/ miércoles 6 de febrero de 2019

Sólo para villamelones

La del pasado lunes, es una de esas tardes de toros que describen muy bien lo que es, en lo que se ha convertido, la Plaza México, justo en el día anterior a su aniversario y con una de las muy pocas buenas entradas de toda la temporada.

La México hace tiempo que no sólo alberga a una mayoría de espectadores más dispuestos a la diversión y la ingesta de cerveza que a la exigencia en el ruedo, sino a unas autoridades displicentes y de noble talante que, con tal de evitarse complicaciones, son capaces de premiar lo impensable, con el único argumento de la solicitud “mayoritaria” de los tendidos. A eso añádale que, si está viendo la corrida por televisión, tenga que escuchar una larguísima batería de elogios de los narradores hacia los protagonistas de un espectáculo que, para ellos, es sublime y perfecto, apenas desdibujado por las condiciones de las reses, que nunca de los toreros.

La México es un embudo de concreto donde se centran y se potencian los males más acusados de nuestra Fiesta: El torito de regalo, la soltura de premios, el desconocimiento de los fundamentos, el favoritismo, la exigencia de dádivas, y en suma, la simulación de algo que va más allá de esas fronteras en las que circunscriben al espectáculo taurino. Se trata, en fin, de un espacio donde no sólo se confirman doctorados en Tauromaquia, sino también, tristemente, los males mexicanos más evidentes de ella.

El lunes, sobre la arena de la monumental plaza de la capital del país, un cartel que llamó la atención del respetable: El mejor rejoneador del momento, Diego Ventura; la llamada primera figura de la baraja nacional, Joselito Adame; la revelación de esta temporada, “El Calita”; y el torero más taquillero del mundo, Andrés Roca Rey. Los toros de una ganadería de prestigio entre las que pueden descubrirse en el campo bravo mexicano, Montecristo, para los toreros “de a pie”.

Ventura sucumbió a los cuidados de su gente de confianza y lidió, sin mayor éxito, a dos bureles de escasa presencia; Calita, aunque tuvo momentos relevantes por el lado derecho y citando de frente, también hizo agua y mostró sus carencias con el acero. Lo interesante, lo más digno de recapitular, estuvo a cargo de los otros dos.

Siempre he dicho que hay dos Joselitos Adames. Uno es el que, de pronto, vemos en cosos hispanos, jugándose la carrera con un toreo verdad, y otro el que se presenta en las plazas de la llamada provincia, que atiende a las alturas con el más ramplón toreo efectista. El lunes tuvimos la oportunidad de ver a los dos. El primero a ratos en su primero, con redondos de innegable calidad que refrendó con infames trapazos que intentaron ser pases de pecho; y el segundo en su segundo, con ese toreo pueblerino que tiene su mayor gracia en las zapopinas (lopecinas, le dicen en España), y que adereza con la exigencia al palco de mayores premios. Un torero muy a modo con las exigencias y los gustos de las mayorías nacionales.

Por otro lado, Andrés Roca Rey refrendó, pese a todo y todos, el porqué es el torero más contratado en el mundo. Podrá ser del gusto o no de los aficionados, pero está ahí, en los terrenos comprometidos, casi sin tomar ventajas. Ese valor, esa posición frente al toro, difícilmente cala entre un público para el que el valor o la temeridad se miden en pases de rodillas, desplantes sin muleta u obligadas manoletinas.

La México confirma, y hasta magnifica, lo que es nuestra Fiesta. La pregunta sería si es, efectivamente, esa Fiesta la que queremos mantener, la que vale la pena defender.

La del pasado lunes, es una de esas tardes de toros que describen muy bien lo que es, en lo que se ha convertido, la Plaza México, justo en el día anterior a su aniversario y con una de las muy pocas buenas entradas de toda la temporada.

La México hace tiempo que no sólo alberga a una mayoría de espectadores más dispuestos a la diversión y la ingesta de cerveza que a la exigencia en el ruedo, sino a unas autoridades displicentes y de noble talante que, con tal de evitarse complicaciones, son capaces de premiar lo impensable, con el único argumento de la solicitud “mayoritaria” de los tendidos. A eso añádale que, si está viendo la corrida por televisión, tenga que escuchar una larguísima batería de elogios de los narradores hacia los protagonistas de un espectáculo que, para ellos, es sublime y perfecto, apenas desdibujado por las condiciones de las reses, que nunca de los toreros.

La México es un embudo de concreto donde se centran y se potencian los males más acusados de nuestra Fiesta: El torito de regalo, la soltura de premios, el desconocimiento de los fundamentos, el favoritismo, la exigencia de dádivas, y en suma, la simulación de algo que va más allá de esas fronteras en las que circunscriben al espectáculo taurino. Se trata, en fin, de un espacio donde no sólo se confirman doctorados en Tauromaquia, sino también, tristemente, los males mexicanos más evidentes de ella.

El lunes, sobre la arena de la monumental plaza de la capital del país, un cartel que llamó la atención del respetable: El mejor rejoneador del momento, Diego Ventura; la llamada primera figura de la baraja nacional, Joselito Adame; la revelación de esta temporada, “El Calita”; y el torero más taquillero del mundo, Andrés Roca Rey. Los toros de una ganadería de prestigio entre las que pueden descubrirse en el campo bravo mexicano, Montecristo, para los toreros “de a pie”.

Ventura sucumbió a los cuidados de su gente de confianza y lidió, sin mayor éxito, a dos bureles de escasa presencia; Calita, aunque tuvo momentos relevantes por el lado derecho y citando de frente, también hizo agua y mostró sus carencias con el acero. Lo interesante, lo más digno de recapitular, estuvo a cargo de los otros dos.

Siempre he dicho que hay dos Joselitos Adames. Uno es el que, de pronto, vemos en cosos hispanos, jugándose la carrera con un toreo verdad, y otro el que se presenta en las plazas de la llamada provincia, que atiende a las alturas con el más ramplón toreo efectista. El lunes tuvimos la oportunidad de ver a los dos. El primero a ratos en su primero, con redondos de innegable calidad que refrendó con infames trapazos que intentaron ser pases de pecho; y el segundo en su segundo, con ese toreo pueblerino que tiene su mayor gracia en las zapopinas (lopecinas, le dicen en España), y que adereza con la exigencia al palco de mayores premios. Un torero muy a modo con las exigencias y los gustos de las mayorías nacionales.

Por otro lado, Andrés Roca Rey refrendó, pese a todo y todos, el porqué es el torero más contratado en el mundo. Podrá ser del gusto o no de los aficionados, pero está ahí, en los terrenos comprometidos, casi sin tomar ventajas. Ese valor, esa posición frente al toro, difícilmente cala entre un público para el que el valor o la temeridad se miden en pases de rodillas, desplantes sin muleta u obligadas manoletinas.

La México confirma, y hasta magnifica, lo que es nuestra Fiesta. La pregunta sería si es, efectivamente, esa Fiesta la que queremos mantener, la que vale la pena defender.

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