/ miércoles 8 de mayo de 2019

Sólo para villamelones

La de matar es la suerte suprema del toreo; la más importante, la más trascendente, la insubstituible e inevitable. La fundamental.

Por eso los toreros son matadores de toros, porque, al menos hasta nuestros tiempos, la de matar es la suerte que culmina toda una lidia, un colofón que redondea o echa a perder cualquier trabajo previo.

Lo recuerdo hoy aquí porque parece que es algo que se está olvidando. Pareciera que la suerte de matar se está convirtiendo, gracias a la ignorancia y al desdén por los cánones, en algo casi intrascendente; una suerte que puede ejecutarse mal, sin que ello conlleve un castigo.

La colocación de la espada, más allá de sus consecuencias, parece ya no tener importancia para las mayorías de los tendidos, e incluso para la autoridad, colocada ahí para, entre otras cosas, hacer valer las leyes que le dan forma a nuestra Fiesta. Basta conque el estoque entre completo en el cuerpo de la res para que pueda considerarse una brillante firma a la faena de muleta.

Con tristeza podemos hoy ver cómo se conceden apéndices, aquí y allá, tras estocadas caídas, contrarias, tendidas y hasta aquellas que pueden considerarse casi bajonazos, como si la colocación no tuviera la menor importancia.

La ejecución es también, al parecer, algo secundario para las mayorías y los jueces, pues ahora hay toreros que se van tras el acero sin preparación ni estilo alguno, a diferencia de esos grandes estoqueadores de antaño que hacían de la suerte todo un acontecimiento.

Recuerdo con especial admiración la forma en la que Santiago Martín, “El Viti”, entraba a matar; como colocaba al toro, como levantaba los talones, primero de lado y luego de frente, en varias ocasiones, para después citar con el engaño y lanzarse sobre el morrillo.

El más lamentable ejemplo de la decadencia de la suerte suprema es el famoso “julipié”, horrorosa forma de entrar a matar de Julián López que, por desgracia, ya empezaron a copiar otros toreros, y que consiste en salirse de la suerte al momento de la reunión con el animal, dando un saltito espantoso hacia las afueras.

Hoy, desgraciadamente, cada vez menos aficionados distinguen, además, los estilos al entrar a matar, y difícilmente pueden diferenciar una ejecución recibiendo de una aguantando, de un volapié a una entrada a matar a un tiempo.

La de matar, la suerte suprema, la máxima, debería tenerse mucho más en cuenta. La ejecución, la colocación y el resultado, deberían ser considerados siempre, inevitablemente, al momento de solicitar y conceder, un trofeo. Por desgracia, esto ya parece no estar sucediendo.

Y es que vivimos tiempos en los que el espectáculo y el negocio le han ido ganando vitales espacios al rito, al canon, al orden y al conocimiento. Hoy la practicidad cuenta más que la calidad y la necesidad de triunfos más que la exigencia.

La de matar es la suerte suprema del toreo; la más importante, la más trascendente, la insubstituible e inevitable. La fundamental.

Por eso los toreros son matadores de toros, porque, al menos hasta nuestros tiempos, la de matar es la suerte que culmina toda una lidia, un colofón que redondea o echa a perder cualquier trabajo previo.

Lo recuerdo hoy aquí porque parece que es algo que se está olvidando. Pareciera que la suerte de matar se está convirtiendo, gracias a la ignorancia y al desdén por los cánones, en algo casi intrascendente; una suerte que puede ejecutarse mal, sin que ello conlleve un castigo.

La colocación de la espada, más allá de sus consecuencias, parece ya no tener importancia para las mayorías de los tendidos, e incluso para la autoridad, colocada ahí para, entre otras cosas, hacer valer las leyes que le dan forma a nuestra Fiesta. Basta conque el estoque entre completo en el cuerpo de la res para que pueda considerarse una brillante firma a la faena de muleta.

Con tristeza podemos hoy ver cómo se conceden apéndices, aquí y allá, tras estocadas caídas, contrarias, tendidas y hasta aquellas que pueden considerarse casi bajonazos, como si la colocación no tuviera la menor importancia.

La ejecución es también, al parecer, algo secundario para las mayorías y los jueces, pues ahora hay toreros que se van tras el acero sin preparación ni estilo alguno, a diferencia de esos grandes estoqueadores de antaño que hacían de la suerte todo un acontecimiento.

Recuerdo con especial admiración la forma en la que Santiago Martín, “El Viti”, entraba a matar; como colocaba al toro, como levantaba los talones, primero de lado y luego de frente, en varias ocasiones, para después citar con el engaño y lanzarse sobre el morrillo.

El más lamentable ejemplo de la decadencia de la suerte suprema es el famoso “julipié”, horrorosa forma de entrar a matar de Julián López que, por desgracia, ya empezaron a copiar otros toreros, y que consiste en salirse de la suerte al momento de la reunión con el animal, dando un saltito espantoso hacia las afueras.

Hoy, desgraciadamente, cada vez menos aficionados distinguen, además, los estilos al entrar a matar, y difícilmente pueden diferenciar una ejecución recibiendo de una aguantando, de un volapié a una entrada a matar a un tiempo.

La de matar, la suerte suprema, la máxima, debería tenerse mucho más en cuenta. La ejecución, la colocación y el resultado, deberían ser considerados siempre, inevitablemente, al momento de solicitar y conceder, un trofeo. Por desgracia, esto ya parece no estar sucediendo.

Y es que vivimos tiempos en los que el espectáculo y el negocio le han ido ganando vitales espacios al rito, al canon, al orden y al conocimiento. Hoy la practicidad cuenta más que la calidad y la necesidad de triunfos más que la exigencia.

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