/ domingo 31 de octubre de 2021

Aquí Querétaro

Me pregunto si lo de hoy es lo que era, si esa tradición que persiste, un tanto asaltada por lo de fuera, es igual a aquello que vivimos los niños de mi generación.

Los días de Todos Santos y de Fieles Difuntos, eran todo un acontecimiento anual. Eran días de visita a los panteones para arreglar un poco la tumba del ancestro ido, de las ofrendas cargadas de color, de flores, de panes, de añoranza; y para mí, sobre todo, aquella tradicional visita al tianguis, de los caballos de carrizo y las muñecas, regordetas y chapeadas, de cartón.

Mi tianguis, aquel de mi niñez inolvidable, se instalaba a un costado del entonces muy nuevo Mercado Escobedo, en esa explanada oriente que ha acabado por recibir las instalaciones de su ampliación. Ahí podía empezar a saborear los dulces de leche y las calaveritas de azúcar, y a escoger alguno de los variados juguetes populares que los marchantes ofrecían a una nutrida concurrencia.

De entre los recuerdos logro traer aquella calavera de barro pintado y alambre en forma de resorte, los boxeadores de madera que arremetían a golpes entre sí moviendo las palanquitas inferiores, los muchos caballos de carrizo con cabeza de cartón y crin de peluche que cabalgué por muchos días en mis solitarias tardes de niño…

De entre ellos, también la calavera que salía del ataúd para sentarse de pronto; el puerquito que, teniendo por entrañas alguna mosca, movía las orejas y el rabo; la máscara de algún luchador para mí desconocido; el tubito de dulce de leche que siempre me parecía poco en tamaño, pero no en sabor…

Después de disfrutar aquel tianguis de Todos Santos en el costado del Mercado Escobedo, lo he visto aparecer, periódicamente, en muchos sitios, desde la Alameda Hidalgo hasta alguna calle sin vecinos, y ahora en su ya tradicional hogar del Jardín Guerrero, donde desde hace años, sigue congregando gente y acaparando niños frente a los mostradores.

Sólo que ahora, a diferencia de aquel de mis recuerdos, el tianguis tiene otros muy diversos productos: lo mismo calabazas que disfraces de brujas y máscaras de terror; igual calaveras de dulce que juguetes elaborados en China, en franca convivencia de lo propio con lo ajeno.

Será porque era niño, pero para mí eran más auténticas y mejores aquellas tradiciones de Todos Santos y Fieles Difuntos; aquellos recorridos por los camposantos, aquellas calaveritas de barro y alambrón, y aquellos caballos de cabeza de cartón y cuerpo de carrizo que podían servirnos para trasladarnos por un mundo de ensueños donde todo tenía otro color.


Me pregunto si lo de hoy es lo que era, si esa tradición que persiste, un tanto asaltada por lo de fuera, es igual a aquello que vivimos los niños de mi generación.

Los días de Todos Santos y de Fieles Difuntos, eran todo un acontecimiento anual. Eran días de visita a los panteones para arreglar un poco la tumba del ancestro ido, de las ofrendas cargadas de color, de flores, de panes, de añoranza; y para mí, sobre todo, aquella tradicional visita al tianguis, de los caballos de carrizo y las muñecas, regordetas y chapeadas, de cartón.

Mi tianguis, aquel de mi niñez inolvidable, se instalaba a un costado del entonces muy nuevo Mercado Escobedo, en esa explanada oriente que ha acabado por recibir las instalaciones de su ampliación. Ahí podía empezar a saborear los dulces de leche y las calaveritas de azúcar, y a escoger alguno de los variados juguetes populares que los marchantes ofrecían a una nutrida concurrencia.

De entre los recuerdos logro traer aquella calavera de barro pintado y alambre en forma de resorte, los boxeadores de madera que arremetían a golpes entre sí moviendo las palanquitas inferiores, los muchos caballos de carrizo con cabeza de cartón y crin de peluche que cabalgué por muchos días en mis solitarias tardes de niño…

De entre ellos, también la calavera que salía del ataúd para sentarse de pronto; el puerquito que, teniendo por entrañas alguna mosca, movía las orejas y el rabo; la máscara de algún luchador para mí desconocido; el tubito de dulce de leche que siempre me parecía poco en tamaño, pero no en sabor…

Después de disfrutar aquel tianguis de Todos Santos en el costado del Mercado Escobedo, lo he visto aparecer, periódicamente, en muchos sitios, desde la Alameda Hidalgo hasta alguna calle sin vecinos, y ahora en su ya tradicional hogar del Jardín Guerrero, donde desde hace años, sigue congregando gente y acaparando niños frente a los mostradores.

Sólo que ahora, a diferencia de aquel de mis recuerdos, el tianguis tiene otros muy diversos productos: lo mismo calabazas que disfraces de brujas y máscaras de terror; igual calaveras de dulce que juguetes elaborados en China, en franca convivencia de lo propio con lo ajeno.

Será porque era niño, pero para mí eran más auténticas y mejores aquellas tradiciones de Todos Santos y Fieles Difuntos; aquellos recorridos por los camposantos, aquellas calaveritas de barro y alambrón, y aquellos caballos de cabeza de cartón y cuerpo de carrizo que podían servirnos para trasladarnos por un mundo de ensueños donde todo tenía otro color.


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