresionante presencia en algunas plataformas de nuestra música vernácula gracias a Luis Miguel, a Natalia Lafourcade, a los Ángeles Azules, a Lila Downs y a muchos más que han sabido afrontar y explotar, sin olvidar sus raíces, las nuevas formas de comunicación, trasmitiendo la alegría, la nostalgia y el sentimiento de la música nuestra, al lado de grupos como Café Tacuba, Maná, Zoé, Panteón Rococó, Caifanes, Maldita Vecindad, El Tri...

Por último es de justicia reconocer el trabajo de otros artistas y músicos latinoamericanos que abanderan con entusiasmo, maestría y calidad la música mexicana: el multipremiado director venezolano, Gustavo Dudamel, actual titular de la sinfónica de la Ópera de París; Andrés Orozco Estrada director colombiano, titular de la Orquesta de la Ópera de Viena; y Juan Diego Flórez, el gran tenor peruano, quien desde muy joven es estrella en la Scala de Milán y en escenarios de todo el mundo.

Asomarse a plataformas en tiempo de pandemia –y cualquier otro-, puede resultar muy gratificante, cuando de música mexicana se trata, pues es abrir una ventana a nuestro origen, nuestra historia y nuestro ser.

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