/ domingo 10 de octubre de 2021

Aquí Querétaro

Don Carlos era un ser excepcional, de esos que tienen una gran pasión en la vida y se dedican a ella sin reparo; en su caso, la pasión era el Derecho, y específicamente el Derecho Procesal Civil, especialidad a la que dedicó su vida, caminando entre juzgados, analizando cada caso con lupa, estudiando a los tratadistas más importantes, revisando todos los vericuetos legales, aprendiendo siempre, como el primer día.

Don Carlos García Michaus había llegado de Tequisquiapan y aquí, en esta capital del Estado, desarrolló su trabajo como abogado y maestro universitario con una entrega digna de aplauso y reconocimiento. Como profesor, inició en los ámbitos del Derecho Civil y Procesal Civil a varias generaciones de abogados, y como litigante, llevó casos relevantes a lo largo de su carrera, aunque recordaba siempre sus inicios, como cuando tuvo que ir a hacer una diligencia a la entonces zona roja de Querétaro, atrás de la Merced, y las propietarias del inmueble donde habría de ejecutar un desahucio, lo bañaron entero con la orina de bacinicas.

Amante del derecho y de las reglas, llegaba puntualísimo a su clase de siete de la mañana en la Facultad de Derecho, y luego se iba a su despacho, instalado en los bajos de su casa, en la calle Guerrero, para seguir empapándose de sus casos y de los muchos artículos de las leyes, y para hacer corajes con las triquiñuelas que por su mundo se presentaban, como aquella ocasión en la que le hizo ver al funcionario de un juzgado que un documento legal no estaba firmado por él, y por tanto, era nulo, y cómo el juez del caso lo firmó en sus narices para espetarle un cínico “ahora ya está firmado”.

Fue mi maestro en varios años de la carrera, ahí en las instalaciones de la Universidad Autónoma de Querétaro, en el histórico Cerro de las Campanas, donde por cierto un salón lleva ya su nombre. Como comprendí de inmediato que el profesor era proclive a citar a estudiosos de la especialidad, se me ocurrió citar a García Máynez en el primer examen parcial que nos hizo. Aunque el hecho no tenía mayor relevancia, García Michaus lo tomó equivocadamente como una muestra de inteligencia y hasta me invitó a que fuera su becario, o ayudante, en su despacho.

Aquellos meses en que asistí a su despacho y visité su amplísima biblioteca jurídica en el entresuelo, fueron realmente inolvidables. Caminado de su oficina a los juzgados, instalados entonces en Plaza de Armas, me explicaba cada uno de los casos que iba a revisar en los expedientes y luego me preguntaba lo que yo haría en el supuesto del mismo. Jamás pude contestarle. Luego me llevaba a otras oficinas gubernamentales y antes de entrar a lidiar con los burócratas, como era el caso de las oficinas de Catastro, me pedía disculpas por la experiencia que viviríamos ahí.

Una mañana, recorriendo con él uno de los pasillos de la vieja casona jurídica, salió de su oficina don Fernando Díaz Ramírez, por entonces Presidente del Tribunal Superior de Justicia. El famoso y popular “Chayote”, con aquella rasposa voz que tenía, le dijo: “Carlos, por favor, pasa a mi oficina”. Y aunque yo me quedé parado, asumiendo que no estaría presente en la charla, don Carlos me espetó un insalvable: “Pase usted conmigo”.

Sentados los tres en los negros y mullidos sillones de la oficina de don Fernando, éste empezó a reclamarle a García Michaus por un caso específico en el que, aparentemente, eran contrincantes, aunque eso, me decía yo al interior, no era posible legalmente. Don Carlos, con esa seriedad que le caracterizaba, escuchó pacientemente la perorata del entonces ya ex rector universitario, para después hacerle ver el error jurídico que había cometido en el procedimiento en cuestión su hijo Fernando. Se hizo un silencio tenso, tras el cual, el insigne y mítico director del Colegio Civil, se mesó los cabellos cortos y canos, como solía hacerlo siempre, aunque ahora también recorrió sus manos por la cara toda. Al fin exclamó: “Cuándo aprenderá a ser abogado este…”.

Pocas semanas más tarde fue bastante claro que yo no estaba preparado aún para acompañar las aventuras jurídicas de don Carlos, así que dejé de ir a su despacho y me conformé con ser uno más de sus alumnos. Ahora me pregunto qué hubiera pasado si hubiera continuado, poniendo empeño en un aprendizaje evidente. Muy seguramente hoy estaría escribiendo esta columna sobre temas jurídicos.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Las lluvias “atípicas” del pasado fin de semana vinieron a evidenciar nuevamente lo que es de sobra conocido: la infraestructura hidráulica de la ciudad, el sistema de drenaje de nuestro Centro Histórico está totalmente rebasado. Hemos crecido lo suficiente como para darnos cuenta que estamos asentados sobre una bomba de aguas negras que nos acechará casi con cualquier lluvia, atípica o no.


