/ domingo 10 de mayo de 2020

Aquí Querétaro

Aquel ocho de mayo se escribió una página trascendental en la historia del tranquilo Querétaro del siglo veinte. Aquel día, la fuerza de la juventud estudiantil, a la que se sumó la de buena parte de la ciudadanía, logró domar los desbocados ímpetus del poder.

Los estudiantes de la Normal del Estado llevaban un tiempo exigiendo el cambio de dirección de su escuela, y, desafiando la autoridad del gobernador Rafael Camacho Guzmán, pretendían llegar al presidente de la República, José López Portillo, que hasta Querétaro venía a una reunión del sindicato de la radio y la televisión. Eso, para el temperamento de un personaje como el famoso “negro” Camacho, era una temeridad.

Los muchachos de la Normal tenían como aliados en la lucha a también estudiantes de otras instituciones educativas, entre las que destacaba, desde luego, la Universidad Autónoma de Querétaro, pero también el Tecnológico Regional, el Cedart, y algunas secundarias públicas. Un movimiento que, pese a la postura gubernamental, o quizá precisamente por ella, había crecido más de lo deseado para las autoridades locales.

Aquella mañana los estudiantes normalistas salieron de su institución, en marcha, rumbo a ese anhelado encuentro con el titular del Ejecutivo federal, pero a la altura de Corregidora y la Carretera 57 las fuerzas policiacas los obligaron a detener la caminata, con base en golpes, gases lacrimógenos y, se dice, algunos disparos de armas de fuego. Los normalistas, acorralados y perseguidos, se refugiaron en las instalaciones de la Preparatoria Sur, para entonces sin demasiados años de funcionamiento.

Aquel refugio dejó de serlo cuando los policías, violando la autonomía universitaria, se adentraron en la Prepa como si de cualquier calle pública se tratara, continuando con su labor de impedir, a garrotazos, los deseos estudiantiles. Lo que, como asilo, quizá resultó más efectivo, fueron las casas particulares de la zona, donde sus moradores abrieron las puertas para alojar a decenas de jóvenes asustados, perseguidos y golpeados.

Unos cuantos jóvenes, sin embargo, pudieron llegar hasta las inmediaciones del Seguro Social, en cuyo teatro se escenificó el encuentro del presidente con los sindicalistas de la radio y la televisión. Ahí también, estos pocos fueron golpeados cuando gritaban consignas y lanzaban volantes, que fueron a caer sobre los hombros de López Portillo y su comitiva. Algunos de ellos, contados con los dedos de una mano, fueron conducidos hasta el interior del autobús que trasladaría al presidente, y también al gobernador, hasta la salida a México.

Ahí, en el reducido espacio del transporte y durante los escasos minutos del recorrido, los estudiantes expusieron los motivos de su queja, la necesidad de cambios en la dirección de la Normal, además de algún autobús para llegar a sus prácticas y una indispensable biblioteca; se quejaron también de la represión del gobierno estatal que Camacho intentó negar, aunque fue acaloradamente contradicho por los muchachos. Esa comisión de estudiantes, una vez concluido el breve encuentro, tuvo que ser escoltada por policías federales que cubrían la visita presidencial, hasta las instalaciones de la Normal, pues los seguían vehículos de la Judicial queretana, dispuestos, según se preveía, a levantarlos.

Por la tarde, la Universidad Autónoma de Querétaro llamó a sesión extraordinaria de Consejo Universitario. Una sesión acalorada, exultante, caracterizada por las intervenciones llamando a la lucha, a la marcha, a la decidida protesta. El rector, Mariano Palacios Alcocer, encabezó, tras los acuerdos que en la sesión se concluyeron, la marcha de protesta desde el Cerro de las Campanas hasta el centro de la ciudad, a la que siguieron otras, los días subsecuentes, multitudinarias, y donde se unieron más estudiantes, padres de familia y ciudadanos de a pie.

El duro gobernador, el de la palabra directa y la acción sin miramientos, tuvo que recular en su postura inicial, y no solo se cumplieron las demandas para la Normal, sino fueron destituidos la Procuradora de Justicia, Hilda Martha Ibarra, y algunos de los principales jefes policiacos. Terminó así una lucha de poco más de un año de exigencias y algunas semanas de paro de labores, en las que tomaron parte fundamental normalistas de entonces, como Carmen Cabrera, Rosa María Córdoba, Lupita Olguín, Laura González, o los líderes Víctor Echeverría, que después destacaría por su actividad en la Normal Regional de la Montaña y como integrante de la CNTE, y José Dolores González, entonces presidente de la sociedad de alumnos, quien a la postre se convertiría también en abogado y destacado músico y compositor, además de productor cinematográfico y especialista de temas de propiedad intelectual.

Aquel ocho de mayo se marcó para siempre en la historia, casi siempre tranquila y apacible, de Querétaro.

