/ martes 12 de junio de 2018

Diálogo Universitario - Fragmentos

Los aspirantes a la presidencia de la República Mexicana han hecho un llamado a la unidad de la nación. Han planteado la necesidad de contar con la unidad de toda su sociedad. Pero pronto han caído en una lucha fratricida que oscila de la intolerancia y el desprecio.

Las fuerzas políticas oficiales, y para colmo las propias administraciones en el Gobierno, han cultivado efectos de miedo, de revancha, resentimientos, de pasiones y exaltaciones que han quedado como agravios irreversibles.

En los últimos sexenios, los procesos para elegir al jefe del ejecutivo y a su administración federal ha tenido un recrudecimiento de luchas de grupos de poder, que en su paso, han minado al estado y a sus instituciones, provocando que el país se haya convertido en una suma de fragmentos.

En esta contienda no solamente se han creado cuatro candidaturas, sino que se ha conformado múltiples posturas que han cobrado protagonismo por su encono e indiferencia. A saber, tenemos a los seguidores de Andrés Manuel, a los de Anaya, a Meade, y aunque con pequeña fuerza que no deja de estar presente en esta feria de divisiones, Jaime Rodríguez. Pero también debemos considerar a los indecisos y a los que no van a ir a votar. A estas alturas de la contienda hay una fuerza inercial para combatir lo que cada quien considera que debe desaparecer. En el llamado a la unidad, va encerrado un llamado a la destrucción del otro y el deseo del destierro. Se ha generado contienda con seguidores fanáticos, que insultan a los seguidores del candidato contrario, o denostar por la preferencia a otros, sin que nadie se salve del ofuscamiento electoral.

Los sociólogos han dado en llamar nación a una población que tenga un largo paso de una comunidad por un territorio, con una vida económica activa, con una cultura y su respectiva lengua, hilvanadas por acontecimientos históricos que se conjunten en un imaginario colectivo sobre una sola entidad de la patria, sus ciudadanos y su espacio físico. Pero los políticos no han logrado encontrar un eje conductor entre el marasmo económico y sociocultural que somos.

Distintas lenguas, distintas clases, regiones, élites, e intereses de grupos no ha sido fáciles de articular bajo ningún programa de gobierno a partir de la alternancia en el poder. La inquietud de sembrar nuestro destino bajo la idea liberal no solamente pulverizo esa idea de nación, sino que activo la fragmentación. Por si no fuera suficiente, actualmente la geopolítica mundial se debate entre los nacionalismos trasnochados y la globalización agonizante.

Al interior de nuestro confuso nacionalismo, estamos atestiguando como nuestros intentos por modernizarnos no se cristaliza porque no alcanzamos aun la maduración de la idea de integración. Y como muestra, vemos que la democracia, como un proceso de la unificación de una sociedad a partir del concierto de su pluralidad, ha fracasado.

El futuro inmediato nos señala que debemos trabajar sobre la desaparición de estos partidos políticos con maquinaria ineficiente, hacer pasar rápidamente el paso de nuestra democracia por los movimientos sociales, y hacer emerger un nuevo sistema de partidos.

Para ello debemos superar los retos que presenta el pragmatismo político, el desdibujamiento de las ideologías, reformular las posturas de derecha e izquierda como soporte de las acciones de los programas sociales de gobierno hacia las distintas capas sociales. Para lograrlo, debemos abandonar esas posturas belicosas ante los adversarios y exigir a los aspirantes a la Presidencia que se pronuncien por la construcción de una nación moderna. La democracia representa la oportunidad de saber ganar y saber perder, sumándose con inteligente crítica y prudente oposición.

@manuelbasaldua

Los aspirantes a la presidencia de la República Mexicana han hecho un llamado a la unidad de la nación. Han planteado la necesidad de contar con la unidad de toda su sociedad. Pero pronto han caído en una lucha fratricida que oscila de la intolerancia y el desprecio.

Las fuerzas políticas oficiales, y para colmo las propias administraciones en el Gobierno, han cultivado efectos de miedo, de revancha, resentimientos, de pasiones y exaltaciones que han quedado como agravios irreversibles.

En los últimos sexenios, los procesos para elegir al jefe del ejecutivo y a su administración federal ha tenido un recrudecimiento de luchas de grupos de poder, que en su paso, han minado al estado y a sus instituciones, provocando que el país se haya convertido en una suma de fragmentos.

En esta contienda no solamente se han creado cuatro candidaturas, sino que se ha conformado múltiples posturas que han cobrado protagonismo por su encono e indiferencia. A saber, tenemos a los seguidores de Andrés Manuel, a los de Anaya, a Meade, y aunque con pequeña fuerza que no deja de estar presente en esta feria de divisiones, Jaime Rodríguez. Pero también debemos considerar a los indecisos y a los que no van a ir a votar. A estas alturas de la contienda hay una fuerza inercial para combatir lo que cada quien considera que debe desaparecer. En el llamado a la unidad, va encerrado un llamado a la destrucción del otro y el deseo del destierro. Se ha generado contienda con seguidores fanáticos, que insultan a los seguidores del candidato contrario, o denostar por la preferencia a otros, sin que nadie se salve del ofuscamiento electoral.

Los sociólogos han dado en llamar nación a una población que tenga un largo paso de una comunidad por un territorio, con una vida económica activa, con una cultura y su respectiva lengua, hilvanadas por acontecimientos históricos que se conjunten en un imaginario colectivo sobre una sola entidad de la patria, sus ciudadanos y su espacio físico. Pero los políticos no han logrado encontrar un eje conductor entre el marasmo económico y sociocultural que somos.

Distintas lenguas, distintas clases, regiones, élites, e intereses de grupos no ha sido fáciles de articular bajo ningún programa de gobierno a partir de la alternancia en el poder. La inquietud de sembrar nuestro destino bajo la idea liberal no solamente pulverizo esa idea de nación, sino que activo la fragmentación. Por si no fuera suficiente, actualmente la geopolítica mundial se debate entre los nacionalismos trasnochados y la globalización agonizante.

Al interior de nuestro confuso nacionalismo, estamos atestiguando como nuestros intentos por modernizarnos no se cristaliza porque no alcanzamos aun la maduración de la idea de integración. Y como muestra, vemos que la democracia, como un proceso de la unificación de una sociedad a partir del concierto de su pluralidad, ha fracasado.

El futuro inmediato nos señala que debemos trabajar sobre la desaparición de estos partidos políticos con maquinaria ineficiente, hacer pasar rápidamente el paso de nuestra democracia por los movimientos sociales, y hacer emerger un nuevo sistema de partidos.

Para ello debemos superar los retos que presenta el pragmatismo político, el desdibujamiento de las ideologías, reformular las posturas de derecha e izquierda como soporte de las acciones de los programas sociales de gobierno hacia las distintas capas sociales. Para lograrlo, debemos abandonar esas posturas belicosas ante los adversarios y exigir a los aspirantes a la Presidencia que se pronuncien por la construcción de una nación moderna. La democracia representa la oportunidad de saber ganar y saber perder, sumándose con inteligente crítica y prudente oposición.

@manuelbasaldua

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