Don Carlos era un ser excepcional, de esos que tienen una gran pasión en la vida y se dedican a ella sin reparo; en su caso, la pasión era el Derecho, y específicamente el Derecho Procesal Civil, especialidad a la que dedicó su vida, caminando entre juzgados, analizando cada caso con lupa, estudiando a los tratadistas más importantes, revisando todos los vericuetos legales, aprendiendo siempre, como el primer día.

Don Carlos García Michaus había llegado de Tequisquiapan y aquí, en esta capital del Estado, desarrolló su trabajo como abogado y maestro universitario con una entrega digna de aplauso y reconocimiento. Como profesor, inició en los ámbitos del Derecho Civil y Procesal Civil a varias generaciones de abogados, y como litigante, llevó casos relevantes a lo largo de su carrera, aunque recordaba siempre sus inicios, como cuando tuvo que ir a hacer una diligencia a la entonces zona roja de Querétaro, atrás de la Merced, y las propietarias del inmueble donde habría de ejecutar un desahucio, lo bañaron entero con la orina de bacinicas.

Amante del derecho y de las reglas, llegaba puntualísimo a su clase de siete de la mañana en la Facultad de Derecho, y luego se iba a su despacho, instalado en los bajos de su casa, en la calle Guerrero, para seguir empapándose de sus casos y de los muchos artículos de las leyes, y para hacer corajes con las triquiñuelas que por su mundo se presentaban, como aquella ocasión en la que le hizo ver al funcionario de un juzgado que un documento legal no estaba firmado por él, y por tanto, era nulo, y cómo el juez del caso lo firmó en sus narices para espetarle un cínico “ahora ya está firmado”.

Fue mi maestro en varios años de la carrera, ahí en las instalaciones de la Universidad Autónoma de Querétaro, en el histórico Cerro de las Campanas, donde por cierto un salón lleva ya su nombre. Como comprendí de inmediato que el profesor era proclive a citar a estudiosos de la especialidad, se me ocurrió citar a García Máynez en el primer examen parcial que nos hizo. Aunque el hecho no tenía mayor relevancia, García Michaus lo tomó equivocadamente como una muestra de inteligencia y hasta me invitó a que fuera su becario, o ayudante, en su despacho.

Aquellos meses en que asistí a su despacho y visité su amplísima biblioteca jurídica en el entresuelo, fueron realmente inolvidables. Caminado de su oficina a los juzgados, instalados entonces en Plaza de Armas, me explicaba cada uno de los casos que iba a revisar en los expedientes y luego me preguntaba lo que yo haría en el supuesto del mismo. Jamás pude contestarle. Luego me llevaba a otras oficinas gubernamentales y antes de entrar a lidiar con los burócratas, como era el caso de las oficinas de Catastro, me pedía disculpas por la experiencia que viviríamos ahí.

Una mañana, recorriendo con él uno de los pasillos de la vieja casona jurídica, salió de su oficina don Fernando Díaz Ramírez, por entonces Presidente del Tribunal Superior de Justicia. El famoso y popular “Chayote”, con aquella rasposa voz que tenía, le dijo: “Carlos, por favor, pasa a mi oficina”. Y aunque yo me quedé parado, asumiendo que no estaría presente en la charla, don Carlos me espetó un insalvable: “Pase usted conmigo”.

Sentados los tres en los negros y mullidos sillones de la oficina de don Fernando, éste empezó a reclamarle a García Michaus por un caso específico en el que, aparentemente, eran contrincantes, aunque eso, me decía yo al interior, no era posible legalmente. Don Carlos, con esa seriedad que le caracterizaba, escuchó pacientemente la perorata del entonces ya ex rector universitario, para después hacerle ver el error jurídico que había cometido en el procedimiento en cuestión su hijo Fernando. Se hizo un silencio tenso, tras el cual, el insigne y mítico director del Colegio Civil, se mesó los cabellos cortos y canos, como solía hacerlo siempre, aunque ahora también recorrió sus manos por la cara toda. Al fin exclamó: “Cuándo aprenderá a ser abogado este…”.

Pocas semanas más tarde fue bastante claro que yo no estaba preparado aún para acompañar las aventuras jurídicas de don Carlos, así que dejé de ir a su despacho y me conformé con ser uno más de sus alumnos. Ahora me pregunto qué hubiera pasado si hubiera continuado, poniendo empeño en un aprendizaje evidente. Muy seguramente hoy estaría escribiendo esta columna sobre temas jurídicos.

ACOTACIÓN AL MARGEN

Las lluvias “atípicas” del pasado fin de semana vinieron a evidenciar nuevamente lo que es de sobra conocido: la infraestructura hidráulica de la ciudad, el sistema de drenaje de nuestro Centro Histórico está totalmente rebasado. Hemos crecido lo suficiente como para darnos cuenta que estamos asentados sobre una bomba de aguas negras que nos acechará casi con cualquier lluvia, atípica o no.


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