Aquel ocho de mayo se escribió una página trascendental en la historia del tranquilo Querétaro del siglo veinte. Aquel día, la fuerza de la juventud estudiantil, a la que se sumó la de buena parte de la ciudadanía, logró domar los desbocados ímpetus del poder.

Los estudiantes de la Normal del Estado llevaban un tiempo exigiendo el cambio de dirección de su escuela, y, desafiando la autoridad del gobernador Rafael Camacho Guzmán, pretendían llegar al presidente de la República, José López Portillo, que hasta Querétaro venía a una reunión del sindicato de la radio y la televisión. Eso, para el temperamento de un personaje como el famoso “negro” Camacho, era una temeridad.

Los muchachos de la Normal tenían como aliados en la lucha a también estudiantes de otras instituciones educativas, entre las que destacaba, desde luego, la Universidad Autónoma de Querétaro, pero también el Tecnológico Regional, el Cedart, y algunas secundarias públicas. Un movimiento que, pese a la postura gubernamental, o quizá precisamente por ella, había crecido más de lo deseado para las autoridades locales.

Aquella mañana los estudiantes normalistas salieron de su institución, en marcha, rumbo a ese anhelado encuentro con el titular del Ejecutivo federal, pero a la altura de Corregidora y la Carretera 57 las fuerzas policiacas los obligaron a detener la caminata, con base en golpes, gases lacrimógenos y, se dice, algunos disparos de armas de fuego. Los normalistas, acorralados y perseguidos, se refugiaron en las instalaciones de la Preparatoria Sur, para entonces sin demasiados años de funcionamiento.

Aquel refugio dejó de serlo cuando los policías, violando la autonomía universitaria, se adentraron en la Prepa como si de cualquier calle pública se tratara, continuando con su labor de impedir, a garrotazos, los deseos estudiantiles. Lo que, como asilo, quizá resultó más efectivo, fueron las casas particulares de la zona, donde sus moradores abrieron las puertas para alojar a decenas de jóvenes asustados, perseguidos y golpeados.

Unos cuantos jóvenes, sin embargo, pudieron llegar hasta las inmediaciones del Seguro Social, en cuyo teatro se escenificó el encuentro del presidente con los sindicalistas de la radio y la televisión. Ahí también, estos pocos fueron golpeados cuando gritaban consignas y lanzaban volantes, que fueron a caer sobre los hombros de López Portillo y su comitiva. Algunos de ellos, contados con los dedos de una mano, fueron conducidos hasta el interior del autobús que trasladaría al presidente, y también al gobernador, hasta la salida a México.

Ahí, en el reducido espacio del transporte y durante los escasos minutos del recorrido, los estudiantes expusieron los motivos de su queja, la necesidad de cambios en la dirección de la Normal, además de algún autobús para llegar a sus prácticas y una indispensable biblioteca; se quejaron también de la represión del gobierno estatal que Camacho intentó negar, aunque fue acaloradamente contradicho por los muchachos. Esa comisión de estudiantes, una vez concluido el breve encuentro, tuvo que ser escoltada por policías federales que cubrían la visita presidencial, hasta las instalaciones de la Normal, pues los seguían vehículos de la Judicial queretana, dispuestos, según se preveía, a levantarlos.

Por la tarde, la Universidad Autónoma de Querétaro llamó a sesión extraordinaria de Consejo Universitario. Una sesión acalorada, exultante, caracterizada por las intervenciones llamando a la lucha, a la marcha, a la decidida protesta. El rector, Mariano Palacios Alcocer, encabezó, tras los acuerdos que en la sesión se concluyeron, la marcha de protesta desde el Cerro de las Campanas hasta el centro de la ciudad, a la que siguieron otras, los días subsecuentes, multitudinarias, y donde se unieron más estudiantes, padres de familia y ciudadanos de a pie.

El duro gobernador, el de la palabra directa y la acción sin miramientos, tuvo que recular en su postura inicial, y no solo se cumplieron las demandas para la Normal, sino fueron destituidos la Procuradora de Justicia, Hilda Martha Ibarra, y algunos de los principales jefes policiacos. Terminó así una lucha de poco más de un año de exigencias y algunas semanas de paro de labores, en las que tomaron parte fundamental normalistas de entonces, como Carmen Cabrera, Rosa María Córdoba, Lupita Olguín, Laura González, o los líderes Víctor Echeverría, que después destacaría por su actividad en la Normal Regional de la Montaña y como integrante de la CNTE, y José Dolores González, entonces presidente de la sociedad de alumnos, quien a la postre se convertiría también en abogado y destacado músico y compositor, además de productor cinematográfico y especialista de temas de propiedad intelectual.

Aquel ocho de mayo se marcó para siempre en la historia, casi siempre tranquila y apacible, de Querétaro.

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