/ domingo 15 de septiembre de 2019

Aquí Querétaro

Toda ciudad que se respete tiene sus propios fantasmas. No espíritus importados que deambulan por sus calles como si lo hicieran, o lo hacen, en cualquier otra ciudad del mundo. Fantasmas únicos, con sabor local, aunque algunos tengan carácter internacional.

En Querétaro deambula por la calle Independencia, allá donde inicia la loma del Sangremal, una mujer de buen ver y pasado oscuro que un día vino desde Zacatecas, pero también una monja, o novicia, de blanco atuendo, que por los alrededores de ese prodigio del barroco que es Santa Rosa de Viterbo, lanza al viento y por la noche, sus ansias de libertad.

También aparece un barbado personaje, allá por los límites del Convento de La Cruz, repartiendo moneditas a quienes, trasnochados, osan pasar por esos parajes un tanto desolados, e igualmente un infortunado descabezado que sigue haciendo ronda por los rumbos del río, tratando de evitar la que ya parece imposible: que hasta el centro lleguen los de la “otra banda”.

Así mismo, por las noches, un viejo, a quien acompañan siempre marcas de pata de cabra, se aparece quemado por los rumbos de nuestra Plaza de Armas, y un agujero en el techo de una de las muchas celdas del ex convento de San Francisco El Grande, sirve de testigo de que por ahí se aparece todas las noches un seminarista, eternamente joven y enamorado, para encontrarse con una transformada bella dama.

Vaya, hasta se aparece, cada noche, un famélico león, otrora temido, para recorrer las ahora pletóricas calles del corazón de la ciudad.

Pero más allá de esos fantasmas queretanísimos y de siempre, condenados a la desaparición forzosa, hay también otros más modernos y entrañables: El barbón que patina por las calles del Centro Histórico mientras pregona dichos sobre Emiliano Zapata; la regordeta figura del maestro de música y experto en historia que deambula entre el Conservatorio y el Museo Regional; el poeta que parece crear versos en los alrededores de la Casa del Faldón; el jurista y periodista que, en la calle de Escobedo, sale todas las noches en su coche a hacer crónica de la cotidianidad; el abogado que camina todas las mañanas desde Hércules hasta el Patio Barroco, como si fuera a asistir a una clase matinal; el hombre entrañable, de pelo recortado y voz grave, que se asoma por el balcón de la Casa de Samaniego a mirar el horizonte; o el filósofo que, en una banca de la Plaza de Arriba, se detiene a desentrañar el tiempo.

Y si entramos en confianza, le diré, estimado lector, que a mí también se me aparecen, con constancia, otros fantasmas más personales: El de Matías, a la puerta de La Flor de Querétaro, ofreciéndome una pelotitas de goma; el de don Emilio Bravo, a la entrada del restaurante del Gran Hotel, indicándome por donde meter la caja de huevo que envía mi padre para su cocina; el de mi madre, comprando las tortillas de rigor, a la marchanta colocada en una de las puertas del Mercado Escobedo; el de mi padre, sentado con sus amigos, en una de las mesas de La Flor; la de don Ángel Noriega, en el marco de la puerta de su casa de Reforma, viendo pasar la vida…

Los fantasmas, en fin, son parte esencial de una ciudad que, como la nuestra, se respeta.

Toda ciudad que se respete tiene sus propios fantasmas. No espíritus importados que deambulan por sus calles como si lo hicieran, o lo hacen, en cualquier otra ciudad del mundo. Fantasmas únicos, con sabor local, aunque algunos tengan carácter internacional.

En Querétaro deambula por la calle Independencia, allá donde inicia la loma del Sangremal, una mujer de buen ver y pasado oscuro que un día vino desde Zacatecas, pero también una monja, o novicia, de blanco atuendo, que por los alrededores de ese prodigio del barroco que es Santa Rosa de Viterbo, lanza al viento y por la noche, sus ansias de libertad.

También aparece un barbado personaje, allá por los límites del Convento de La Cruz, repartiendo moneditas a quienes, trasnochados, osan pasar por esos parajes un tanto desolados, e igualmente un infortunado descabezado que sigue haciendo ronda por los rumbos del río, tratando de evitar la que ya parece imposible: que hasta el centro lleguen los de la “otra banda”.

Así mismo, por las noches, un viejo, a quien acompañan siempre marcas de pata de cabra, se aparece quemado por los rumbos de nuestra Plaza de Armas, y un agujero en el techo de una de las muchas celdas del ex convento de San Francisco El Grande, sirve de testigo de que por ahí se aparece todas las noches un seminarista, eternamente joven y enamorado, para encontrarse con una transformada bella dama.

Vaya, hasta se aparece, cada noche, un famélico león, otrora temido, para recorrer las ahora pletóricas calles del corazón de la ciudad.

Pero más allá de esos fantasmas queretanísimos y de siempre, condenados a la desaparición forzosa, hay también otros más modernos y entrañables: El barbón que patina por las calles del Centro Histórico mientras pregona dichos sobre Emiliano Zapata; la regordeta figura del maestro de música y experto en historia que deambula entre el Conservatorio y el Museo Regional; el poeta que parece crear versos en los alrededores de la Casa del Faldón; el jurista y periodista que, en la calle de Escobedo, sale todas las noches en su coche a hacer crónica de la cotidianidad; el abogado que camina todas las mañanas desde Hércules hasta el Patio Barroco, como si fuera a asistir a una clase matinal; el hombre entrañable, de pelo recortado y voz grave, que se asoma por el balcón de la Casa de Samaniego a mirar el horizonte; o el filósofo que, en una banca de la Plaza de Arriba, se detiene a desentrañar el tiempo.

Y si entramos en confianza, le diré, estimado lector, que a mí también se me aparecen, con constancia, otros fantasmas más personales: El de Matías, a la puerta de La Flor de Querétaro, ofreciéndome una pelotitas de goma; el de don Emilio Bravo, a la entrada del restaurante del Gran Hotel, indicándome por donde meter la caja de huevo que envía mi padre para su cocina; el de mi madre, comprando las tortillas de rigor, a la marchanta colocada en una de las puertas del Mercado Escobedo; el de mi padre, sentado con sus amigos, en una de las mesas de La Flor; la de don Ángel Noriega, en el marco de la puerta de su casa de Reforma, viendo pasar la vida…

Los fantasmas, en fin, son parte esencial de una ciudad que, como la nuestra, se respeta.

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