/ domingo 27 de marzo de 2022

Aquí Querétaro

Pequeño, pero elegante; antiguo y, quizá, el más limpio de nuestra ciudad, el viejo mercado “Miguel Hidalgo” surgió, como suelen surgir los mercados, del asentamiento de diversos comerciantes que, sobre la calle, exponían en venta sus productos alimenticios. Luego, ya a mediados del siglo pasado, se construirían formalmente sus instalaciones, cuando gobernaba Querétaro Juan C. Gorráez.

El Hidalgo, con entrada principal por la calle que lleva ese nombre y en cuya puerta puede descubrirse un letrero que da cuenta del año de su construcción: 1957, es uno de esos espacios citadinos con encanto, rematado con una fuente central que recuerda vivamente al famoso “Manneken-pis” de Bruselas, y con salida a lo que en su tiempo los queretanos conocimos como “La Calzada”.

Es también el Hidalgo un mercado que, indefectiblemente, nos traslada a otros tiempos, pues en su interior, pese al correr de los años, parece respirarse aún la tranquilidad de aquel siglo veinte que vivía su plenitud, cuando Querétaro era una ciudad que podía recorrerse de extremo a extremo casi sin contratiempos.

El Hidalgo mantiene, de alguna manera, esa forma de vida que parece extinguirse en otros sitios fuera de nuestro centro histórico y de algunos barrios tradicionales de la ciudad, y que clama desesperadamente por la forma antigua de comprar, con los marchantes de siempre, con los clientes sabedores de dónde encontrar ese producto que realmente les satisface.

Se trata de un viejo mercado en el que aún subsiste, de alguna manera, un intercambio humano que va más allá de la simple compra de un producto perecedero, en el que el diálogo forma parte fundamental de las transacciones comerciales, donde el recuerdo de los precios de otrora es una conversación recurrente, y donde los vendedores y sus clientes se conocen de nombre, y a veces, hasta de apellido.

Pero sobre todo, el Hidalgo, como muchos de los mercados tradicionales de nuestro país, representa el escenario ideal para dejar salir a los muchos recuerdos de otrora, de aquellas épocas en las que la vida parecía otra más larga. Será, seguramente, que sus olores tradicionales, sus colores vivos y sus sabores inconfundibles, nos obligan a recordar lo que fuimos, y lo que, sin poderlo evitar, aún en el fondo, seguimos siendo.

La famosa Calzada de Belén se convirtió, más ancha, en Ezequiel Montes, en sus cercanías ya no está la cantina de doña Mema, y ya cerró, hace muchos años, la guardería que inaugurara doña Carmelita Ballesteros, quien por cierto, también vivía a una cuadra, pero el mercado Hidalgo sigue ahí, cumpliendo esa función que va más allá de la compra y venta de productos. Ahí sigue, recordando el Querétaro que se niega a morir.

Pequeño, pero elegante; antiguo y, quizá, el más limpio de nuestra ciudad, el viejo mercado “Miguel Hidalgo” surgió, como suelen surgir los mercados, del asentamiento de diversos comerciantes que, sobre la calle, exponían en venta sus productos alimenticios. Luego, ya a mediados del siglo pasado, se construirían formalmente sus instalaciones, cuando gobernaba Querétaro Juan C. Gorráez.

El Hidalgo, con entrada principal por la calle que lleva ese nombre y en cuya puerta puede descubrirse un letrero que da cuenta del año de su construcción: 1957, es uno de esos espacios citadinos con encanto, rematado con una fuente central que recuerda vivamente al famoso “Manneken-pis” de Bruselas, y con salida a lo que en su tiempo los queretanos conocimos como “La Calzada”.

Es también el Hidalgo un mercado que, indefectiblemente, nos traslada a otros tiempos, pues en su interior, pese al correr de los años, parece respirarse aún la tranquilidad de aquel siglo veinte que vivía su plenitud, cuando Querétaro era una ciudad que podía recorrerse de extremo a extremo casi sin contratiempos.

El Hidalgo mantiene, de alguna manera, esa forma de vida que parece extinguirse en otros sitios fuera de nuestro centro histórico y de algunos barrios tradicionales de la ciudad, y que clama desesperadamente por la forma antigua de comprar, con los marchantes de siempre, con los clientes sabedores de dónde encontrar ese producto que realmente les satisface.

Se trata de un viejo mercado en el que aún subsiste, de alguna manera, un intercambio humano que va más allá de la simple compra de un producto perecedero, en el que el diálogo forma parte fundamental de las transacciones comerciales, donde el recuerdo de los precios de otrora es una conversación recurrente, y donde los vendedores y sus clientes se conocen de nombre, y a veces, hasta de apellido.

Pero sobre todo, el Hidalgo, como muchos de los mercados tradicionales de nuestro país, representa el escenario ideal para dejar salir a los muchos recuerdos de otrora, de aquellas épocas en las que la vida parecía otra más larga. Será, seguramente, que sus olores tradicionales, sus colores vivos y sus sabores inconfundibles, nos obligan a recordar lo que fuimos, y lo que, sin poderlo evitar, aún en el fondo, seguimos siendo.

La famosa Calzada de Belén se convirtió, más ancha, en Ezequiel Montes, en sus cercanías ya no está la cantina de doña Mema, y ya cerró, hace muchos años, la guardería que inaugurara doña Carmelita Ballesteros, quien por cierto, también vivía a una cuadra, pero el mercado Hidalgo sigue ahí, cumpliendo esa función que va más allá de la compra y venta de productos. Ahí sigue, recordando el Querétaro que se niega a morir.

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